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Bellón, de Julián Ibáñez: «Joder, ¿he sido niño? No me acuerdo…»

Bellón, de Julián Ibáñez: «Joder, ¿he sido niño? No me acuerdo…»

Llega a las librerías la nueva entrega de Bellón, escrita por —el decano del hard-boiled español— Julián Ibáñez. La noche se llenó de sirenas (editorial Cuadernos del Laberinto. Madrid, 2020) es la decimosegunda entrega de este buscavidas al que vida ha golpeado muchas veces.

Cobrar facturas impagadas, proteger a prostitutas y hacer de guardaespaldas de saldo le ha convertido en una piñata con la que juega el destino. Eso ya lo sabe, pero esta vez Bellón ha recibido otro tipo de golpe, uno grande, desconocido: un golpe de suerte. Tras el doble fondo de un armario, Bellón descubre que el paraíso tiene forma de billetes encerrados en un maletín. Demasiado hermoso, demasiado fácil. Bellón sabe que la vida no le sonríe, solo le dedica una extraña mueca para burlarse de él. La calle te enseña más que cualquier licenciatura. Así que decide descubrir a quién pertenece todo ese dinero. Además se da cuenta de que no sabe qué hacer con la pasta. Podría huir en un yate junto a una rubia de sonrisa eterna; pero los sueños se estropean cuando la realidad los toca con sus manos pringosas. Bellón prefiere seguir corriendo por el filo de la navaja, el único lugar donde se siente vivo. Mejor eso que ser un oficinista. Un atraco, una trama de policías corruptos y una estela de cadáveres que se van acumulando a medida que la verdad se aproxima.

***

Entro en el Menta y Canela a la hora convenida. El tipo al que busco está acodado al final de la barra, arrancando la etiqueta de un botellín como si lo despellejara. Nunca lo había visto antes pero sé que es él: Bellón.

Le toco el hombro para hacerle notar que he llegado. Me presento como “el que quiere hacerle una entrevista”. Le hablo de la revista Zenda, de mi admiración por Julián Ibáñez y le pregunto si prefiere que nos sentemos. Sin prestarme la menor atención y con la vista clavada en su cerveza, Bellón extiende la palma de su mano frente a mí, como una bandeja. Me lo esperaba. Deposito uno de veinte. No ocurre nada. Abro de nuevo la cartera y dejo veinte euros más. La mano se cierra como un cepo para correr a ocultarse en uno de los bolsillos de su pantalón. Entonces Bellón me mira y siento una mezcla de fascinación y miedo, como cuando se prueba una droga por primera vez, porque temes que te guste demasiado. Eso me pasa con Bellón, que me gusta demasiado.

Bellón: No entiendo por qué coños quieres hacerme una entrevista, tú sabrás. Dispara cuando quieras.

En las novelas no sabemos nada de tu pasado. ¿Dónde naciste? ¿Quiénes eran tus padres? ¿Tienes familia en alguna parte, tal vez una mujer, hijos?

"Napoleón debía ser un tipo duro y la tía esa, que no recuerdo cómo se llamaba, le traía de cabeza"

—No, no tengo una familia por ahí. Casi la he tenido, no estoy seguro. El pasado no me interesa, no sirve para nada. ¿Padres? Claro que tuve, como todo el mundo. Es probable que hayan estirado la pata. A lo mejor soy heredero de un par de botas y no me he enterado.

Leyendo tus novelas uno tiene la sensación de que te gusta meterte en problemas.

—No, para nada. Pero los problemas son mi oficio. Como acariciar la garganta con la navaja es el oficio de un barbero.

Sin ánimo de ofender, creo que lo de tipo duro es una pose. Estoy convencido de que en el fondo eres un sentimental, ya que en casi todas las novelas te enamoras y las mujeres hacen lo que quieren contigo.

—Las dos cosas pueden ser. Incluso puede que vayan juntas. Napoleón debía ser un tipo duro y la tía esa, que no recuerdo cómo se llamaba, le traía de cabeza. Sí, a veces me adorno, como todo el mundo, va con mi trabajo, hacerme el duro me ahorra sacar las manos de los bolsillos.

En las primeras novelas eras reacio a utilizar armas de fuego, “cacharras” como las llamas tú, pero en las últimas parece que ya no tienes esos problemas. ¿Te estás volviendo más violento o es el mundo en el que vives el que lo hace?

"La arena de la playa son las personas, ¿qué coño hago yo en una playa desierta?"

—Son las circunstancias. Me he aficionado a trabajos de más pasta, he dejado atrás eso de sacar a mear el perro de una vieja. No tengo “cacharra” propia, pero me las encuentro. Ahora cualquier chaval que se mira todas las mañanas en el espejo para ver si le ha salido bigote, lleva una en el bolsillo.

