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Así en la costa un barco

Febrero sin azul

Hay días especialmente propensos a la melancolía. El de hoy se convierte en uno de ellos cuando pienso que a estas horas debería estar en Collioure, participando en los actos de homenaje con los que cada año la Fondation Antonio Machado recuerda que en esa encantadora localidad del sur de Francia falleció, el 22 de febrero de 1939, uno de los grandes poetas de la literatura española. Llegué allí por primera vez en el verano de 2012, convencido de que estaba en uno de esos lugares que se visitan una vez y a los que no se vuelve nunca, y la vida me ha ido haciendo recalar en sus orillas con una periodicidad que, como tantas otras cosas, parecía inquebrantable hasta que el coronavirus llegó para demostrarnos que es capaz de arrasar incluso los placeres más nimios o inofensivos. Sentí la primera punzada a finales del año pasado, cuando en Los días azules, el estupendo documental de Laura Hojman, vi sucederse al otro lado de la pantalla los rostros de personas familiares y queridas que son las verdaderas responsables de que me sea tan grato desplazarme, invierno tras invierno, allí donde brilla el sol de las infancias. Pensé entonces que probablemente no habría viaje a Collioure este año, pero una cosa es barruntarlo y otra constatar que, efectivamente, no estoy paseando a estas horas por la Avenue Camille Pelletan, ni subiré al viejo molino cuando las manecillas del reloj se vayan aproximando al mediodía, ni comeré la magnífica sopa de pescado que sirven en La Frégate, ni veré el crepúsculo desde el pedregal sobre el que se alza la capilla de Saint-Vincent, ni bajaré de noche a la playa de los pescadores. Hace un par de años, en una entrevista con motivo del octogésimo aniversario de la muerte de Machado, confesé a la periodista Anna María Iglesia que no había día en que no me viniese a la cabeza al menos uno de sus versos, y precisamente una de las razones por las que me habría gustado especialmente ir a Collioure este año es porque los adagios machadianos regresaron a mi memoria con más fuerza durante aquellos días extraños del confinamiento domiciliario. Decía Francisca Aguirre que los poemas de Machado enseñan a vivir, y cualquiera que haya navegado por su obra con cierto detenimiento sabe cuánta verdad hay en esas palabras. En estos tiempos que siguen siendo inciertos pese a que poco a poco se vaya atisbando una pequeña luz al final del túnel, en este 22 de febrero que tan frío resulta sin Collioure, acude a mi mente el inicio una de esas letanías que siempre aparecen cuando conviene buscar reposo en medio de las zozobras y que el propio poeta, como si intuyera su utilidad profunda, quiso titular «Consejos»: «Sabe esperar, aguarda que la marea fluya, / —así en la costa un barco— sin que al partir te inquiete.»

Vida de una librera

"Sin Conchita Quirós, Oviedo habría sido una ciudad mucho más triste, más oscura, más vetusta"

