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Alejandro Palomas: «Ahora soy menos vida y más memoria»

Alejandro Palomas: «Ahora soy menos vida y más memoria»

Fotos: © Victoria R. Ramos.

Es la mañana del 13 de septiembre y al céntrico restaurante Saporem aún no han llegado los medios convocados para la rueda de prensa para presentar el cuarto volumen de poesía publicado por Alejandro Palomas, que edita la Fundación José Manuel Lara en su colección Vandalia: Quiero: Poesía reunida (2012-2018). En él se reúnen los tres publicados anteriormente —Tanto tiempo (2012), Entre el ruido y la vida (2013) y Aunque no haya nadie (2014)— y se añade un cuarto, inédito hasta ahora. Hoy nadie sabe aún que a principios de octubre habrá que imprimir ya una tercera edición.

Alejandro Palomas (Barcelona, 1967), finalista del Premio de Novela Ciudad de Torrevieja por El secreto de los Hoffman (Plaza & Janés, 2008), finalista del premio Primavera de Novela por El alma del mundo (Espasa, 2011), Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2016, Premio Nadal por Un amor (Destino, 2018), termina de atender a una radio por teléfono antes de afrontar la primera entrevista del día, la nuestra. El hombre que tras años de carrera lograse establecer un peculiar idilio con crítica y público con sus omnipresentes niños «por qué», su particular oda a lo cotidiano, lo diferente, lo frágil que envuelve fortalezas de acero, el que mezcla la reflexión e introspección con emotividad y autobiografía, el que odia las mentiras y ama los silencios, el solitario por vocación a quien el genio de Philip Larkin despertó pronto el voraz gusano de los versos, presenta hoy un libro de poesía que, a nivel temático alcanza el mismo recorrido que Un amor. Una forma de vertebrar varios años de carrera.

Quienes estén a la espera de su próximo libro de narrativa deberán aguardar hasta marzo, cuando llega la segunda parte de Un hijo. Mientras, Alejandro Palomas juega con las palabras en forma de teatro, de poesía, de adaptación cinematográfica. Dice querer escribirlo todo. Tras haber dedicado la primera mitad de su vida a encontrar respuestas, a entenderse, a sobrevivir, ahora dice haberse reconciliado con su voz, con su soledad y con ese niño de infancia segada antes de tiempo. Admirador de Carmen Kurtz y de Carmen Laforet en lo narrativo, la ausencia, el amor, la observación, las dudas, el ruido… están muy presentes en la primera parte de esta antología. En la segunda mandan las lunas, los niños y los perros. Ahora la luz está dentro. Y el silencio de un hombre que no esquiva las preguntas directas y que, en ocasiones, las devuelve con la misma mirada intensa y franca con que las responde. Es el peligro de los observadores inteligentes: no temen hacer preguntas y saben mirar.

—Premios aparte, ¿es feliz Alejandro Palomas?

—Esa es LA pregunta. Yo creo que si fuera feliz no escribiría, sinceramente. Para mí la felicidad es el alivio, la paz conmigo mismo. No es gran alegría ni estridencia, sino todo lo contrario: encontrarte bien con tu propio silencio. Todavía hay momentos en que no lo estoy, y por eso necesito demostrarme cosas a partir de la escritura. Es más una necesidad de decirme cosas a mí mismo.

"Si fuera feliz no escribiría. Para mí la felicidad es el alivio, la paz conmigo mismo, encontrarte bien con tu propio silencio. Todavía hay momentos en que no lo estoy, y por eso necesito demostrarme cosas a partir de la escritura"

—Marta Portal, escritora ya fallecida, decía que no era capaz de escribir ni en los momentos de mayor alegría ni en los de gran tristeza.

—Yo puedo escribir en todos. Desde muy pequeñito aprendí a conseguir que la vida no afectara a mi ejercicio intelectual. Cuando me encierro a hacer algo con la mente, ya se puede haber muerto alguien muy cercano o puede haber pasado alguna desgracia terrible, que me abstraigo totalmente. Soy muy impermeable a eso. Puedo escribir en cualquier estado emocional, y aunque este varíe de un día a otro, eso no cambia la línea de lo que estoy escribiendo.

