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El anticuario de Teherán. Historias de una vida diplomática, de Jorge Dezcallar

El anticuario de Teherán. Historias de una vida diplomática, de Jorge Dezcallar

Un collar de oro, coral y aguamarinas que un anticuario iraní suplica a Jorge Dezcallar que le haga llegar a su hija abre este libro, en el que el diplomático español pasa revista a sus años como embajador —en Marruecos, Washington y Roma— y recuerda a algunas de las personalidades —ministros, reyes, actores, presidentes— con las que ha compartido negociaciones diplomáticas y también, en ocasiones, veladas inolvidables.

Conflictos pesqueros con Marruecos que ponen en serio peligro la relación entre países, torpes intentos de ofrecerle al MoMA un Velázquez a cambio del Guernica, un banquete marroquí que no empieza hasta que llega el cordero enviado por el rey… Historias entrañables, divertidas, desoladoras o simplemente surrealistas. Dezcallar dice haber aprendido «a ser tolerante, a contrastar mis puntos de vista con otros y a aceptar que, por encima del barniz de razas, religiones y lenguas, los seres humanos somos esencialmente iguales y buscamos las mismas cosas por caminos distintos».

Zenda publica algunos extractos de la obra, publicada por Península:

QUIÉN ESCRIBE LA HISTORIA

«Como sin historia no hay identidad, la tendencia a manipularla no es nueva. Stalin lo hacía con maestría quitando a personajes de las fotos oficiales a medida que los ejecutaba. En realidad, la historia no es nunca neutra, los vencedores la reescriben y algunos nacionalistas la falsean, pero es tozuda porque, a fin de cuentas, los hechos son los que son y no como nos gustaría que fuesen. A los alemanes les perseguirán siempre los terribles crímenes del nazismo, y a los americanos la bomba de Hiroshima. Solo no han cometido errores los pueblos que no tienen historia, y esta hay que aceptarla con sus luces y sus sombras.»

O DE LOS MÍOS O CONTRA MÍ

«González y Matutes decidieron pedirme que acompañara a la misión de la OSCE [en Belgrado, en 1996] en calidad de secretario de esta y de asistente personal de Felipe González. […]Fue entonces cuando Felipe González, con sorna, me contó que Matutes, al proponerle mi nombre, le había dicho que “no te quejarás porque te envío a Jorge, que es muy tuyo”, a lo que él le había respondido que yo “era más bien del Estado”. A mí no me importó porque estoy acostumbrado a que ir por la vida de independiente haga que nadie te considere “suyo”, y eso es así, guste o no guste, para lo bueno y para lo maloporque también te dejan muy solo cuando vienen mal dadas. Y sé muy bien de lo que hablo. En todo caso, la anécdota en aquel momento me dejó muy claro que el Partido Popular, que había ganado las últimas elecciones, me veía “contaminado” tras doce años como director general con varios gobiernos socialistas. Así son las cosas por estos pagos, o eres de los míos o estás contra mí. O blanco o negro, el maniqueísmo es total y a mí me apena ver cómo mucha gente inteligente pierde los infinitos matices de gris que hay en la vida y que la hacen más rica. Y que como resultado también se desaprovecha mucho talento.»

PROPUESTAS DESESTIMADAS

«Cuando el PSOE ganó las elecciones de 1982, yo trabajaba en el Departamento Internacional del gabinete del presidente Calvo Sotelo, y Felipe González “me heredó” durante algún tiempo. Eran momentos de ilusión, hacía siete años de la desaparición de Franco, su último coletazo con la cara bigotuda y anacrónica de Tejero había terminado en el ridículo, y los socialistas llegaban con ganas de darle la vuelta a España como si fuera un calcetín. Julio Feo, director del gabinete de González, nos convocó un día a los cuatro gatos que trabajábamos en aquella Moncloa de juguete y nos pidió que le diéramos ideas “para modernizar el país”. Yo era el último mono de aquel pequeño organigrama, pero me atreví con el reto e hice dos propuestas: alinear nuestros horarios laborales con los de Bruselas y suprimir el doblaje de las películas. […] Debo decir que ambas propuestas fueron acogidas con agrado por Julio Feo y que ambas fueron desechadas, como es obvio. La primera tras una somera encuesta entre funcionarios públicos (al parecer los más opuestos fueron los escalones más bajos de la Administración) y la segunda… sobre la segunda me dijo Julio que, cuando se la presentó al presidente, González le preguntó medio en broma medio en serio si quería hacerle perder las próximas elecciones.»

UN VELÁZQUEZ POR EL GUERNICA

«En cuanto murió Franco, todos los políticos españoles que pasaban por Nueva York —fueran del partido que fueran— exigían que se incluyera en su programa la posibilidad de acercarse a ver el Guernica con objeto de hacerse una foto que poder publicar luego en la prensa española […]. El más «peligroso» fue Francisco Fernández Ordóñez, a la sazón ministro de Hacienda, […] me pidió que le consiguiera una cita para ir a ver al director del MoMA, y cuál no sería mi sorpresa cuando le espetó a un sorprendido Bill Rubin que “cuánto quería por el cuadro”. O, mejor, “qué quería”, que pidiera por esa boca. […] Como Rubin no salía de su asombro, Fernández Ordóñez ¡le ofreció un Velázquez a cambio del Guernica!

A mí me tocó ir luego por detrás, un par de días más tarde, con la ingrata tarea de decirle al director del MoMA que todo eso había sido un pronto del señor ministro y que desde luego no estábamos dispuestos a pagar nada por lo que considerábamos legítimamente nuestro. Un papelón.»

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Autor: Jorge Dezcallar. Título: El anticuario de Teherán. Editorial: Península. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro