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Marta Orriols: «La muerte, para los que escribimos, es un tema casi ineludible»

Marta Orriols: «La muerte, para los que escribimos, es un tema casi ineludible»

La editorial Lumen publica la que es, posiblemente, una de las mejores novelas escritas sobre la muerte, Aprender a hablar con las plantas. En este pasillo literario del duelo acompañan a su autora, Marta Orriols, escritores como Joan Didion, Max Porter y Orianna Fallaci. Todos ellos escribieron sobre la muerte de los otros.

Escribir es deshacer nudos, podría haber pensado Marta Orriols, escritora de cuentos, que debuta en la novela con un texto profundo, sutilmente descarnado; con una operación sin anestesia a corazón abierto que ahonda más allá del dolor, más allá de lo que otros escribieron —o pensaron— que sería eso, el duelo.

Aprender a hablar con las plantas se presenta estos días. La novela se ha convertido en uno de los textos más esperados de la temporada. Vendidos sus derechos a varios países, Aprender a hablar con las plantas parece que ya baila sola.

Orriols —locuaz, reflexiva, dialogante, serena— es una escritora comedida con un estilo hilado a base de precisión, fluidez verbal y poesía. Orriols posee una literatura sorprendentemente bella, sus textos nacieron destinados a perdurar. ¿Para qué, si no, servirían palabras como estas, si no es para sobrevivir en la memoria de quien siente dolor? Orriols, madre, viuda, es escritora de cuentos. Y en su literatura hay palabras de dolor y palabras de renacimiento. Aprender a hablar con las plantas es un texto en el que sangran las palabras, pero al tiempo, la lectura de sus páginas implica un deseo innato de supervivencia.

Zenda se reúne con Marta Orriols un poco antes de su presentación en Madrid para desmenuzar el desgañitado texto que ha sido (y continúa siendo) recipiente que sana y da alas. Conversamos sobre la dificultad de hacer ficción de un tema como este, sobre la creación de sus personajes, y descubrimos cómo en muchas ocasiones la literatura puede ordenarlo todo.

Comenzamos.

—Hace un tiempo publicó su primer libro de relatos, Anatomía de las distancias cortas, un texto con el que obtuvo un gran reconocimiento. Ahora llega a las librerías su primera novela, Aprender a hablar con las plantas. ¿Qué diferencias encontró al afrontar este proyecto, respecto al anterior?

"No considero que el paso del cuento a la novela sea un salto cualitativo"

—El cambio de formato te obliga a adaptarte. Primero a escoger qué quieres escribir. Me di cuenta enseguida que Paula, la protagonista, no me cabía en un cuento, porque tenía muchas cosas que contar y que aprender. Entonces me obligaba sí o sí a escribir una novela. Cuando escribo, parto mucho del personaje. No tenía claro a dónde quería ir —soy muy caótica cuando escribo—. Tenía un sentimiento y tenía un personaje, y a partir de ahí pensé que el cuento no me sería suficiente. Me interesaba rodearla de personajes secundarios que iban arrancando su personalidad, que permitían que el lector descubriera a Paula. No considero que el paso del cuento a la novela sea un salto cualitativo, ni mucho menos. A mí el género del cuento me gusta muchísimo, y creo que simplemente son las circunstancias. En ese momento, cuando escribí los cuentos, tenía la necesidad de hablar de diferentes temas que… Era casi como un diccionario de sentimientos. En la novela tenía más la necesidad de contar una historia y con una protagonista muy clara. Necesitaba el formato novela.

—¿Qué es Aprender a hablar con las plantas?

—Creo que es una novela que se puede leer con muchas capas. Pero básicamente es el aprendizaje de una persona que tiene que reescribir el guion de su vida de nuevo tras una pérdida muy importante, no sólo debido a la muerte de alguien, sino también a la pérdida del amor. De repente Paula vive dos duelos a la vez. Es una novela, más que de duelo o de muerte, de cómo sobrevivir, cómo seguir adelante. Es un aprendizaje, reescribir el guion de tu vida cuando algo así te tambalea, cuando ya lo tenías todo un poco encarrilado y, de repente, tienes que volver a empezar.

Aprender a hablar con las plantas nace de otra novela, de un texto que le regaló su editora. ¿Puede contarnos esta historia?

