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Alejandro Palomas: «Antes temía al fracaso. Ahora no le temo a nada»

Alejandro Palomas: «Antes temía al fracaso. Ahora no le temo a nada»

Una flor, de Alejandro Palomas, es un regalo póstumo a la editora Belén Bermejo, un experimento poético con reminiscencias simbolistas y una sucesión de preguntas, reflexiones, inquietudes, pensamientos y dudas sobre el sentido y la verdad del poema, la poesía, y el poeta mismo. Frágil y afilado, como la flor y el cuchillo que ilustran su portada, este poemario de rara belleza nacido en el fin de mundo también expresa certezas y algunas respuestas.

Alejandro Palomas (Barcelona, 1967) estudió Filología Inglesa soñando con ser poeta, y trabajó como traductor antes de alcanzar el aplauso de lectores y crítica como novelista. El niño que soñaba con girasoles y que se convirtió en un adulto amante de los perros y la soledad se hizo con el premio Nuevo Talento Fnac por El tiempo del corazón, fue finalista del premio de novela Ciudad de Torrevieja con El Secreto de los Hoffman, finalista del Premio Primavera de Novela con El alma del mundo y Premio Nacional de Literatura Juvenil con Un hijo (ahora en fase de adaptación al cine), cuya continuación, Un secreto, vio la luz en 2019. En 2018 el novelista ganaba el Premio Nadal con Un amor, parte de una saga que también integran Una madre, premio Mandarache, y Un perro.

Con poco que demostrar ya en narrativa, Alejandro Palomas ha empezado a profundizar más en la poesía. En 2018 publicó Quiero (Vandalia), su cuarto poemario, que reunía los tres anteriores —Tanto tiempo (2012), Entre el ruido y la vida (2013) y Aunque no haya nadie (2014)— y añadía un cuarto. Dos años después el poeta vuelve de Tierra del Fuego con Una flor (Letraversal) y un tono más maduro, una lírica más desnuda, ahondando con cortante belleza en la orfandad del poeta y en todo aquello que uno pudo ser pero ya nunca será.

—Nunca hay que juzgar un libro por las tapas, pero creo que es la portada más “Alejandro Palomas” que he visto hasta ahora.

—Es una portada autorretrato. De hecho, el libro no tiene fotografía del autor. El diseñador lo que hizo fue, sin conocerme y sin haber leído el libro, el retrato del autor. Yo soy exactamente eso que aparece en la cubierta. Por un lado soy la flor que proyecta esa imagen, como intentando ser hermosa pero que bebe de una herida, y bebe de lo que hay en el fondo. Y eso soy muy yo: por un lado lo que intento ser para los demás y por otro lado de dónde viene esa necesidad. Por eso es la portada más yo, porque es la más autobiográfica.

—Estamos hablando de un poemario editado por otro poeta (Ángelo Néstore). ¿Cómo ha sido la experiencia de trabajar con Letraversal?

"Al poemario le faltaba un último poema, que es precisamente el de Una flor, por el que yo creo que se me va a recordar como poeta"

—Trabajar con Letraversal ha sido muy fácil. Necesitaba un tipo de corte distinto de editorial, y un día, hablando con Ángelo, me dijo que le dejara leer el poemario. Al día siguiente me llamó y me dijo: “Me encanta, quiero publicártelo”. Y eso que según él al poemario le faltaba un último poema, que es precisamente el de «Una flor», por el que yo creo que se me va a recordar como poeta. Me lo pidió y yo respondí que si él como editor me lo pedía, yo soy muy obediente con mis editores y entiendo que ellos saben más de edición que yo, con lo cual le hice caso, escribí ese poema, y emprendimos el viaje. Está siendo muy emocionante, porque no había tenido esta experiencia tan activa y proactiva con un poemario, ni tanto acercamiento. También me llega en un momento muy distinto, mucho más maduro y más asentado ya en el panorama literario. La recepción es mucho más fácil, es más fácil comunicarlo, es más fácil llegar.