—Buscas tocar hasta que duela, ir al plexo solar.

—Sí, siempre. Yo soy así, y lo soy en todas mis variantes. Es la fórmula inicial de quien soy, eso no lo puedo variar. Siempre que buscas en mí encontrarás eso, el ir a dar. Me gusta hacerlo así porque me gusta al revés también. Me gusta sentir eso. Cuando veo una película o conozco a alguien nuevo, me gusta que me hablen mucho directamente, que me quieran conmover.

—Tu lenguaje se va despojando cada vez más, es más desnudo, más límpido, más transparente.

—Eso es lo que me da un poco la luz de que el proceso va bien, porque yo creo que cada vez debemos irnos despojando de más cosas. Siempre he pensado que la maestría de un autor es que lo muy difícil parezca fácil. Eso es el madurar. Necesitar menos, ser menos y a la vez ser más, siendo menos. Es un poco complejo, lo sé. Estoy leyendo ahora El silencio, de un tipo noruego, y para mí los silencios son fundamentales cuando escribo. Tanto en mi poesía como en mi narrativa cada vez hay menos texto y más silencio. Esto no se ve mucho en Un amor, pero en este poemario y en las novelas que vienen cada vez hay más blanco y menos letra escrita, que es lo que a mí me interesa, que el lector se encuentre en esos vacíos.

—“Leer viviendo, el ruido fuera, la luz dentro.” / “Ser mayor es el hábito del silencio. No esperar a nadie. Ahora el ruido está fuera… Apagar luces que sobran. Dar un respiro a los apegos”. Silencio frente a ese ruido, interior y exterior, del que tanto hablas.

—Exactamente. Cuando cierras la puerta de tu casa callan los de fuera y empiezan a hablar los de dentro, lo cual es peor, porque tus voces interiores pueden ser muy terribles a veces. Madurar es callar a los de fuera y callar a los de dentro. Eso es la paz, eso es brutal, eso es maravilloso.

—¿Qué buscas en la poesía? ¿Respuestas?

—Yo soy muy analítico, y me gusta mucho analizar la condición humana, su comportamiento y el porqué de las cosas. Yo siempre me pregunto el porqué de todo. De pequeño me llamaban Alejandro Porqué. «Alejandro, tienes que desayunar». «¿Por qué?». «Porque luego tienes que ir al colegio». «¿Por qué?». Y sigo siendo ese, el que busca los porqués, aquí de una forma mucho más directa. Veo un espacio en blanco y digo: «Igual aquí encuentro por qué estoy aquí, qué hago aquí, cómo es esta broma, cómo me trago yo esta vida».

—¿Por qué este título, Quiero?

—Yo nunca creí que iba a llegar a los 50. Siempre creí que me iba a suicidar antes. Además, hablo de estas cosas como quien habla de comprarse unos pantalones, porque soy así, para mí la vida y la muerte tienen la misma importancia. Y al cumplir 50 años, me dije: «Hostia, yo esto no lo tenía calculao«. Yo viví hasta los 50 como un niño, en el fondo. Los niños viven en la negación. «No me gusta esto, no quiero esto, no como esto». Van descartando. Y eso he ido haciendo yo hasta los 50, ir descartando cosas que no quiero. Y ahora tengo que aprender a vivir con el «quiero». Quiero mojarme. Quiero esto. Y eso es muy complicado. Los «no quiero» son muy fáciles.

—Es más, incluso especificas que quieres exactamente cinco cosas.

—¿Y cuáles son?

—Querer, entender, admirar, tocar y hablar.

—Sí. Todo eso quiero. Lo que pasa es que no sé si quiero todo eso a la vez. Ahora tengo que ordenarlas: qué es lo que quiero más, qué es lo que quiero después… Y eso me llevará unos años también, con lo cual cuando ya lo sepa me moriré, y hasta la siguiente reencarnación. [risas] Siempre le digo a mi psicoanalista que voy a necesitar tres reencarnaciones para arreglar esta cabeza.

