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Aprender a habitar las dos orillas

Aprender a habitar las dos orillas

Leer para viajar, viajar para leer. En ambos gestos hay la misma sed. Siempre me acompaña un libro en cualquier viaje, y en cualquier libro se esconde un viaje. Y no pocas veces ese viaje es una metáfora del devenir vital, como escribió Kavafis en Ítaca: que el camino sea largo, lleno de aventuras y de saber. Que Ítaca espere, porque el destino es solo un pretexto. Lo que importa son los lestrigones y los cíclopes que uno lleva dentro, los feacios que uno encuentra, la lentísima sabiduría que el camino deposita, como sedimento, en el fondo para Ser. Llegar, escribió el poeta, no es el final: Ítaca te dio el viaje. No podía darte más. Como el Ulises de Kavafis, Lula, la protagonista de Dugongo (Yeguas de Troya, 2026) de la poeta y periodista Ale Oseguera, iniciará un viaje catártico hacia el Sureste Asiático, porque sólo es posible “habitar el extravío o resolverlo”.

Sin embargo, reducir esta novela a un relato de viajes sería simplificar lo heterogéneo de su propuesta. Ale Oseguera no ha escrito una novela de viajes, ni una crónica literaria, ni poesía, ni una autoficción, ni un ensayo sobre la identidad migrante y las nuevas formas de colonización, aunque sea todo eso a la vez. Ha construido lo que podríamos llamar una prosa itinerante: un texto que se mueve entre géneros con la misma libertad con que su protagonista se mueve entre aeropuertos y aduanas, entre lenguas (inglés, catalán, malayo, tailandés… los giros mexicanos) y cuerpos, entre los sueños, el recuerdo de un viaje anterior y el presente. La forma es la consecuencia de la fragmentación interna que vive Lula, y la compleja encrucijada que anuda Dugongo la convierte en una novela contemporánea y necesaria. Lula trasluce una mirada plural sobre el mundo, donde lenguas y culturas se trasponen en continentes cuyas fronteras son cartografiadas sobre los mapas, pero alteradas por la globalización y la digitalización; mientras la geografía interior trata de buscar sus contornos, desdibujados por la migración.

"Ale Oseguera acierta con esta novela mestiza, en cuyo trasfondo tal vez palpita mucho de autobiográfico, para visibilizar la colisión del entramado"

Detrás de cada viaje se encuentra una herida. De este modo, el duelo por la muerte del padre y una depresión, que le ha conducido al paro, motivan el viaje de Lula, mexicana afincada en Barcelona y extranjera en todas partes, junto a su pareja, Arnau, cuya relación teje y tensa el viaje y que se va diluyendo según avanzan. En este regreso al Sureste Asiático confluirán la negociación por la herencia paterna con su hermano, que deja al descubierto las estructuras hegemónicas patriarcales, el conflicto latente con Arnau, la pugna con su identidad migrante y el neocolonialismo, la reflexión en torno a qué es un hogar y la incerteza del mundo laboral tras quebrarse los paraísos adolescentes. Porque el dolor no se queda en las aduanas: viaja como equipaje de mano. Más que una huida, el viaje arranca como una necesidad de cerrar los capítulos inconclusos y reencontrarse con el asombro y la perplejidad. Un volver a casa: “Deseo un hogar nuevo, verde y feliz para mi familia”. Y así será.

Ale Oseguera acierta con esta novela mestiza, en cuyo trasfondo tal vez palpita mucho de autobiográfico, para visibilizar la colisión del entramado: mujer, migrante, poeta, huérfana… trasladado a miles de kilómetros, como si al eliminar los tabiques del hogar, aunque sean los de la ciudad de acogida, quedase desnuda la verdad más radical de quién es. Esta novela no es apacible ni cómoda con la actualidad; no esconde la violencia de México, ni la salud mental, ni la precariedad del trabajo creativo ni el sentimiento de impostura, ni la brutalidad silenciosa de los sistemas migratorios, ni el machismo, ni las estrecheces económicas, sino que los hibrida, como sucede en la vida cotidiana, creando una obra honesta y creíble. El compromiso vital de Ale Oseguera se traslada a su escritura al evitar caer en los tópicos de un destino “exótico” y “turístico” y de transformarlo en decorado para redención del viajero occidental, estetizando en ocasiones la pobreza. La autora conoce los países de los que habla, aportando anécdotas que probablemente ella haya vivenciado, como el fumar, prohibido en Singapur, o comer chicle, prohibido en Tailandia, o besar en la calle, prohibido en Malasia, revelando que esos países son un espacio vivo, contradictorio, atravesado por las mismas tensiones globales que Barcelona o Guadalajara. La mirada de Lula reconoce en esas geografías sus propias fricciones. El Sureste Asiático no le pertenece, pero tampoco le es del todo ajeno: es otro lugar donde ser extranjera, y esa condición, lejos de distanciarla, la aproxima a quienes también viven en los márgenes de sus propios países. Espejo y espejismo.

