Sí, el cine español de 2026 pasará a la historia por los monumentales éxitos de La bola negra, todavía cosechando éxitos internacionales, y la taquilla de la última entrega de Torrente. Pero otras cosas interesantes han ocurrido en el panorama patrio de multisalas. La historia real de la atleta Sandra Sánchez cobra vida en Karateka, un drama deportivo español que pasa por ser de lo mejor visto en una pantalla de cine este año, saltándose todas las expectativas del género en su acepción más comercial.
Obviaremos aquí la historia real de la atleta, al fin y al cabo el contenido del film, para subrayar lo que realmente interesa: se trata de una aventura extremadamente ágil en la que el realizador introduce notas de estilo visual sin romper con la humildad de la historia humana y la épica de un drama deportivo. Da gusto contemplar Karateka, película que huye siempre que puede de la iluminación cruda y naturalista de todo producto de streaming o devoto de la supuesta realidad para, sin caer en la parodia o la referencia gruesa, aproximarse a la labor de grandes realizadores como los hermanos Scott y otros tantos para quienes la cámara no es un testigo indiferente.
Karateka es un film que por ello aprovecha sus localizaciones reales (gran parte del film transcurre en Japón), mueve la cámara por ellas y busca primeros planos de afectividad asombrosa gracias a la buena labor de sus intérpretes. Película de héroe, no fatalista, que solo por eso huye de la picaresca y tragedia netamente española, se toma por ello mismo totalmente en serio las ambiciones de sus personajes, su lucha contra un sistema, aquí sí, dopado y corrupto desde la base.
Pero Moreno, valiéndose de un guion bastante más que meramente funcional (su condensación de los acontecimientos de la infancia y juventud de Sandra es excelente), es capaz de expresar mucho en un solo plano, como esa crisis en la amistad de la heroína con la atleta japonesa, al fin y al cabo su gran rival, representada mediante un emotivo desenfoque, o esos primeros planos que esta vez sí tienen vocación de espectáculo cinematográfico encuadrado en panorámico, no de subrayar la telenovela.
Llama la atención, por tanto, la existencia de una película tan sólida técnica y moralmente, así como cómoda dentro de sus propias convenciones, como Karateka. No hay en ella ironía, aunque sí abundante humor, ni pasteleo sentimental, aunque sí romance y sensibilidad. Un film sobre la búsqueda de felicidad propia mediante la consecución de metas, que no de recompensas, y que por ello parece desafiar la ética y estética de tantos años de producciones patrias fatalistas.



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