—Mencionas mucho también el tiempo circular. Hace poco decías que aún se te resistía lo de vivir el presente de indicativo.

—Bueno, eso es una cosa que a mí me tiene loco, ese concepto de que existen muchos tiempos a la vez. No sé ni articularlo, porque me estalla la cabeza. Hay gente que sabe vivir en presente continuo, pero eso es muy complicado. Si lo vives de forma consciente eres la minoría, pero el 90% de la población vive inconscientemente, sin plantearse nada más allá de lo que está haciendo en ese momento. Pero el presente continuo consciente es complicadísimo, porque tienes que pararte y plantearte que estás viviendo en un presente continuo constantemente. Yo sé que cuando hablo a veces parece que estoy un poco chalao, que un poco lo estoy, pero todo esto es producto de la soledad. Yo estoy solo. Soy solo, soy una persona muy sola. Y me encanta. Para mí es prácticamente una vocación. Más que la escritura, mi vocación es la soledad.

"Yo estoy solo. Soy solo, soy una persona muy sola. Y me encanta. Para mí es prácticamente una vocación. Más que la escritura, mi vocación es la soledad"

—Ese es otro de tus grandes temas. Primero es la ausencia y luego la soledad. Elegida.

—Claro, y tú no sabes mi lucha contra esto. No sabes lo difícil que es que la gente entienda una soledad elegida. Es lo más difícil a lo que me he enfrentado nunca. Hasta la sexualidad acaba por entenderse, pero con una elección anti-sociedad, la sociedad salta sobre ti, ofendida, con todas las garras. Hay que estar constantemente dando explicaciones. Yo no podría escribir si antes no hubiese pasado por una vocación previa, que es la soledad. Sin esa soledad externa, y esa campana de cristal en la que vivo, no podría escribir.

—¿De verdad crees que los solitarios hemos nacido para mirar, para observar?

—Yo creo que sin los solitarios esto se hunde. Somos absolutamente necesarios. Y el hecho de que la sociedad te engañe para no admitir esto… les estalla la cabeza. No lo pueden soportar. La soledad tiene el beneficio de que no hay agresividad de fuera, el límite es que tu curiosidad topa con los límites de esa campana de cristal. Durante estos años he aprendido a que me guste exponerme. Hay muchas ganas de verdad. Quiero provocar curiosidad. Planteo cosas porque no las sé, porque estoy solo, porque soy ignorante. Pero tienes que seguir investigando y preguntándote.

—Hay una evolución paralela en el poemario a la de tus novelas. De hecho, hay varias afirmaciones que se corresponden con párrafos de Una madre donde dices que, aunque lo único realmente nuestro es pasar y que jugamos con cartas marcadas, nos negamos a jugar perdiendo. Esa actitud vital está en el poemario tanto como en los personajes de tus novelas.

—Sí, es que yo soy muy vital. Lo que pasa es que es una vitalidad que no comparto. Mis personajes y mi obra son muy vitales. Exigen sacar la vida, porque va a haber una muerte. Aquí jugamos con dos cartas y no hay más. No quiero jugar a esconderlas. Vamos a mirarlas, y si tiene que doler que duela. Ese temor a vivir, a plantear… No, ya he tenido tanto miedo en mi vida que ahora quiero jugar con esas dos cartas, sin temor.

—Has dicho que para ti escribir narrativa es volar.

—Sí.

—¿Y escribir poesía?

—Pues es… bucear. Es agua. Como hace la gente en esas calas tan limpias de Menorca. Qué líquido todo y qué fáciles los movimientos. No hay nada que choque. Eres solo tú y esa ingravidez.

—¿Y leer?

—Leer es flotar. Es tener una parte de ti en el agua y otra en el aire. Es justo la frontera.

—Con la narrativa siempre has dicho que no planificas, que te sientas delante y…

—Con esto tampoco. Nunca. Y además, escribo muy rápido.

—Cuatro meses para una novela es rápido, desde luego.

—Y en un poemario mucho menos. Porque creo que ya lo tengo escrito, no por considerar que tenga una cabeza superdotada. No, es porque durante mucho tiempo antes mi cabeza va trabajando y escribiendo. ¡Por eso estoy tan cansado!

