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Así conocí a Rajoy

¿Quiere que le de un consejo? -ofreció Rajoy-. En fin, se lo doy de igual modo. Haga como yo: no se complique la vida. Déjese mecer por la providencia. Quizás yo haya tenido mucha suerte, pero la costumbre me dice que la mejor postura que puede adoptar uno ante la vida es dejar hacer a la vida. No trate de inmiscuirse usted en su propio destino y verá cómo todo sale de perlas.

 
 
Igual que la tradición cristiana se apoya en lo apócrifo para darle volumen a las fiestas navideñas, a veces es necesario recurrir a la ficción para aprovechar al máximo la realidad. Es difícil conocer a quienes nos gobiernan, especialmente al último. En los medios sólo encontramos discursos elaborados por terceros junto a pequeñas salidas de pata de banco de indudable elaboración propia. Son estos últimos destellos de realidad los que nos acercan al personaje, los que le dan cierta profundidad, pero son escasos.

Yo conocí a Mariano Rajoy cuando llegó a mis manos el libro de Rodrigo Cota, ‘El inaudito secuestro de Mariano Rajoy’. Sin esa experiencia lectora difícilmente hubiera podido sacarle partido a las escasas entrevistas del presidente en medios o a sus discursos en los telediarios. En ellos aparece el personaje real: un señor plano, sin matices, sin muchas ganas de convencernos pero con un fuerte instinto de supervivencia. Poco más. Así que es preciso recurrir al presidente apócrifo de la novela para comprender al protagonista de la historia que se cuece todos los días en Moncloa. Seguiremos viendo a un personaje plano, la ficción no hace milagros, pero tendremos contexto suficiente como para entender sus decisiones. O no. Un presidente del Gobierno es algo serio, tanto, que puede que sólo sea posible conocer su verdad a través de la parodia.