—Belén Bermejo aparece ya en la dedicatoria (junto con los floristas y las bibliotecarias), además de haber jugado un papel importante en el nacimiento de este poemario. ¿Cómo surge esa conversación sobre poesía?

—Belén Bermejo aparece en la dedicatoria porque es una persona muy importante en mi espíritu poético, o en mi alma de poeta, como se lo quiera llamar. Desde el principio creyó mucho en mí como poeta, en mi voz poética. Me animó a seguir, a utilizar diferentes registros y a sentirme libre dentro del marco del poema. Sin enseñarme nada me enseñó mucho, y eso no podré agradecérselo nunca lo suficiente. Nuestras conversaciones sobre poesía surgían como surgen muchas. Ella era una gran lectora de poesía, y hablábamos mucho y jugábamos mucho con todo lo que era el ámbito poético. Y en este caso fue todo como una broma, eso de plantearnos qué era antes, si el poema o el poeta. Así empezó esa conversación y así empecé el poemario: pensé en escribirle un mensaje en Whatsapp y ya está, pero en vez de eso decidí que sería más gracioso escribir un poema, que luego se convirtió en un poemario entero.

—El hilo conductor son las conversaciones con el hombre que siempre va contigo. Y el constante cuestionamiento de muchas cosas.

—Lo que hilvana siempre no solo mi obra sino también mi vida y mi trayectoria biográfica es el cuestionamiento. Yo soy un especialista en cuestionármelo todo: cuestiono mis relaciones, mi vida, mi casa, mi forma de caminar, mi forma de hacer deporte… Me lo replanteo todo constantemente. Es a veces muy complicado, sobre todo para los que están conmigo, porque también me cuestiono mis amistades constantemente. Reviso todo: lo que merece la pena, si hay que mejorar algo, si tiene sentido lo que estoy haciendo, si habría que tomar un camino distinto… Porque tengo siempre la consciencia de que la vida es una, y es muy corta, y hay que vivirla al máximo, dentro de lo que el máximo de uno permite.

—Otro evento ligado a la escritura del poemario ha sido tu viaje a Tierra del Fuego.

"Yo tenía un amigo imaginario cuando era pequeño que era un pingüino rey"

—Sí, este poemario surge no solamente de la conversación con Belén, sino también a partir de (y dentro de) mi experiencia en Tierra del Fuego, adonde fui con una pingüinóloga española de la Universidad de Alcalá. Tendríamos que haber ido a la Antártida, pero no fue posible. El tipo de pingüino que había en la Antártida no era el que yo quería. Yo quería un pingüino rey. Es un poco por una fantasía infantil: yo tenía un amigo imaginario cuando era pequeño que era un pingüino rey, protagonista de un libro ilustrado llamado Pondus, que todavía me acompaña. Y al final, lo que en principio iba a ser una experiencia muy íntima y solitaria entre ella y yo se convirtió en algo no tan solitario, porque se añadió un equipo de producción. Dos productoras valencianas quisieron hacer un documental conectando la experiencia del mundo del arte con la visión de la bióloga y la científica, explorando ambos el vínculo que los humanos establecemos con la naturaleza y los animales: cómo podemos cambiar nuestra forma de vincularnos con la naturaleza y nuestro entorno para alterar un poco el signo de los tiempos y revertir la mala suerte que parece que se nos augura. Y bueno, volví a Barcelona justo un día antes del estado de alarma con el poemario terminado.

—¿Qué aprende un solitario cazador de silencios de los pingüinos?

—He aprendido muchas cosas, que todavía no he conseguido resumir o analizar en profundidad. Estoy analizándolas a medida que vamos montando el documental. He aprendido que físicamente son muy parecidos a mí, que siempre he tenido una especie de vínculo de imagen con el pingüino. La forma de estar del pingüino en este mundo es la de un animal que no encaja, y eso siempre me ha atraído muchísimo. Es aparentemente gracioso, pero también es muy curioso. Vuela debajo del agua en vez de nadar, es un animal desencajado. Y ahí nace y se mira mucho Alejandro.

—Justo a tu regreso comenzó el confinamiento. ¿Cómo lo afronta un solitario vocacional?

