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Amigos hasta en el infierno

Amigos hasta en el infierno

Para Estrella, devoradora de libros.

Un frío día de invierno en Londres.

Dicen que la soledad no es buena consejera y que conviene tener amigos hasta en el infierno. No seré yo quien lo niegue. Escasos, mas escogidos, guardo algunos en destacados infiernos de los que emergen en ocasiones a ponerme los puntos sobre las íes. André Ribous, belga trotamundos, cruzó el otro día el canal y subió a ver los modiglianis reunidos en la Tate, así que allá que me fui; son dos buenos motivos, Ribous y Modigliani, para dejar la provincia, bajar a la capital y oxigenarse un poco.

Modigliani, bien: cada día más joven; Ribous, como yo, mal: cada día más viejo. A tono con nuestro estado, comimos también mal y hablamos peor de lo divino y de lo humano. Retengo una consideración que me hizo y que, viniendo de quien vino, posee valor especial, por los motivos que se verán. A propósito de algo que hablábamos, cité cierta película, Tormenta blanca, que vi hace mil años en Madrid y cuyo protagonista, en la piel de Jeff Bridges, pero con la voz española de Manuel García Colás, afirmaba que sólo la navegación, la montaña, los desiertos y el campo de batalla imprimen carácter. Ribous, al oírme, puso cara de estafermo. “Bueno, hay otro”, comentó distante. Y añadió. “La lectura”. Al que se le puso cara de estafermo fue a mí. ¿Qué relación tendrá la apacible lectura con escenarios que te pueden aniquilar en un decir amén? “También la lectura te puede aniquilar”, espetó él, severo. “Leer no es cómodo”.

Huelga decir que no tomé notas y que reconstruyo de memoria, y muy resumido, el largo discurso de Ribous. Sentado delante de un simulacro de ensalada, que picoteaba como un pajarito, expuso la idea de que leer “textos, sobre todo difíciles”, es decir, “en otro idioma”, real o figurado, pero distinto al familiar, o cuyo contenido se juzgue escandaloso y, en el mejor de los casos, discutible, exige pelear con uno mismo. “Un lector se enfrenta al texto como un aventurero al peligro: la aventura le exige superar sus limitaciones, hasta el punto de aniquilar su resistencia si no sabe ponderar la situación; del mismo modo, la lectura exige al lector superar sus convicciones, hasta el punto de aniquilar su inteligencia si no sabe ponderar tampoco”. 

"El lector exigente y exigido descubre, sin moverse del sillón."
 El punto de vista de André, que no sé si será cierto, pero que está bien traído, es que aun cuando el aventurero vuelva fracasado después de haberlo intentado, “si es que ha sobrevivido, claro”, siempre volverá mejor preparado para nuevos retos. “Pues la lectura, igual, my dear. Cada nueva dificultad libresca es un desafío, si no físico, desde luego mental. Un Hillary Step intelectual. Un bravío Cape Horn en mitad del mar de las neuronas que te puede matar emocional e intelectualmente si no andas listo”. Parpadeé estupefacto y André se me vino arriba. “Los libros no se leen. Se conquistan. Y en el camino, el lector se conquista a sí mismo”, gritó. “Aún cuando fracase”.

Estábamos en el comedor de la Tate y al menos la mitad de la concurrencia se giró. Alguien incluso le chistó, pero él ni se inmutó. “La lectura imprime carácter, señores”, sermoneó alzando su copa. No supe si meterme debajo de la mesa o correr al servicio. “Por Dios, André…”. Rebous bufó y, como un caniche contrariado, inclinó la cabeza hacia mí. “El lector exigente y exigido descubre, sin moverse del sillón”, susurró, “que ahí fuera, fuera de él, aguarda un mundo alto, ancho y grande. Y lleno de un sinfín de cosas desconocidas”. Yo pegué un respingo. “Coño, André, eso es cojonudo”. Él asintió, inmodesto. “Ya lo sé”.

"El lector viejo, al fin y al cabo, ya debiera conocerse, a estas alturas, y saber que lo que cuenta es el viaje mismo."

Nótese que la modestia no figura entre sus virtudes. “Es un deslumbramiento”, siguió diciendo muy bajito, “que empuja al lector joven fuera de casa en la convicción de que podrá aprenderlo todo”. Y rió sarcástico. “¡Aprehender el mundo!”. Se mantenía tan cerca de mí que fue imposible no advertir que lucía una mancha de huevo en la corbata; André, que usa corbata siempre, salvo para dormir y ducharse, soltó con desparpajo: “No es una mancha, es una condecoración”. Y siguió. “Con el tiempo, lejos de la comodidad doméstica y de los designios de la tribu, el joven descubrirá que no hay más aprendizaje que el propio viaje. Bueno, y que uno mismo: el gran aprendizaje es uno mismo”. Y se detuvo inquieto a considerar la mancha. Era una buena corbata. “Sacré con du nom de bleu!” maldijo entre dientes antes de recuperar el hilo de su discurso. “Al lector viejo, en cambio, el deslumbramiento lo hará más paciente, reservado y ávido escuchador. Y más consciente aún de sus ya infinitos desconocimientos”. Asentí sin disimular un bostezo, pero a André le dio igual. “El lector viejo, al fin y al cabo, ya debiera conocerse, a estas alturas, y saber que lo que cuenta es el viaje mismo, es decir, que no hay más deslumbramiento que la lectura en sí. Y también que nombrar las cosas no basta porque su complejidad admite nombres no pocas veces contradictorios”.

