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Antología poética de Emilia Pardo Bazán

Antología poética de Emilia Pardo Bazán

La brillantez revolucionaria de su novelística convierte a Emilia Pardo Bazán en una de las figuras esenciales de la literatura del siglo XIX; esto ha provocado que su actividad poética (desarrollada desde la infancia hasta el final de su vida) sea casi desconocida salvo para especialistas pardobazianos. Evidentemente, la altura de su prosa no resulta comparable al verso, pero tampoco lo es en el caso de otros coetáneos varones que sí son reconocidos como poetas. Esta antología acerca al público lector algunas de sus más valiosas composiciones de las diferentes etapas de su trayectoria, publicadas por primera vez.

Zenda reproduce un fragmento del prólogo de Gota perdida en el inmenso mar y varios poemas incluidos en esta obra, cuyo estudio, edición y selección corre a cargo de Remedios Sánchez.

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Y LA POESÍA…

La creación poética de Emilia Pardo Bazán es casi desconocida, inclusive por los principales estudiosos de su obra; las más notables aportaciones son las de Montero Padilla (1953) y Serrano Castilla (1954) o, más cercanas en el tiempo, las de Rosendo Fernández (1997), González Herrán (2000) o Rodríguez Yáñez (2006 y 2008). Ella misma alude a los orígenes de su poesía en la nota autobiográfica a la segunda edición de Los pazos de Ulloa:

Yo poseía gran facilidad para rimar, y no me era difícil, leídas tres o cuatro veces un verso de (Heine o Bécquer) Zorrilla o de Campoamor, hacer unos remedos y vislumbres… ¡qué pálidos y feos me parecían! y cuando sin reminiscencias y por inspiración propia escribía, en las cláusulas y estrofas parecíame oír el eco de voces conocidas; no era que repitiese allí materialmente versos ajenos, y sin embargo había eso que en música se llama reminiscencias, por lo cual venía al cabo a parecerme odiosa la musa […]. Sólo el impulso de un sentimiento nuevo, y muy vivo, me dictó un día algunos poemas breves como suele serlo el sentimiento, y si un amigo no los hubiese encontrado dignos de publicidad y me hubiese hecho la dulce violencia de imprimirlos en un lindo tomito, es probable que jamás hubiesen salido de mi carpeta, no diré a la luz, sino a la media oscuridad de amigas manos, que los han apreciado y aun los han bañado de lágrimas (1973: 712-13).

Se trataba de Jaime (1881), un corto volumen dedicado a su primer hijo, compuesto por veinte poemas enlazados que fue publicado a instancias de su gran amigo Giner de los Ríos4, fundador de la Institución Libre de Enseñanza.

A propósito de este poemario expone Rodríguez Yáñez que su autora,

emplea una métrica sencilla, acorde con la tonalidad que impregna todo el poemario, dedicado a su primogénito. Aparecen combinaciones de decasílabos y hexasílabos (II), de heptasílabos y pentasílabos (VI), la sucesión de versos heptasílabos (V, VIII) y octosílabos (XIII, XVIII) o la utilización del soneto (I) y de la silva (III, IV, XIX) (2008: 280).

Resulta curioso que no aluda a su primera obra poética, El Castillo de la Fada, publicado en 1866, quince años antes de Jaime, cuando Pardo Bazán contaba quince años; el poco aprecio que la propia escritora tenía de su poesía seguramente es la responsable de tal desdén crítico: “lejos de defender mi hacienda poética, hasta caigo en la manía de ocultar mis rimas como si fueran pecados. Y es que por pecados las tengo” (1973: 713). Efectivamente, fuerza es decirlo: doña Emilia no era una poeta deslumbrante pero sí tenía cierta habilidad para el ritmo versal. Patiño estima que “No fue doña Emilia poeta inconsciente de su escaso estro. En varias ocasiones, sin renegar del todo de aquella faceta suya fundamentalmente juvenil, se refirió con distancia a ella […]” (2006: 404).

No obstante, en nuestra opinión, hay que dejar constancia de esta faceta suya que viene a aportarnos otra perspectiva de tan poliédrica y prolífica autora. En palabras de Rodríguez Yáñez, “no es recordada por sus aportaciones al campo de la poesía, pero éstas constituyen sin lugar a dudas una óptica complementaria sin la cual no podríamos emitir un juicio pleno sobre su producción” (2006: 310).

A El castillo de la Fada y Jaime hay que sumar los poemas sueltos en diversas publicaciones periódicas y los conservados en otros manuscritos, tal vez el más aquilatado sea Himnos y sueños, que recoge setenta y siete poemas en total de los que observa González Herrán que “el cuidado con que los textos han sido copiados y reunidos revela no sólo la intención de conservarlos sino acaso el proyecto de darlosa la imprenta bajo aquel título” (2005: 44). Se añaden también los cuarenta y un poemas recogidos en Álbum de poesías. La suma implica una cantidad cercana a los doscientos poemas, muy desiguales en interés y calidad, pero con algunos sobresalientes como para comprender mejor la perspectiva pardobaziana de la poesía.