—Muy bien, sinceramente, porque lo pase aquí en el campo con mi madre y mi hermana. Y cuando digo «campo» no quiero decir un pueblo de diez mil habitantes, quiero decir campo sin nadie. En realidad no estuvimos demasiado confinados, porque nuestros paseos por el bosque y nuestras excursiones se hicieron siempre, a diario, con lo cual no estuvimos encerrados en una casa. Al revés, estuvimos mucho fuera, disfrutando mucho de una naturaleza revivida, en la que reaparecieron muchos animales: jabalíes, tejones, ciervos… La tierra se repobló, y para mí fue un milagro, una vivencia maravillosa.

—Hablamos de un poemario que arranca con una respuesta. Es toda una declaración de intenciones.

—Sí, es curioso, porque es un poemario que arranca como una respuesta a un problema físico, un cómo resolver una ecuación. Y eso convierte al principio del poemario en una reflexión sobre el poema en sí, y poco a poco va derivando a una parte más solar, más plexo, que termina en el gran poema final, que es la emoción en estado puro, y que es precisamente lo que resuelve el enigma o la fórmula.

—¿Por qué ese título?

—Porque sigue la línea de mis títulos anteriores y de los que vendrán. Quería el artículo indeterminado seguido de algo. Me gusta arriesgar, y a muchos autores no se les ocurriría poner un título como este. En primer lugar, porque puedes hacer con ello cosas terribles: hay expresiones con “una flor” que suenan fatal, o al contrario, parece muy cursi, y no tiene por qué ser así. Creo que es el título más arriesgado que he puesto, y a mí me gusta mucho arriesgar. Además, es un regalo a Belén. Ella me regaló la fotografía de un girasol que le pedí. En el momento en que ella la publicó yo le pedí que me la regalara, y ella me dijo: “Por supuesto, es tuya”. Esta es mi forma de devolvérsela, es la otra cara de la flor de Belén.

—Hay más… no sé si decir dureza. ¿Filo, tal vez? Más espinas entre las flores. Un tono más maduro y una voz mucho más desnuda. Crecen los silencios.

"Hay mucha más paz emocional en ese poema, y quiero seguir así. Creo que esa es mi música"

—Sí, crecen los silencios, es un tono más maduro, porque yo estoy más maduro y soy mayor, porque ya sé lo que hago y ya conozco muy bien mi voz. Pero este poemario es una puerta de entrada a un nuevo Alejandro, a una nueva voz de Alejandro, que he descubierto con el último poema, el de «Una flor». Quiero ser ese, quiero escribir así, con esa soltura, quiero dejar de defenderme al escribir poesía, porque la desnudez provoca mucha defensa, y no quiero estar ahí ya más, quiero escribir como he escrito «Una flor», con esa sencillez, con esa poca garra intelectual, Y más paz, hay mucha más paz emocional en ese poema, y quiero seguir así. Creo que esa es mi música.

—¿La desnudez es distinta en poesía y en prosa?

—Sí, lo es. La desnudez en la prosa es muy relativa, y puedes jugar muchísimo con eso, puedes utilizar tantísimos recursos, tantas voces, tanto andamiaje para ocultar tu desnudez que en realidad puede llegar incluso a no existir, a no aparecer. En poesía hay demasiada página en blanco y demasiado silencio. Hay más silencio que escritura, con lo cual la desnudez es imposible de erradicar. Tienes que enfrentarte a ella como sea, y tu música queda siempre por encima. En la poesía no hay lugar donde esconderte.

—“El dolor es una flor como aquella…”. Hay un poema de Robert Creeley titulado «La flor». No sé si ha influido en este poemario.

—Es curioso: no ha influido en este poemario, pero Robert Creely, que aquí es un autor muy poco conocido, a mí me encanta. Yo lo estudié en el año 91-92, y en aquel momento era uno de mis autores favoritos. Lo leí en inglés, y me parecía brutal, aunque últimamente lo tengo un poco olvidado. El hecho de que lo menciones lo ha revivido para mí. Puede que haya influido, no lo sé. Nunca lo sabes, el inconsciente es brutal, pero durante esa época influyó mucho en mi deseo de continuar con la poética. Junto con Gil de Biedma y Philip Larkin es el gran puntal sobre los que creo que mi voz poética se ha ido empapando. Hablo de hombres: con mujeres serían otros nombres.

