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Así lidiaba Arturo Barea con los corresponsales extranjeros

Así lidiaba Arturo Barea con los corresponsales extranjeros

A Arturo Barea no se le puede considerar propiamente periodista. Sin embargo, su trabajo rezuma periodismo. Hay periodismo en sus artículos desde Londres para La Nación de Buenos Aires (no estaría mal recuperarlos). También lo hay en sus alocuciones de la BBC, por muy literarias y propagandísticas que sean. Pero, sobre todo, se encuentra periodismo, como se encuentra en Galdós, en los episodios nacionales de buena parte del siglo XX que nos dejó en su trilogía La forja de un rebelde.

A Barea, y algunos más como él, se debe que la República ganara la guerra de la propaganda. Como censor, fue la cara del Gobierno para los corresponsales extranjeros. Una cara amable y de fiar. Nadie esperaría de un censor de izquierdas una crítica tan contundente del régimen que representaba como la que vierte en el tercer volumen de su trilogía, La llama. Esa actitud nada servil le confiere una innegable autoridad.

"Barea mantiene con los informadores una relación contradictoria. Alaba el empeño de los periodistas por informar, pero no puede dejar de censurar su arrogante distanciamiento de la guerra"

Tal vez por eso resulta tan reveladora su descripción de la vida de los enviados especiales, cuando el mundo entero, y sus periódicos, tenían la vista puesta en la guerra de España. Nunca España fue tan cosmopolita como entonces. Barea mantiene con los informadores una relación contradictoria, exponente de su propia lucha interior. Alaba el empeño de los periodistas por informar, pero no puede dejar de censurar su arrogante distanciamiento de la guerra. Al fin y al cabo, era nuestra guerra, no la de ellos. Barea intenta ganárselos para la causa, misión que le acarrea no pocas dificultades. Escribe:

“Yo había perdido toda esperanza de llegar a una mejor comprensión de la manera de trabajar de los periodistas extranjeros y ganar así alguna influencia sobre ellos. Los periodistas, sus informaciones, la vida de noche en la Telefónica, la vida de día en la ciudad, se convertían en una rápida sucesión de visiones, unas claras, otras borrosas, pero todas tan fugaces que era imposible fijar la atención en ninguna de ellas”.

El despotismo del censor

También explica sus trucos para que no le cuelen informaciones sensibles que puedan afectar a  la marcha de la guerra. Como describe en el libro, el muro de la censura republicana no era ni mucho menos infranqueable.

“Ya se me hacía imposible descifrar las hojas escritas a mano que algunos periodistas sometían a la censura; parecían ser hechas ilegibles de propio intento. Al final di la orden de que cada información tenía que estar escrita a máquina, lo que ayudó un poco. Uno de los franceses hizo de ello su excusa para marcharse, pero cuando protestó ruidosamente contra mi «despotismo», vi claramente que lo que tenía era miedo. Era una excepción.”

No se le escapa la valentía de aquellos que se jugaban la vida para informar. Pero se decepciona cuando la osadía de los enviados no era precisamente altruista, y en absoluto buscaba favorecer la causa de la República, sino que, la mayoría de las veces, solo se trataba de una egoísta búsqueda de gloria profesional.

Se puede leer en La llama:

“Mientras mutilaba sus informaciones, siguiendo las órdenes que se me daban, no podía por menos de admirar el valor personal de los corresponsales, aunque me enfureciera su indiferencia. Se marchaban a las primeras líneas, arriesgando hasta las balas de un miliciano xenófobo, o la captura por los moros en las fluctuaciones de un combate, para conseguir unas pocas líneas de información militar, mientras no les dejábamos pasar los artículos sensacionales que hubieran querido escribir, y que a veces escribían y pasaban dentro de una inviolable valija diplomática”.

Cuando la guerra es solo una historia

Con frecuencia, le desespera la actitud de aquella tribu de enviados de los más diversos pelajes. No todos los periodistas eran favorables a la República, pese a que los proclives acabaron siendo los más recordados e, incluso, mitificados.

“Algunas veces cuando pasaba al lado de un grupo de periodistas, ligeramente borrachos, que habían estado la noche entera tratando amablemente de engañarme —y posiblemente lo habían conseguido—  me entraban ganas de provocar una bronca con ellos. Lo que para nosotros era vida o muerte” —concluye—, “para ellos no era más que una historia”.

Continúa Barea:

“Algunas veces cuando los anarquistas, del Control de Obreros, abajo en el hall, me repetían que todos estos periodistas eran fascistas y traidores, simpatizaba con sus creencias. La noche que uno de ellos, extendido a lo largo sobre un jergón en la sala de conferencias, roncaba su borrachera mientras esperaba que su llamada llegara, sentí un verdadero odio, recordando cómo a cada momento nos aguijoneaba con su seguridad de que Franco entraría en breve en la ciudad”.

"Se ha hecho mucho por recuperar a Arturo Barea del olvido con que fue castigado en España"

Al escritor, en su ingenuidad, le sorprenden los tópicos y la frivolidad en la que con frecuencia caen los periodistas, deseosos de satisfacer a sus editores y a sus lectores, adornando la verdad para hacerla más vendible.

“Un famoso periodista inglés que acababa de llegar” —relata— “escribió una «historia humana» para el departamento de Londres de la agencia España. Contaba la historia de Gloria, una de las muchachas de los ascensores, que había mostrado un valor excepcional manejando el ascensor y evacuando gentes de los últimos pisos mientras los cascos de metralla caían sobre el techo del vehículo. Era una de las historias más clásicas de la Telefónica, pero tuvo que describir a Gloria, que era rubia, como una morena de pelo endrino, con una rosa tras de la oreja, «porque los lectores de Londres piden un poco de color local y no quieren que se les robe su idea de Carmen».”

Los sabañones de Herbert Matthews

Barea lidió con todas las grandes estrellas del periodismo del momento instalados en Madrid, de Ernest Hemingway a John Dos Passos. Pero probablemente con el que más se relacionó fue con Herbert Matthews, del New York Times. Al menos es el que más menciona.

“… El periodista estaba tiritando embutido en un gabán de lana… Herbert Matthews me alargó, al mismo tiempo que su crónica, la cuenta que quería pasar a su editor y que incluía los gastos por el tratamiento de sabañones; y para demostrarme que aquello no era una clave, me mostraba sus dedos amorcillados, llenos de úlceras, y con uno de ellos, un sabañón púrpura descaradamente instalado en la punta de su nariz melancólica”.

Se ha hecho mucho por recuperar a Arturo Barea del olvido con que fue castigado en España. Probablemente quien más haya trabajado por su recuperación haya sido el hispanista inglés William Chislett, que fue corresponsal de The Times en España durante la Transición. A él debemos una de las mejores definiciones del escritor: “Barea es de todos, aunque él fuera de izquierdas. Una proclama que bien pudiera emplearse en los frecuentes debates sobre la memoria histórica.

Aún queda mucho por hacer por Barea en su país, que lo desterró de las librerías mientras su trilogía era admirada en el mundo entero. Por ejemplo, la recuperación de sus artículos para La Nación de Buenos Aires, antes mencionados. O una idea para incorporar a los atractivos del Madrid literario. En inglés ya existe un librito titulado The Arturo Barea Madrid Walk. ¿Por qué no traducirlo al castellano o incluso escribirlo con una visión española? Qué mejor manera de recuperar a Barea que seguir sus pasos por los lugares que forjaron al rebelde: el Lavapiés obrero de principios del siglo XX, las escuelas Pías de San Fernando donde estudió, la ribera de las lavanderas en el Manzanares, el edificio de la Telefónica… La historia de todos nosotros.

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