Conchita Quirós tenía ochenta y cinco años, pero su fallecimiento nos ha dejado tan descolocados como si, en vez de una octogenaria, se nos hubiese ido una veinteañera. Creo que hay dos razones para ese desconcierto: la primera, que este extrañamiento colectivo en el que nos hemos instalado desde que el coronavirus vino a poner patas arriba nuestras vidas —fatiga pandémica, la llaman algunos— nos lleva a veces a olvidarnos de que el tiempo sigue haciendo su trabajo y, mientras atravesamos esto que consideramos un paréntesis las estaciones se siguen sucediendo, los yogures continúan caducando en la nevera y ni siquiera ha dejado de estrenarse la temporada correspondiente de Cuéntame cómo pasó; la segunda, que es absolutamente inverosímil que se haya muerto Conchita por la sencilla razón de que Conchita no podía morirse, sino que por fuerza tenía que estar siempre ahí. El mundo necesitaba de su luz para seguir girando con soltura, y a nosotros nos resultaba inconcebible la mera idea de que un día ella pudiésemos entrar en la librería Cervantes y que ella no estuviera. No recuerdo cuándo la conocí —por alguna extraña y descortés razón, a menudo olvido cómo llegué a entablar contacto con las personas que acaban siendo importantes para mí—, pero una vez que su alegría y su pasión entraron en mi vida ya no quise que salieran de ella. Se han comentado muchas cosas sobre su trayectoria personal y profesional y se ha puesto adecuado énfasis en su gran logro, el de convertir una de las grandes librerías históricas de Oviedo —en la Cervantes se conocieron Paco Ignacio Taibo y Ángel González, como contó el primero en su maravilloso Para parar las aguas del olvido, en su trastienda se despacharon libros prohibidos durante la dictadura franquista, entre sus estanterías forjaron su educación sentimental varias generaciones de asturianos— en un referente cultural de primer orden cuyos ecos se expanden hoy por toda España. Sin ella, Oviedo habría sido una ciudad mucho más triste, más oscura, más vetusta. Hay una historia que ella, tan generosa como discreta, no quería airear, pero que creo que debe quedar consignada, al menos ahora que ya no puede reñirme por andar por ahí divulgando indiscreciones. Hace algunos años, una gran cadena de librerías le hizo una oferta bien suculenta para adquirir su negocio. Ella aceptó, en primera instancia, sin dudarlo, porque aquello le garantizaba una jubilación dorada en la que podía decir adiós a cualquier clase de problema. Cuando estaban formalizando la operación, sin embargo, los compradores le dijeron que para consumar la compra ella debía despedir a un porcentaje importante de la plantilla. «¿Pero cómo voy a echarlos, si son mi familia?», respondió. Y no vendió, y siguió al frente de esa nave que este año, en septiembre, cumplirá su primer centenario. Ella, que tanto soñó con ese momento, ya no estará aquí para verlo, y a quienes la conocimos y la quisimos eso nos inspira una tristeza infinita. Pero también sabemos que Concha no habría querido que nos extendiésemos llorando su muerte. Lo que realmente debemos hacer es celebrar su vida.

Cunqueiro, la pandemia y la reforma agraria

"El libro de Somovilla ofrece una perspectiva nueva sobre el legado de Cunqueiro"

A primeros de año mi amigo Miguel González Somovilla me hizo llegar un ejemplar de O labirinto do Imperio Secreto, una peculiar serie de artículos periodísticos de Álvaro Cunqueiro que él mismo ha antologado para la Casa-Museo del escritor gallego. Se trata de textos en los que Cunqueiro, a su manera, reflexionaba sobre temas más o menos actuales en la época —hablamos de columnas que aparecieron entre los años 1959 y 1976— adscribiéndolos a los dominios de un ficticio «Imperio Secreto», cuyas fronteras nunca llegaron a definirse por completo porque su autor lo empleaba como mero subterfugio y nunca tuvo la intención real de configurar eso que en el ámbito literario se conoce como territorios míticos. El libro de Somovilla ofrece una perspectiva nueva sobre el legado de Cunqueiro, lo cual no es muy sorprendente porque la obra de éste es tan rica y extensa que a veces se antoja casi interminable, y desmiente ese alejamiento de la realidad que le achacaban quienes preferían anclarse en los predios conocidos del realismo social antes de explorar los océanos tempestuosos en los que navegan las imaginaciones desbocadas. Lo que hacía Cunqueiro era observar aquello que le rodeaba a través de su propio filtro, insertarlo en su universo y convertirlo, así, en materia ficticia para jugar con sus posibilidades e instalar lo real en un terreno, el de lo puramente literario, donde todo estuviera permitido. He recordado ese libro ahora que la actriz Victoria Abril ha hecho unas declaraciones tan sorprendentes como desinformadas acerca de la pandemia que vivimos, sumando su voz a la de quienes gustan de opinar de cualquier asunto del que lo ignoran todo, sólo por el puro placer de sumar su juicio inane al barullo general. El recuerdo me lleva a una entrevista que Francisco Umbral hizo a Cunqueiro en 1969 y en la que éste dio una respuesta sagaz y bienhumorada para explicar por qué no era nada amigo de meterse en camisas de once varas: «A mí me interesa la política en la vida, pero no en la literatura. En el periódico hago editoriales políticos. Si, como escritor, tengo a mi cargo la salvación de la lengua, no veo por qué he de resolver además la reforma agraria. Es como si le hubiesen pedido a Juan Ramón Jiménez que revolucionase la agricultura andaluza.»

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