Estamos, en general, ante unas composiciones de claro influjo romántico (Bécquer y, especialmente Espronceda en cuanto a españoles; Heine, Schiller o Bürger en cuanto a los alemanes) cuando no de corte costumbrista-paisajístico o religioso. Gamallo Fierros considera que, “en materia de predilecciones en verso y aficiones líricas, la Pardo fue –lo mismo como crítica que como creadora de poesía— más germánica que gala, más devota del lied alemán que de la cancioncilla francesa” (1951:3). A eso se va uniendo su interés por diferentes culturas y el misticismo reflexivo que indaga sobre la realidad con actitud sentenciosa, algo caracteriza también la última etapa del resto de sus obras literarias. Si bien, siempre será ese romanticismo (post-romanticismo) ya desleído por el tiempo la tónica imperante de su obra poética.

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SONETO

Al señor don Salustiano Olózaga

Mientras gime la patria destrozada
y por el mundo entero escarnecida
introduciendo en la cruel herida
sus propios hijos la sangrienta espada;
mientras ve la ambición desenfrenada,
la generosa libertad perdida,
la virtud sin motivo perseguida,
y la justicia sin pudor hollada;
guardar a ti tan solo te fue dado
de libertad la idea bienhechora
que siempre fue tu lábaro sagrado
por eso la doliente patria ahora
llanto vertiendo por tu triste estado
ancora en ti contempla salvadora.

BARCAROLA

Yo vivo contento y dichoso;
mi vida se pasa en el mar,
mirando el costado del buque
las olas inquietas besar.
No tenemos del viento el empuje
que anegue mi barco velero
qué lecho me ofrecen las aguas
y tumba tranquila si muero.
De noche, en el puente, mirando
la luna serena salir,
yo sueño en un mundo encantado
de dicha y de gloria sin fin
y veo ciudades inmensas
que elevan allá en lontananza
sus torres, sus templos, sus muros,
sus altas y esbeltas arcadas.
Yo sé que es mentira y ensueño
qué vértigo da al corazón;
Miraje11 la llama el marino,
la gente la llama ilusión.
Mas gozo en tan dulce locura
y gozo también en mirar
el ancho costado del buque
las olas inquietas besar.

ROMANCE

Gitana la morenita,
la de los ojos de fuego,
la de las trenzas oscuras
la del pie tan pequeñuelo,
dime, dime la ventura
que ha mucho que no la tengo,
que si desdichas dijeras
ya me sobran con exceso;
pero ventura, la niña,
de ti tan solo la espero.
—El paje, dadme la mano.
El paje del rubio pelo
y de los ojos azules
y del continente apuesto,
¿paje seréis de algún conde
o de un noble caballero?
¿Hijo de algún hijodalgo
de los ilustres del Reino?
—Del conde de Rivadavia,
de Rivadavia y de Lemos
soy el paje favorito,
de niño me recogieron,
la condesa en su regazo
me crió de pequeñuelo;
más me quiere que a la imagen
que está encima de su lecho,
más que a su brial bordado,
más que a su azor rapiñero.
—¿Qué deseas, pues, el paje,
paje del Conde de Lemos?
—Estoy herido de amores
y por amores me quejo;
que de la hija del Conde
he visto los ojos negros
que tienen en sus fulgores
llamaradas del infierno—.
Andad con cuidado, el paje,
huid de los ojos negros,
y de las damas ilustres,
que en tu mano estoy leyendo
que eres hijo del ilustre,
del noble Conde de Lemos,
que doña Elvira es tu hermana
y que tu amor es un sueño.
¡Adiós!— Y huyó la gitana
dejando al paje suspenso,
y aquella noche ahorcado
de su ventana en los yerros
apareció el rubio paje,
paje del Conde de Lemos

UN ADIÓS

Huye ligero el abrasado estío
cual sueño de ventura,
como ilusión resplandeciente y pura.
sobre los campos, rápido y sombrío
tienda el otoño su aplomado velo,
de secas hojas alfombrando el suelo.
¡Adiós, mis campos llenos de rocío,
adiós mis perfumados limoneros
de aroma penetrante!
No he de volver a veros,
ni ya la brisa en el azahar posada
oreará tranquila mi semblante.
Adiós también al sauce pensativo
bajo cuyas ramas
vagos sueños de amor formó mi mente,
donde he visto la luna que se baña
en el azul del cielo transparente.
Cuando vuelva otra vez en la primavera
yo volveré cual vuelve al grato nido
golondrina ligera,
y al respirar la brisa perfumada
me sentaré debajo la enramada.

LA BAHÍA

En la planicie azul de la bahía
la luz de los faroles cabrillea:
lago de plata el móvil oleaje,
hondo abismo la sombra de las peñas,
y una lancha airosa
gallarda y ligera,
no boga, que corre,
no corre, que vuela,
llevada al suave compás de los remos
y al trémulo impulso de las blancas velas,
cercando su proa de chispas de lumbre
de las tibias olas la fosforescencia.

Al espolón de hierro, que del agua
por la tranquila inmensidad penetra
cual dedo audaz que señalan el rumbo
del Océano a la extensión inmensa,
camina la lancha
como una saeta,
y a mí me parece
de lejos al verla
llevada al suave compás de los remos
y al trémulo impulso de las blancas velas,
sobre el lomo manso de la mar dormida
con cándidas alas gaviota negra.

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Autor: Emilia Pardo Bazán. Título: Gota perdida en el inmenso mar. Editorial: Valparaíso ediciones. Venta: Todostuslibros y Amazon

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