—¿Sale de forma inconsciente, tal vez?

—Se ordena de forma inconsciente. Yo voy dando muchas vueltas a las cosas, y eso va como sumando al poemario. Y un día digo: «Quiero un poemario donde va a haber certezas». O quieros. O… Son como listas de cosas, como las que la gente tiene para la compra. Es algo muy cotidiano y profundo a la vez.

—La cotidianidad, la cercanía y las cosas pequeñas son elementos que unen toda tu obra. Hay un constante elogio de lo pequeño, lo cotidiano, lo vulnerable, lo diferente…

—Eso es lo que más me gusta. Ha sido difícil llegar a los cincuenta con estos elementos, porque en primer lugar, yo nunca he encajado en ninguna parte, ni lo que yo he hecho tampoco, y lo que no encaja es castigado. Yo me he sentido castigado muchas veces, precisamente por tratar esos temas que no se consideran «dignos de». Y yo creo que lo cotidiano es lo más digno.

—También reivindicas el humor y la risa. En España parece que eso se desprecia.

—Sí, se desprecia como algo fácil. Y el sentido del humor desvela muchas cosas sobre una persona, especialmente su grado de inteligencia, mucho más que su sentido del drama. Quedas muy retratado por las cosas que te provocan la risa, y hacen falta muchas dotes para poder reírte de ti mismo. Esto también se castiga, porque cuando no se llega a algo, se castiga. Otra vez el castigo al diferente. Siempre estamos en lo mismo. «Dame una etiqueta, dame un hashtag». Si no lo tienes, estás muy verde.

—¿Cuándo supiste que querías ser escritor?

—No lo sé. Cuando tuve conciencia de mí, yo ya estaba allí en ese respecto. Para mí el momento más bonito del día eran los cuadernos de caligrafía del colegio. Trazar las letras por esos renglones, que las tenías que hacer bonitas y enlazadas, me daba mucha paz. Era casi como una disciplina japonesa. Me relajaba muchísimo.

—¿Qué papel juega la poesía en el mundo de hoy?

—Afortunadamente, tenemos muchos tipos de tendencias poéticas hoy en día, más mayoritarias, más juveniles, más adolescentes, más musicales… Y eso, quieras que no, se contagia. Hay muchos detractores de esta pluralidad, que defienden la «pureza» de una poesía como algo para una minoría, y creo que eso no nos hace ningún favor. Hay que llegar a la poesía por cuantas más puertas mejor. Hay más curiosidad, también. Hay gente de la que jamás habría imaginado que buscan poesía. Ya no hay tanto miedo a la poesía, creo.

—Es lo que siempre te llamó, lo que estudiaste.

—Sí, yo estudié filología inglesa porque quería estudiar poesía. Fui a Estados Unidos para especializarme en poesía. Nunca pensé que podría volver a España y escribir poesía. Pensé que no iba a tener problema con la narrativa, pero la poesía era tener que mojarme mucho. Me ha pasado un poco como con la narrativa. Nadie me ha querido, hasta que de repente empezaron a quererme. Con la poesía me ha pasado igual, quizá porque desde siempre sabía lo que quería, que era esto.

"Creo que soy una mezcla de Gloria Fuertes, María Elena Walsh y Philip Larkin"

—¿Cuáles dirías que son tus autores de referencia, los que más has leído, los que más te han marcado?

—Me lo he estado preguntando mucho. Hay cosas que me fascinan de Gloria Fuertes, por ejemplo, a quien leí mucho —ahora no—. La primera novela que escribí, en los 90, se la envié a ella. Me contestó, y me tomé un café con ella en Madrid. Es el único escritor que admiro a quien he tratado personalmente. Pues yo soy una mezcla de ella, de María Elena Walsh, una argentina maravillosa, y de Philip Larkin. Lo más disparatado del mundo es él. Creo que soy una mezcla de esas tres cosas, de lo masculino, de lo femenino, de lo muy lúdico, de lo muy serio… Me gusta mucho lo inglés. Me gusta Cernuda. Y digo «me gusta» como lo diría un niño. Me baño ahí, en esas voces. Pero el autor que más me ha marcado es Philip Larkin.

