Decir que Manuel Moyano es una de las voces más interesantes del reciente panorama literario español no es nada nuevo.
En esta ocasión, Moyano vuelve a montar su edificio, su juego de piezas que ensambla como el novelista veterano que es.
Pocos autores son capaces de resucitar a personajes históricos —Lady Di, Ernest Hemingway, el propio Jesucristo— sin que se caiga en la parodia, o sin que los personajes resulten endebles, y que además, el resultado sea extraordinariamente convincente, tanto, que es en lo que se basa parte de la historia. Engranajes. Articulaciones narrativas.
“Ernest Hemingway permanecía sentado en el salón, mirando absorto la televisión. En aquel momento ocupaba la pantalla el expresidente de los Estados Unidos, quien había retomado las riendas del gobierno tras su resurrección y estaba haciendo un llamamiento a sus conciudadanos para que realizaran todas las buenas acciones de que fuesen capaces […]”.
Digo lo de novelista puro no como una limitación del crítico, sino como una categoría que no todos los escritores cumplen.
En su estilo abandona el preciosismo por la efectividad, una efectividad que construye una realidad literaria muy sólida. Toscos eran Hemingway y Baroja, novelistas Marsé o Aldecoa, y con esto no quiero decir que no sean preciosistas en momentos determinados, o incluso refinados, pero su juego es muy otro. Todo está subordinado a la estructura narrativa. A la efectividad de la narración.
En este caso, hay un relato de su último libro, La versión de Judas, donde hay un relato homónimo, donde ya se dan los ingredientes que van a estar en esta novela: religión, economía, poder, manipulación, mass media, y todos esos ingredientes están aquí reunidos ahora y desarrollados en esta nueva entrega. Los relatos de Moyano tienen ese papel fundamental de investigar la realidad previamente para desarrollarla después: la importancia de los medios de comunicación, las redes sociales, los diferentes medios para manipular la conciencia ciudadana mediante una mezcla de miedo y pseudociencia: grandes fortunas despiadadas que incluso en las horas finales del juego, prefieren servir al mal, prefieren destrozar la carne humana y mostrarlo al mundo, que espera paciente su destrucción.
Sin embargo, Moyano lo consigue sobradamente. ¿Quién es capaz de hacer hablar a Dios sin que se le vean las costuras en el diálogo? ¿Quién es capaz de preguntar a Dios en una novela sobre el destino de la humanidad y que no parezca afectado? Hay una profunda reflexión sobre el fin de la humanidad en este libro. Porque también es difícil cuestionarse a uno mismo sobre el cambio de la ética y la moralidad en los últimos días. ¿Qué harías tú en los últimos instantes, cuando ya nada importan el poder, el dinero, el afán diario?
“Las pirámides de Egipto, Yentl, las ruinas de Disneylandia, las pinturas de Chagall, el olor a sal de la playa de Tel-Aviv en las mañanas de verano, el vino de Ribera, la imagen de Armstrong hollando la superficie lunar, el recuerdo de de su abuela contándole la historia de Moisés, esa misma historia narrada por Cecil B. de Mille, un chiste en boca de su compañera Amit, el sabor del tabaco y del café azucarado […]”
Nadie como Moyano sabe sacar tanto partido a las estructuras narrativas. Ya lo hizo en El imperio de Yegorov, finalista del Premio Herralde de Novela, y aquí lo consigue de nuevo. Leer a Moyano es leer siempre buena literatura, fiel a sí misma.
Narrar los último instantes. Hay mucho de condensada filosofía en este relato. ¿Cómo es el cielo, es un lugar, un estado de ánimo? Un agujero negro sin tiempo adentro. ¿Un aleph?
¿O una gran carcajada?
Prepárense: The end is nigh!
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Autor: Manuel Moyano. Título: El mundo acabará en viernes. Editorial: Menoscuarto. Venta: Todos tus libros.


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