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Antropofobia aplicada (Arresto domiciliario 2)

Antropofobia aplicada (Arresto domiciliario 2)

Infecto solía ser una de las palabras más duras de mi madre. “¡Ay, desgraciado infecto, la va a matar!”, se alarmaba delante de la televisión, frunciendo gravemente el entrecejo. O sea que los excesos del villano le hacían lucir no solamente ruin, sino encima roñoso y de plano intocable. Puede uno lidiar con la simple perfidia, pero el miedo al contagio es sobrenatural. Una vez que se juntan el asco y el horror, da igual si el enemigo es un canalla, un zombi o un leproso, pues se le quiere lejos y preferentemente confinado. No cruzó aún la frontera con el más allá, pero en el más acá le tiran piedras.

Acudo a estos pavores medievales para justificar mi más reciente ataque de antropofobia, que es pariente cercana de la misantropía y a su manera antípoda de la antropofagia. Quiero decir que a diferencia de otras épocas —como tantos miedosos, nunca estuve del todo seguro de no ser portador del VIH— he tomado esta vez precauciones bastantes para asumirme libre de los temidos miasmas planetarios. De ahí que en lugar de ir a la farmacia prefiriera hoy surtirme por teléfono.

"Acudo a estos pavores medievales para justificar mi más reciente ataque de antropofobia, que es pariente cercana de la misantropía"

A nadie tranquiliza, en estos días, abrir la puerta y ver al mensajero en el papel de Margarita Gautier. Se tapaba la boca, he de reconocer, sólo que en vez de usar el antebrazo tosía sobre la palma de la mano que segundos más tarde me extendió con la bolsa de las medicinas. Presa de una neurosis de lo más espontánea, di dos pasos atrás y le señalé el cofre de la camioneta. “Déjala ahí encimita”, sugerí, pleno de antropofobia galopante, y ya entrado en horror me atreví a preguntarle si de casualidad estaba enfermo de algo.

—Todo eso es puro cuento —descartó el hombre de la motocicleta, entre expectoraciones pertinaces.

—¿Qué es puro cuento? —respingué, de repente más cerca de la misantropía que de la antropofobia.

—Lo del coronavirus, son mentiras —sentenció muy orondo, con la certeza de un testigo de Jehová que recién estrenó su cuenta en Twitter.

—¡No diga estupideces! —reconvine al infecto potencial, mientras hacía equilibrios entre el miedo y la rabia (afecciones, por cierto, de lo más pegajosas), y le cerré la puerta a una sana distancia de las narices.

"Debe de haber millones de almas cándidas convencidas de que esa tal pandemia es un mito, un complot o un negocio secreto"

Debe de haber millones de almas cándidas convencidas de que esa tal pandemia es un mito, un complot o un negocio secreto, y si acaso existiera seguramente no llegará a su pueblo (como sería el caso del fin del mundo, que tampoco osaría aventurarse hasta esas lejanías). Y tal como el infecto que se ignora persiste en asumirse incompatible con la sepultura, terraplanistas, antivacunas y demás adversarios de lo evidente se declaran a salvo del candor. Antes acudirán a la superstición que humillarse delante de la ciencia. ¿Cómo quieren que en tales circunstancias se conserve uno inmune a la antropofobia, si están pidiendo a gritos que les sume a su lista de apestados? Por lo pronto ya entiendo: el infecto soy yo y no tengo remedio.

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