—“El poeta no crea” / “El poema no se escribe”. Son afirmaciones arriesgadas. Y seductoras.

"El poema no se escribe, se transcribe. El poeta es un transmisor y un transcriptor de las palabras o los versos que pueblan el silencio"

—Es así, no creas. El poema no se escribe, se transcribe. Yo creo que el poeta es un transmisor y un transcriptor de las palabras o los versos que pueblan el silencio. Creo que es única y exclusivamente eso, y por eso es tan complicado, porque tienes que vaciarte de tus propias voces, tienes que hacer una especie de hipermeditación y dejarte vacío absolutamente para poder oír esa voz que está sobrevolándote, captarla y transcribirla. No puede salir de ti, tiene que llegar a ti.

—¿El poema es una casa? / La poesía es orfandad.

—Pues sí, el poema es una casa, porque el poeta es huérfano y busca una casa en la poesía. Lo que pasa es que no termina de encontrarla nunca, y por eso escribe poema tras poema, porque siempre piensa que ha encontrado su casa, pero al final se da cuenta de que hay que retocarla, que donde hay una pared le gustaría una ventana, y tiene que escribir un poema nuevo para crearla. Y cuando está escrita la ventana falta una cortina, y hay que escribir otro poema para modificar esa luz que entra en esa casa, y así estamos construyendo la casa eterna, en la que no terminamos de vivir nunca, porque no paramos de construir.

—“No se llega a casa. A casa se vuelve”

—Sí, hablo de la escritura y de la creación. No se llega, porque ya se está. Te alejas, pero luego vuelves. Naces ya para eso. Yo soy de los que creen que para escribir y para dedicarte a esto tiene que ser vocacional, y además tienes que tener una voz y un ADN muy especial para hacer esto realmente convencido, para que sea orgánico. Por eso naces y naces dentro. Luego te alejas, huyes como huyes de tus padres y de tu familia cuando eres adolescente, pero siempre terminas regresando. Es un lugar al que regresar.

—Habitar no es vivir, dices. ¿Qué es vivir?

—Habitar no es lo mismo que vivir. Puedes vivir sin habitar. Puedes habitar sin vida, sin tener una vida, es cierto. Las dos cosas no funcionan necesariamente al unísono, ni en el mismo lugar ni en el mismo intervalo. Vivir es ser consciente de que mueres desde que empiezas. Vivir es entender lo finito. Sobrevivir es vivir sin tocar la vida.

—¿Qué es la poesía?

—Una casa, una casa no siempre cómoda, no siempre bien iluminada, que no siempre te da la bienvenida. Una casa que a veces es confinamiento, otras veces refugio, pero es tu casa.

—“Importa la furia más que el ruido”.

"Vivir es ser consciente de que mueres desde que empiezas. Vivir es entender lo finito. Sobrevivir es vivir sin tocar la vida"

—Es curioso que te hayas fijado en este verso, porque nadie lo había hecho. Es un guiño a la novela El ruido y la furia. Importa más la furia que el ruido, más la visceralidad interna, lo que se cuece dentro, que la agresión externa o que la potencia de todo lo que llega del exterior. Importa más lo que somos capaces de proyectar o de exportar desde lo que somos, y cuando digo “importante” me refiero a para entender qué hacemos aquí, quiénes somos, dónde estamos, para poder construirnos. Ese ruido es exactamente el resumen de todo aquello de lo que huyo.

—¿La prosa se transita y abandona mientras que el poema queda?

—La prosa es un constante viaje, siempre yendo de un lado a otro. Tienes que crear, tienes que vivir una historia con una linealidad. Hay un principio, hay un transcurso y hay un final, o no. Siempre hay un final, porque nosotros tenemos final como seres humanos, y por eso es difícil entender las historias sin un final, porque la nuestra lo tiene. La poesía no. El poema queda. El poema tiene un momento, pero no tiene tiempo.