—»El amor es una palabra vieja». ¿Sabemos lo que valen las palabras?

—No. Porque además las palabras valen según quién las utiliza y quién las recibe. Para mí las palabras son música. Yo cuando leo oigo música, y por eso nunca escucho música. No sé explicarlo, igual parte de la chifladura me viene por ahí. Yo sin palabras me muero. 

—»Vive bien quien sabe preguntar y reír». ¿Tan difícil es conocer las preguntas correctas?

—Lo es, porque no existen. Como tampoco existen las respuestas correctas. Buscamos el alivio en «lo correcto», pero es como una tirita que se cae en seguida. «Lo correcto» es lo más terrible del mundo, es una condena.

—»Quise vivir el amor sin condiciones, y llegué viejo a la juventud». ¿Incondicional es solo el amor recordado?

—Para mí sí. Yo no soy capaz de fiarme de los amantes, ni de mi pareja. Mi fe en el amor personal está siempre pasada por el recuerdo, en el caso de los que ya no están. De hecho, ya nunca hay presente en este sentido, porque ya me cansé. [risas] Pero hago bonito lo que tuve, y ahí sí que es incondicional.

—Has dicho que por esas secuelas de desconfianza desde niño eres incapaz de enamorarte, porque eres incapaz de confiar al cien por cien.

—Sí, cuando vi el título de La campana de cristal, de Sylvia Plath, dije: «Huy, esto me resuena de alguna manera». Lo leí por el título. ¿Sabes qué pasa? Que los niños abusados son adultos asustados, sobre todo si el abuso viene de alguien en quien confías mucho y que debe darte ejemplo. Te fías tanto que luego te hace el doble de daño. Y yo fui un niño abusado, así que escribo desde ahí. Ya nunca saldré de ahí, porque te deja una marca para siempre, y yo no puedo confiar en nadie hasta el punto de abandonarme. Lo que vives antes de los seis o siete años te marca para la vida.

—¿Escribir es una forma de salvar esa distancia?

—Sí. Si no me moriría. No necesito estímulos externos. Ahora, si no pudiera escribir… para mí la palabra es como magia. Yo vivo mucho con la muerte al lado porque, como he dicho, nunca creí que llegaría a los cincuenta años, siempre pensé que me suicidaría antes. Hay voces en mi interior que me dan respuestas, porque no paro de buscarlas. El día que deje de hacerlo me tomaré una pastilla y me moriré. Mi vida es un constante preguntar, curiosear, y mucho silencio. Necesito mucho silencio.

—¿Qué dirías a tus lectores de narrativa que aún no conocen tu poesía?

—Les diría que a mí siempre me ha preocupado con la poesía lo mismo que a ellos. Muchas veces yo no he sido lector de poesía porque no la entendía, y una de las cosas que más me preocupa es que me entiendan. Yo escribo para ellos, incluso la poesía. Les van a sonar muchas cosas mías en mi poesía. Hay mucha abuela Esther en ella, porque esa es parte de mi voz poética también. Van a apuntar frases de este libro hasta en la nevera de la cocina. Les va a gustar mucho, porque es lo cotidiano.

—Una de las partes más características es la de las definiciones.

—Es mi tema, es mi lema. Desde pequeño es lo que he intentado hacer, encajar, hasta que a los cincuenta me he dado cuenta de que yo encajo… desencajado. Vivo así, pienso así y escribo así porque estoy desencajado.

—»Leer en voz alta para ahuyentar la locura». ¿Funciona?

—A veces. Oírte es dar voz a alguien, es dar voz tuya a las palabras de alguien a quien tú admiras. Yo quiero a los escritores o escritoras que a veces me dan un párrafo brutal que habla de mí. Eso me inspira mucha empatía, mucha cercanía.

"Quería proyectar El principito en poesía porque me veo así, con un perro, paseando por la luna y mirando los planetas, pensando. Yo soy eso y no me da vergüenza"

—Dices que tus libros tienen un color. Diría que Quiero es blanco, como Rulfo, como la luna.

