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Un polvo en condiciones, de Irvine Welsh

Un polvo en condiciones, de Irvine Welsh

Después de sus devaneos por Miami con La vida sexual de las gemelas siamesas, Irvine Welsh regresa a Edimburgo, piedra angular de su universo literario, alrededor de la cual orbitan unos personajes que se van entrecruzando en las sucesivas novelas ambientadas en la ciudad. En esta novela, Un polvo en condiciones (Anagrama), el protagonista es un viejo conocido, Juice Terry Lawson, taxista de profesión, pero también chulopiscinas e incansable seductor de tías buenas, traficante de drogas, encargado de una sauna regentada por mafiosos, adicto al sexo y actor porno amateur, que rueda películas cutres para la web de SickBoy.

Irvine Welsh (Escocia, 1958) creció en el corazón del barrio obrero de Muirhouse, dejó la escuela a los dieciséis años, cambiando multitud de veces de trabajo hasta que emigró a Londres con el movimiento punk. A finales de los ochenta volvió a Escocia, donde trabajó para el Edinburgh District Council mientras se graduaba en la universidad y se dedicaba a la escritura. Su primera novela, Trainspotting, tuvo un éxito extraordinario, así como su adaptación cinematográfica. Zenda publica las primeras páginas de su nueva novela.

 

Un intelectual es alguien que ha encontrado algo más interesante que el sexo.

Aldous Huxley

Primera parte

Inocencia pre-Tocapelotas

  1. DÍAS DE TAXI

«No te vas a creer quién se montó en el taxi el otro día», dice Juice Terry Lawson con sus recias hechuras embutidas en un chándal verde luminoso. Sus profusos tirabuzones se agitan bajo el vendaval que azota la barrera de plexiglás y que recorre el vestíbulo del aeropuerto hasta una ristra de taxis aparcados. Terry bosteza y, al estirarse, deja ver las muñecas con sus cadenas de oro y dos tatuajes en los antebrazos. El primero es un arpa, o más bien un cortahuevos, con HIBERNIAN FC y 1875 escritos arriba y abajo. El segundo es un dragón que echa fuego, guiña generoso al mundo y reclama, abajo, con letras sinuosas: LET THE JUICE LOOSE, es decir, que corra el zumito.

El compañero de Terry, el Pastoso, delgado y de aspecto asmático, responde con una mirada impasible. Se enciende un pitillo y se pregunta cuántas caladas podrá dar antes de tener que atender a los pasajeros del vuelo que se acercan por la rampa empujando carritos atestados de maletas.

«El mamonazo ese de la tele», confirma Terry y se rasca los huevos a través del poliéster.

«¿Quién?», murmura el Pastoso mientras evalúa las maletas apiladas de una interminable familia asiática. Con suerte, el hombre distraído que va detrás tal vez los adelante en la rampa y así el Pastoso no tendrá que meter tanto equipaje en el taxi. La familia, que se la quede Terry. El hombre lleva un abrigo largo de cachemir abierto encima de un traje oscuro, camisa blanca, corbata, gafas de montura negra y, lo más sorprendente, un corte de pelo a lo mohicano.

De pronto el hombre se desmarca de la manada y al Pastoso se le levanta el ánimo. Pero entonces se para en seco, mira el reloj y la familia asiática lo rebasa y se echa encima del Pastoso, atormentándolo como un sarpullido. «Por favor, por favor, rápido, por favor, por favor», suplica el persuasivo patriarca mientras empiezan a caer chuzos de punta sobre la barrera de plexiglás.

Terry observa a su amigo luchando con las maletas. «El tipo de los monólogos que sale en Channel 4. El que se zumbaba a la pava esa tan buenorra», dice mientras traza una clepsidra en el aire y se apoya en la barrera de plexiglás para resguardarse.

Pero mientras el Pastoso sigue resoplando y batallando con las maletas, Terry saluda al hombre de las gafas, abrigo largo y absurda pelambre al viento que aporrea el móvil con el dedo. A Terry le suena de algo, de un grupo musical tal vez, luego cae en la cuenta de que es mayor de lo que sugiere el corte de pelo. De repente aparece el socio, atemorizado, con el pelo rubio sobre un rostro tenso, y se sitúa solícito a su lado.

«Lo siento, Ron, el coche que habíamos pedido se ha averiado…»

«¡Fuera de mi vista!», espeta con acento norteamericano el empresario punki (así es como Terry lo ve ahora). «¡Cojo este puto taxi y que me lleven las maletas al hotel!»