—Nos hablas sobre las cosas que importan, pero sobre todo importa lo que no fuimos. ¿Nos define más eso que ya nunca seremos que aquello que somos?

—Sobre todo importa lo que no fuimos, porque hablo desde los 53 años de edad y me doy cuenta de que no solamente somos lo que somos, sino que también somos la suma de todo aquello que no pudimos ser, que no quisimos ser, que abandonamos, a lo que renunciamos. No sólo somos todos nuestros síes sino también somos todos nuestros noes, y eso nos da nuestra cara B, esa cara que parece que no cuenta, pero que pesa mucho más que la cara A.

—Vuelves a recuperar la figura de la campana de cristal —está presente en parte de tu obra, recogida de las líneas de Sylvia Plath—, pero esta vez no eres tú quién está dentro, no está el niño, está la flor.

—Esta vez está la flor. Esto es una movida muy inconsciente. En realidad sí está el niño, pero en forma de flor. Está la fragilidad infantil. La flor con la campana es lo más frágil del ser humano, ya ni siquiera el niño, más allá del niño. La fragilidad, ese hilo de oro que nos mantiene con vida. En realidad, y esto lo entendí después, es una alusión a la flor de El principito.

—También evolucionan los elementos que más evocan a El principito. Las voces de los niños, la flor, el planeta… Pero se diría que en esta ocasión en lugar de ser el principito eres el planeta que habita, impar y esférico.

"Hay mucha música aquí de El principito. Eso probablemente viene por esas llanuras tan desiertas, por esos cielos tan hiperestrellados"

—Hay mucha música aquí de El principito, algo que he ido descubriendo a medida que lo he ido leyendo. Hay mucha música de esa atmósfera, y eso probablemente viene por Tierra del Fuego, por esas llanuras tan desiertas, por esos cielos tan hiperestrellados, por ese planeta Tierra del Fuego donde estuve viviendo tan solo. Ha sido la experiencia más cercana que he tenido para ser yo el principito, sinceramente, o lo que yo imagino que sería ser el principito.

—“De día piel contra papel. De noche, piel contra cristal. Piel con piel nunca”. Hemos hablado antes de tu vocación por la soledad.

—Sí, la piel contra papel, la piel contra cristal, eso es también una constante en todo lo que yo hago y en todo lo que yo expreso: la imposibilidad desde mi piel —y ahora hablo de Alejandro—. La confianza plena en el otro en mi caso no existe. Eso supongo que les pasa mucho a los niños que han sido abusados de pequeños por un adulto, que supuestamente era un elemento de confianza absoluta. Cuando esa confianza se rompe y el adulto abusa sexualmente de ti a una edad muy temprana, te conviertes en un discapacitado emocional. ¿Puede recuperarse? Sí, pero la confianza plena, el dejarte la piel en el otro ya es un imposible.

—La primera pregunta que te hice en nuestra última entrevista fue si eras feliz. La respuesta fue que si lo fueras no escribirías. El anterior poemario ponía un punto final a una etapa vital: afirmabas que no has sido feliz, pero que quedaba la vida. ¿Sigues en ese punto, o los dos primeros años de la nueva etapa han traído cambios?

—Han traído cambios, o mejor dicho los primeros chisporroteos de un cambio. Pero todavía no existe un “cuerpo” de cambio que yo distinga. Hay una especie de conciencia de estar dando la vuelta al horizonte de la vida, para empezar mi segunda etapa en la vida. Estoy como dándole forma a eso: qué quiero ser, qué quiero hacer, cómo quiero seguir utilizando la palabra para vivir. Yo vivo de la palabra, de utilizar la palabra para hacer cosas. Estoy buscando nuevos registros, nuevos lenguajes, nuevas formas de expresión. De ahí el teatro, y de ahí también una poesía no para leer en casa sin más, sino como material vivo. Me apetece mucho subirme a un escenario con algún tipo de espectáculo basado en Una flor. Mi cuerpo quiere algo distinto con la palabra, y no sé todavía lo que es. Pero hay un lenguaje distinto que está empezando a querer salir.