Te has librado siempre de los delitos que cometes. ¿Crees que la policía te subestima?

—Más bien me echan una mano, procuro tener siempre un poli que me deba algo. Es una buena táctica, me ha salvado un par de veces.

En tu última novela, La noche se llenó de sirenas tienes un golpe de suerte: te encuentras un montón de pasta, y en vez de largarte al Caribe con una rubia decides descubrir de quién es todo ese dinero.

—Por mi mente pasaba lo de largarme, pero ¿adónde? Comprendí que el Caribe lo tengo en mi barrio, y aquí también hay rubias. Creo que el Caribe y los Mares del Sur están sobrevalorados, le oí decir a un tío importante “qué coños hago yo en Calcuta a las tres de la tarde”. Tenía razón. La arena de la playa son las personas, ¿qué coño hago yo en una playa desierta?

Creo que, en el fondo, te da miedo dejar esta vida. ¿Te aterra la posibilidad de ser feliz?

"La novia es joven y está muy buena, un par de córners en el portal, un niño, boda y a currar. El cepo ha saltado y tenían la patita dentro. Yo me la mordería hasta arrancármela y saldría corriendo"

—Eso de ser feliz, ¿qué es? Huele a cosa de marujas soñando con el príncipe que las rescata de “Aquí hay tomate” en la tele. O del empleado de seguros con el que sorben la sopa, pero no serían felices. En la cama todos los tíos son iguales, supongo, y en todos los televisores ponen “Aquí hay tomate”.

¿Qué serías capaz de hacer por dinero?

—He tenido pasta: un maletín lleno de billetes y no se me ocurrió nada. Para darse la buena vida hay que estar entrenado y a mí me falta entrenamiento.

En La noche se llenó de sirenas tienes varios encontronazos con la policía. ¿Cómo es tu relación con ellos? Porque parece que no te gustan pero luego les vendes información.

—Les vendo información por el billete que me meten en el bolsillo. Y por lo que he dicho antes: en mis negocios es importante tener un poli que dé la cara por ti. Azucena era perfecta, no permitía que se metieran conmigo y de vez en cuando, aunque fuera tortillera, me dejaba sobarla por debajo de su pantalón.

¿Qué pasaría si se corriera la voz de que eres un soplón de la policía?

En ese momento Bellón me agarra por la pechera mientras mira en torno suyo.

—Me tocaría pensar en el Caribe o los Mares del Sur. Si sucede espero que me pille con un maletín lleno de pasta.

¿Qué piensas de esos tipos que se levantan todas las mañanas a las 7, cogen el metro atestado y se pasan nueve horas frente a un ordenador, encerrados en una oficina?

"Los bares de barrio son cutres, más o menos. Los otros son para otra clase de gente que nada tiene que ver conmigo"

—Que están atrapados. Ellos solos se han atrapado. La novia es joven y está muy buena, un par de córners en el portal, un niño, boda y a currar. El cepo ha saltado y tenían la patita dentro. Yo me la mordería hasta arrancármela y saldría corriendo.

En las novelas se ve que, de alguna forma, tienes un código ético propio que cumples.

—¿De veras? Eso suena bien. En mi trabajo hay unas normas no escritas. Yo las respeto solo por amor al arte, quiero decir que soy como esos tipos que hacen marcha y corren veinte kilómetros teniendo siempre un pie tocando el suelo.

¿Por qué te gustan este tipo de bares, un tanto, si me lo permites, cutres? Ya que ha habido momentos en los que te podías permitir otro tipo de locales.

—Los bares de barrio son cutres, más o menos. Los otros son para otra clase de gente que nada tiene que ver conmigo, siempre que voy me siento como “una tarántula en un plato de nata” (lo acabo de ver en los urinarios de la Plaza Velarde).

¿Si tienes que elegir entre comer y beber, qué eliges?

—¿Dónde tendría que elegir eso, en la trena? Supongo que elegiría beber; de comer ya te dan.

¿Has pensado alguna vez en sentar la cabeza?

"Joder. ¿He sido niño? No me acuerdo..."

—¿Sentar cabeza? ¿Qué quieres decir? ¿Currar en una compañía de seguros, algo así? Soy demasiado joven (cuarenta tacos). Te prometo que algún día pensaré en ello.

¿Cómo definirías la vida que llevas?

—Entretenida. Mi vida es vida. En los urinarios de la Puerta del Sol, en Madrid, vi escrito una vez “Muero porque no muero”. Joder. Yo escribí debajo: “Vivo porque no estoy muerto”. ¿Qué?

¿Qué crees que piensan los lectores de ti?

—Supongo que a unos les voy y a otros no les voy. Los primeros repiten, los otros me olvidan.

¿Y Julián Ibáñez, cómo crees que te ve?

