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Aprende a escribir con… Fernando Aramburu

Foto de portada: Iván Giménez

Fernando Aramburu es el escritor más ordenado del panorama narrativo español. Todos los días de la semana, sábados y domingos incluidos, desayuna con su mujer a las 07:00 AM, coge la bicicleta y, acompañado de su perrita Luna, se dirige a un despacho que tiene alquilado a unos diez minutos pedaleando. A las 08:00 ya está delante del ordenador, rodeado de libros y en absoluto silencio, y se lanza a escribir de un modo tan precipitado que se diría que la novela no avanza gracias a su imaginación, sino a una voz que le dicta hasta los puntos y comas. Pero semejante ataque de inspiración sólo acontece durante la primera hora y media, porque después, aproximadamente sobre las 09:30, su cuerpo se hace presente y necesita una manzana —o incluso una ducha— para conseguir cuarenta minutos extras de ocurrencias. Y, si aun así decaen las energías, pues un café bien cargado y vuelta al trabajo.

"Si en el transcurso de la primera hora y media alcanza las doscientas palabras, se regalará quince minutos de monólogos humorísticos en internet"

Sobre las 11:15, el bichón de pelo blanco que hasta ahora había permanecido tumbado a sus pies empieza a agitarse. Ha llegado la hora de que Aramburu saque a Luna de paseo, si es que no es a la inversa, y durante cuarenta y cinco minutos, ambos callejean por Hamburgo (Alemania) pensando o haciendo cada uno lo suyo. Cuando regresan al despacho, los dos se ponen a comer, ella en el cuenco y él en el túper, y después el escritor rellena un sudoku, se pega una siesta y, sobre las 13:30, se sienta de nuevo ante la pantalla. No desfallece en este periodo hasta las 15:00, que es cuando empieza el telediario del canal internacional de RTVE, y al término del informativo retoma la redacción de su novela ahora hasta las 18:00, momento en que su cerebro se desinfla como un globo y, bicicleta mediante, hombre y perro regresan a casa.

Aramburu se ha montado una vida monótona porque sabe que, sin disciplina, no hay quien escriba un libro. Así que repite la misma rutina de lunes a domingo y, para evitar la tentación de ensimismarse en la contemplación de las musarañas, se marca un objetivo diario de un mínimo de quinientas palabras. Por si eso fuera poco, también ha establecido un catálogo de recompensas que le animan a trabajar sin descanso. Por ejemplo: un día cualquiera, mientras se dirige al despacho, decide que, si en el transcurso de la primera hora y media alcanza las doscientas palabras, se regalará quince minutos de monólogos humorísticos en internet. El autor vasco se premia a sí mismo cada vez que alcanza una meta autoimpuesta y, aunque reconoce que a veces se siente como una foca a la que su adiestrador lanza un pescado cada vez que repite un ejercicio, asegura que no ha encontrado un sistema mejor para conseguir aquello que se propuso.

Pero, ¡atención!, no terminan ahí las rutinas de este narrador. Porque también ha creado un método para recabar opiniones sobre sus textos. Actualmente, tiene tres tipos de lectores a los que consulta antes de enviar el manuscrito a la editorial. El primero se llama Mendizábal y tiene la cabeza llena de pinchos. Se trata de un cactus diminuto que el autor puso hace ya algún tiempo sobre la mesa y que representa al lector a quien dirige todas y cada una de sus ficciones. Con Mendizábal va hablando a lo largo del día y, cuando la novela toma un derrotero inesperado, Aramburu le mira fijamente y le pregunta: «Mendizábal, ¿qué te ha parecido este giro?». Y la cactácea, no se sabe muy bien de qué modo, le da su opinión al respecto.

"Aramburu ofrece a esta persona un estipendio a cambio de analizar detalladamente la historia y de indicarle no sólo los fallos documentales que detecte, sino también nuevos puntos de vista"

El segundo lector cero es un profesor de San Sebastián a quien envía los capítulos a medida que los va escribiendo y de quien recibe comentarios, principalmente estilísticos, que le ayudan a perfeccionar el texto. Y el tercero suele ser un experto —o varios— en el tema principal de la novela. Aramburu ofrece a esta persona un estipendio a cambio de analizar detalladamente la historia y de indicarle no sólo los fallos documentales que detecte, sino también nuevos puntos de vista sobre el argumento. Este último individuo es seleccionado según un criterio muy abierto —puede ser desde un profesional del mismo oficio que el protagonista hasta una persona que viva en el barrio donde transcurren los hechos, por poner dos ejemplos— y, quién sabe, tal vez un día de estos sea uno de nosotros quien reciba una llamada de Aramburu pidiendo ayuda con un manuscrito.

Estos son los tres lectores a quienes el escritor más ordenado de la literatura española acude antes de dar por cerrado un libro, pero, si me permiten la anécdota, les contaré que el día en que me reuní con Aramburu para hacerle la entrevista de la cual deriva este artículo, apareció un cuarto lector del todo imprevisto. Estábamos sentados en la terraza de un bar sito frente a la librería +Bernat (Barcelona), donde el autor habría de presentar Los vencejos esa misma tarde, cuando Enrique Vila-Matas hizo acto de presencia. El escritor del abrigo negro y las manos en los bolsillos se había acercado a la tienda para que su colega le dedicara su último libro, pero acabó sentándose a nuestra mesa y evocando algunos recuerdos de los que sólo contaré uno: en cierta ocasión, Vila-Matas envió a Aramburu un ejemplar en portugués de una de sus novelas, gesto al que el vasco correspondió mandando al catalán una versión en eslovaco de otra de las suyas. Parece absurdo que dos escritores intercambien libros en idiomas que no les son propios, pero no lo es tanto si interpretamos dichos regalos como una muestra de aprecio que, además de afianzar una amistad, evita que ninguno de los dos se vea en la obligación de leer el libro del otro. Y tengo la sensación de que esta historia revela tantas cosas sobre el funcionamiento interno del mundillo literario en este primer tercio del siglo XXI que no he podido dejar de añadirla a este artículo.

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La última novela de Fernando Aramburu es Los vencejos (Tusquets).

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