"Me puse a escribir porque tenía ganas de seguir escribiendo. Y salió este tema: reconstruir tu vida"

—La novela nace de un momento peculiar. Yo había publicado el anterior libro, que estaba funcionando muy bien. En Cataluña llevaban ya varias ediciones. Silvia Querini —que hasta enero pasado era la directora editorial de Lumen— me llamó un día y me invitó a cenar porque quería conocerme personalmente. Me dijo que le gustaba cómo escribía, que le gustaría editarme y publicar los cuentos en castellano. Al final de la noche, de la cena, me regaló una novela de Colm Tóibín, el escritor irlandés, Nora Webster, la historia de una viuda de los años 60 en la Irlanda rural, que se queda sola con sus hijos y trata de esto también, de seguir adelante. Silvia me dijo: “Creo que puedes escribir así. Tu escritura me recuerda mucho a él”. Fue como una invitación. Yo ya había decidido, por una parte, que quería seguir escribiendo; Silvia me hizo este regalo; yo había sufrido una pérdida, mi pareja había muerto hacía un año. Así que las tres cosas se juntaron. Ahora, con la distancia, veo que tampoco hubiera podido escribir sobre nada más. Me puse a escribir porque tenía ganas de seguir escribiendo. Y salió este tema: reconstruir tu vida. Aprender a hablar con las plantas sí que nace de esta invitación de Silvia. Ella no me dijo: “¡Escribe una novela!”. Pero sí que me dijo: “Te voy a traducir los cuentos, y si quieres seguir escribiendo creo que tu voz puede ser muy interesante”. Y de aquí surgió la novela.

—Está en las listas de los libros más vendidos en ficción catalana. Su prosa ha sido comparada con la de Alice Munro y Margaret Atwood. ¿Qué piensa cuando lee los elogios?

—No sé muy bien qué hacer con ellos [risas]. Creo que son palabras mayores. Para parecerte a estas escritoras tienes que tener el carrerón que llevan ellas y el trabajo de años y años. Yo acabo de empezar. ¡Claro!, te sientes muy bien cuando te dicen esto, pero es que no te lo acabas de creer. Imagino que cuando te comparan con gente así se refieren más al tipo de literatura que intentas escribir, que habla de unos valores universales y que toca temas con los que la gente puede empatizar fácilmente por eso, porque son universales, y el lector se puede reconocer fácilmente ahí. Creo que no me comparan estilísticamente ni nada, más que por el tipo de literatura que intento hacer.

—¿Por qué eligió un narrador en primera persona? ¿Una historia como esta sólo se podría contar con ese punto de vista?

"En una historia así es interesante que el narrador llevase una cámara y fuese viendo el mundo a través de la mirada de los otros"

—Es una pregunta interesante, porque me peleé mucho para encontrar la persona, la verdad. Empecé en tercera persona, porque me encanta y me siento supercómoda al ir saltando de la mente de un personaje a otro. Pero la pasé a primera porque sentía que Paula era el motor narrativo. En una historia así es interesante que el narrador llevase una cámara y fuese viendo el mundo a través de la mirada de los otros, como la ven a ella. Entonces la pasé a primera. Me costaba mucho, porque cuando narras así caes un poco en el tic de hacer de narrador cámara (“y ahora me levanto, y ahora hago esto”). Entonces volví a pasarla a tercera. Me di cuenta de que no, que realmente era necesaria la fuerza que tiene la primera persona, y ya no me moví de ahí.

—¿Podría contarnos el proceso de documentación o de escritura de esta novela?

—Paula no iba a ser neonatóloga. Al principio era cardióloga, porque me parecía bonito el símil del corazón roto y que ella curase corazones. Pero me empecé a documentar en cardiología… no encontraba, no tenía ningún contacto. Un día hablando con una amiga me comentó sobre una amiga suya que era neonatóloga. Me pasó el contacto, así que le envié una lista (que no terminaba nunca) de preguntas, ¡de todo! Incluso le preguntaba qué ruido hace el suelo de la unidad cuando pisas, el olor… ¡Todo! La relación que tenía con los niños, con los padres. Ella me dijo: “¡Vente un día, que esto es imposible de contestar!” Y estuve un par de días con ella en la UCI del Sant Joan de Déu, de Barcelona. Me dejó pasar por las salas de neonatología, me contó todo, me envío bibliografía… Ha sido muy interesante reproducir el mundo de la neonatología.

—También está el personaje, en este año de duelo, como en una incubadora preparándose para vivir.

—¡Qué bonita imagen! Ella está acostumbrada a estirar a estos niños hacia la vida. Es alguien que planta cara a la muerte a diario, y de repente la muerte la despedaza a ella y la deja en una especie de burbuja desde la que intenta volver a su normalidad, intenta empezar una nueva realidad.