—¿Qué es para ti la felicidad?

—La felicidad es eso que siento cuando estoy totalmente abandonado a la creación, cuando no hay un vínculo obligatorio, cuando hay libertad absoluta. A mí la creación me da libertad absoluta: entro en un mundo en el que no hay cuentas pendientes, ni hay que pedir disculpas constantemente por vivir, y en el que surfeo la vida con muchísima seguridad.

—¿Cuál es tu flor preferida?

—Mi flor preferida… Guau… Creo que mi flor preferida es el girasol. Tendría siempre girasoles, estaría siempre rodeado de ellos. Me encanta el naranja, es uno de mis colores favoritos. Me encanta que tenga las pipas dentro, lo grande que es, la textura, ese baile al sol… Tiene una alegría, tiene sol, es muy solar. Pasa un poco como con el pingüino: hay algo de mí ahí.

—¿Qué cualidades debe tener un buen narrador/poeta?

—Debe tener muy buena relación con su plexo y con sus miedos, y una gran capacidad de reírse de sí mismo.

—Dices que lo que más lamentas es no haber sido madre. No haber sido capaz de sentir que alguien encaja gracias a ti.

—Sí, creo que lamento muchísimo no haber podido fisiológicamente sentir eso que siente una mujer cuando es madre y tiene a alguien dentro que encaja en su vida y en su propio cuerpo. Conseguir que alguien encaje en la vida gracias a ti me parece una aventura maravillosa. La segunda lectura de esto es que las madres son las únicas que han sido vistas desde dentro por alguien, que es su hijo. A mí nadie me ha visto por dentro desde mis vísceras, pero a toda madre todos los hijos las hemos visto desde dentro durante 9 meses, y eso me parece maravilloso. Dejarte ver por dentro cien por cien me parece un milagro.

—Solías mencionar el tiempo circular y la dificultad de vivir en presente de indicativo, y ahora hablamos de un presente desordenado y discontinuo en los poemas. A nivel personal, ¿cómo van esas conjugaciones?

—Ay, el tiempo, ese gran escultor. Lo único que puedo decirte sobre el tiempo es que a medida que voy haciéndome mayor entiendo que el tiempo no es que no exista, sino que existe desde todas sus múltiples variedades, y muchas veces todas a la vez. El pasado, el presente y el futuro viven simultáneamente, a veces en una décima de segundo. El tiempo no es lineal, no es externo, es emocional. De ahí que yo siempre defienda que no importa la vida como es, sino como uno la siente y la vive.

—¿Crees que la pandemia ha influido también en el tiempo verbal en que vivimos?

"El pasado, el presente y el futuro viven simultáneamente, a veces en una décima de segundo. El tiempo no es lineal, no es externo, es emocional"

—Creo que la pandemia ha influido en muchas cosas. Nos ha dado una perspectiva diferente sobre nosotros mismos, sobre nuestra capacidad de dominar el tiempo, el espacio, la seguridad… Creo que ha puesto en entredicho muchísimas coordenadas que dábamos por hechas, y una de ellas es también el tiempo verbal: ha retrasado o ha ralentizado muchos de los procesos temporales a los que ya estábamos acostumbrados, con lo cual ha habido un replanteamiento temporal, a nivel mucho más inconsciente de lo que creemos. Y eso tengo la sensación de que solo lo viviremos y lo entenderemos en el futuro.

—Siguen sonando las voces, dentro y fuera de esa casa que es el poema. Mencionas voces de niños y adultos que quieren saberlo todo. ¿Hay también adultos “por qué”? ¿Es malo querer saberlo todo?

—Yo sigo estando habitado por una multiplicidad de voces, niñas y adultas. Cada vez hay más, porque cada vez tengo más edad, y por tanto hay más matices de voz adulta. Pero mis porqués siguen intactos. El porqué llena mis días y llena las voces que me habitan, muchísimo. Y cada vez más, porque no dejo de hacerme preguntas. A medida que investigo y que sacio mi curiosidad, mi curiosidad pide respuestas a la información que va recopilando, y las respuestas yo solo las encuentro bajando a los porqués. ¿Es malo querer saberlo todo? No lo sé, pero a mí me encanta saber el porqué del porqué del porqué. Esa ristra de porqués no tiene fin y se va hundiendo cada vez más en el mar hacia la oscuridad de la profundidad. Soy así, no puedo hacerle nada ya.