—Con envidia. Le gustaría ser como yo, pero se parece más a ese chupatintas de la compañía de seguros. Y se está quedando seco, no hace más que visitar urinarios para plagiar las novelas que ve en la pared.

¿Cuándo eras niño qué querías ser de mayor?

—Joder. ¿He sido niño? No me acuerdo… Bueno, sí. Entonces estaba de moda “Roberto Alcázar y Pedrín”, yo quería ser Pedrín, porque el chaval manejaba la cachiporra como nadie.

¿Cuál es tu comida preferida? ¿Qué música escuchas? ¿Qué te gusta hacer cuando no estás buscando el billete que te solucione el día?

"Nunca he leído un libro. ¿Negras? ¿De tapas negras? ¿Qué tienen de especial? Serán para leer el día de difuntos"

—Que de preguntas, esto parece un estriptis. ¿Comida? No me fijo demasiado, supongo que el marisco, con un blanco bien frío. ¿Música? Yo de eso… pienso que me he quedado un poco atascado porque todavía estoy con Machín. Angelitos Negros es mi sinfonía preferida. En el buga pongo la radio y oigo música de violines, la verdad es que me gusta, salvo cuando la jode un piano.

¿Lees libros? ¿Te gustan las novelas negras?

—Nunca he leído un libro. ¿Negras? ¿De tapas negras? ¿Qué tienen de especial? Serán para leer el día de difuntos. Leo los periódicos que encuentro en la barra de los bares. Solo las letras grandes (y no porque ande mal de la vista) y me entero de cómo va el mundo.

¿Qué te parecen los otros personajes de la novela negra actual?

—¿Esos se llaman zombis, no? No los conozco. Igual algún día echo mano a una de esas novelas, si la encuentro en una papelera. ¿Las venden? A los chavales les van los zombis, a mí también… Ahora que caigo, ¿yo soy un zombi? Joder.

Antes de responder, Bellón hace un gesto con la cabeza para que el camarero ponga un nuevo botellín delante de él.

“¿Tú no quieres nada?», me pregunta.

“Ponme una cerveza a mí también”, le digo al camarero.

¿No poseer nada y no depender de nadie es la auténtica libertad?

—No creo. Lo mejor es tener un fajo en el bolsillo, o tener claro de dónde lo vas a sacar. Esto es lo mejor: cuando te pones en marcha, cuando tu coco se pone a cien y tus zapatos saben adónde van.

—¿Qué le pedirías a tu creador, Julián Ibáñez?

"Las manos son delicadas si no llevas guantes, mejor la cachiporra, como Pedrín. No me gusta pegarme por pegarme, bastante tengo con mi trabajo"

—Que me ponga más veces sacando un billete por arropar a una tía. Me gusta, me doy un chapuzón y saco una pasta. Vamos tío, es lo que a ti te gustaría. Tú sácame y luego te lo cuento.

¿Qué es para ti la violencia?

—Algo que no puedes evitar. Te viene sola, yo nunca la llamo. Entonces es mejor que sacudas primero, y si logras romperle un brazo, mejor que mejor.

Hay una frase que me recuerda mucho a ti: “para qué vamos a discutir si podemos darnos de hostias”

—Bueno, ejem, voy a quedar mal por lo que he dicho antes. ¿Hostias? En las películas. Las manos son delicadas si no llevas guantes, mejor la cachiporra, como Pedrín. No me gusta pegarme por pegarme, bastante tengo con mi trabajo.

¿La calle enseña más que la universidad?

"Y sale por la puerta del bar subiéndose el cuello del abrigo. Por supuesto, dejando las cervezas sin pagar."

—La calle enseña muchas cosas, todo eso que llamamos vida. La universidad supongo que enseña mucho de una cosa, si sales de juez te sabes el código de memoria, pero nada más. Por eso hay sentencias que son de risa, el código lo puedes consultar en el móvil, ¿y la vida? Si no conoces la vida no puedes dictar una sentencia que merezca la pena.

Dice Julián Ibáñez que físicamente te pareces a Mayakovski, el poeta ruso. Incluso una imagen suya aparece en una de tus novelas.

—El Maya. Ladrón de coches. ¿Poeta ruso? Cuando yo le conocí de poeta no tenía nada. Había ido a Zamora a ver a su madre, que tenía un bar, El loro azul o El mono verde, algo así, discutieron por algo y ella le dio la eutanasia. Un buen chaval.

Cuando terminamos la entrevista, Bellón se levanta, me apoya su enorme mano en el hombro y me dice: “No es bueno hablar de uno mismo, se corre el riesgo de descubrir quién eres en realidad”. Y sale por la puerta del bar subiéndose el cuello del abrigo. Por supuesto, dejando las cervezas sin pagar.

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Autor: Julián Ibáñez. TítuloLa noche se llenó de sirenas. Editorial: Cuadernos del laberinto. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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