—Paula, la protagonista de la novela, es una mujer dura que debe sobrellevar la muerte inesperada de quien ha sido su compañero de vida. Es una doctora neonatóloga que cada día —durante el año que narra su novela— se enfrenta a la muerte y a la lucha por la vida en su hospital. Ha comentado que quería desprenderse del cliché de “mujer femenina llorona”. Alejándonos de los estereotipos, ¿quién es Paula y en qué momento vital está?

"Cuando te ocurre algo así a esta edad no es lo mismo que si se te muere la pareja cuando eres alguien más mayor"

—Es una mujer bastante hosca, es algo egoísta. Hasta que le pasa esto es una mujer que vive volcada en su trabajo. Aparte, hay que hablar de dos tipos de muerte: la de la madre, que es por enfermedad y hay un tiempo para despedirse; y la muerte de Mauro, que es una muerte a destiempo. La muerte de la madre de Paula me servía para dibujar su personalidad. Paula es alguien que tiene carencias afectivas. Es alguien que no acaba de atarse nunca a la gente, con los amigos siente una cierta distancia para protegerse. De repente le pasa esto y tiene que salir de ese mundo cómodo en que ella se mueve, el del hospital y los compañeros de trabajo, porque la muerte es el detonador a partir del que surgen temas que estaban pendientes: la relación con el padre, por ejemplo, que no se llevan mal pero han faltado cosas y tiene que solucionarlo; también analiza la amistad con su mejor amiga. La muerte la obliga un poco a ir cogiendo esos temas que estaban ahí y que la acaban dibujando a ella. Es como encontrarse a ella misma. En esa caída Paula encuentra las claves de la supervivencia, de lo que va a ser ella a partir de ahora. Me interesaba que le pasara en un momento en que estaba en la mitad, en el ecuador de su vida. Tiene 40-42 años. De algún modo, cuando te ocurre algo así a esta edad, no es lo mismo que si se te muere la pareja cuando eres alguien más mayor, porque tienes que replanteártelo todo otra vez.

—¿Con qué herramientas ha contado para la creación de un personaje tan poderoso como el de Paula?

—Me encanta construir personajes, sinceramente. Primero le construyo una personalidad al personaje y a partir de ahí, según la personalidad que le doy, le pongo el conflicto delante. Esto es lo que te comentaba: me interesaba hacer una mujer muy cerrada en su mundo y que algo así fuera un impacto que la forzase a salir de ahí. ¿Herramientas en el proceso de escritura? Me dejo llevar mucho por la intuición (no soy nada arquitecta cuando escribo). Quería esto. Me interesaba rodearla de una serie de personajes secundarios a partir de los cuales el lector pudiera estirar incluso más la personalidad de ella. Creo que a través de la relación que tiene con el padre, con estos dos hombres con los que se relaciona durante la novela, con la amiga, con la enfermera, vamos viendo a Paula en diferentes facetas. Cuando la vemos más humana es cuando está en contacto con sus pacientes, con los bebés, pero en el resto de la novela es una mujer bastante dura, bastante solitaria.

—Tiene formación y experiencia tanto en historia del arte como en cine. ¿De qué manera piensa que esto ha ayudado a la hora de escribir, o de plantearse un proyecto como este?

"Primero veo la imagen y luego lo transcribo en palabras"

—Siempre creo que cuando escribes todo lo que llevas acaba volcándose en tu escritura. Del mundo del arte no lo sé tanto, es verdad que pienso mucho en imágenes cuando escribo. Primero veo la imagen y luego lo transcribo en palabras. El cine me ha influido muchísimo. Cuando tienes referentes los tienes ya visuales, casi. Creo que los dos lenguajes, la narrativa del cine y de la literatura, beben de un mismo inventario. A la hora de estructurar la novela, por ejemplo, de entrada no sé si voy a escribir en presente o en pasado. Para estos saltos temporales, por ejemplo, me ayuda mucho el pensar en una estructura de película. Pero lo voy haciendo sobre la marcha, no es algo premeditado. Me ayuda mucho a estructurar. Incluso pienso mucho en escenas. Lo veo dentro de la cabeza y lo vuelco luego en palabras, y durante el proceso de reescritura pulo mucho. Como describo mucho lo que veo en mi cabeza, hay demasiada descripción que aleja un poco de donde tienes que dirigir al lector. Luego limpio, pero es verdad que transcribo las imágenes que tengo en la cabeza. No me lo había planteado, pero el mundo del cine, del arte, de la imagen es importante.