—Se diría que en esta ocasión las líneas respiran más paz y menos ruido.

—Se diría que respiran más paz y menos ruido, o mejor dicho, respiran pero están más ajenas al ruido. El ruido ya no interfiere tanto, ya no me molesta tanto. No me agrede como me agredía antes. Yo vivía el ruido como si estuviera especialmente dedicado a molestarme y a hacerme daño a mí. Ahora no, ahora entiendo que el ruido se hace, y quien lo hace en la mayor parte de las ocasiones ni siquiera sabe de mi existencia.

—Con Quiero tu recorrido en clave poética iba temáticamente a la par con tu narrativa. Con Una flor parece que se ha adelantado.

—Pues sí, con Una flor se ha adelantado, porque estoy escribiendo ahora justamente una novela que viene ya anunciada por este poemario. Este cambio de voz poética que aparece en Una flor creo que está quedando muy reflejado extrapolándose al mundo y a la música con la que estoy escribiéndola. Antes los poemarios eran como la coletilla de la ficción, lo que quedaba en el pozo musical de la ficción, y ahora ha sido al revés: primero ha sido el poemario Una flor el que ha marcado una línea musical y de creación, y a eso le ha seguido la novela en la que estoy trabajando ahora.

—Hay una madurez y una intensidad nuevas en este poemario.

—Es verdad, hay una madurez y una intensidad nuevas, es cierto, y yo la siento aquí, porque la vivo en la medida en que mi vida es así también. Hay unas ganas de vivir la vida desde otra tranquilidad, desde otro fuelle, desde otro pulmón, y creo que lo estoy consiguiendo, con lo cual eso me anima, porque ha habido muchísimo trabajo para llegar ahí y he necesitado muchísima ayuda para llegar a esa tranquilidad, a esa voz más serena. Creo que es una voz mucho más serena.

—¿Son frágiles los poetas?

"Los poetas son muy frágiles. Muy frágiles y por lo tanto muy inseguros, porque van caminando desnudos por la vida"

—Los poetas son muy frágiles, yo lo he descubierto ahora que tengo mucho más trato con ellos. Son muy frágiles y por lo tanto muy inseguros, porque están muy desnudos, y van caminando desnudos por la vida, y eso es muy difícil de sobrellevar durante demasiado tiempo. Muchos de ellos se rompen antes de hora, y quizás es por eso.

—¿Elegir es una trampa?

—Elegir es una trampa, elegir es prescindir. Y prescindir duele. Creo que es lo que más duele en la vida, porque eso significa ausencia. Y ahí está la trampa.

—¿Nos puedes decir algo sobre las adaptaciones al cine de Una madre y Un hijo? ¿Y sobre las adaptaciones teatrales?

—Bueno, te puedo decir que siguen ahí y que los guiones están terminados. Las productoras están en el proceso de solicitar las ayudas, la distribución, etcétera. Creo que en el caso de Una madre el casting está hecho, y en el caso de Un hijo creo que no, pero estoy bastante desmarcado. No quiero vivirlo en primera línea, porque crea mucha ansiedad y son procesos demasiado largos, con lo cual prefiero que naveguen cada uno a su ritmo. Si llegan a buen puerto será maravilloso, y si no, no me va a apenar demasiado, sinceramente, porque ya no depende de mí, ya es algo externo a mí. Sobre la adaptación teatral de El tiempo que nos une, ya se hizo, y La isla del aire se estrenó en Málaga, en el teatro Echegaray. Esto fue en diciembre de 2019. Cuando ya teníamos toda la infraestructura para empezar a buscar distribución llegó la pandemia y el mundo del teatro cayó en ese abismo tan tremendo del que todavía no ha salido, y del que creo que va a tardar en salir, con lo cual esta obra y toda la producción está ahí parada, esperando que el panorama cambie. Pero es sólo una cuestión de tiempo: ahora manejo de una manera diferente los tiempos. No me provoca tanta ansiedad como antes. Es una obra y una producción muy buena, pero hay que esperar a que la situación se normalice.

