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Adiós a la zona de confort

“Pido a Dios que no me mande más sueños”. La protagonista de La chica es una adolescente que puede aprender a ser violada por varios hombres frente a toda la comunidad; a cocinar, fregar y actuar como esclava; a callar; a someterse; a tragarse amistades que mueren o pasan al otro bando. Pero lo que no puede hacer es dominar sus sueños, que le recuerdan que antes de su secuestro por Boko Haram era una chavala normal con una vida normal en la Nigeria de 2014. “En otro tiempo fui una chica, pero ya no lo soy”, nos ha dicho, de hecho, en el rotundo arranque de Edna O’Brien en esta nueva novela, tan sólida como la carrera dorada de esta enorme autora irlandesa.

La chica es la última exhibición literaria de esa escritora nacida en Tuamgraney (Irlanda) en 1930 que sacudió los cimientos de la moral católica de los sesenta tras relatar su infancia en un convento en Las chicas de campo, el inicio de una trilogía que sigue latiendo décadas después. Hoy, ya anciana, ha viajado a Nigeria para conocer a algunas de las jóvenes que lograron escapar de manos de sus captores y trasladarnos un retrato vívido de dos angustias: la del secuestro, violaciones y penurias; y la del regreso a un mundo que ya no las quiere. Porque traen estigma, traen hijos de terroristas, traen culpa a una sociedad castigada además por la urgencia de sobrevivir.

"Con su pluma madura, precisa, hondamente literaria, limpia de sobras y adornos, O’Brien logra introducirnos en el infierno moral"

Edna O’Brien fue pionera literaria del deseo de la mujer. Colocó a las jóvenes de su generación en un universo de anhelos, de vocaciones, de aspiraciones de amor y de una vida independiente, con diversión, muy lejos de las convenciones católicas que imponían la abnegación, la capilla, aguantar al marido borracho con sumisión y parir hijos sin cuestionar qué iba a ser de ellos. Ni de ellas.

Pero esta vez, en La chica, O’Brien ha huido de su zona de confort, la Irlanda de rupturas y ataduras, para lograr una inmersión delicada, tan tierna como ajada por el quebranto de una vida arrojada fuera de la escuela de Chibok en el secuestro colectivo de 276 niñas en 2014 y arrastrada a la esclavitud. Con su pluma madura, precisa, hondamente literaria, limpia de sobras y adornos, O’Brien logra introducirnos en el infierno moral con un, sin embargo, suave cartel de bienvenida.

“El hilo que me unía a la cordura estaba roto”, dice la protagonista en algún momento, en un lamento que resuena a lo largo del libro con un trazo tan bello como asfixiante. Ese hilo se estira, se rompe y se repara sinuosa y continuamente a través de la pluma de O’Brien y es la clave de un viaje al fanatismo y a la religión como herramienta de dominio y exclusión.

"Gran lección de Edna O’Brien, inmensa tan lejos de su zona de confort, y de la nuestra"

John John, el chico que robaba pieles de patatas como un manjar en la ciénaga, es uno de los escasos atisbos de humanidad que encontrará la protagonista. Porque O’Brien nos va a contar que tanto en el campamento terrorista como en la escapatoria y el regreso la protagonista hallará miseria moral con distintas gradaciones de violencia.

La autora nos recuerda que al delito de no ser musulmana en tierra islamista se suma el delito de serlo, aunque no lo sea, cuando escapa y la paran en un control de carretera, donde creen que está forrada de explosivos. Una metáfora de una vida que no permite cicatrizar las heridas. Gran lección de Edna O’Brien, también inmensa tan lejos de su zona de confort, y de la nuestra.

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Autora: Edna O’Brien. Título: La chica. Editorial: Lumen. Venta: Amazon y Fnac

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