—Totalmente. Siempre lo he visualizado en blanco. De hecho, en mi casa tengo todo blanco: los sofás, los edredones, las paredes, las mesas, las sillas… Y muchas plantas. He ido escribiendo poemarios tras cada novela, queriendo proyectar un poco El principito en poesía, porque me veo así, con un perro, paseando por la luna y mirando los planetas, pensando. Yo soy eso y no me da vergüenza serlo.

—¿Lo de las voces internas cómo se lleva con un cerebro de altas capacidades?

—Mal. [risas] Porque hay muchas, hablan muchas a la vez, hay mucha información, muchos canales internos y externos, y es agotador mentalmente, porque de noche tampoco descanso, sigo pensando y creando cosas. Me despierto mucho. Y eso que de pequeño no era hiperactivo. Al revés, era hiperordenado, de muy bajo perfil, no quería molestar, no quería que se me viera, pero era un niño muy angustiado por conseguir resultados.

—¿De ahí el “saber retirarse estando”? 

—Exacto, a mí me educaron para no molestar. Mi gran inquietud era no molestar a los mayores. Eso marca. Tienes que buscar medios para que sepan que estás sin que molestes. En la vida adulta pasa lo mismo, todavía tengo ese chip. Pero quieres dejar huella, quieres estar. Angustia mucho. Siempre creo que no existo para los demás. Mi trabajo es ir dejando huella sin molestar, lo veo en mi obra. Al menos soy consciente y puedo jugar con eso.

—¿Cuánto hay del novelista en el poeta, y del traductor en ambos?

—Para ser buen poeta tienes que haber mentido mucho. Y no mentir. Yo he traducido más de cien libros, muchos con seudónimo, para comer. No he traducido por vocación. Como respeto mucho el trabajo de los traductores, ahora no traduzco. Traducir es algo muy serio. El traductor piensa mucho cuando tiene una frase delante, y eso me ha ayudado mucho a escribir poesía. Me interesa más lo que no se dice en una novela que lo que leo. De ahí los espacios en blanco. El narrador. Yo soy muy narrador, yo narro constantemente. Entremezclo los ritmos ­—una narrativa muy lírica, poemas muy narrativos— de principio a fin. Yo quiero que tú llegues al final del poema, del libro, como sea.

—¿Vas a seguir escribiendo poesía?

—Sí, y el próximo libro va a ser de un color entre naranja y amarillo. Yo escribo un poemario después de cada novela. Esto es el cierre de un ciclo. Lo que venga ahora tendrá otro color. Y sé lo que quiero escribir ahora. Yo soy muy infantil, yo tengo un niño muy vivo dentro, quiero continuar con este «quiero» a partir de ahora. Veo cómo es mi siguiente voz poética, veo la cubierta, veo el título, la primera frase, el color… Este ha cerrado el «no quiero» de mis primeros cincuenta años, del niño que vive en el «no quiero». Esto es crecer. Ahora toca el momento del «quiero». Y lo que quiero es vivir.

—¿Además de eso, qué viene ahora?

—No lo sé, pero hay una frase con la que voy a empezar: «A partir de ahora soy menos vida y más memoria».

—»No hay adultos felices porque no hay niños poetas».

—Eso me parece muy fuerte. Hay que cuidar a los niños, como adultos en potencia que van a ser, en ese momento en el que tienen todas las terminaciones nerviosas ahí, absorbiéndolo todo, y que de repente pueden cerrarse para siempre. Es tan delicado todo lo del niño…  El libro está dedicado a esos niños a los que, como a mí, cortaron las piernas con una hoz.

—»Vive como si nadie te viera». Quizá el mejor consejo de todo el libro.

—Así vivo yo, porque además vivo en un sitio totalmente apartado del mundo, y entonces nadie me ve. Ha sido mi salvación. Si no pudiera vivir así, no podría vivir.

—¿A qué le teme ahora Alejandro Palomas?

—Siempre me temo a mí y a mis capacidades, a mi no finitud, a mi no poder parar. No me da miedo nada de fuera. Me da miedo mi agresividad, porque soy capaz de matar.

—Yo creo que todos lo somos, aunque cambia el detonante. El motivo, las circunstancias.

—Yo pienso que hay gente que cree que sería capaz de matar, pero que cuando se viera ahí… Yo no. Yo no dudaría. Porque yo sé lo que es haberme muerto cuando era niño. Hay una parte de mí que murió, con lo cual esa parte ya no la voy a perder. El bullying esconde algo muchísimo peor, porque todavía te tienes que sentir culpable por haberlo sufrido, como que «igual fui yo quien hizo algo mal». Tampoco se habla del maltrato a los mayores.

—Estás en un gran momento profesional. ¿Qué es lo mejor y lo peor?

—Lo peor, el cansancio. Estoy muy cansado y me cuesta mucho arrancar. Lo mejor, lo que está por venir, el seguir creando cosas que me emocionan mucho. Lo mejor es lo interno. Lo externo no me importa mucho.

—Muy presente en el poemario, como en las novelas, está el rechazo frontal a la mentira.

—Absolutamente. Es lo peor. Quiero no más mentiras. Eso es un «quiero» también. Ni pequeña, ni mediana, ni por defecto. No puedo, no las soporto.

—Hay algo en la descripción de la mujer libélula del poema que recuerda mucho a las mujeres de tu narrativa.

—La libélula es un insecto que me apasiona. Estéticamente me parecen preciosas, y tienen fragilidad, además de fortaleza. Son muy completas. Como las mujeres en mis novelas y en mi trabajo, tanto en lo profundo como en lo superficial.

—Uno de los grandes puntos fuertes de tus novelas son los diálogos, hacen de ellas un material muy adaptable tanto a pantalla como a teatro.

—Tanto de Una madre como de Un hijo tengo los derechos vendidos para cine. De la segunda hemos terminado el guion ahora.

—¿Juegas algún papel en la adaptación?

—No de guionista pero sí de algo como asesor, no sé, algo así desencajado también. Estoy ahí encima dando inputs sobre los personajes y su vida personal que no se ve. Y el guion de Una madre lo voy a hacer yo.

—Uno de los personajes más fascinantes de Un amor es Oksana.

—Para mí es la más. Cuando leas El tiempo que nos une verás su origen. Tan potente, tan heavy, tan generosa, tan única, tan sola… Soy un poco yo, o como me gustaría ser a mí.

—»No te esfuerces tanto por vivir… Con flotar basta”.

—Ah, sí. Eso me encanta. Es lo que decíamos antes: entre el leer y el escribir está el flotar, y para mí flotar es el alivio, el déjate. Vivir es gratis, luego ya veremos cómo lo arreglamos, pero parte de la base de que la existencia ya la tienes conseguida, y es difícil convencerse de eso. Parece que nos tengamos que «ganar la vida» literalmente, el derecho a vivir.

—“Elegí saber. Y la curiosidad mató la conformidad”.

—Es que damos la importancia a lo que no la tiene, y no a lo que realmente la tiene, a dónde nace el dolor. Cuando quieres saber la verdad te arriesgas a que lo que descubres sea lo que no quieres descubrir, y yo quiero saber siempre. Un escritor no se puede permitir no tener curiosidad. Yo, al menos, no puedo.

"Quiero escribirlo todo. Estoy escribiendo la segunda parte de Un hijo. Quiero seguir con poesía. He escrito teatro y quiero llevar esa obra al teatro. Llevo Una madre y Un hijo al cine. Dame palabras y jugaremos"

—¿Qué quieres escribir ahora?

—Quiero escribirlo todo. Estoy escribiendo la segunda parte de Un hijo, que sale en marzo de 2019, porque es una trilogía. Quiero seguir con poesía. He escrito teatro y quiero llevar esa obra al teatro, aunque tengo una relación complicada con el teatro, porque no entiendo a los directores. Llevo Una madre y Un hijo al cine. Me gusta todo, me gusta crear personas, no personajes. Soy muy doctor Frankenstein. Crear vida de donde parece que no vaya a haber. Eso da para todos los formatos. Dame palabras y jugaremos.

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