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El manicomio español de Gerald Brenan

El manicomio español de Gerald Brenan

A Gerald Brenan le dedicó Carlos Cano un pasodoble torero. Gerald Brenan fue un trotamundos británico, inquieto y algo chalado que escribió muchos libros, a veces da la impresión de que a lo loco: una (apasionada, dicen) historia de la literatura española, una biografía, un par de memorias personales y alguna otra cosa. Entremedias se inventó Las Alpujarras, ese abrupto y singular serrijón que a partir de los años ochenta, diezmado por la emigración, empezó a convertirse en refugio de británicos chic atraídos por la desenfadada visión del lugar que Brenan había tenido sesenta años atrás. Pese a la imagen de anciano apacible que nos dejó en sus últimos años, debió de ser una persona tan complicada como la propia España a la que dedicó su vida.

Que España es un país complicado salta a la vista, al menos estos días. Pero a un observador inteligente le basta mirar, para comprenderlo, un mapa de aquellos que en el cole llamaban «físicos». Los mapas físicos de España parecen cuadros de Jackson Pollock: resulta difícil asumir que quepan tantos chafarrinones en tan poco sitio. De niño, la raya del Ebro se me antojaba la cicatriz dejada por el espadazo de una batalla; el macizo galaico, una costra, y las islas y «posesiones del norte de África», jirones del gran cuerpo principal, la Península Ibérica, esa suerte de pene que cuelga de Europa, que compartimos con Portugal y que fecunda el Océano. De niño los mapas físicos de España me producían pesadillas, y creo que fue de tanto mirarlos como me acabé aficionando a la pintura abstracta.

"Pues nada. El español es tradicionalmente cerrojo, cermeño si prefieren, incluso sus élites y dirigentes lo son, rebuznen en catalán, español, gallego, vasco, astur-leonés, aranés o baturro."

A ese abstracto sindiós llamado España dedicó Brenan un clásico discutible y discutido, El laberinto español, que este alocado fin de semana del 30 de septiembre al 1 de octubre he repasado conmovido, con el corazón partido entre la ira y el desconsuelo. Conocida es la idea principal de ese libro: España es un país de patriotismo comarcal y paleto, pero no nacional. España es para los españoles una lejana abstracción que sólo se concreta el día que salen de su pueblo y comprueban que la abstracción existe y se extiende más allá de las montañas y ríos que circundan la miserable aldea en que han nacido y crecido, así se llame Madrid, Barcelona, Sevilla, Valencia o Villaveleta del Quinto Pino. España es un puñado de aldeas esparcidas entre la meseta, las montañas y el mar, el bendito mar de España, azul refulgente, azul cielo, azul de Miró, el gran abstracto español y mira que ha dado este corralón unos cuantos gigantes de la abstracción. Nuestros gigantes de la abstracción —y no doy nombres porque no acabo ni el Día del Juicio— han enseñado al mundo a mirar lo que en apariencia no tiene sentido, como la propia España, ese país de aldeanos bien concretos, incapaces de abstraer y que no saben ver más allá del horizonte, qué digo del horizonte: que no saben ver más allá de sus narices. Esos aldeanos creen que Filosofía es una advocación mariana, Metafísica una marca de limpiametales, e Historia una novelita de aventuras. Tampoco saben lenguas, para qué, y cuando oyen hablar catalán se ponen histéricos, y mira que es españolísima forma de hablar. También se ponen histéricos cuando oyen hablar castellà, si la aldea es catalanoparlante, que las hay, no se vayan a pensar. Y eso que el orgulloso lema de la Nación Española es plus ultra, latín, ya saben, que significa «más allá» o, si prefieren, «más lejos, aún más lejos, sin horizonte, límite ni frontera». ¡Plus Ultra, españoles, coño!

Pues nada. El español es tradicionalmente cerrojo, cermeño si prefieren, incluso sus élites y dirigentes lo son, rebuznen en catalán, español, gallego, vasco, astur-leonés, aranés o baturro, cosa que al bueno de Brenan sorprendía mucho. Que rebuznaran tanto, digo, no que lo hicieran en lenguas y parlas diversas. Ya Machado aseguró de España que “desprecia cuanto ignora” y que “embiste cuando se digna usar de la cabeza”, y eso incluye a los catalanes, no se vayan a pensar los de la esquina NE que no va con ellos porque meen colonia. Algo de razón ya llevaba Machado. Los españoles no necesitamos saber nada. Nos basta (y nos sobra) con creerlo. Volviendo a don Gerardo, ya en el prólogo de su libro asegura a este respecto que a principios del XX, “las clases pobres” asumieron anarquismo y socialismo “con el mismo fervor religioso y la misma simplicidad con que en tiempos pasados habían aceptado el catolicismo”. Si non è vero, desde luego è ben trovato. Uno encuentra ecos de este fervor que señala el británico andaluz en el misticismo puritano con que abrazamos “causas”, ya sea la de España, así en abstracto, ya sea la de una difusa “indignación” (el ceño fruncido queda muy bien, hasta los modelos de El Corte Inglés parecen permanentemente enfurruñados, igual que niños a los que se ha negado un polo) o —con la Iglesia hemos topado—, la causa del fabuloso “derecho a decidir”, que ya hace falta tenerlos cuadrados.

Si el creyente persigue el Reino de Dios en la Tierra, ¿por qué no el ateo? La Internacional, al fin y al cabo, proclama que un día “la Tierra”, el planeta entero, “será un paraíso», nada menos que “la Patria de la Humanidad”. Y el enfático himno denominado Els segadors proclama altanero a grito pelado que “Catalunya, triomfant, tornarà a ser rica i plena” porque se conoce que alguna vez, vaya usted a saber cuándo, en un pasado ideal y remoto, fue más rica i plena que ahora. A propósito de esto recuerdo a un amigo americano muy cabrón y maravillosamente cínico, pero muy inteligente y observador, que detentaba un alto cargo en una multinacional muy importante y que me decía que a los españoles no había que encomendarles un trabajo o una tarea, “porque no la harán bien”. Y añadía, el muy hijoputa, “a los españoles hay que darles una Causa. Si no la de salvar el Planeta, que tampoco son tontos y se pueden dar cuenta de que les tomas el pelo, la de salvar al menos nuestra empresa, salvar las cuentas del mes o conquistar un mercado imprescindible, por pequeño que sea”. Y se meaba de la risa. “Entonces corren como leones y no hay obstáculo que no sean capaces de superar”.

Plus ultra.

"Si Brenan emprendió su hercúleo trabajo fue sólo para tratar de entender qué rayos había pasado para que se montara aquel dantesco circo de tres pistas que fue la Guerra Civil."

El laberinto español, de una densidad apabullante, debe de estar muy superado en sus datos más concretos, aunque en su planteamiento, en su personal, meditada y documentada mirada sobre la España del XIX y el XX, sigue siendo imprescindible para organizar una excursión por aquellos años convulsos que en el momento de ponerse su autor a la tarea estaban muy mal estudiados y peor comprendidos. Tanto que si Brenan emprendió su hercúleo trabajo fue sólo para tratar de entender qué rayos había pasado para que se montara aquel dantesco circo de tres pistas que fue la Guerra Civil; en consecuencia, no es objetivo, aunque lo pretende, pero tampoco esconde su propio punto de vista, siempre vivo, gráfico y ameno, el de un observador culto y leído que llevaba viviendo en España cerca de veinte años y aún viviría otros cuarenta más. Su texto apareció por primera vez en 1943 en Cambridge University Press con el denso título The Spanish Labyrinth: The Social and Political Background of the Spanish Civil War y desde entonces no ha parado de editarse una y otra vez. Durante años, para los españoles sólo fue accesible a través de la mítica (de verdad) editorial Ruedo Ibérico que lo sacó en 1962 con traducción de José Cano Ruiz, la misma traducción que hoy publica Planeta en cualquiera de sus sellos. En fin: ¿qué español de los tiempos del Caudillo no hizo al menos un viaje a Francia para volver cargado con ejemplares de distintos títulos de Ruedo Ibérico, entre otros éste?

Sorprendido compruebo que muchas de las apreciaciones generales que se hizo el viejo hispanista hace ochenta años son actuales y tan lacerantes como una puñalada. Y me pregunto sorprendido, igual que él lo hiciera en 1936, de qué manera nos ha conducido a este patatal nuestra ignorante y altiva torpeza, tan tradicional y tan hispánica, tan antigua y permanente. Por fortuna, en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño y saldremos de ésta. Sí, hoy me acuesto optimista leyendo a Espriu y su cada vez más imprescindible Pell de brau. O sea, Piel de toro. Y no me digáis que a estas alturas aún no me sabéis catalán, porque ya va urgiendo, queridos.

Recorda sempre això, Sepharad.
Fes que siguin segurs els ponts del diàleg
i mira de comprendre i estimar
les raons i les parles diverses dels teus fills.
Que la pluja caigui a poc a poc en els sembrats
i l’aire passi com una estesa mà
suau i molt benigna damunt els amples camps.
Que Sepharad visqui eternamenten
l’ordre i en la pau, en el treball,
en la difícil i merescuda
llibertat.

Merecida, sí, pero difícil. Muy difícil. Tengo la certeza, en cualquier caso, de que sabremos encontrar los hombres justos, comedidos, dialogantes e inteligentes, hoy ocultos todavía, capaces de representar al fin nuestra verdadera inquietud, nuestro afán de concordia y nuestro sueño y de dar al fin con el rumbo para este viejo barco que, las cosas como son, en peores garitas ha hecho guardia. A ello. Plus ultra.

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