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¡Ay, Madrid, qué bien tu nombre suena!

¡Ay, Madrid, qué bien tu nombre suena!

“Mezcla de Navalcarnero y Kansas City”, dicen que habría sentenciado don Camilo, el del Nobel, no me pregunten dónde ni cuándo, para referirse a Madrid. En todo caso no fue el primero, ni será el último, en considerar que la capital de España carece de personalidad. Hecha a trompicones, con los aportes aleatorios que cada madrileño se trae de su lugar de origen, sobre Madrid y su carácter han corrido ríos de tinta. Desde que Felipe II convirtiera el “castillo famoso” de Moratín padre en sede permanente de la corte, todo cristo va a Madrid a buscarse la vida con idea de volverse a su pueblo, circunstancia que permitió a Manolo Vicent escribir con agudeza que Madrid sólo “es un campamento” (El País, 22 de marzo de 1979). En una entrevista posterior que concedió en su jaima madrileña, el autor de Tranvía a la Malvarrosa amplió esa despojada visión del carácter de Madrid. “Un campamento al que la gente viene de paso”. Madrid sería algo así como un pueblo del far west que atrae gente lo mismo que la turbulenta No Name City, de Lerner y Loewe, atraía chiflados. A Madrid llega gente procedente de toda España igual que en su día desde todos los rincones del Imperio. “Uno va donde pasan cosas”, aseguraba Sanz “Loquillo” en Zenda el pasado 12 de junio. La conocida estrella del show business patrio descubrió en su juventud que “todo era posible” en Madrid. “Era todo abierto (…) y compartías ideas con gente que igual era muy distinta a ti, pero encontrabas un punto de encuentro”. Una “patria común”, según Quevedo. En esta línea, el tío Ernesto (otro con Nobel, como don Camilo) fue más lejos y, entusiasmado, adjudicó a la ciudad el título de “Capital del mundo”. Madrileños que antes fueron uruguayos, guineanos, andaluces, peruanos, chinos, asturianos, italianos o polacos, ricos o pobres, comparten, como Sanz “Loquillo”, ideas (y lo que haga falta) en ese rincón del planeta que huele a muchedumbre y fritanga. En Madrid, el fuego de campamento es la plancha de los bares. ¡Marchando uno de Cuenca!

En el paseo de la Castellana, años 50

"Si en todas partes los bares son refugio, punto de reunión, hogar y restaurante, en Madrid son además lugar de acogida"

Sobre el bar madrileño podría escribirse un tratado. Cada vez que debe ausentarse de Madrid, el brigada Rubén Bevilacqua, personaje del novelista Lorenzo Silva, echa de menos el “desparpajo mugriento de su hostelería, la lograda contundencia de la comida, sabrosa sin florituras”, —marchando una de Burgos— “y la destreza de los camareros (…) para tirar la cerveza, amén de esa mezcla de altanería y retranca que les caracteriza”. ¡A ver, cocina, si sale ese gallego! ¡Y una caña para aquí, el caballero, que se me va a morir de sed! “No hay como el calor del amor en un bar”, que dejó sentado un bonito chotis post-modelno que Jaime Urrutia, cantante del grupo músico-vocal Gabinete Caligari, cantaba con desmayado desgarro de chulapo de zarzuela. “Pollo, otro bollo, una bayonesa y un café, que a la señorita la invita mesié”.

La plaza de Oriente hace cien años

Si en todas partes los bares son refugio, punto de reunión, hogar y restaurante, en Madrid son además lugar de acogida. Hace años, los madrileños-catalanes que se reunían a bailar sardanas en El Retiro bajaban después a la glorieta de Atocha con la barretina todavía puesta y entraban en El Brillante sólo por oír el canónico “pasen al fondo, que hay sitio”. Y es que Madrid no deja a nadie fuera y ésa, precisamente, es su personalidad, aunque ni el propio Madrid lo sepa. Madrid es una ciudad de inmigrantes y entre inmigrantes hay que ayudarse. Pasen al fondo, que hay sitio. El primer madrileño-catalán, Josep Pla, dejó constancia de cuánto detestaba Madrid, pese a que se lo pasó en grande sumergido en ese caldo con mondongos de todas las procedencias.

"Hoy los madrileños-catalanes son legión, piden Vichy Catalán con el bocata calamares, dicen Madrit en vez de Madriz, evitan decir “mondongo” y, si pueden, se alojan en el Palace"

Hoy los madrileños-catalanes son legión, piden Vichy Catalán con el bocata calamares, dicen Madrit en vez de Madriz, evitan decir “mondongo” y, si pueden, se alojan en el Palace. Antes de llegar al Palace convertido en cronista parlamentario de referencia, el catalán Luis Carandell se había perdido por pensiones de patrona y oficinas de madera sobada. Fascinado, proclamó orgulloso su madrileñismo y escribió Vivir en Madrid. “Nací en Barcelona”, asegura, y “volví a nacer en Madrid”. En los primeros sesenta, Carandell vio el Madrid que ya existía cuando los Austrias se alojaban en el desportillado Alcázar y que sigue inalterable en el siglo XXI, pese a lo mucho que ha crecido la ciudad y a lo mucho que le ha cambiado la cara. “No sorprende encontrar a un alemán que diga, de pronto, en el metro, ‘¡no me pise, joder!’”. Impagable el capítulo dedicado al habla madrileña, así como el estraordinario vocabulario madrileño-español que lo remata. “Tasis: Taxi”. Conviene aclarar que al decir “Madrid”, Carandell no se refiere a exóticos lugares como Getafe, Carabanchel, Chamartín, Vallecas ni Mataespesa de Alpedrete: Madrid, por más que mute, no sale de la cerca de Felipe IV.

