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Moscas, de Agustín Pery

El asesinato de un periodista de investigación en la isla de Mallorca y la torpe serie de acciones y reacciones que desencadena sirven como hilo conductor a este libro. Un thriller que retrata las relaciones que tejen y anudan la corrupción en España. Una narración dura protagonizada por un policía nacional curtido en las alcantarillas de la lucha antiterrorista y sobrado de testosterona. Zenda publica las primeras páginas de Moscas (Pepitas ed.), la primera novela de Agustín Pery.

 

Una hostia en la sien. Cuatro patadas en el estómago. Quizá cinco. Las costillas rotas. El cuello quebrado. La cabeza abierta. Los ojos morados. Los dientes desperdigados. Un guiñapo en una escombrera.

Iñaki Altolaguirre olisquea. Recorre el cuerpo. Se detiene en cada centímetro, cada rasguño, cada hematoma, cada herida abierta donde las hormigas se están dando un festín. Antes que ellas, las ratas han devorado la lengua y los globos oculares. «Un atracón de cocochas». No puede evitar sonreír con su ocurrencia. Ahí anda, descojonándose, cuando llega resoplando el bueno de Joan. Un profesional, con guantes. Andanadas de hostias y ni una jodida huella. Ni siquiera de unos zapatos. Joan Planells solo farfulla: «Se va liar parda, pero parda, muy parda, se va a…». Altolaguirre aprecia a su compañero de armas, pero no soporta sus mallorquinadas. Y repetir como un derviche en estado de éxtasis que se «va a liar parda» es una de ellas. Alto, conocedor de su perímetro torácico, lo empinada de la cuesta, su adicción al tabaco y al zumo de cebada, decide intervenir. Poner fin al sufrimiento de su compañero de Homicidios con una frase que clarifique lo que de verdad ocurrirá:

—Quita Joan. Un par de esquelas, un mes de duelo y luego ni dios se acuerda del fiambre. Bueno, quizá le den el Ramón Llull post mortem. Ah no, coño, que no era aborigen. Mala suerte chaval. Te quedas sin medalla al mejor mallorquín del año. Tranquilo. Nadie lo va a echar de menos. ¿Qué te juegas a que más de uno lo celebra? Putas y champagne. A este mamón lo han matado en cooperativa.

El inspector Joan Planells soltó un bufido. Llevaba cuatro años trabajando con Iñaki Altolaguirre y seguía sin entender el humor negro del navarro con hechuras de pelotari y boca tabernaria. No traga con las formas pero hace tiempo que se ha acoplado al fondo. Y sabe que justo ahí, en el fondo, su compañero tiene razón. El tipo que les ha traído hasta aquí es un peninsular. Mala cosa. Un periodista. Peor aún. Un plumilla envalentonado que metía el hocico en todas las putas madrigueras. Con sus gafitas, la mochilita de progre, el boli mordido.

El novato interrumpe con sus vómitos y espasmos la conversación de los veteranos. El chaval está lívido. Intenta disculparse con los vivos por su reacción ante el muerto. «Lo siento. Impresiona verlo así, con las manos atadas y esa cara…». Y lo empeora. Acaba de dar a Alto la oportunidad de darle una lección

—Chavalote ¿qué haces tú cuando se te encara un guiri borracho? ¿También te acojonan los tatuajes y el olor a birra recién meada? Mierda de crío. Tira, hostia, tira. Y vosotros. A reíros de vuestras santas madres.

 

Para cuando Alto prepara una ráfaga de insultos vejatorios de esos que le han hecho célebre en la comisaría, nadie en el escenario del crimen le hace ya ni puto caso. Todos están mirando hacia otro lado, justo ladera arriba. La culpa es de la mujer que baja, tacón en mano, por la inclinada pendiente del vertedero. Un reguero de solícitos polis se ofrece a ayudarla a bajar. Ella declina con un gesto. A esta paja no invitará la casa. Alto observa el espectáculo a pie de cadáver. Tiene preparado su discursito especial para togados. Que la niña se lleve una buena impresión, piensa.

—Una pena señoría, una pena. Pobre familia. Dos hijos y viuda. Todavía no me acostumbro y mire que en veinte años de servicio he tenido que levantar muchos cadáveres. En fin, ¿es su primer finado, señoría?

A Alto le gustaba vacilar a las tías buenas, mucho más si encima llevaban toga. Le ponía cachondo. Tan profesionales en sus faldas de tubo, con la melena alisada y las turgentes tetas aprisionadas por una blusa blanca.

—Asesinado sí. Espero que podamos resolverlo pronto. Era periodista de investigación. De los mejores.

—Sí, sí. Un fenómeno. No se preocupe que Joan y yo trincaremos al culpable. Ya sabe que nos tiene a su disposición. Veinticuatro horas abiertos para lo que guste.

—Buenas tardes, agentes. —Inspectores, señoría, inspectores.

—Es verdad, qué despiste. Inspector Altolaguirre, le deseo que pase un buen día.

