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Antonio Machado pasea, qué remedio, por Segovia

Antonio Machado pasea, qué remedio, por Segovia

Una noche de luna paseé por Segovia con Antonio Machado (…)

John Dos Passos, Años inolvidables

 

Nos proponemos acompañar a Antonio Machado en sus caminatas por la ciudad del Acueducto. Con Machado iremos siempre donde sea menester, ¡faltaría más!, y estaremos dispuestos a transigir con los tópicos al uso… pero, para no ocultar nada al fiel lector, vaya por delante que eso del paseo como inspirador de la poesía y actividad favorita de sus artífices nos parece una exageración poco fundamentada, amén de cursi. Cierto es, en el caso que nos ocupa, que el propio interesado abonaba el equívoco:

En Segovia una tarde de paseo

por la alameda que el Eresma baña…

poema El milagro (De un Cancionero Apócrifo)

Sin embargo, sospechamos que si don Antonio le daba tanto al zapato únicamente era por no quedarse en la habitación de la pensión donde vivía. Es una teoría que ofrecemos desinteresadamente a biógrafos y críticos literarios; teoría que, esperamos, quedará comprobada a satisfacción cuando, unas cuantas líneas más abajo, nos acompañen a visitar el —aun para los estándares de la época— deprimente cuartucho de marras.

También adelantaremos que seguir el deambular de nuestro poeta por las arriscadas rúas segovianas nos quitará el resuello: para ir del colegio donde enseñaba a la casa de huéspedes tenía que recorrer en toda su extensión la calle Real (nombre actual), que pica hacia arriba inmisericordemente. Y para bajar de allí al Eresma, casi hay que tirarse como de un precipicio. Por lo demás, el hielo propio del crudo invierno castellano, presente en el pavimento durante tantos meses, no favorece precisamente un vagar absorto, como de vate; antes bien, obligaría a un cuidadoso juego de prueba y error entre el pie y el bastón, incompatible con las efusiones del estro.

"Es factible imaginar al poeta paladeando estrofas que luego apuntaría en esos papelitos que guardaba por todos los bolsillos… y pensando en las cuestas que, inevitablemente, tendría que remontar para volver a su alojamiento."

E, incluso suponiendo que el tema del reúma lo tuviera resuelto, en la alameda que el Eresma baña más que ondinas y nereidas suele habitar una neblina gélida y pegajosa en la mitad fría del año, y en los meses de canícula bochorno y poco gratos olores si el río viene menguado de caudal. Apenas quedan, pues, media docena de semanas transitables entre el otoño y la primavera, en las que, desde luego, el lugar es seductor, con una vista incomparable —aunque muy desde las honduras— de los altos de la ciudad y sus atalayas, el Alcázar, la Catedral, San Esteban. Entonces sí es factible imaginar al poeta paladeando estrofas

¡Torres de Segovia,

cigüeñas al sol!

 

Verdad que el agua del Eresma

nos va lamiendo el corazón

Canción de Despedida

que luego apuntaría en esos papelitos que guardaba por todos los bolsillos… y pensando en las cuestas que, inevitablemente, tendría que remontar para volver a su alojamiento.

En resumen, si los peripatéticos segovianos tienen que arrostrar tantas dificultades y, por ende, no parece don Antonio, con sus pies planos, un hombre especialmente dado a lo gimnástico o esportivo, ¿a qué venía tanto pasear? La cosa está clara: huía de la pensión. Por eso queremos desde aquí alertar a futuros comentaristas sobre la influencia que ese inhóspito cuarto ha tenido en la obra machadiana; algo, a nuestro parecer, no suficientemente sopesado incluso en textos centrales como el de Gibson. Otra cosa es que el poeta, con el risueño estoicismo y la dulzura que le caracterizaba, ocultara o, al menos, no expresara públicamente esta contrariedad… aunque alguna vez sí que se le escapó alguna pullita, tal el comentario hecho a Unamuno de que en invierno hacía tanto frío en su habitación que a veces abría la ventana a ver si entraba algo de calor desde la calle.

