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Amalia Fenollosa: la novelista del «continuará»

Amalia Fenollosa: la novelista del «continuará»

Propongo una pequeña penitencia para quien pronuncie «folletín» con desprecio: que le retiren de las historias los secretos, las desapariciones, los amores difíciles y las revelaciones aplazadas. Que le expliquen al comienzo quién hizo qué, por qué lo hizo y cómo acabará todo. Después veremos cuánto tarda en echar de menos aquello que consideraba un recurso inferior. El desprecio al folletín tiene algo de ingratitud: censuramos sus procedimientos mientras seguimos pidiendo que alguien nos cuente qué ocurrió después. Al parecer, la intriga resulta más respetable cuando consigue ocultar a sus parientes.

Conviene empezar por una precisión. Publicar por entregas es una modalidad de publicación; lo folletinesco puede describir una estética. No son términos intercambiables. El diccionario conserva esa diferencia: llama folletín tanto a la sección periodística y a la obra aparecida en ella como a una novela de carácter melodramático y gusto popular. El problema empieza cuando utilizamos esta última acepción para descalificar automáticamente las anteriores.

"En la publicación seriada hay una disciplina muy concreta: conseguir que el lector conserve una historia durante el tiempo en que no puede seguir leyéndola"

Amalia Fenollosa permite acercarse a ambas cosas sin salir de sus narraciones. Publicó El premio de la virtud en El Genio, en 1845, y Malvina de Serhati en La Lira Española, en 1846. La primera se distribuyó en doce capítulos durante abril; la segunda apareció entre octubre y diciembre del año siguiente. Dos novelas breves de una escritora castellonense que no debería quedar reducida a su condición de poeta romántica. La palabra novelista obliga a mirar de otro modo. Nos hace pensar en la construcción de escenas, en la administración de la información, en el trabajo necesario para sostener un argumento. La inspiración podrá visitar a quien quiera; después alguien tiene que resolver cómo continúa el capítulo.

Yo he publicado siete novelas por entregas. Ahora están fuera de circulación, mientras las reestructuro para las editoriales que quieran publicarlas en su nueva versión. Total, un tostón. Por eso me interesa Fenollosa incluso más que yo misma, claro, desde un lugar que no es exclusivamente académico. En la publicación seriada hay una disciplina muy concreta: conseguir que el lector conserve una historia durante el tiempo en que no puede seguir leyéndola.

El corte forma parte de la escritura. Hay que saber qué se entrega y qué se reserva, cuánto puede demorarse una respuesta antes de que la curiosidad se convierta en fastidio. Suspender no consiste en interrumpir caprichosamente. Una puerta cerrada puede intrigar; veinte puertas cerradas terminan pareciéndose a una inmobiliaria.

"La historia tenía que seguir existiendo en su memoria sin disponer todavía de todas sus páginas"

También por eso reestructurar una novela publicada por entregas no equivale a juntar los capítulos y colocarles una cubierta. La lectura continua modifica las distancias. Una información que necesitaba reaparecer después de una semana puede resultar redundante cinco páginas más tarde. Lo que antes respiraba en el intervalo debe encontrar otro ritmo. Cambia la experiencia del lector y hay que volver a escuchar la frase.

En 2006, el Consell Valencià de Cultura reunió las dos narraciones de Fenollosa en Las novelas de Amalia Fenollosa: En los albores del folletín (1845–1846), con estudio introductorio de Santiago Fortuño Llorens. La edición devolvía a un mismo volumen textos nacidos en el espacio discontinuo de las revistas. Ese tránsito me interesa tanto como los argumentos. El libro permite recorrer de una vez lo que tuvo su primera circulación fragmentado. Pero conviene no olvidar las interrupciones originales: entre una entrega y la siguiente había vida. El lector podía trabajar, discutir, enfermar, cambiar de opinión. La historia tenía que seguir existiendo en su memoria sin disponer todavía de todas sus páginas.

La presentación editorial de la recuperación de Fortuño señala, bajo el melodrama de El premio de la virtud, una defensa del amor y de la libertad, vinculada a la reivindicación femenina. En Malvina de Serhati destaca la crítica a los caprichos aristocráticos y a la separación entre las clases sociales.

"Cuando una narración convierte la elección afectiva en un conflicto, el sentimiento deja de ser un asunto puramente decorativo"

Son indicaciones que invitan a desconfiar de la apariencia tranquilizadora del primer título. El premio de la virtud: todo parece previsto, ordenado y dispuesto para entregar al lector una lección de buena conducta. Sin embargo, una promesa moral también abre preguntas. ¿Quién reconoce la virtud? ¿Con qué medida? ¿Tiene que ser recompensada para que merezca la pena? El título coloca un tribunal en la puerta de la novela; la lectura puede empezar examinando a los jueces.

Me interesa la tensión entre amor y permiso que sugiere esa interpretación editorial. Cuando una narración convierte la elección afectiva en un conflicto, el sentimiento deja de ser un asunto puramente decorativo. Hay que preguntarse quién puede elegir y quién necesita que otro apruebe su deseo. No hace falta que un personaje pronuncie un discurso para que una prohibición organice toda su existencia.