—Algunos de los personajes de la novela se aproximan o se acercan a la muerte con una mezcla entre respeto y temor. Joan Didion dijo de la muerte que era “terra incognita. No había mapas para adentrarse en ella”. Cómo se ha aproximado usted al tema? ¿Cómo considera que debe aproximarse un escritor a un tema como este?

—La muerte, para los que escribimos, es un tema casi ineludible. Todos los temas en literatura son recurrentes. Pensar en la muerte es algo tan difícil y tan complejo que en la vida no lo puedes hacer. La vida es para hacer cosas prácticas, la literatura te da ese espacio para ordenar esta serie de pensamientos. Creo que nadie está preparado para la muerte. Y mucho menos para la muerte de la persona que está a tu lado. Por mucho que te mentalices, hasta que no te ocurre… Es un tipo de vivencia que es universal y a la vez es única. Hasta que no lo vives no puedes saber qué te va a pasar ni qué vas a sentir. La literatura sirve para esto, para ordenar todos estos temas más complejos. Me he perdido… ¿La pregunta era…?

—¿Cómo considera que debe aproximarse un escritor a un tema como este?

"Un escritor debería poder hablar de todo, porque está haciendo ficción"

—Un escritor debería poder hablar de todo, porque está haciendo ficción. Lo que pasa es que cuando vives una cosa en primera persona, te ayuda mucho a poder transcribir este sentimiento que tú estás viviendo. Creo que el estado anímico que tenía yo al empezar la novela me impulsó mucho a que en la voz de Paula (que no soy yo ni es mi historia; al contrario, intenté buscar distancia para que no se pareciera a la mía) sí que se mete de vez en cuando una voz más reflexiva, y es mi mirada sobre la muerte, sobre este tema.

—¿Qué espacio debemos los vivos reservarle a la muerte?

—¡Qué difícil esta pregunta! Creo que lo normal es —cuando uno está vivo— agarrarse al lado amable de la vida. No podemos vivir pensando que nos vamos a morir, pero sí que es algo que no tenemos integrado socialmente. No tenemos integrado el hecho de cómo vivir el dolor. Cuando uno está mal, cuando sufre una pérdida, evidentemente el estado es de tristeza absoluta. Pero esto socialmente no se acepta. Cuando quieres a una persona lo que quieres es que esté bien, con lo cual lo animas a arrastrarlo a la vida otra vez. Lo que no entiende la persona que te acompaña en estos momentos es que tu realidad ha cambiado de la noche al día, la normalidad no va a ser la misma. Y esa tristeza, de algún modo, se convierte en algo necesario: lo último que te queda de la persona que has perdido. Creo que vivimos en una sociedad que obliga a ser felices constantemente: las redes sociales, las fotos de la gente… Todo es alegría y felicidad. Que está muy bien que sea así, pero en la vida hay muchas miserias. También en el día a día. Hay que aceptar la tristeza como un estado por el que se tiene que pasar, un buen sitio donde estar. Se tiene que aceptar eso, más que la muerte. Dejar el espacio para que la persona se recupere, si es que se puede recuperar de algo así. De algún modo no forzar a vivir como se vivía antes, porque es prácticamente imposible. A lo sumo se transforma el dolor, pero el dolor no se va. Más que reservarle un espacio a la muerte, es… Prepararte no te vas a preparar para esto, porque hasta que no lo vives no lo puedes sentir, pero bueno, sí saber que está ahí, y al menos respetar el tiempo del duelo, que a veces desde la medicación, los amigos, todo el mundo te fuerza a darte unas prisas por volver a una realidad que ya no es.

—¿Qué piensa que se aprende —o se puede aprender— a partir de un duelo como el de Paula? ¿Con qué moraleja debe quedarse el lector tras leer Aprender a hablar con las plantas?

—A veces en la propia caída están las claves de la supervivencia. A veces la muerte es una oportunidad, un aprendizaje de empezar de nuevo.

—“Mi dolor es mío” es una frase que Paula, la protagonista, repite varias veces a lo largo del texto. ¿Es la literatura, o el hecho de escribir, un acto de generosidad?