Cibeles, años 50

Otro que volvió a nacer en Madrid fue un catalanísimo diputado, don Antonio de Senillosa, que en la película Moros y Cristianos aparece en la piel de uno de los asesores que pululan alrededor de Cuqui Planxadell; El Senillosa para el foro sólo dice “escolta, Cuqui”, pero su escena, como toda la película, resume con hilarante brillantez ese mercado persa que es Madrid. Y ya que estamos, mencionemos a un catalán que nunca fue madrileño, sino más bien británico, pero que acertó a retratar la capital de España en un imparable y desternillante slapstick titulado Riña de gatos. Eduardo Mendoza encuentra, con acierto, que Madrid es una “ciudad alegre y generosa”, aunque yerre al motejarla de “superficial”. Personalmente la encuentro honda y compleja: con el plomo alojado en las entrañas, que dijo Machado en aquel poemilla de circunstancias en el que la tildó de “rompeolas de todas las Españas”, apelativo que ha hecho fortuna. “¡Qué bien tu nombre suena!” la piropea. “La tierra se desgarra, el cielo truena y tú sonríes con plomo en las entrañas”.

Calle Postas, en los años 50

"Madrid no es de nadie porque es de cuantos, con su propia vida y sin darse cuenta, lo han hecho y lo siguen haciendo mestizo, abierto, estoico, profundo, chungón y acogedor"

Antonio Machado dio con el detalle. Madrid nunca deja de sonreír, por más que le duela, peculiaridad que, junto a su alma de inmigrante, es otra de sus señas de identidad: en noviembre del 36, los madrileños tuvieron la macabra humorada de rebautizar la Gran Vía como «avenida del Quince y Medio», porque durante días no faltó un obús de ese calibre que matase a alguien entre Callao y la Montera. Un resignado estoicismo al que se debe que en la calle, el metro y el bar todo el mundo sea jefe. “Jefe, se le ha caído el paraguas”. Los demás españoles creemos que es por chulería, pero sólo es la expresión inconsciente de una certeza: la de que todos somos iguales, jefes de nosotros mismos, porque todos llevamos, bien amarrada a las tripas, la misma metralla de plomo: la pena negra que deja la vida. El madrileño, que cada mañana sale de casa lavado, peinado y llorado por cuanto ha dejado atrás, pone al mal tiempo buena cara y sustituye el desgarro por la ironía. Rafael Alberti, que cuando se ponía estupendo se ponía estupendísimo, entendió la hondura del estoicismo madrileño a la manera desorbitada marca de la casa.

“Madrid, corazón de España,
que es de tierra, dentro tiene,
si se le escarba, un gran hoyo,
profundo, grande, imponente,
como un barranco que aguarda…”

Yo diría que lo que aguarda es la carne humana procedente de los cuatro puntos cardinales que lo viene alimentando desde hace cuatro siglos. Mendoza no escarbó lo suficiente. Corazón de España, patria común, campamento de paso, vertedero humano, rompeolas y punto de encuentro, Madrid no es de nadie porque es de cuantos, con su propia vida y sin darse cuenta, lo han hecho y lo siguen haciendo mestizo, abierto, estoico, profundo, chungón y acogedor. Bienvenidos a Madrid, una ciudad que no tiene nada de singular porque todo en ella es plural. Los madriles. Y, por favor, no se me queden de mirandas en la puerta, como Mendoza: ej que se escapa el gato.

Pasen al fondo, que hay sitio.

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Vivir en Madrid. Luis Carandell. Editorial Kairós, Madrid, 1967.

Madrid, l’adveniment de la República. Josep Pla. Biblioteca Catalana d’Autors Independents, Barcelona, 1933.

Fiesta de toros en Madrid. Nicolás Fernández de Moratín. En Obras Póstumas de don Nicolás Fernández de Moratín, Viuda de Roca, Barcelona, 1821.

Riña de gatos, Madrid 1936. Eduardo Mendoza. Premio Planeta 2010. Editorial Planeta. Barcelona, 2010.

Los cuerpos extraños. Lorenzo Silva. Destino (Planeta). Madrid, 2014.

El Buscón. Francisco de Quevedo. Edición de Domingo Ynduráin y Fernando Lázaro Carreter. Ediciones Cátedra. Madrid, 1990.

Obra completa. Poesía 1920-1938. (De un momento a otro) Rafael Alberti. Edición Luis García Montero. Aguilar. Madrid, 1988.

Poesías completas. (Poesías sueltas, poesías de la guerra). Antonio Machado. Edición Oreste Macrì. Espasa-Calpe. Madrid 1989.

Relatos. Ernest Hemingway. (Traductor no especificado). Editorial Luis de Caralt, GP Reno. Barcelona, 1968.

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