Malvina de Serhati introduce, desde la lectura propuesta por sus editores, otra pregunta: cuánto pesa la posición social sobre lo que los personajes pueden hacer. El amor imposible resulta menos vaporoso cuando examinamos el impedimento. Hay obstáculos que no proceden del destino, aunque el narrador los envuelva en fatalidad. Proceden de unas relaciones humanas que alguien considera inalterables.

"Me parece más fértil preguntar qué hace una escritora con esa autoridad que concederle de antemano un papel de víctima o de precursora"

No confundo por ello melodrama con análisis social infalible. Una peripecia puede iluminar un conflicto o taparlo con demasiado ruido. El interés está en comprobar cómo funcionan juntos, sin dar por supuesto que la emoción anula el pensamiento. Llorar sobre una injusticia no la explica; pero tampoco impide empezar a reconocerla. Las descripciones críticas de estas novelas señalan la acumulación de obstáculos, los amores difíciles y una voz narradora que interviene para dirigirse al lector o valorar a los personajes. Son recursos de una escritura romántica que busca acompañar y orientar la recepción del relato.

Esa narradora que no se retira merece atención. Podemos discutir sus intromisiones, su tendencia a explicarnos lo que deberíamos deducir, su voluntad de conducir la emoción. Pero una voz que comenta también ocupa una posición de autoridad: interpreta, distribuye razones, decide qué merece una pausa. No se limita a poner en circulación una anécdota.

Me parece más fértil preguntar qué hace una escritora con esa autoridad que concederle de antemano un papel de víctima o de precursora. Ninguna de esas etiquetas explica cómo está construida una página. A veces incluso nos ahorran leerla: basta con reconocer el ejemplo que habíamos venido a buscar.

Fenollosa formó parte de la llamada Hermandad Lírica, un grupo de escritoras que defendían la creación femenina y una presencia que no quedara limitada al ámbito doméstico. La edición de sus Poesías, preparada también por Fortuño y publicada por la Institució Alfons el Magnànim en 2002, reunió textos dispersos y dio a conocer su correspondencia con Víctor Balaguer.

"Me gusta encontrar a la novelista reclamando lectura. Quiere unos libros concretos y señala que uno de ellos se le debe"

Las cartas permiten apartar por un momento las etiquetas y escuchar una voz menos ceremonial. El 3 de julio de 1849, Fenollosa reprochaba a Balaguer que llevase once meses sin escribirle. Había atribuido el silencio a sus ocupaciones, hasta enterarse de que sí mantenía correspondencia con otro amigo. Fortuño reproduce la carta en su estudio Encuentros con historia literaria.

No es lo mismo que alguien carezca de tiempo que descubrir que el tiempo existe, pero se concede a otros. Esa diferencia hace reconocible el reproche sin necesidad de vestir a Fenollosa con nuestras costumbres. Bajo la retórica afectuosa se oye una pregunta muy precisa: qué lugar ocupo para ti. En otra carta, de septiembre de aquel año, reclama libros de Balaguer que le faltan, entre ellos Juan de Padilla y Julieta y Romeo. De este último le recuerda que había prometido enviárselo y no había llegado. «Anhelo poseerlas», escribe sobre sus obras.

Me gusta encontrar a la novelista reclamando lectura. Quiere unos libros concretos y señala que uno de ellos se le debe. La vida literaria también tiene esta materialidad poco solemne: alguien espera una respuesta; alguien asegura haber enviado un paquete.

Y hay una correspondencia sugerente entre esa espera y la de las novelas. La escritora que administraba las entregas conocía también el otro lado: el deseo de recibir palabras ajenas. No hace falta convertir una carta privada en explicación de toda una obra para advertir esa cercanía.

"Antes de preguntar si merece una hornacina, preguntémonos qué hace para que no abandonemos a sus personajes"

Vuelvo a mis siete novelas en reestructuración y pienso en lo fácil que resulta confundir la interrupción de una circulación con el final de una escritura. Un texto puede necesitar otra forma, otra lectura, otro editor. Estar temporalmente fuera del escaparate no lo convierte en inexistente. Tampoco basta, desde luego, con devolverlo al escaparate para garantizar que alguien lo lea.

Ahí empieza el trabajo menos vistoso. Hace falta que un libro pueda encontrarse, que se sepa quién lo escribió y que la curiosidad sobreviva al primer párrafo. Fenollosa tiene dos títulos por los que empezar. Podemos entrar en ellos interesados por la autora y salir discutiendo a la narradora. Ese desacuerdo sería ya una relación más viva que la cortesía del homenaje.

Yo prefiero acercarme a ella por el oficio: una mujer que organiza una historia y reserva algo para después. Antes de preguntar si merece una hornacina, preguntémonos qué hace para que no abandonemos a sus personajes. Dónde introduce la dificultad. A quién deja hablar. Cuándo decide callarse.

El «continuará» es una promesa exigente. La siguiente entrega debe justificar la espera. También este regreso a Amalia Fenollosa debería desembocar en algo más que la satisfacción de haber recordado un nombre.

Que no sea otra forma de dejarla a medias.

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