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Bailarina

[Imagen: Inés Valencia]

LOS TRECE ESCALONES, XXIX: BAILARINA

El horario de visitas empezaba a las cinco en punto de la tarde, los martes y los sábados. El timbre sonaba con impaciencia y Reme balanceaba su rechoncho cuerpo hasta el recibidor, murmurando un “ya vaaaa” que sonaba más bien a amenaza. Se dejaba la puerta abierta hasta las ocho, y, como un goteo tranquilo, la gente se iba cruzando por las escaleras entre saludos breves. Secundino, el portero de la finca, se encargaba de abrir el portal.

—Voy a Los Narcisos —decía el recién llegado.

—Primero derecha —respondía el conserje.

Un ritual inútil. Todos se conocían ya.

El hijo de Antonia llegaba puntual, con la raída chaqueta manchada de ceniza, el pelo hecho un matojo y su bolso de cuero en bandolera. Sonreía siempre, con aires de náufrago optimista. La anciana le regañaba por su barba de tres días, por sus maltrechas gafas llenas de huellas dactilares, por su ropa vieja. “Es Profesor”, repetía en cada ocasión, como si tratara de compensar su aspecto desaliñado. Charlaban en voz baja y él le besaba las ajadas manos muchas veces. “Cuidado con la bicicleta, mi niño, por Dios”, le aconsejaba Antonia al despedirse.

Las dos hijas de Tomás parloteaban sin descanso, repartían caramelos de anís e, invariablemente, se quejaban del calor que hacía en aquella salita. Se sentaban las dos flanqueando a su padre, un nonagenario ya senil que, décadas atrás, fue el sastre más reputado de la región. No interrumpían su charla en ningún momento, ni siquiera cuando, con notable esfuerzo, trataban de darle la merienda a su padre, encogido y flaco como un arbolito seco, los ojos perdidos en el vacío.

A María Eugenia la visitaba una prima del pueblo una vez al mes. A Rosario, una nieta vestida de cuervo con los pelos verdes y un aro en la nariz que, tras el pasmo que causó el primer día, se metió a la concurrencia en el bolsillo liándose a cantar cuplés con mucho arte. A Don Gonzalo (que era Don porque había sido médico), su hija y su yerno le traían canutillos de crema todos los martes, y, según los rumores, tabaco de contrabando. Maximiliano discutía de fútbol con sus sobrinos, y les abochornaba pellizcando el trasero de Reme cada vez que pasaba por su lado.

Marita siempre estaba sola. La sentaban en el rincón, junto a la ventana, para que pudiera distraerse mirando hacia el parque. Con su camisón impoluto y la chaqueta malva bien abotonada, canturreaba fragmentos del Cascanueces, contemplando el correteo de las ardillas. No parecía entristecerla el hecho de no recibir visitas. Picoteaba sin muchas ganas las galletas del platillo, y se llevaba la taza a los labios con ademán distraído. De vez en cuando, hacía un gesto a Reme, o a Teresa, y se inclinaba hacia ellas con gesto de picardía.

—Disculpe que la moleste, señorita, ¿podría traerme otro café, si no es molestia?

—No faltaba más…

Le traían más leche, con apenas una pizca de soluble descafeinado, y Marita lo agradecía asintiendo, complacida, mientras acariciaba las flores de tela que se apretaban en el jarrón de la mesa camilla.

—Me gusta mucho venir aquí —decía entonces, sin dejar de sonreír—. Siempre vengo después de los ensayos. Y también cuando hay función. Yo soy bailarina, ¿sabe usted?

—¿De verdad? —respondía la auxiliar de turno, fingiendo sorpresa—. Bueno, se le ve por la figura, claro…

—Ay, qué amable… —exclamaba ella, enrojeciendo—. Todas las camareras de este sitio son encantadoras. ¿Es usted nueva? No se preocupe, le va a gustar mucho trabajar aquí. El ambiente es tan tranquilo, y la gente tan agradable…

Avanzaba la tarde y con ella los recuerdos. Embarullados a veces, pero tenaces. Marita interrumpía el ir y venir de los internos, las visitas y los empleados, sonriendo ante cada palabra cariñosa, fingiendo no enterarse de los resoplidos hastiados de los que la ignoraban.

—Yo era bailarina, ¿sabe usted? —repetía, a veces al vocinglero Maximiliano, a veces a Reme, o la nieta de Rosario. A veces, a nadie—. Debuté con el Cascanueces en el Teatro Real. Me pintó Alejandro Cienfuegos al terminar la temporada… un cuadro bellísimo, bellísimo…

Martín, el cocinero, le dedicaba siempre unos minutos, rogándole en cada ocasión que le firmara un autógrafo. Y, en cada ocasión, los ojos verdes de Marita resplandecían.

—¿Me ha visto usted bailar, joven?

—Desde luego. Lo menos diez veces —afirmaba él con seriedad—. Un ensueño, un regalo para los sentidos. Si no fuera tan pobre y tan tímido, pediría su mano ahora mismo.

—¡Ay, pero qué disparate! —reía la anciana, haciendo aspavientos—. No sea atrevido, joven, que yo estoy prometida. Con Alejandro Cienfuegos, ¿sabe usted? El pintor. Nos casamos el próximo junio, en la Catedral. Le conocí cuando me hizo el retrato, claro. Una obra bellísima, bellísima…

Y Marita viajaba lejos, a mucho antes de los días grises de la epidemia y los féretros, al tiempo de los pinceles, los aplausos y los besos robados en el estudio de la Calle Aserradores. A los volantes fruncidos de su falda, las rosas rojas y su nombre en letras doradas.

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