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En el atardecer de mis días

Llegué a Los Camilos en el atardecer de mis días. Había dejado de oír la música de violines, pero no conseguía quitarme a Claude de la cabeza. Solía pensar que me habría gustado llenar sus últimos minutos de vida. ¿Qué habría pasado entonces?, me pregunto una y otra vez, cada noche en que me enfrento por enésima ocasión a la cama vacía.

Quizá, quiero pensar, nos habríamos agarrado las manos con fuerza, como si Claude, con ese sencillo gesto, se aferrase milagrosamente a la vida. Puede que nuestros dedos se hubieran acariciado con suavidad, mostrando, a pesar de la aspereza de nuestra piel y del pesar de los años en común, una ternura de la que hasta ese justo momento éramos del todo inconscientes. Quienes aman a menudo lo olvidan. Olvidan que es necesario que ese amor sea percibido. Y con un gesto como ese nos habría bastado.

Claude no solía ser nada efusivo. Al menos no cuando le daba la mano en público. Se alejaba en silencio evitando mirarme. No éramos una pareja, ni siquiera uno más uno. Empezaron a acostumbrarse a vernos juntos y yo empecé a acostumbrarme a ser pareja de un hombre, de cuarenta y pico, que no se veía en pareja. Al inicio de la relación lo achaqué a su chic bohemio. Así son los pintores, decía para mis adentros a modo de consuelo. Están vendiendo una marca, a sí mismos. Claude necesitaba despegar y yo, con mis dieciocho recién cumplidos, en esos momentos, podría suponerle un estorbo.

Por supuesto, seguí con él, con el hombre que nunca me miraba y rehuía mi mano, me follaba con dureza y me susurraba en francés palabras de amor olvidadas tras correrse. Con el tiempo, su obra comenzó a ser conocida y, con el tiempo, yo había memorizado los mejores estribillos de Serge Gainsbourg.

En aquel momento yo acababa de independizarme, mudándome a un modesto apartamento de la calle Pecquay, y él solía venir a dormir a mi cama, pues su casa olía, decía al llegar, a aguarrás y aceite. Yo sabía cuándo sus obras eran buenas, pues, aunque nunca me permitía ver sus cuadros hasta darlos por terminados, venía a casa con una botella de ginebra. Con el pelo aún impregnado de pintura y los dedos cubiertos con restos de acrílico, la manera en que teníamos sexo era en sí una obra de arte.

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Según amanecía volvía ensimismado a su casa, pues debía llamar a su agente y programar una gran exposición, la gran exposición, y todo tenía, de nuevo, sentido para él. Me besaba en la frente y me decía que me llamaría pronto, y terminaba todas sus frases con un chérie. Y yo sonreía y le guiñaba un ojo y fingía que le creía. Aunque cuando cerraba la puerta y corría escaleras abajo, yo sabía que era mentira, que sólo me llamaría por la urgencia del sexo, por la vía de escape que mi cuerpo le ofrecía. Y volvía a mi cuarto mientras me rascaba el semen ya reseco del cuello, el abdomen y los muslos. Vaciaba la botella de ginebra y ventilaba la habitación, y encendía un cigarro apoyada en la columna que separaba la habitación del salón, la habitación del resto de mi mundo. Y sentía, en cada calada, que mi mundo se empequeñecía con Claude, y exhalaba el humo mientras pensaba que París se agotaba para mí, que el París que veía por la ventana encaramada al pene de Claude no era el París que deseaba. Por supuesto, nunca se lo dije. Y continué anhelando un París que nunca fue, que con certeza nunca será y que, a día de hoy, en mis sueños ni siquiera aparece.

Pienso en los últimos minutos de Claude postrado en aquella cama de 90 del hospital de Roses. Pienso que quizá nos habríamos dado la mano y rememoro los infinitos momentos en que esos dedos me habían penetrado con dureza. Claude no usaba las manos para demostrarme el afecto de una caricia que hubiera sido bienvenida. Sus dedos eran aguijones, puñales al servicio de mi placer. Y se adentraban en mí sin pedir permiso y sin considerar la conveniencia de hacerlo. En los pasillos de Las Galerías, en la estación del tren de Lyon el día que nos fuimos a Roses, en la cama justo después de mi primer aborto… Y yo lo consentí siempre. Continuamente estaba ahí, deseando acoger todo su deseo. Porque, para mí, todo su deseo significaba todo mi amor.

Y pienso que si en esos últimos minutos me hubiera rozado con su mano, la habitación del hospital, la planta de terminales, el edificio de hormigón blanco…, el mundo entero se habría inundado con el aroma de nuestros sexos.

Por eso no estuve a su lado esos últimos minutos. Recibí la llamada cuando estaba haciendo la maleta. Ya había tomado, hacía tiempo, la decisión de retirarme al convento de Santo Tomás. Terminé la maleta y vacié en el lavabo el resto de botellas que habían dado sentido a nuestras noches en común. No reconocí el mueble del baño, tan lleno de sus pastillas y tan vacío de mí. Pocos minutos después de la llamada del hospital, un taxi me esperaba frente a la puerta. Cerré por última vez la puerta de la casa que habíamos compartido los últimos años. Cerré los ojos intentando borrar de mi mente tantos años de una cama que siempre fue demasiado pequeña para los dos y demasiado grande desde que Claude estaba en el hospital. Pensé en ese momento en que creía que la visita a la inmobiliaria serviría para que el recuerdo del pintor que amé se desvaneciera de mi vida. Coloqué el cartel de venta y me dirigí a Santo Tomás, el lugar donde, en el atardecer de mis días, la cama sería demasiado grande.

Nadie nos echó de menos entonces. No éramos muy conocidos en el pueblo, donde no hacíamos vida social (apenas la compra de zapatos cada temporada en Xumaca), aunque alguna vez había telefoneado algún estudiante de periodismo en prácticas deseando hacerle una entrevista para el periódico local. En otra ocasión fue una joven que quería convertirse en su modelo y seducirle. También vino Paris Match, pero para entonces Claude no podía levantarse de la cama y pedía que pusiera, una y otra vez, en el tocadiscos, el Concierto para Violín en Re Mayor de Brahms. Solía pedirme que me sentara a su lado y me daba la mano. A veces se enfurecía cuando yo me negaba a hacerle una felación y me obligaba a masturbarle mientras yo perdía mi mirada en el vacío, en la televisión invariablemente apagada, en el pequeño Miró de puntos rojos junto a la ventana o en la polea que sostenía su cuerpo ya del todo inservible. Cuando terminaba, solía ser en el segundo movimiento, justo cuando comenzaba el oboe, le limpiaba con cuidado y bajaba a la cocina la bandeja con los platos de bizcocho y las tazas de té que nos tomábamos cada tarde con una gota de coñac.

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Por las mañanas me gusta pasear por el claustro soleado de Santo Tomás. Hace mucho que los padres camilos se fueron y ahora sólo quedamos dos hermanas viudas y yo al cuidado de varias enfermeras. Una de ellas, con una rebeca y una bata blanca, me acompaña cada día y se sienta a mi lado a conversar. Me da la mano, sabe que me gusta sentir una mano cálida sobre la mía. Dice que quiere leerme. Que tiene un libro precioso, una bonita novela de amor. La lee entera todos los días y llora al final. No entiendo nada de amor, creo que nunca he entendido de amor, pues estoy sola aquí, pero me gusta cómo suenan las últimas palabras de la novela que me lee. Cada vez que las escucho oigo como violines en mi cabeza: “Quienes aman a menudo olvidan, chérie”.

Imágenes: Pixabay

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