El empresario punki, sin siquiera establecer contacto visual con Terry a través de los cristales rosa de sus gafas, se monta en la parte de atrás y cierra de un portazo. Su socio, avergonzado, se queda allí plantado en silencio.

Terry se sube al taxi y arranca.

«¿Para dónde tiro, jefe?»

«¿Cómo?» El empresario punki, a través de sus lentes fotocromáticas, inspecciona el cogote de tirabuzones.

Terry se vuelve en el asiento.

«Adónde. Quiere. Que. Le. Lleve.»

El empresario punki se da cuenta de que este taxista con tirabuzones le está hablando a él, el empresario punki, como si fuese un niño. Me cago en Mortimer, no da ni una. Y ahora a aguantar a este tío coñazo. Se agarra con fuerza al cinturón y traga saliva.

«Al Hotel Balmoral.»

¡El Inmoral!

«Buena elección, compadre», responde Terry mientras repasa mentalmente la base de datos de encuentros sexuales que ha tenido allí, por lo general durante dos periodos distintos del calendario. Nada como el Festival Internacional de agosto y el Hogmanay de Edimburgo, el fin de año, para aderezar su dieta básica de chochitos de barrio y actrices porno demacradas. «¿Y a qué se dedica?»

Ronald Checker no está acostumbrado a que no lo reconozcan. Es un influyente promotor inmobiliario, además de una figura conocida de la televisión gracias a El pródigo, un exitoso reality. Descendiente de una pudiente familia de Atlanta y graduado en Harvard, siguió los pasos de su padre y se convirtió en promotor. Ron Checker y su padre nunca estuvieron muy unidos, por lo que el hijo no dudó en tirar de los contactos del viejo, en plan mercenario. Al final, el hijo acabó teniendo más éxito que el padre, no solo en el Sur de Estados Unidos, sino en todo el mundo. Ron decidió hacer un programa de televisión y convertirse en la versión sureña, juvenil y punki de Donald Trump, que se había hecho famoso con El aprendiz. Un amigo diseñador le sugirió lo del corte a lo mohicano, y un intelectual de la cadena acuñó su eslogan: «Para triunfar hay que echarle un buen par.» El pródigo cuenta ya con tres temporadas y tiene redifusión global; además, Checker sabe que se emite en el Reino Unido. Con inquietud, le pregunta al taxista:

«¿Ha visto El pródigo

«En directo no, pero conozco el grupo», afirma Terry. «La canción esa de “Smack My Bitch Up” dio que hablar, ¿eh?, pero es que hay tías a las que les va ese rollo. Un poquito de caña y tal. Mira que yo no soy machista ni nada. Pero las señoras están en su derecho. Ellas piden y uno, como buen caballero, les da, ¿verdad que sí, colega?»

A Checker le cuesta entender el acento de este taxista. Se limita a responder un hosco «Sí».

«¿Está casado, compadre?»

Checker, poco habituado a que un extraño como este vulgar taxista escocés le hable con tanto descaro, se queda perplejo. A punto está de responderle con un sucinto «¿Y a usted qué le importa?», pero se acuerda de la petición que le hizo el equipo de relaciones públicas: que intentase ganarse apoyos tras el fiasco de Nairn. Como parte del plan de desarrollo, se cargaron una cala y un par de cabañas protegidas, y reubicaron algunos patos raros que habían anidado. En vez de dar la bienvenida al complejo de golf, los apartamentos y los puestos de trabajo, los nativos tuvieron una percepción bastante sombría del proyecto.

Tras ahogar su sensación de profanación, Checker esboza una sonrisa patibularia y concede: «Divorciado, tres veces», dice y no puede evitar acordarse de Sapphire, su tercera mujer, no sin cierto rencor, y luego de Margot, la primera, con dolor agudo e intenso. Intenta acordarse de Monica, la segunda en oficio, pero apenas consigue evocar su imagen, lo cual al mismo tiempo le alegra y consterna. Su mente solo reproduce el destello de la cara sonriente del abogado y un enorme número de ocho cifras. Teniendo en cuenta que le queda un año para los cuarenta, tres no es una estadística muy cómoda.