—¿Y ahora qué toca? ¿Qué quieres escribir/hacer ahora?

—Pues ahora estoy escribiendo una novela que no tiene nada que ver con nada de lo que he escrito hasta ahora, que me está sorprendiendo muchísimo a mí, porque he vuelto a las tres voces, no como cuando hablaba solamente Fer, sino que ahora hablan todos ellos. Son personajes muy entrañables en una historia muy intensa pero muy pequeña también, que espero que el plexo de cada lector la haga inmensa. Creo que será así, porque cuando escribo y cuando la vivo noto lo inmenso que se hace mi plexo, y la estoy viviendo en este momento.

—He escuchado algo sobre un posible ensayo sobre Shackleton. ¿La idea surge en Tierra del Fuego?

—Bueno, sí, hay un posible ensayo sobre Shackleton, o más bien es un texto en el que él va a estar presente como buscador de silencios. Va a ser una no ficción sobre conceptos como la ausencia o el dolor, va a haber mucha reflexión. Espero que no sea demasiado sesudo, pero va a estar presente esa otra parte de mí que cuenta, que explica lo contado. Va a haber mucha reflexión sobre el silencio, sobre cómo conseguirlo, cómo reconocerlo, cómo estar en el silencio y cómo aprovecharlo para vivir de otra manera.

—Tus dos últimos poemarios orbitan en torno a la idea de vivir sin miedo. ¿A qué teme ahora Alejandro Palomas?

—No le temo a nada, creo. Antes temía al fracaso. Ahora lo temo muy poco. Temo al dolor de la ausencia de las personas a las que quiero. No temo a mi muerte, en absoluto. Al revés, me provoca un gran alivio saber que va a haber una muerte para mí. Me provoca un gran descanso. Pero lo que más temo es eso: cómo voy a asumir y asimilar la muerte de las personas a las que realmente quiero.

—El año pasado publicaste Un secreto (Destino), continuando con la historia de Guille. ¿La literatura juvenil está infravalorada?

—Yo creo que está infravalorada por los adultos, pero es que los adultos nos equivocamos en casi todo. Afortunadamente, los niños y los jóvenes no infravaloran la literatura que supuestamente debería interesarles. De todas formas, yo no escribo juvenil, yo escribo adulto. Yo escribo literatura. Y en este caso de la trilogía me leen jóvenes, pero también leen jóvenes otras novelas mías. No está infravalorada por la industria en sí, porque es una de las grandes bases de su mantenimiento económico, pero tiene mucho público y tendría que tener mucha más visibilidad, porque estamos creando los lectores del futuro y del presente. Y al mundo editorial se le llena la boca de decirlo, pero no hace nada. Creo que debería darse un toque a los medios para que la cosa funcionara de otra manera.

—¿Qué es lo que más admiras en los demás?

—La bondad.

—¿Y lo que más desprecias?

—La crueldad.

—¿En qué libro/poema te gustaría vivir?

—En la musicalidad de Charlotte de David Foenkinos y en la intensidad de la relación existente entre las dos protagonistas de La puerta de Magda Szabó.

—¿Cuál te gustaría haber escrito?

—Me habría gustado haber escrito Bomarzo (de Manuel Mujica Lainez), porque es un tipo de novela que yo jamás seré capaz de hacer.

—Último descubrimiento literario.

—Sigue siendo Kramp, de María José Ferrada.

—¿Qué te habría preguntado Guille en esta entrevista?

—Me habría preguntado que si lo de “confinar” que se oye tanto en la radio quiere decir que esto no tiene fin, si es como en las películas de fantasía, que no existe un fin. Guille estaría ahora angustiado pensando en eso: en que a lo mejor esto es para siempre… hasta el infinito.

Foto de portada: Alejandro Palomas. 

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