Marga Valiente los tenía bien puestos. Tanto como para callar a esos polis con priapismo sin renunciar a las faldas ajustadas, los vertiginosos escotes y los taconazos. Eran, bien lo sabían en Vía Alemania, una jueza cojonuda embutida en un chasis que domesticaba a maderos y derretía a chorizos. Quien hubiera matado al juntaletras había tenido mala suerte. Los compañeros de Marga preferían sestear en el Dry, babear con las camareras e irse a cazar perdices con la cúpula de la Guardia Civil. Ella no. Quería ser la mejor porque sabía que era la única forma de demostrar a todos que su premio extraordinario de fin de carrera no lo consiguió bajo la mesa de ningún profesor. Cosas de la España negra que enervaban a la hija del catedrático de Derecho Romano.

 

Los hubo. Unos cuantos. Lo más variopinto del escalafón universitario. Adjuntos, catedráticos, compañeros con presuntos contactos. Los más comedidos, los que lograban controlar mínimamente su pulsión inguinal, trataban de camuflar sus insinuaciones. Pero eran tíos, sus gestos, sus comentarios y sus patéticas invitaciones a repasar el temario les delataban. Lo peor eran los cincuentones con despacho y el título pomposo de jefes de Departamento. Quizá debería haberlos denunciado, ir con el cuento al rector pero Marga además de guapa y magnífica estudiante era pragmática. Optó por la táctica del camaleón. No podía ni quería renunciar a sus tetas, pero sí podía camuflarlas. Se tiró toda la carrera y la maldita oposición con pelo de chicazo, jerséis amplios, pantalones anchos y zapatillas de deportes. El día que leyó la tesis, ese sí, Marga Valiente pasó de patito a cisne. Se presentó vestida con una blusa azul, con dos botones abiertos y unos stilettos, regalo de su madre. Y hasta hoy, que marca el ritmo, frenético, de su juzgado sin renunciar a nada porque no tiene ni puñetera necesidad de hacerlo. Ya no. Ahí están los resultados. Las plegarias de los sospechosos por que la instructora de su calvario no sea la aragonesa.

No faltó nadie. El Cristo de la Sangre sin un banco libre. Era de esos funerales a los que hay que ir. Como si el Altísimo pasara lista. El todo Palma congregado en pleno julio para enterrar al foraster. Altolaguirre se puso en modo escáner. Su mirada batía las filas de bancos, escudriñaba lágrimas, le sorprendían los bostezos, se detenía en los cuchicheos y archivaba en la cabeza los rostros sonrientes. No estaba allí por morbo. Buscaba al contratista.

Los de la funeraria habían hecho un trabajo reseñable. De cómo le encontró a cómo le lloraba su viuda había un trecho de formoles, algodones y ceras olorosas. Así daba gusto morirse, pensó. Pero ahora tocaba fijarse en los vivos. Muchas caras conocidas: jueces, empresarios, locutores, plumillas, sindicalistas, manadas de políticos. A todos les habían escocido alguna vez sus informaciones. A sus colegas, porque se les adelantó, o porque simplemente tuvo los güevos de publicar lo que ellos jamás se atreverían a mandar a rotativa; a los demás, porque les apuntó y tecleó su ruina. Una mosca cojonera. Algunos de los presentes estaban tan muertos socialmente como lo estaba físicamente el del féretro ante el que desfilaba una riada de presuntos dolientes. Como Estadea y la Santa Compaña.

Según un cálculo rápido a vista de poli, la mitad de las más de quinientas personas que abarrotaban el templo se habían acercado para comprobar que efectivamente el redactor de El Día no se iba a levantar de la tumba con la grabadora en una mano y un fajo de comprometedores documentos en la otra. Que tanta gente quisiera verlo muerto complicaba la cosa. Aquí no había líos de faldas. El capullo trabajaba catorce horas diarias por un sueldo anoréxico. No tenía tiempo ni de sacar la chorra a pasear. Le podían haber tirado en Cabo Blanco y que pareciera un suicidio, una víctima más de la crisis que había convertido ese acantilado en la Estación Termini de empresarios tan arruinados como desesperados. Aceleraban en la curva y lo siguiente era un amasijo de hierros y carne carbonizada mezclados con salitre. Algún pobre diablo se lanzaba al vacío con el cinturón puesto, para descojone general en la comisaría. A Alto le habría facilitado mucho la vida que se hubiera dejado caer con su Seat León. Pero no, en vez de eso ahora le tocaba aguantar al delegado del Gobierno, al jefe de Policía y hasta a los de Madrid, empeñados en que resolviera, «cagando pollas» fueron las palabras exactas, el asesinato de Antonio Basquida Cifuentes, periodista y tocagüevos principal de la casta local.

Quien ordenó su muerte ordenó también la forma. Con saña. Pura rabia. ¿Un aviso a navegantes? El sicario ni se molestó en ocultar el cadáver. Lo encontró un ciclista alemán al pie de la carretera de Puigpunyet. Estaba rodeado de neveras, troncos de palmeras asaeteadas por el picudo rojo y hasta una moto de agua en uno de los cientos de vertederos ilegales con los que los isleños.

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Autor: Agustín Pery. Título: Moscas. Editorial: Pepitas. Venta: Amazon y Casa del libro

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