Conviene detenerse un momento en la intertextualidad y diálogo que establece con otros autores y donde Dugongo revela una dimensión que roza el ensayo. En no pocos pasajes Ale Oseguera reflexiona en torno a esos diversos temas que articulan la novela, y teje su relato sobre una urdimbre de lecturas y citas ajenas que afloran sin ostentación, pero despliegan una sólida estructura teórica. Estas digresiones no alejan de la trama, sino que la profundizan:

“Esa manera de mirar el paisaje, como si fuera una fantasía creada para ellos, es rastreable hasta la Grecia del siglo V a.C Heródoto. Marco Polo. Las literaturas de exploración británica y francesa de los siglos XVIII y XIX. Todos apelaron a la fascinación bífida: lo desconocido como repulsivo y atractivo a la vez. A nadie se le ocurrió romper los moldes. Ni siquiera a las mujeres, que reclamarían su derecho a viajar y a escribir, a discriminar y a… exotizar. Este el caso de la escritora victoriana Isabella Bird, cuyos retratos de Malasia y Singapur cristalizan la deshumanización propia del discurso colonial: «Los rostros de piel oscura no tienen expresión que pueda interpretar…»

Juan José Tablada, Piedad Bonnett, Dick, Le Guin, Virginia Woolf, Martín Caparrós, Lorca, Onfray o Margo Glantz surcan con sus textos o referencias la novela. Y Ale Oseguera no trae la voz de muchas autoras por casualidad, sino porque hay en ella una vindicación: “Un día se hablará de nosotras en primera persona. Seremos nosotras hablando”, al tiempo hace hincapié en la doble discriminación que sufre la mujer migrante —también en los procesos descolonizadores—: “Para nosotras, las mujeres, los discursos de independencia han venido con letra pequeña”.

"Plantea no sólo las cuestiones ya comentadas sobre el feminismo, la migración y el neocolonialismo, sino también la preocupación por la devastación ambiental, la gentrificación de las ciudades, el problema de la vivienda, los conflictos interculturales"

El feminismo de esta novela no es solo discursivo: tiene cuentas pendientes, literalmente. “El mío es un relato tercermundista”, afirma Lula. Su precaria situación económica tras ser despedida, su falta de éxito en el entorno literario, frente a su amigo Ezequiel, y la negociación por la herencia paterna con su hermano, dejan al descubierto como el dinero —ya lo escribió Virginia Woolf— es el instrumento para la independencia y autonomía de las mujeres. Especialmente significativa, por atravesar toda la novela, es la disputa por la herencia paterna y el armazón ideológico que sostiene su familia con respecto a ella por el reparto de la empresa y la casa que desvelan la desigualdad estructural y patriarcal y muestran cómo el dinero activa, incluso entre hermanos e incluso en el duelo, mecanismos de dominación y privilegio. Ser mujer, en esta novela, tiene un coste concreto y mensurable. Oseguera lo escribe con la precisión de quien lo ha sentido. Para después, inscribirlo en un contexto capitalista y de estrategias geopolíticas mundiales.

Dugongo es una novela actual que reproduce conversaciones de whatsapp y un estilo que se adapta a las necesidades: el poso poético que emerge en los pasajes más narrativos o coloquialismos en catalán, inglés o mexicano que salpican y enriquecen las conversaciones. Además, plantea no sólo las cuestiones ya comentadas sobre el feminismo, la migración y el neocolonialismo, sino también la preocupación por la devastación ambiental, la gentrificación de las ciudades, el problema de la vivienda, los conflictos interculturales, por ejemplo, del uso del hiyab… Nada escapa a una autora atenta al mundo en el que vive.

La roca fantástica que casi me hunde era un dugongo, el primo asiático del manatí del océano Atlántico. La ciencia los ha clasificado a ambos como sirenios. (…) No volví a encontrarme con el dugongo. Nuestro encuentro fue un destello único, pero destinado a alterar para siempre el curso de mis días

El dugongo le enseña a habitar entre las dos orillas. De este modo, Lula encuentra al fin la semilla de su hogar: “origen no significa pertenencia”.

Porque toda escritura como la de Ale Oseguera es también una declaración de intenciones,  necesita editores que la entiendan así. El sello que acoge a Dugongo dice tanto del libro como el libro mismo. Bajo el auspicio de Gabriela Wiener, la colección Caballo de Troya de Penguin Random House se ha transformado en Yeguas de Troya para el catálogo del 2025-2026. Este giro responde a su intención de confeccionar un catálogo de “escrituras sudakas, vidas de malinches, memorias bastardas, fronteras rotas, amores en los conos y en la diáspora, porque toda apuesta artística debe ser también una apuesta política. Y esta es una apuesta por las desterradas, por la incomodidad de sus cuerpos y la impureza de sus voces”. Un compromiso con la contraescritura y la literatura migrante europea.

Ulises, en el poema de Kavafis, sabe que Ítaca no es el destino sino el aprendizaje que ofrece el camino. También Lula lo aprenderá: que el hogar no es el regreso, sino una misma.

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Autora: Ale Oseguera. Título: Dugongo. Editorial: Yegua de Troya. Venta: Todos tus libros.

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