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Nos robaron a los Mártires

Nos robaron a los Mártires

Hace treinta años nos robaron a los Mártires. Fue el 13 de agosto de 1996. Ese día cayó en martes y no sé si los cacos habían reparado en la coincidencia, porque no parece ésa la fecha más adecuada para profanar un santuario, pero me imagino que no eran personas especialmente supersticiosas. Se llevaron a San Cosme y San Damián con nocturnidad y alevosía, mientras los demás dormíamos, y cuando amaneció y quedó el pastel a descubierto empezó a correr de boca en boca una noticia que tenía bastante de sacrilegio y mucho de disparate. Yo tenía quince años y no había leído aún a Torrente Ballester, así que no pude recordar aquel comienzo memorable de La saga/fuga de JB«¡Veciños, veciños, roubaron o Corpo Santo!»―, pero sí que me preocupé bastante porque aquel robo ponía en riesgo la romería que iba a celebrarse en poco más de un mes y que a buen seguro se anularía si aquellas dos tallas no regresaban a la ermita. ¿Podían celebrarse los Mártires sin los Mártires? No era, en mi caso, una cuestión teológica, sino más bien logística, porque la del 27 de septiembre era la fiesta que más nos sobreexcitaba a los jóvenes mierenses por aquellos años. La mera posibilidad de que no se celebrara suponía una catástrofe de dimensiones inimaginables. Supongo que hay que tener esa edad para hacerse cargo de la gravedad del asunto. Cuando uno tiene quince años, en una fiesta mayor cabe el mundo entero. Están en ella los amigos, la música, las primeras libertades; esa sensación, me temo que ya olvidada, de que durante unas horas ―en este caso, un día entero― la vida ocurre exactamente en el lugar donde se encuentra uno mismo.

"Faltaba un cepillo. De San Cosme y San Damián no había rastro. No parecía que los ladrones hubieran meditado mucho el robo"

Mientras los chavales nos preocupábamos por lo importante, los adultos trataban de averiguar lo que había sucedido e intentaban arreglar el descalabro. Supimos que un carpintero que estaba haciendo reformas en el templo se había encontrado en las primeras horas de aquel martes y 13 la entrada principal abierta, y que nada más cruzarla había advertido la ausencia tras el altar mayor de las dos tallas de los Mártires. Habían caído al suelo algunas tejas rotas, se apreciaban huellas de pasos por los alrededores, estaba forzada una ventana en el campanario. Faltaba un cepillo. De San Cosme y San Damián no había rastro. No parecía que los ladrones hubieran meditado mucho el robo. Las tallas podían tener mucho valor para nosotros, pero su cotización en el mercado no era alta y tampoco era sencillo despacharlas sin levantar sospechas. En Mieres las conocíamos todos, e intentar venderlas por allí habría sido como colgar la Dama de Elche en Wallapop. La Guardia Civil se puso en marcha y, por suerte para todos, el misterio duró poco. Las imágenes aparecieron al día siguiente en una cantera de Valmurián, cerca del Padrún. Estaban envueltas en un plástico y no presentaban daños irreversibles. Nunca llegamos a tener muy claro quiénes se las habían llevado, aunque algunos rumores hubo, ni qué pretendían hacer con ellas. Tampoco es que nos importara demasiado. Lo relevante era que las tallas habían aparecido, que volvían a ocupar sus hornacinas en el retablo de la ermita y que en consecuencia, ahora sí que sí, ese año también tendríamos romería.

"Hay fiestas que, de algún modo, van midiendo nuestra vida. Primero las frecuentamos con nuestros padres o con nuestros abuelos. Después vamos en pandilla con nuestros amigos. Luego dejamos de ir"

Esto, lo he dicho al principio, ocurrió hace treinta años. Lo escribo, y lo borro, y vuelvo a escribirlo, y no deja de parecerme una errata. Aquel adolescente que en agosto de 1996 temía quedarse sin fiesta es ahora un adulto al que preocupan otras cosas, seguramente menos importantes, y que en unos días se ocupará de pregonar la romería de los Mártires. Tres décadas atrás, tan alto cometido recayó en el capitán de la Benemérita que dirigió el rescate de las imágenes. El hecho de que ahora me toque a mí indica, o eso espero, que nadie desde entonces ha establecido como requisito que los pregoneros deban acreditar algún servicio previo a San Cosme y San Damián, un ámbito en el que mi currículum es manifiestamente mejorable.

Lo que sí tengo, al menos, es memoria. La suficiente para recordar la inquietud de aquel verano de mis quince años, el temor a que aquellos ladrones anónimos nos arrebataran la felicidad del 27 de septiembre. Puede parecer, también lo he dicho, una preocupación propia de chavales, pero quizás haya algo más. Hay fiestas que, de algún modo, van midiendo nuestra vida. Primero las frecuentamos con nuestros padres o con nuestros abuelos. Después vamos en pandilla con nuestros amigos. Luego dejamos de ir. Y un día, sin saber muy bien cómo ha ocurrido, nos ponemos a hacer cuentas y descubrimos que desde la última vez que reímos y bailamos en ellas hasta ahora se ha ido desplegando una parte nada desdeñable de nuestra biografía. Puede que por eso me acuerde ahora de aquel robo. Porque hace treinta años San Cosme y San Damián desaparecieron de su ermita y llegamos a pensar que nunca volveríamos a verlos. Ellos regresaron al cabo de un día y medio. Yo dejé de ir por allí un lustro después y en este cuarto de siglo no he vuelto nunca a visitarlos. Me los encontraré de nuevo cuando vaya ahora a pregonar su fiesta. Esta vez el desaparecido que vuelve seré yo.

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