Pablo Méndez (Madrid, 1975) es una de las figuras más destacadas y singulares del panorama poético español contemporáneo. Poeta de vocación temprana, grafómano irredento, su vida ha transcurrido en un diálogo ininterrumpido con la palabra, tanto en la creación propia como en su labor como editor de larguísima trayectoria. Al frente de Ediciones Vitruvio, ha construido uno de los catálogos más extensos y vivos de nuestro país, demostrando una dedicación al libro en cuerpo y alma.
La trayectoria de Pablo Méndez es larga y coherente. Desde libros tempranos como Una flecha hacia la nada (1994), ya se advierte una voz marcada por el desamparo y una lucidez sin adornos. Con Cadena perpetua (2021), revisado y ampliado en sucesivas ediciones, Méndez consolida uno de los núcleos de su poesía: la experiencia cotidiana como resistencia íntima, atravesada por el dolor, el recuerdo y una forma obstinada de esperanza.
Huérfano buscando el mar (Ediciones Vitruvio, 2026), es su nuevo libro, aparecido tras un dilatado silencio poético, en el que de nuevo nos encontramos una voz que no ofrece hipótesis líricas, sino un compromiso físico, una voz humana, frontal, que no escribe desde la idea sino desde la carne, en un diálogo continuo y urgente con un lector al que necesita y apela, para salvar la distancia con el otro.
Se trata de una poesía humanista, de verso escueto y afilado hasta lo doliente. El libro se abre con la confesión de una sed, esa sed existencial que marca el inicio de la consciencia y que el autor reconoce como una compañera eterna:
«me paraba en las fuentes / a beber a beber / a beber / pero era muy joven / […] y no sabía que aquella sed / no iba ya a abandonarme nunca»
Desde esa carencia, el poeta transita por un mundo moderno, atropellado y mecánico, donde se siente extranjero por elección. Frente a la vacuidad de una época que ha desaprendido a degustar la lentitud, Méndez alza su voz contra la impostura de la «podrida red social / donde todos / se miran / y nadie se encuentra». Su respuesta ante este ruido es un replegamiento hacia lo esencial, hacia una identidad que, aunque herida, se reconoce plena en su despojo: «Por perder / lo he perdido todo / y sin embargo / todo poseo».
El núcleo del libro es, como su título indica, la orfandad. No una orfandad abstracta, sino esa intemperie universal que sentimos cuando todo aquello que amamos empieza a amagar con desvanecerse y nos descubrimos como «un final al principio / de todos los adioses». Es conmovedora la honestidad con la que aborda el duelo, admitiendo incluso el alivio que a veces otorga el peso de la ausencia: «mirad / yo me acuerdo de mi madre / todos los días, es como si no terminara de morirse».
Ese desamparo se formula en otro momento como un ruego a la noche que resuena con fuerza telúrica:
«noche, tápate por dentro, / desnúdate al fin, soy el único hijo / que te queda // y estoy solo / tiritando de frío / esperando otra luna / que no grite.»
Para combatir ese frío, Méndez recurre a una suerte de heráldica personal: la panoplia de recuerdos y objetos que constituyen el alma de toda persona. En la conmovedora Balada de los viejos coches, los vehículos dejan de ser máquinas para convertirse en un bestiario familiar. El poeta cierra un repaso a los coches que han transitado su biografía con un deseo repleto de ternura amarga: «ahora ya sabéis en qué coche / quiero ir cuando me muera, / conduciendo mi madre / si es posible».
Pero si la muerte es el trasfondo, el amor es la luz que salva. En los poemas dedicados a su mujer, Silvia, la imagen se vuelve vibrante y luminosa: «imaginarte desnuda / es más hermoso aún / que verte sin ropa // como el mar / que antes de verlo, / ya embriaga». Ante un mundo que agoniza, Pablo Méndez propone una resistencia compartida: «seamos tú y yo la última / luz del mundo».
Esa mirada amorosa se expande y abraza a otros seres más allá del círculo de la vivencia propia, en una forma de empatía radical, ética. En el hermoso poema Lo que escribes, el autor nos cuenta cómo la escritura de una historia ajena a sus propios impulsos (el romance de dos hombres en plena guerra civil) le modifica y ensancha la mirada: «desde entonces me fijo / en los hombres de otra forma / y veo en sus cuerpos / como una flor, / el matiz de una rosa / que ignoraba».
Otro elemento destacable de este magnífico poemario es su falta absoluta de solemnidad o engolamiento para bajar la lírica a pie de calle. Méndez se permite desmitificarse a sí mismo con campechanía y una sorna juguetona («hace años que no me la mido / la tristeza, / tampoco»), reivindicando la condición sencilla del poeta, de quien tiene suficiente con ver crecer a sus hijos y salir a pasear cuando anochece.
Es Huérfano buscando el mar un libro triste sin ser derrotista, íntimo sin ser narcisista, sencillo sin ser pobre. Atravesado, además por una nostalgia que funciona como brújula de lo esencial. Un poemario donde el fuego «da calor hasta que quema / acaricia hasta que mata» y donde la vida es esa “felicidad rural y poderosa” heredada de los mayores. Pablo Méndez nos señala un camino posible para habitar este mundo:
«se trata de amar otra vez la tierra / de leer los viejos libros / de estar solo muy solo / apoyado en una roca / ya en la alta noche de julio / bebiendo el estaño fino de las estrellas.»
Ese “estaño fino de las estrellas” es una materia tan rara y preciosa como las que constituyen la esencia de Huérfano buscando el mar : paciencia, oficio, memoria, carne. Una escritura trazada desde una vida —condena y milagro— atravesada con lucidez, herida por el mundo, pero jamás rendida a la amargura.
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Autor: Pablo Méndez. Título: Huérfano buscando el mar. Editorial: Vitruvio. Venta: Todos tus libros.


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