«Joder, como yo», proclama Terry, mostrando empatía. «Mire, pillarse una tía y darle lo suyo, eso nunca es molestia», continúa triunfante. «Aquí la Amiga Inseparable», dice dándose una palmadita reconfortante en la entrepierna, «no ha perdido el tiempo, eso seguro. Habrá que echarle de comer, ¿verdad, compadre?» La sonrisa de Terry se agranda mientras Checker apoya la espalda en el duro asiento, lo cual agradece después de tantos aviones ejecutivos y limusinas. «A ver, tener unas cuantas en reserva, vale, pero luego ya se sabe lo que pasa. Lo peor que uno puede hacer es enamorarse. Te engañas creyendo que te vas a follar a la misma tía el resto de tu vida. Pero no somos así, colega. En cuanto pasan unos meses, se te empiezan a ir los ojos y el rabo te vuelve a pedir marcha. ¡Fijo!»

Checker siente cómo se le encienden los laterales de la cara. ¿En qué clase de Tofet moderno le ha metido Mortimer? Primero, un fallo mecánico en el Lear le llevó a la ignominia de un vuelo regular, y ¡ahora esto!

«Yo ya no vuelvo a pisar el altar», comenta Terry bajando la voz y girando levemente la cabeza. «Mire, colega, para cualquier cosa que quiera hacer en esta ciudad, solo tiene que llamarme. Yo soy su chico para todo. Yo le puedo apañar lo que sea, me lo dice y listo. ¿Lo pilla?»

A Ron Checker le cuesta «pillar» lo que le está diciendo este hombre. Este gilipollas no tiene ni idea de quién soy. A pesar del desprecio que siente por el taxista, algo más le está ocurriendo: Ronald Checker está experimentando la excitación ilusoria de estar a la deriva, de ser de nuevo un viajero, como cuando estudiaba, algo muy distinto a los privilegios del turista preferente. Y esos asientos tan rígidos le están sentando bien a su columna. Inexplicablemente, Checker reconoce que una parte de él, la parte liberada tras su reciente divorcio, se lo está pasando bien. ¿Y por qué no? Aquí está él, montándoselo por su cuenta, sin lameculos incompetentes como Mortimer. ¿Por qué iba a dejar que la percepción que tiene la gente de Ronald Checker lo limite y encorsete? ¿Acaso no es agradable ser una persona diferente por un tiempo?  ¡Y qué respaldo! Tal vez sea el momento de intentarlo. «Se lo agradezco…, mmm…»

«Soy Terry, colega. Terry Lawson, pero me llaman “Juice Terry”.»

«Juice Terry…», Checker deja que sus labios jugueteen con el nombre. «Pues, encantado, Juice Terry. Yo soy Ron. Ron Checker.» Mira al taxista a través del retrovisor en busca de alguna señal de reconocimiento. Nada de nada. Este payaso de verdad no sabe quién soy; míralo, ahí está, absorto en su vida mezquina y trivial. Pero esto ya le había pasado antes en Escocia, cuando la debacle de Nairn.

«Ateeeento a eso», exclama Juice Terry ante lo que para Checker no es más que una joven normalita parada en un paso de peatones.

«Sí… Es atractiva», conviene Checker a regañadientes.

«Ese chochito me la está poniendo bruta.»

«Claro… Verás, Terry», comienza Checker a decir súbitamente inspirado, «me encantan estos taxis. Estos asientos me van bien para la espalda. Me gustaría contratarte esta semana. Para que me lleves por la ciudad, a sitios turísticos, y a un par de citas de trabajo algo más al norte. Tengo algunos negocios en una destilería de Inverness, y también me gusta el golf. Pasaré algunas noches fuera, en los mejores hoteles, claro.»

Terry está intrigado, pero niega con la cabeza: «Lo siento, amigo, esta semana ya la tengo pillada.»

Checker, que no está acostumbrado a recibir negativas, se muestra incrédulo: «Te pagaré el doble de lo que ganas en una semana.»

Terry le devuelve una gran sonrisa enmarcada en una pelambrera rizada: «No puedo ayudarte, amigo.»

«¿Cómo?» La voz de Checker cobra un matiz de desesperación. «¡Cinco veces más! ¡Dime lo que ganas en una semana y te pagaré cinco veces más!»

«Esta es la época del año con más movimiento, lo que queda hasta Navidad y el Hogmanay; hay más gente incluso que en el puto festival. Me estoy sacando dos mil a la semana», miente Terry, «dudo que puedas pagarme diez mil a la semana solo por llevarte en el taxi de aquí para allá.»

«¡Trato hecho!», retumba Checker y, tras bucear en los bolsillos, saca una chequera que menea a la espalda de Terry mientras grita: «¿Hay trato?»