Harto, me puse en pie de un salto. “Vamos a ver si encontramos un antro donde beber, así sea aguarrás”. Accedió él y, callejeando entre turistas, nos fumamos sendos petardos de Vueltabajo que llevaba en la purera que me regaló Lezama cuando lo visité en La Habana. Acabamos en un pub de la estación Victoria ante dos scotchs de sequedad y suavidad razonables. André paladeó el suyo y acabó de exponerme su idea.

"El deslumbramiento hoy se reduce a un tuit afortunado, tonto como una greguería y simple como el pitorro de un botijo."

“El problema de nuestra civilización es que se derrumba. Nadie quiere saber de complejidades ni, mucho menos, de conocerse. El problema de conocerte es que igual no te gustas. El deslumbramiento hoy se reduce a un tuit afortunado, tonto como una greguería y simple como el pitorro de un botijo. Y todo por haber entrado en la era de la imagen”, suspiró. “Una imagen nunca vale lo que mil palabras”. En este punto se perdió en un razonamiento sobre la “oferta de objetividad acabada y sin matices” que hace la imagen y que compramos “como tontos”, dijo.
Zanahorio y feo como el dolor, André posee cierto grado de amargura que no gestiona mal. Pero no es esto lo que confiere valor a su chocante aseveración sobre la imagen, sino el hecho de que se haya ganado la vida en el Cine. André es cineasta. Nació en Gante, como Carlos V, y quiso ser actor, pero acabó trabajando en la confección de castings en los Estados Unidos, donde tuvo durante más de treinta años su propia empresa consagrada a esta disciplina. Se especializó en niños y monstruos y ha debido de ver miles de películas, tanto terminadas como en fase de producción, así que sabe bien de qué va. Tan bien que lo detesta.

“El cine se hace a la medida del público y persigue, sobre todo, no molestar, no inquietar, no espantar taquilla. Lo cual está muy bien, tampoco es cosa de arruinarse, lo que pasa es que ninguna persona toma la decisión final, sino equipos de marketing en base a encuestas y tendencias. Nadie se la juega: lo malo de esos equipos, de hecho, no es que ninguno de sus miembros sepa escribir guiones, que ninguno sabe. Lo malo es que ninguno sabe tampoco leerlos. Ni guiones ni nada. Las películas se hacen con criterios demográficos, económicos y sociológicos muy interesantes, pero nada cinematográficos”. Había anochecido y se hacía tarde, así que apuramos los whiskys y salimos a la calle. “Y esos deleznables productos industriales son el único pienso emocional e intelectual de miles de millones de analfabetos funcionales de todo el planeta”. 

"Se cuenta que la gente no lee porque no tiene tiempo. No lo tiene, pero las calles de Europa y América desbordan gente esforzada que corre en calzón corto con una cinta en la cabeza."
Fuertes palabras. Intenté protestar, pero no me dejó y paró un taxi para dirigirse a algún aeropuerto. “Nunca en toda la Historia de la Humanidad había habido tanta posibilidad de aprender, formarse y mejorar. C’est-à-dire, nunca había habido tantas posibilidades de escapar de la cárcel de la ignorancia, la inercia y las creencias de la tribu; por desgracia, el esfuerzo lector se bate en retirada y nadie pone a prueba sus convicciones. Se cuenta que la gente no lee porque no tiene tiempo. No lo tiene, pero las calles de Europa y América desbordan gente esforzada que corre en calzón corto con una cinta en la cabeza. ¡Hay incluso quien madruga para hacerlo! Gimnasios llenos y bibliotecas vacías. Si las mismas dos o cuatro horas semanales dedicadas a mantener la forma física se dedicaran también a mantener la forma mental mediante una lectura exigente y exigida, otro gallo nos cantara”. El taxista se impacienta y André lo increpa. “¡Espere, coño!”. Ya dentro del taxi, asoma la cabeza por la ventanilla. “¿Sabes que el pasado verano leí La Divina Comedia en italiano?” Mi asombro sube varios enteros. “No te tires el moco: no sabes italiano”. Él se ríe como una ardilla. “También yo tenía esa convicción, pero lo aprendí. Claro que necesité manejar tres ediciones del divino Alighieri: una crítica con el texto original, otra traducida al italiano actual y otra más al francés. Más dos diccionarios, uno italiano-francés y viceversa, más otro sólo de italiano. Bueno ¡adiós!”. Y tocó al taxista en el hombro. “¡Arranca, esbirro!”

Hacía frío. Una vez más, André tenía razón. “¿Sabes qué pasa?”, grité al taxi que se alejaba. “¡Que la imagen da mejor el pego!” Y con las manos en los bolsillos, me di la vuelta estremecido, pero no de frío. Desde el escaparate iluminado de una bookshop me miraban George Orwell, Ray Bradbury y Aldous Huxley.