Así pues, ¿qué de extraño tiene concluir que para el poeta y su producción hubiera sido de más provecho disponer de una pieza cómoda y bien calefactada, con un amplio mirador capaz de recoger la luminosidad de Castilla; bien apuntando a los azulados riscos de la Mujer Muerta, bien al inquietante perfil de la Vera Cruz?

Casa Museo de Antonio Machado

Pero dejemos este asunto, al que inevitablemente volveremos, porque primero tenemos que llegar a Segovia y tomar posesión espiritual de ella entrando como Dios manda: por el Azoguejo, con el Acueducto enmarcando todo el campo visual, en lo que constituye la mejor antesala que ciudad en el mundo puede soñar con ofrecer a sus visitantes.

Y a Segovia llegaremos machadianamente; es decir, en tren.

Yo, para todo viaje

—siempre sobre la madera

de mi vagón de tercera—

voy ligero de equipaje.

En tren (Campos de Castilla)

El tren del que tantas veces se sirvió don Antonio desde y hacia Madrid —tren de las Euménides, lo llamaba, por las profesoras de la Escuela Normal de Maestros y Maestras que lo utilizaban, como él, para desplazarse a la capital el fin de semana— consumía no menos de tres horas en recorrer escasos cien kilómetros Guadarrama de por medio, que el convoy atravesaba a paso casi humano, con todo el tiempo del mundo para mirar / los arbolitos pasar. Poco que ver con el actual, que tarda veinticinco minutos en depositarnos en Segovia a cambio, eso sí, de escamotear al viajero el paisaje, porque es un túnel tras túnel. Todo sea por la velocidad; lo que, por otra parte, a nuestro poeta no disgustaría: ¡Ese placer de alejarse! / Londres, Madrid, Ponferrada / tan lindos… para marcharse.

"Con estos malos comienzos, tardamos en caer en la cuenta de que estamos ante la primera referencia machadiana: la estación se llama Guiomar, como la musa del poeta."

Sea como fuere, hemos llegado… aunque nadie lo diría. Nos han dejado tan en medio del campo, tan lejos de todo, que apenas se alcanza a divisar en la lejanía el inconfundible skyline de las iglesias segovianas. Pero todo está previsto: el pasajero, que se debate entre el pasmo y la indignación, tiene disponible por el módico precio de 2 euros un autobús que le llevará pausadamente al Azoguejo… empleando más tiempo que el que ha consumido en el trayecto principal. Uno se pregunta dónde quedó, arrumbada por la codicia y la inepcia, aquella buena costumbre de construir las estaciones en el centro de las ciudades, y en qué estaban pensando las autoridades locales para permitir este desatino ferroviario…

Con estos malos comienzos, tardamos en caer en la cuenta de que estamos ante la primera referencia machadiana: la estación se llama Guiomar, como la musa del poeta. Otros dicen que referencia a una remota reina castellana. Pero, visto lo visto, quizá sea el nombre de algún fondo especulativo que hizo buen negocio vendiendo esos terrenos.

1. El Instituto

En el Azoguejo, plaza grande de Segovia, que mereció ser mencionada en El Quijote, empieza nuestro recorrido. Saludamos al Acueducto y, a él pegados, remontamos la calle Fernán García en sentido contrario al de su curso del agua, cuando había. Alcanzada la esquina donde los arcos de piedra tuercen a la izquierda, estaremos en la plaza Día Sanz, frente por frente al instituto Mariano Quintanilla, que nos contempla alzado en sus nobles gradas de granito y protegido por una verja. Para ocupar allí la cátedra de francés llegó Antonio Machado a Segovia en 1919.

"Da la impresión de que aquí el recuerdo de Machado se ha desvanecido un tanto, y sólo lo traemos los ocasionales visitantes."

Naturalmente, en aquella época era el único centro de enseñanza de su categoría en toda la ciudad y se llamaba, simplemente, Instituto de Segovia. Mariano Quintanilla, otro profesor y también escritor, reúne más que sobrados méritos para prestar hoy su nombre al recinto, pero extraña un poco que no lleve el nombre de nuestro poeta… En quien tomara la decisión pesó, con seguridad, el que Quintanilla fuera segoviano, pero estamos seguros de que el mismo don Mariano hubiera cedido gustoso la prelación al que fue su colega y grandísimo amigo.

Al tratarse de un colegio en pleno funcionamiento, la visita no es posible, amén de que pocos recuerdos quedan: un aula dedicada y una placa puesta en 1964, como desagravio al claustro franquista que propuso borrarle de la nómina de docentes de la institución. No sólo es lo del nombre; da la impresión de que aquí el recuerdo de Machado se ha desvanecido un tanto, y sólo lo traemos los ocasionales visitantes.

2. Las tertulias

Salimos del instituto y rehacemos nuestros pasos para llegar, otra vez, al pie del Acueducto, bajo los arcos más esbeltos. Al frente, se ve remontar a la calle Real y a ella nos dirigiremos. Llega —con distintos cambios de nombre que no tendremos en cuenta— hasta la Plaza Mayor, donde hace cumbre. Nuestra intención es remedar el trayecto que el poeta hacía para ir desde su lugar de trabajo al de residencia; esto es, el recorrido de todos los días, que él llamaba el caminito de mi devoción. Encontraremos varios puntos de referencia que con seguridad estarían en tiempo de Machado, aunque la calle —la más comercial de Segovia— está hoy fundamentalmente tomada por clónicas tiendas gastronómicas y de recuerdos, como tantas otras de ciudades turísticas españolas.

A poco de iniciar la subida nos encontramos a la izquierda con la librería Cervantes. Más de cien años la contemplan y en su página web se vanaglorian de haber sido uno de los rincones predilectos de Machado, así que no es aventurado suponer que, en efecto, el poeta pegaría más de una vez la nariz en el escaparate. Poco más arriba, el imponente mirador de la Canaleja y a su espalda el entonces Teatro Cervantes, anexo a la Casa de los Picos, en cuyo patio Machado dio su primera conferencia segoviana (sobre literatura rusa). Unos pasos más y rebasaremos la siempre majestuosa plaza de San Martín y, lindando, la antigua cárcel, hoy biblioteca, de cuyo lateral parte la calle de la Herrería. Allí, esquina con Infanta Isabel, estaba hasta la década de los setenta el Gran Hotel Comercio, donde un 2 de junio de 1928 Machado se citó por primera vez con Pilar Valderrama, o Guiomar en su imaginario.

Nel mezzo del camin pasóme el pecho

la flecha de un amor intempestivo.

De un Cancionero apócrifo, XI

Continuamos por la calle Real que, poco antes de morir en la Plaza Mayor, se abre hacia la izquierda formando una plazuela irregular, la de la sinagoga-iglesia del Corpus. En ese tramo se ubicaba el Casino de la Unión, verdadero ónfalos de la vida provinciana, en cuyo café nuestro poeta copresidía una tertulia donde fichaban personajes de la talla de Blas Zambrano, padre de María, el escultor Emiliano Barral, Mariano Quintanilla, Pablo de Andrés Cobos y el ceramista Fernando Arranz, entre otros. A todos nos viene a la memoria uno de los retratos icónicos del poeta: sentado frente al velador, un espejo a la espalda, tocado con sombrero achambergado y ambas manos sobre el mango del bastón, es la vera imagen del tertuliano. Con su gesto entre tímido e irónico parece decirnos

Despacito y buena letra:

que el hacer las cosas bien

importa más que el hacerlas.