«Verás, compadre, no es solo por el dinero, tengo clientes habituales que dependen de mí. Otras actividades, no sé si lo pilla.» Terry se vuelve y se da toquecitos en la nariz. «Dicho en términos mercantiles: uno no puede comprometer la fuente de ingresos más importante por algo puntual. Hay que mirar por los clientes a largo plazo, colega, el flujo de ingresos estables, y no dejarse engatusar por proyectos secundarios, por muy lucrativos que puedan parecer a corto plazo.»

Terry observa a través del retrovisor que Checker está sopesando lo que acaba de oír. Se siente satisfecho consigo mismo, aunque en realidad solo está repitiendo las palabras de su amigo Sick Boy, el que hace películas porno protagonizadas, en ocasiones, por Terry.

«Pero te puedo ofrecer…»

«La respuesta sigue siendo no, colega.»

Checker no da crédito. Pero sus entrañas le dicen que este hombre tiene algo especial. Tal vez algo que él mismo necesite. Esta idea obliga a Ronald Checker a usar una expresión que, al menos conscientemente, no recuerda haber pronunciado desde que era niño, en el internado. «Terry…, por favor…», jadea al articular estas dos últimas palabras.

«Vale, compadre», dice Terry sonriéndole al retrovisor, «los dos somos tíos de negocios. Seguro que llegamos a algún acuerdo. Pero solo una cosa, más que nada para evitar malentendidos», dice volviéndose por completo, «eso de pasar las noches en hoteles…, ¡yo de mariconeo ni hablar, eh!»

«¿Qué…? Ni loco», protesta Checker, «no soy un puto marica…»

«No tengo nada en contra. Si es lo que te va, estupendo, y no es que a mí me importe meterla por detrás de vez en cuando, pero en un ojete peludo y con dos bolas ahí colgando, no, eso no va con el compadre Juice», dice negando vehementemente con la cabeza.

«¡Que no…! De eso seguro que no tienes que preocuparte», concede Checker con el regusto amargo de quien tiene que tragarse una dosis de orgullo.

El taxi se detiene ante el Balmoral. Los botones, que ya esperaban la llegada de Ron Checker, dejan literalmente todo lo que estaban haciendo –el equipaje de otro huésped, por ejemplo–, y acuden al taxi del que se está apeando el estadounidense. El viento se ha intensificado, y una ráfaga levanta los grasos mechones teñidos de negro de Checker, cual pavo real desplegando su cola, mientras habla con Terry.

Terry Lawson está mucho más pendiente de la presencia acechante de los botones que Ronnie Checker, el cual se toma su tiempo y saborea la lenta marcación de dígitos en su teléfono mientras los dos hombres intercambian sus números de contacto. Se dan la mano, Terry aprieta como si no hubiese mañana, no le deja ni un solo dedo sin crujir, y constata que Checker es la clase de hombre que se esfuerza por ser el que más aprieta.

«Estamos en contacto», dice Ronald Checker con una sonrisa sin gracia, de esas que la mayoría de la gente solo esbozaría reflexivamente y en privado si tuviese la suerte de ver cómo su archienemigo es arrollado por un autobús. Terry observa cómo el estadounidense se aleja con garbosos andares mientras trata sin éxito de aplacarse el pelo en mitad del vendaval, visiblemente aliviado tras dejar atrás al sonriente portero.

Los botones se disgustan al descubrir que no hay ninguna maleta en el taxi, y miran a Terry con recelo, como si él fuese en cierto modo responsable. Terry se indigna, pero tiene asuntos más importantes que atender. Esta tarde es el funeral de su viejo amigo Alec, así que se pone en marcha y vuelve a su piso del South Side, donde se cambia y llama al Pastoso para que lo lleve al cementerio de Rosebank.

El Pastoso llega enseguida, y Terry se acomoda con gratitud en el taxi. Sin embargo, es una versión más antigua, menos conseguida y tapizada de su venerado TX4, fabricado por la London Carriage Company, y su ambiente espartano hace que se sienta demasiado engalanado con su chaqueta negra de terciopelo, su camisa amarilla abotonada hasta arriba, sin corbata, y su pantalón gris de franela. Se ha recogido los tirabuzones con una goma, pero un par de ellos se han soltado y saltan irritantemente sobre sus ojos; mientras, va fichando a las mujeres que andan por la calle según se aproximan al barrio céntrico de Pilrig y a su cementerio, cuyas inmediaciones parecen frías y descuidadas. Al bajarse del taxi, Terry se despide del Pastoso, y una llovizna gélida le asalta. Este es el primer entierro al que acude en su vida, y le ha sorprendido bastante que el oficio por Alec no se celebre en un lugar más habitual, como los crematorios de Warriston Seafield. Al parecer, habían comprado una parcela familiar hace muchos años, y Alec debía ser enterrado junto a su esposa, Theresa, fallecida trágicamente en un incendio. Terry no llegó a conocerla, y era amigo de Alec desde los dieciséis. Alec le contó, años después, durante un extraño y triste episodio de remordimiento y lamentación alcohólica, que había sido el propio Alec quien, en estado de embriaguez, había encendido por error la freidora cuyo fuego provocaría el fatal desenlace.