"Escribes pensando que lo que tú escribes puede que no le interese a nadie"

—Escribes pensando que lo que tú escribes (que es algo íntimo, de algún modo vuelcas tus sentimientos y tu manera de entender el tema sobre el que escribes) puede que no le interese a nadie. Pero cuando pasa a manos de los lectores y con las primeras reacciones ves que la gente se siente identificada con unos sentimientos que creías que eran muy tuyos, te das cuenta de que poder compartir eso no sé si es generoso o no, pero es bonito al menos. Paula, cuando habla así, como personaje, no quiere compartir el dolor. Lo reivindica durante toda la novela: no se quiere comparar con la mujer mayor que ha enviudado en el pueblo. No quiere que nadie le pise esa parcela, que es lo último que le queda de su pareja. Ella reivindica esto: va a sentir lo que quiera, no lo que le digan los otros.

—¿Cree que la literatura es un tótem al que podemos asirnos cuando todos nuestros amarres emocionales fallan?

—Creo que sí. Creo que la literatura es un buen refugio. Creo que la ficción se acerca mucho a la idea de humanidad. A poder encontrarte cuando lees un libro. Reconocerte en algo que te están contando ayuda.

—¿Quiénes son sus referentes literarios?

—Me acuerdo siempre de Mercé Rodoreda. Es la primera autora que leí de jovencita.  Aún estaba en el instituto y me di cuenta de lo que se puede hacer con la literatura o lo que la literatura podía hacer en mí, los sentimientos que podía crear y provocar. Aparte de que creo que es una autora grandiosa. Tiene una voz tan peculiar que la reconoces entre cualquiera. Creo que es una autora que escribe de una manera muy física y muy magnética, que los personajes son casi personas. Eso me gusta mucho de ella. Además escribe de una manera que parece que no está diciendo cosas muy importantes, incluso hay novelas con un toque casi naïf, casi infantil. Pero a la vez crea unas imágenes plásticas que se quedan contigo para siempre. Luego hay muchos autores que me han gustado y que tengo presentes: me entusiasman James Salter, Juan Marsé, Alice Munro, Edna O’Brian… Estos son mis referentes.

—Si hoy comenzase a escribir esta novela, ¿qué consejos se daría?

"¿Qué consejos me daría? Quizá no poner tanto de mí en la novela, porque de algún modo te desnudas muchísimo"

(Risas) Esta pregunta es muy buena. ¿Qué consejos me daría? (Orriols reflexiona). Quizá no poner tanto de mí en la novela, porque de algún modo te desnudas muchísimo. Al fin y al cabo estás hablando de la muerte, es un tema muy delicado. Ahora que he empezado con la promoción, te das cuenta de que te desnudas muchísimo y que públicamente… Esta entrevista es mucho más literaria, pero los periódicos acaban con un titular que dices: “¡Vaya! ¿Yo he dicho esto?”. Es como que te entrevistan a ti, hablan más de tu vida casi que del libro. Yo quería quedar ahí en la discreción. Intentaría que esa parte más reflexiva, que quizá es más mía, transformarla más en literatura.

—Decía Didion que “nos contamos historias para poder vivir”. ¿Escribir es coser las heridas?

—Puede ser. Creo que sí, al menos para mí. Yo soy una persona que cuando hablo soy muy desordenada y muy caótica. Incluso cuando quedo con unos amigos y luego llego a casa pienso: “¡No!, eso que le has dicho no era así”. Y acabo mandando un mensajito. Me ordeno cuando escribo. Me he dado cuenta con esta novela, pero me he dado cuenta ahora, en la distancia. Sí me ha servido para ordenar todo lo que no pude pensar cuando me ocurrió. Porque no podía, porque me tenía que dedicar a seguir adelante, con mi vida, con los niños… En cambio, la literatura, o la novela, me ha dado este espacio para curar mis heridas, sí. Para ordenarme sobre una serie de temas, situarme donde estoy en este momento. Aunque no sea mi historia, es cierto que la reflexión acerca de la vida, de la muerte y de lo que te depara a partir de ahora, sí que la he hecho con la novela.

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Concluye la conversación y en pocos minutos Marta Orriols presentará esta delicia literaria a sus lectores.

Leer su novela implica un riesgo. Al fin y al cabo, la lectura supone un pacto íntimo entre autor y lector. En este pacto que los lectores firmamos, conscientes, antes de adentrarnos en Aprender a hablar con las plantas, sabemos de antemano que sus palabras nos abrirán las entrañas, nos llevarán a lugares que parecían sumergidos, se trocarán en un punzante revulsivo. Aun así firmamos este tácito acuerdo y retenemos el aire durante las primeras páginas del texto.

Antes de su lectura deseamos que Marta nos contagie las ansias de superación de Paula, su protagonista, y que además nos regale con su novela una de esas respuestas que nunca solemos afrontar: ¿Cómo se sobrevive a un dolor como este?