Nuevas Canciones, Proverbios y Cantares, XXIV

3. Universidad Popular Segoviana

Hemos puesto ya pie en la Plaza Mayor, pero de momento la rodearemos para abandonarla brevemente antes de dedicarle la atención que merece. Vamos en pos del recuerdo de la Universidad Popular Segoviana, a la que Machado dedicó esfuerzo y cariño a partes iguales. Fundada en 1919, ya no existe como tal, pero su sucesora, la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce, sesiona en la iglesia románica, ya secularizada, de ese nombre. Llegaremos saliendo por la calle Cronista Lecea y tirando a la izquierda, tomando Cabritería y luego Capuchinos Alta.

Lo que la Universidad Popular hizo por Segovia y las personalidades que convocó —desde Américo Castro a Blas Cabrera; de Baroja a Unamuno o Azorín— merece un tratamiento aparte que quizá algún día podamos abordar. Hoy cumpliremos evocando en la puerta, bajo la placa de azulejos donde se la menciona, el recuerdo de Antonio Machado; quizá leyendo uno de sus poemas, el que mejor ha descrito esta tierra castellana y a sus hijos, que no se sabe si esperan, duermen o sueñan:

Mediaba el mes de julio. Era un hermoso día.

Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía, (…)

 

Oh, tierra triste y noble,

la de los altos llanos y yermos y roquedas,

de campos sin arados, regatos ni arboledas;

decrépitas ciudades, caminos sin mesones,

y atónitos palurdos sin danzas ni canciones

que aún van, abandonando el mortecino hogar,

como tus largos ríos, Castilla, hacia la mar! (…)

 

Filósofos nutridos de sopa de convento

contemplan impasibles el amplio firmamento;

y si les llega en sueños, como un rumor distante,

clamor de mercaderes de muelles de Levante,

no acudirán siquiera a preguntar ¿qué pasa?

Y ya la guerra ha abierto las puertas de su casa.

 

Castilla miserable, ayer dominadora,

envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora.

 Orillas del Duero (Campos de Castilla)

4. Plaza Mayor: la Republica

La Plaza Mayor de Segovia es canónica; tiene lo que hay que tener y es exigible por el vecino de una plácida capital de provincia: la Catedral en una esquina, el Ayuntamiento en el centro, soportales, un teatro, templete para la orquesta y, sobre todo, muchos cafés y restaurantes con mesas en el exterior. Más o menos, esto ya estaba en tiempos de Machado, aunque no, por supuesto, su estatua, que nos contempla como si fuera otro paseante, en ese estilo realista y en tamaño natural ahora tan de moda. Creemos recordar que el poeta tiene otra de similar factura en Soria que le representa más joven, sentado. Aquí está como callejeando, bien provisto de abrigo y pañuelo al cuello —impropiamente elegante, nada de torpe aliño indumentario— con un libro en la mano izquierda y el bastón en la diestra, recreando la leyenda del Machado que deambula soñador por los rincones de la ciudad amable.

"La estatua, qué despropósito, da justamente la espalda al Teatro Juan Bravo, donde el 14 de febrero de 1931 tuvo lugar, presidido por el poeta, con la participación de Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala, el mitin fundacional de la Agrupación para la Defensa de la República."

Esta estatua no debería estar ahí. Podría justificadamente colocarse en otras calles y esquinas segovianas, pero nunca en la Plaza Mayor. Porque el recuerdo de Machado en ese entorno debe ir asociado a su conciencia republicana y al compromiso con el progreso de España. El Machado activista, el Machado militante; ese es el que el escultor debería haber reflejado si de homenajearle en ese lugar se trataba.

La estatua, qué despropósito, da justamente la espalda al Teatro Juan Bravo, donde el 14 de febrero de 1931 tuvo lugar, presidido por el poeta, con la participación de Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala, el mitin fundacional de la Agrupación para la Defensa de la República. Y ni siquiera este Machado de bronce mira al balcón del Ayuntamiento, donde él mismo proclamó la República, según nos contó en un emocionante pasaje:

Fue un día profundamente alegre —muchos que ya éramos viejos no recordábamos otro más alegre—, un día maravilloso en que la naturaleza y la historia parecían fundirse para vibrar juntas en el alma de los poetas y en los labios de los niños. (…) Mi amigo Antonio Ballesteros y yo izamos en el Ayuntamiento la bandera tricolor. Se cantó La Marsellesa, sonaron los compases del Himno de Riego. La internacional no había sonado todavía. Era muy legítimo nuestro regocijo. La República había venido por sus cabales, de un modo perfecto, como resultado de unas elecciones. Todo un régimen caía sin sangre, para asombro del mundo. Ni siquiera el crimen profético de un loco que hubiera eliminado a un traidor turbó la paz de aquellas horas. La República salía de las urnas acabada y perfecta, como Minerva de la cabeza de Júpiter

El 14 de abril de 1931 en Segovia (La Voz de España, abril de 1937)

Conmueve y no cansa leer y releer hoy estas líneas en las que el genio del autor transmite, con muy pocas pinceladas, los más delicados sentimientos de esperanza, regeneración y cariño a su país… a pesar de que fueron escritas cuando ya la barbarie y el fanatismo se habían conjurado para arrumbar con todo ello. Ya no hemos vuelto a pasar por esa plaza sin echar la vista a la balconada del Ayuntamiento, intentando componer en la imaginación la figura del poeta en el momento de desplegar la enseña. Por cierto, cómo contrasta esta proclamación con otra que hemos vivido muy recientemente, tan chusca, tan de teatro de marionetas manejadas por ladrones y logreros.

Habitación de Antonio Machado

5. La casa de huéspedes

Para llegar a donde el poeta habitó casi trece años salimos de la plaza por cualquiera de las tres bajantes que apuntan hacia el Alcázar. Por una u otra terminaremos cortando con la calle de los Desamparados, nombre profético, en la que doña Luisa Torrego regentaba su pensión. Es un lugar que no carecería de encanto —el perchero a la entrada; los breves escalones hasta el piso de los cuartos, la cocina, el lavadero, un armario con los libros que Machado cedió a la biblioteca circulante de la Universidad Popular…— si uno consiguiera abstraerse de que, al fin y al cabo, había que vivir ahí día a día, mes a mes, y no solo pasar de visita.

El recoleto patio, la casa y, en especial, el dormitorio concentran muy bien el espíritu machadiano que —puede sentirse— impregna las paredes, aplasta el colchón de la aparatosa cama y se pega a la mesa camilla y al brasero. Que allí nacieran sus heterónimos Juan de Mairena y Abel Martín nos parece hasta natural. Pero dejemos que alguien con más pergaminos lo describa:

No hay celda de franciscano ni de cartujo que nos dé una idea de austeridad y desolación como nos da este cuarto (…) Únicamente habiendo tratado al poeta puede ser verosímil este escenario de vida y de inspiración. He aquí el desprecio, no ya a lo suntuario, sino a lo íntimo. (Francisco de Cossío)

Salimos de la antigua pensión como de un oratorio, algo contritos porque, hijos de nuestro tiempo, no nos sentimos del todo capaces de apreciar en su justa e inmensa medida la lección de modestia y dignidad que nos dio el poeta con su obra, con su peripecia vital. Somos muy de Machado. A veces se nos ha ocurrido que si, como a Ulises, nos fuera permitido bajar al Hades, a él y no a otro buscaríamos para conocerle, para saludarle, para mantener una pequeña conversación.

Pensando que no veía

porque Dios no le miraba,

dijo Abel cuando moría:

Se acabó lo que se daba.

J. de Mairena: Epigramas.

 Nota: el mejor libro que conocemos sobre el paso del poeta por la ciudad del Acueducto es el de Pablo de Andrés Cobos (Antonio Machado en Segovia. Vida y obra. Ínsula, 1973), ya descatalogado, pero próximo a reeditarse por iniciativa del Ayuntamiento para conmemorar el centenario de la llegada de Machado a Segovia. Se celebrará, esperamos que a lo grande, el próximo año 2019.