Tras subirse el cuello de la chaqueta, Terry se dirige hacia un nutrido grupo de asistentes congregados en torno a la tumba. Ha venido mucha gente, aunque claro, era de esperar que el fallecimiento de Alec reuniese a un buen número de pobres borrachuzos. Lo que sorprende a Terry es volver a ver rostros que había dado por muertos o presos, pero que en realidad desde la prohibición del tabaco no habían vuelto a ir más allá del supermercado local.

Aunque no todo es de condición humilde. Un Rolls Royce verde atraviesa asertivo la verja, haciendo crujir la gravilla del camino. El resto de los coches está aparcado fuera, en la calle, pero, para inquietud de los desconcertados trabajadores del cementerio, el Rolls Royce se detiene a escasos centímetros de las lápidas, antes de que dos hombres trajeados y con abrigos se bajen de él con ceremonia. Uno es un mafioso al que Terry conoce como «el Marica». Le acompaña un hombre más joven, de mirada astuta y complexión estrecha al que, a ojos de Terry, le falta corpulencia para ser guardaespaldas.

Esta entrada triunfal, que en efecto ha llamado la atención de los asistentes, no consigue alterar a Terry, que enseguida dirige la mirada hacia otras direcciones. La experiencia le ha enseñado que el duelo afecta a las personas de distintas formas. Junto con las bodas y las vacaciones, los funerales constituyen excelentes oportunidades de ligoteo. Con esto en mente, recuerda que la concejala Maggie Orr había recuperado su apellido original; su anterior y torpe denominación era Orr-Montague, por cortesía de su marido, un abogado del que se había divorciado hacía poco. Así pues, Terry dispone de dos datos: primero, que a Maggie le han sentado bien los años, y segundo, que las rupturas sentimentales y el dolor por la pérdida entrañan una doble vulnerabilidad.  Quizá podría recuperar a la antigua Maggie, aquella chiquilla atolondrada de Broomhouse que nada tenía que ver con la mujer implacable y profesionalmente realizada en la que se había convertido. La idea le estimula.

Casi de inmediato la ve junto a una enorme lápida en forma de cruz celta hablando con un grupo de asistentes; lleva un sobrio traje oscuro y le da suaves caladas a un cigarrillo. Se le puede hacer un favor, piensa Terry mientras se chupa una capa de sal que está cristalizando en su labio superior. Establecen contacto visual y entre ellos media una débil sonrisa, después un triste gesto de reconocimiento.

Stevie Connolly, el hijo de Alec, se acerca a él. Stevie es un tirillas con una carga perenne de semiindignación heredada de su padre. «Fuiste tú el que encontró a mi padre muerto, ¿no?»

«Sí. Murió en paz.»

«Tú eras su amigo», dice Stevie, en tono acusador.

Terry recuerda que padre e hijo nunca habían estado unidos, y en parte empatiza con Stevie, pues él también ha vivido una situación similar de alienación paterna, pero no está seguro de cómo reaccionar ante el reproche de Stevie. «Sí, trabajamos juntos en lo de las ventanas», afirma débilmente mientras recuerda otro azaroso capítulo de su vida.

El ceño fruncido y dubitativo de Stevie parece decir: «Y robando casas también», pero antes de enunciar el pensamiento, una serie de llamadas y señales resuenan por el cementerio, obligando a los asistentes a congregarse despacio alrededor de la lápida. El pastor (Terry agradece a Alec que, a pesar de su origen católico, haya dejado instrucciones para que su funeral sea lo más seglar y breve posible, lo que significa recurrir a la Iglesia de Escocia) hace varias observaciones no controvertidas, centrándose en lo sociable que era Alec y en cómo su amada Theresa le fue cruelmente arrebatada. Ahora podrían estar juntos, no solo de modo simbólico, sino para siempre.

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Autor: Irvine Welsh. Traductores: Francisco González, Arturo Peral y Laura Salas Rodríguez. Título: Un polvo en condiciones. Editorial: Anagrama. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro.