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Berenice se corta el pelo, un cuento de F. Scott Fitzgerald

Berenice se corta el pelo, un cuento de F. Scott Fitzgerald

El escritor estadounidense F. Scott Fitzgerald se catapultó a los anales de la historia de la literatura con la publicación de novelas del prestigio y la consensuada consideración de Suave es la noche El Gran GatsbySin embargo, su voracidad narrativa también dio lustre a numerosos cuentos y relatos, de entre los cuales hoy, en Zenda, destacamos el maravilloso Berenice se corta el pelo, un canto colérico al despertar de las mujeres atadas por las convenciones sociales. Disfrutadlo.

Berenice se corta el pelo, un cuento de F. Scott Fitzgerald

I

Los sábados, cuando se hacía de noche, desde el primer tee del campo de golf veías las ventanas del club de campo como una línea amarilla sobre un océano negrísimo y ondulante. Las olas de ese océano, por así decirlo, eran las cabezas de una multitud de caddies curiosos, de algunos de los chóferes más ingeniosos y de la hermana sorda del instructor del campo de golf. Y solía haber algunas olas despistadas y tímidas, que, si hubieran querido, hubieran podido entrar en el club. Eran la galería.

Los palcos estaban dentro. Eran la fila de sillas de mimbre que se alineaban a lo largo de la pared de la sala de reuniones y el salón de baile. En aquellos bailes de las noches del sábado predominaba el público femenino; un inmenso babel de señoras maduras con ojos impúdicos y el corazón de hielo tras los impertinentes y la pechera voluminosa. La función principal de los palcos era criticar. Alguna vez mostraban una admiración pesarosa, pero jamás aprobación, pues es bien sabido entre las señoras de más de treinta y cinco años que cuando en el verano los jóvenes organizan un baile lo hacen con las peores intenciones del mundo, y, si no fuese por el bombardeo de miradas glaciales, alguna pareja perdida bailaría misteriosos y bárbaros interludios por los rincones, y las chicas más solicitadas y peligrosas se dejarían besar en los coches del aparcamiento, propiedad de ricas viudas que nunca sospechan nada.

Pero, al fin y al cabo, el círculo de señoras aficionadas a la crítica no estaba tan cerca del escenario como para ver las caras de los actores y captar los apartes más sutiles. No podían hacer otra cosa que fruncir el entrecejo y alargar el cuello, y preguntar y extraer conclusiones satisfactorias de su bagaje de prejuicios, como aquel que dice que la vida de un joven con patrimonio es semejante a la de una perdiz acosada por los cazadores. No entenderán nunca el drama del mundo de la adolescencia, movedizo y casi cruel. No. Los palcos, la orquesta, los actores principales y los comparsas, todo se resume en la turbamulta de rostros y voces que giran al quejumbroso ritmo africano de Dyer y su orquesta de baile.

Desde Otis Ormonde, de dieciséis años, a quien le esperan dos años más en el instituto, a G. Reece Stoddard, que tiene colgado en casa, sobre su escritorio, el título de licenciado en Derecho por Harvard; desde la pequeña Madeleine Hogue, peinada con un moño raro y aparentemente incomodísimo, a Bessie MacRae, que ha sido el alma de las fiestas durante un periodo de tiempo quizá demasiado largo —más de diez años—, la turbamulta no sólo es el centro del escenario, sino que contiene a las únicas personas capaces de tener una visión completa del conjunto.

Entonces, con un toque de trompeta y un acorde seco y final, cesa la música. Las parejas intercambian sonrisas artificiales y desenvueltas, y repiten chistosamente «la-di-da-da-dum-dum», e inmediatamente el estruendo de las voces jóvenes, femeninas, se impone sobre la salva de aplausos.

Algunos, solos y desilusionados, sorprendidos en medio de la pista cuando estaban a punto de invitar a alguna de las chicas que bailaban, volvían lánguidamente a su sitio junto a la pared. No eran estas fiestas como los bulliciosos bailes de Navidad: estas juergas veraniegas sólo eran agradablemente cálidas y emocionantes, e incluso los matrimonios más jóvenes se atrevían a bailar antiguos valses y fox-trots terroríficos, entre el regocijo condescendiente de sus hermanos y hermanas más jóvenes.

Warren Mclntyre, que estudiaba en Yale sin tomárselo muy en serio, era uno de aquellos solitarios infelices. Buscó un cigarrillo en el bolsillo del esmoquin y salió a la amplia terraza medio a oscuras, donde las parejas que se dispersaban por las mesas llenaban la noche, a la luz de los farolillos, de palabras vagas y risas confusas. Saludó con la cabeza aquí y allá a los menos ensimismados y, al pasar junto a cada pareja, le volvía a la memoria algún fragmento ya casi olvidado de una historia, porque la ciudad no era grande y todos conocían a la perfección el pasado de los otros. Allí estaban, por ejemplo, Jim Strain y Ethel Demorest, que, desde hacía tres años, eran novios no oficiales. Todos sabían que en cuanto Jim lograra conservar un trabajo ella se casaría con él. Pero qué aburridos parecían los dos, y con qué hastío miraba Ethel a Jim algunas veces, como si se preguntara por qué había dejado crecer la vid de su cariño sobre aquel álamo zarandeado por el viento.

Warren tenía diecinueve años y casi le daban pena sus amigos que no habían ido a alguna universidad del Este. Pero, como la mayoría de los jóvenes, presumía exageradamente de las chicas de su ciudad cuando estaba fuera: chicas como Genevieve Ormonde, que regularmente asistía a todos los bailes, fiestas familiares y partidos de fútbol en Princeton, Yale, Williams y Cornell; como Roberta Dillon, de ojos negros, tan célebre entre su generación como Hiram Johnson o Ty Cobb; y, desde luego, como Marjorie Harvey, que además de tener cara de hada y una labia deslumbrante y desconcertante era ya merecidamente famosa por haber conseguido dar cinco volteretas seguidas en el baile de New Haven.

Warren, que había crecido en la misma calle que Marjorie, en la casa de enfrente, llevaba mucho tiempo «loco por ella». Y, aunque Marjorie algunas veces parecía responder a sus sentimientos con una leve gratitud, lo había sometido a su particular prueba infalible y, con la mayor seriedad, le había informado que no lo quería. La prueba era ésta: cuando estaba lejos de él, lo olvidaba y tenía aventuras con otros chicos. Y Warren se descorazonaba, porque Marjorie llevaba haciendo pequeños viajes todo el verano, y, a la vuelta, durante los dos o tres primeros días, Warren veía montañas de cartas en la mesa del recibidor de los Harvey, cartas dirigidas a Marjorie, con distintas caligrafías masculinas. Para empeorar la situación, durante todo el mes de agosto tenía como invitada a su prima Berenice, de Eau Claire, y parecía imposible verla a solas. Siempre había que buscar y encontrar a alguien que quisiera ocuparse de Berenice. Y, conforme agosto pasaba, aquello era cada vez más difícil.

Por mucho que Warren adorara a Marjorie, tenía que admitir que la prima Berenice era más bien sosa. Era bonita, con el pelo negro y buen color, pero no era divertida en las fiestas. Cada sábado, por obligación, bailaba con ella una interminable pieza para complacer a Marjorie, pero lo único que conseguía era aburrirse.

—Warren —una voz suave, muy cerca, interrumpió sus pensamientos, y Warren se volvió y vio a Marjorie, ruborizada y radiante como siempre. Marjorie le puso la mano en el hombro y una grata calidez lo envolvió casi imperceptiblemente.

—Warren —murmuró—, hazme un favor: baila con Berenice. Lleva pegada al pequeño Otis Ormonde desde hace casi una hora.

Warren sintió que la calidez se desvanecía.

—Ah… sí—respondió sin mucho entusiasmo.

—No te importa, ¿verdad? Procuraré que tú tampoco tengas que aguantar demasiado.

—Vale, vale.

Marjorie sonrió: bastaba aquella sonrisa para darle las gracias.

—Eres un ángel, y te lo deberé siempre.

Con un suspiro el ángel miró hacia la terraza, pero no vio a Berenice y a Otis. Regresó al salón y allí, frente al lavabo de señoras, encontró a Otis en el centro de un grupo de muchachos que se morían de risa. Otis blandía un palo que había cogido de algún sitio y parloteaba con energía.

—Ha ido a arreglarse el pelo —anunció furibundo—. La estoy esperando para bailar con ella otra hora.

Volvieron a reírse a carcajadas.

—Cuando haya cambio de pareja, ¿no podría alguno de vosotros quitármela de encima? —se lamentó Otis con resentimiento—. A ella le gustaría más variedad.

—¿Por qué, Otis? —sugirió un amigo—. Ahora que te estás acostumbrando a ella…

—¿Y ese bastón de golf, Otis? —preguntó Warren, sonriendo.

—¿El bastón? Ah, ¿esto? Es el bastón adecuado. En cuanto salga, le doy en la cabeza y la meto otra vez en el agujero.

Warren se dejó caer en un sofá, dando alaridos, con un ataque de risa.

—No te preocupes, Otis —consiguió decir por fin—. Yo te sustituyo ahora.

Otis simuló un repentino desvanecimiento y le entregó el palo a Warren.

—Por si lo necesitas, viejo —dijo con voz ronca.

Por bella y brillante que sea una chica, la fama de que, en los cambios de pareja, nadie te la quita de los brazos mientras baila contigo arruina su cotización en las fiestas. Los chicos quizá prefieran su compañía a la de las mariposillas con las que bailan una docena de veces en una noche, pero los jóvenes de esta generación alimentada por el jazz son inquietos por temperamento, y la idea de bailar más de un fox-trot entero con la misma chica les resulta desagradable, por no decir odiosa. Y, si la cosa dura unos cuantos bailes y varios intervalos entre canción y canción, la chica puede estar segura de que el joven, una vez libre, no volverá a pisarle los dichosos pies.

Warren bailó toda la pieza siguiente con Berenice, y por fin, aprovechando una pausa, la acompañó a una mesa en la terraza. Hubo un instante de silencio mientras ella movía estúpidamente el abanico.

—Hace aquí más calor que en Eau Claire —dijo Berenice.

Warren sofocó un suspiro y bostezó. Seguramente fuera cierto; ni lo sabía ni le importaba. Se preguntó distraído si Berenice tenía poca conversación porque nadie le hacía caso, o si nadie le hacía caso porque tenía poca conversación.

—¿Vas a estar aquí mucho tiempo? —le preguntó, y enseguida se puso colorado. Berenice podía sospechar las razones de su pregunta.

—Una semana más —respondió, y lo miró como esperando abalanzarse sobre la siguiente frase en cuanto saliese de sus labios.

Warren empezó a ponerse nervioso. Entonces, con un impulso inesperado y caritativo, decidió probar con Berenice una de sus especialidades. La miró a los ojos.

—Tienes una boca terriblemente besable —murmuró.

Era una frase que a veces decía a las chicas en los bailes de la universidad cuando charlaban así, a media luz. Berenice se sobresaltó visiblemente. Enrojeció de un modo muy poco elegante y agitó con torpeza el abanico. Nadie le había dicho jamás una frase como aquélla.

—¡Fresco! —la palabra se le había escapado sin darse cuenta; se mordió el labio. Demasiado tarde, decidió ser simpática y le dedicó una sonrisa nerviosa.

Warren estaba enfadado. Aunque habitualmente nadie se la tomaba en serio, aquella frase provocaba normalmente una carcajada o una parrafada de tonterías sentimentales. Y odiaba que le llamaran fresco, si no era en tono de broma. El impulso caritativo se desvaneció y Warren cambió de tema.

—Jim Strain y Ethel Demorest siguen juntos, como siempre —comentó.

Eso estaba más en su línea, pero Berenice sintió que una sombra de dolor se mezclaba con el alivio de cambiar de tema. Los hombres no hablaban de bocas besables con ella, pero ella sabía que les decían cosas así a las otras chicas.

—Ah, sí —dijo Berenice, y se rió—. He oído que llevan años perdiendo el tiempo, sin un céntimo. ¿No es una imbecilidad?

La antipatía de Warren aumentó. Jim Strain era buen amigo de su hermano, y, en cualquier caso, consideraba de pésimo gusto burlarse de la gente por no tener dinero. Pero Berenice no tenía intención de burlarse de nadie. Sólo estaba nerviosa.

II

Eran más de las doce cuando Marjorie y Berenice llegaron a casa y se desearon buenas noches en el rellano de la escalera. Aunque primas, no eran amigas íntimas. En realidad, Marjorie no tenía amigas íntimas: consideraba idiotas a las chicas. Berenice, por el contrario, durante aquella visita organizada por los padres, había deseado intercambiar esas confidencias sazonadas con risillas y lágrimas que consideraba un factor indispensable en cualquier relación entre mujeres. Pero, a este respecto, encontraba a Marjorie más bien fría; cuando hablaba con ella, encontraba la misma dificultad que cuando hablaba con los hombres. A Marjorie nunca se le escapaba la risa tonta, jamás se sobresaltaba, pocas cosas le daban vergüenza, y, de hecho, poseía muy pocas de las cualidades que Berenice consideraba adecuada y felizmente femeninas.

Aquella noche, ocupada con el cepillo de dientes y el dentífrico, Berenice se preguntó por centésima vez por qué nadie le hacía caso cuando estaba lejos de casa. Nunca se le ocurrió pensar que, en su pueblo, los motivos de su éxito en sociedad obedecieran a que su familia era la más rica de Eau Claire, a que su madre no parara de invitar a gente y dar meriendas-cenas en honor de su hija antes de cada baile y a que le hubiera comprado un coche para que diera vueltas por ahí. Como casi todas las chicas, había crecido con la leche caliente de Annie Fellows Johnston y esas novelas en las que la mujer es amada por ciertas virtudes femeninas, misteriosas, siempre mencionadas pero nunca explicadas con detalle.

Le dolía un poco no tener más éxito. No sabía que, de no ser por las maniobras de Marjorie, hubiera bailado toda la noche con el mismo; pero sí sabía que, incluso en Eau Claire, otras chicas con peor posición social y menos belleza estaban mucho más solicitadas. Berenice lo atribuía a que aquellas chicas, de cierta manera sutil, no tenían escrúpulos. Nunca le había dado mayor importancia al asunto, pero, si se la hubiera dado, su madre le habría asegurado que las otras chicas no se valoraban a sí mismas y que los hombres respetaban a las chicas como Berenice.

Apagó la luz del cuarto de baño y, de pronto, decidió ir a charlar un rato con su tía Josephine, que aún tenía la luz encendida. Las blandas zapatillas la llevaron sin ruido sobre la alfombra del corredor, pero, al sentir voces en la habitación, se detuvo ante la puerta entreabierta. Entonces oyó su propio nombre y, sin una intención clara de escuchar a escondidas, se quedó allí, indecisa, mientras el hilo de la conversación atravesaba su conciencia como enhebrado en una aguja.

—¡Es un caso perdido! —era la voz de Marjorie—. Sé lo que vas a decir: ¡Cuánta gente te ha dicho lo guapa y dulce que es, y lo bien que guisa! Vale, ¿y qué? Se aburre como nadie. No les gusta a los hombres.

—¿Y qué importancia tiene una pizca de éxito barato?

La señora Harvey parecía enfadada.

—Es lo más importante cuando tienes dieciocho años —respondió Marjorie con énfasis—. Yo he hecho cuanto he podido. He sido amable y he convencido a unos cuantos para que bailen con ella, pero no tienen ningún interés en aburrirse. ¡Cuando pienso en un cutis tan maravilloso desperdiciado en semejante tonta, y pienso cómo lo aprovecharía Martha Carey…!

—Ya no hay cortesía.

La voz de la señora Harvey dejó entrever que las situaciones modernas eran demasiado para ella. Cuando ella era joven, todas las señoritas de buena familia se lo pasaban divinamente.

—Bueno —dijo Marjorie—, ninguna chica puede ayudar permanentemente a una invitada patosa, porque en estos tiempos cada una se vale por sí misma. Incluso le he soltado alguna indirecta sobre la ropa y esas cosas, y se ha puesto furiosa. Me ha echado cada mirada… Tiene la suficiente sensibilidad como para darse cuenta de que no le va demasiado bien, pero apuesto a que se consuela pensando que es virtuosa, y que yo soy demasiado alegre y voluble y que voy a acabar mal. Así piensan todas las chicas a las que nadie hace caso. ¡Las uvas están verdes! ¡Sarah Hopkins dice que Genevieve, Roberta y yo somos chicas gardenia, adorno de un día! Apuesto a que daría diez años de su vida y su educación europea por ser una chica gardenia y tener a tres o cuatro locos por ella, y que se la arrebataran unos a otros de lo brazos a los pocos pasos de baile.

—Creo —la interrumpió la señora Harvey con tono de empezar a cansarse de la conversación— que deberías ayudar un poco a Berenice. Ya sé que no es demasiado espabilada.

Marjorie gimió.

—¡Espabilada! ¡Dios mío! Jamás le he oído decirle nada a un chico como no sea que hace calor, o que hay mucha gente bailando, o que el año que viene se irá a estudiar a Nueva York. A veces les pregunta qué coche tienen y les dice la marca del suyo. ¡Apasionante!

Hubo un instante de silencio. Y entonces la señora Harvey volvió a la misma canción:

—Lo único que sé es que otras chicas, ni la mitad de simpáticas y guapas que ella, encuentran acompañantes. Martha Carey, por ejemplo, es gorda y maleducada, y tiene una madre inconfundiblemente vulgar. Roberta Dillon está tan delgada este año como para recomendarle que pase una temporada en Arizona. Y baila hasta caerse muerta.

—Pero, mamá —objetó Marjorie con impaciencia—, Martha es alegre y terriblemente ingeniosa, y es terriblemente seductora, y Roberta baila de maravilla. ¡Todos las admiran desde hace siglos!

La señora Harvey bostezó.

—Creo que la culpa de todo la tiene esa disparatada sangre india que lleva Berenice en las venas —continuó Marjorie—. Quizá se deba a una regresión a los orígenes. Las indias están siempre sentadas y nunca dicen una palabra.

—Vete a la cama, tontina —rió la señora Harvey—. Si llego a saber que ibas a andar recordándolo, no te lo hubiera dicho. Y pienso que casi todas tus ideas son una absoluta tontería —concluyó, con sueño.

Hubo otro instante de silencio: Marjorie se preguntaba si valía la pena convencer a su madre. Es casi imposible convencer de nada a una persona que ha cumplido los cuarenta. A los dieciocho años las convicciones son montañas desde las que miramos; a los cuarenta y cinco son cavernas en las que nos escondemos.

Habiendo llegado a esa conclusión, Marjorie le dio las buenas noches a su madre. Cuando salió de la habitación el pasillo estaba vacío.

III

A la mañana siguiente, un poco tarde, Marjorie estaba desayunando y Berenice entró en la habitación con un buenos días más bien frío, se sentó frente a Marjorie, la miró fijamente y se humedeció un poco los labios.

—¿Qué te pasa? —preguntó Marjorie, desconcertada.

Berenice calló un momento antes de lanzar la bomba.

—Oí lo que anoche hablaste de mí con tu madre.

Marjorie se sorprendió, pero apenas si se puso colorada y, cuando habló, su voz no temblaba.

—¿Dónde estabas?

—En el pasillo. No quería escuchar… al principio.

Después de una involuntaria mirada de desprecio, Marjorie bajó la mirada y demostró verdadero interés en hacer equilibrios con un copo de maíz sobre el dedo.

—Creo que sería mejor que volviera a Eau Claire, si tanto te molesto —el labio inferior le temblaba con violencia, y Berenice prosiguió con voz indecisa—: He intentado ser amable, y primero nadie me ha hecho caso, y luego me han insultado. Nunca he tratado así a mis invitadas.

Marjorie callaba.

—Pero te fastidio, lo sé. Soy un peso para ti. No les gusto a tus amigos —hizo una pausa, y enseguida recordó un nuevo agravio recibido—. Claro que me enfadé cuando me insinuaste que aquel vestido me sentaba mal. ¿Crees que no sé vestirme sin ayuda de nadie?

—No —murmuró Marjorie, menos que a media voz.

—¿Qué?

—Yo no te insinué nada —dijo Marjorie escuetamente—. Dije, si no recuerdo mal, que era preferible ponerse tres veces un vestido que cae bien que alternarlo con dos adefesios.

—¿Crees que es agradable decir una cosa así?

—No quería ser agradable —y, después de una pausa, añadió—: ¿Cuándo quieres irte?

Berenice suspiró violentamente.

—¡Ah! —fue casi un sollozo.

Marjorie levantó los ojos, sorprendida.

—¿No me has dicho que te ibas?

—Sí, pero…

—Ah, ¡sólo estabas faroleando!

Se miraron fijamente a través de la mesa del desayuno. Olas de niebla pasaban ante los ojos de Berenice mientras la cara de Marjorie mostraba aquella expresión de cierta dureza que solía tener cuando los estudiantes de primero, un poco borrachos, tonteaban con ella.

—Así que estabas faroleando —repitió, como si fuera lo que ya se esperaba.

Berenice lo confesó y se echó a llorar. Los ojos de Marjorie tenían una expresión de aburrimiento.

—Eres mi prima —sollozó Berenice—. Soy tu invitada. Iba a quedarme un mes, y si vuelvo a casa mi madre sabrá que algo ha pasado y me… me preguntará.

Marjorie esperó a que el torrente de palabras entrecortadas se disolviera en pequeños sorbetones.

—Te daré el dinero que me dan cada mes —dijo fríamente—, para que pases la semana que falta donde quieras. Hay un hotel muy agradable…

Los sollozos de Berenice se elevaron hasta alcanzar una nota aflautada, y entonces se levantó y salió corriendo del cuarto.

Una hora más tarde, mientras Marjorie estaba en la biblioteca, absorta en la redacción de una de esas cartas maravillosamente evasivas y nada comprometedoras que sólo una adolescente es capaz de escribir, Berenice volvió a aparecer, con los ojos verdaderamente enrojecidos y calculadoramemente tranquila. Ni siquiera miró a Marjorie: cogió al azar un libro de la biblioteca y se sentó como si estuviera leyendo. Marjorie parecía absorta en su carta y siguió escribiendo. Cuando dieron las doce, Berenice cerró el libro con violencia.

—Creo que debería ir a la estación a sacar el billete.

No era ése el principio del discurso que había preparado en el piso de arriba, pero, ya que Marjorie no le hacía caso y no le decía que pensara mejor las cosas, que todo había sido un malentendido, ése era el mejor principio que se le ocurría.

—Espera a que termine esta carta —dijo Marjorie sin levantar la vista—. Quiero que salga en el próximo correo.

Después de un minuto inacabable, en el que se oía el arañar afanoso de la pluma, Marjorie levantó la vista con el aire relajado de quien dice: «Estoy a tu disposición». Berenice tuvo que volver a hablar.

—¿Quieres que me vaya?

—Bueno —dijo Marjorie, reflexionando—, supongo que, si no te lo pasas bien, sería mejor que te fueras. Para qué vas a ser infeliz…

—¿No crees que la más elemental consideración…?

—Ah, por favor, no cites Mujercitas —gritó Marjorie con impaciencia—. No está de moda.

—¿Tú crees?

—Por Dios, ¡sí! ¿Qué chica moderna podría vivir como aquellas necias?

—Fueron los modelos de nuestras madres.

Marjorie soltó una carcajada.

—¡No lo fueron jamás! Además, nuestras madres fueron perfectas a su manera, pero entienden poquísimo los problemas de sus hijas.

Berenice se irguió.

—No hables de mi madre, por favor.

Marjorie se echó a reír.

—No creo haberla mencionado.

Berenice se dio cuenta de que estaban alejándose del tema.

—¿Crees que me has tratado bien?

—He hecho todo lo posible. Tú eres un material bastante difícil.

Los bordes de los párpados de Berenice enrojecieron.

—Tú sí que eres difícil, dura y egoísta. Creo que no tienes ninguna cualidad femenina.

—¡Por Dios! —exclamó Marjorie, desesperada—. Eres una idiota ridícula. Las chicas como tú tienen la culpa de todos esos matrimonios aburridos e insípidos, de todas esas horribles taras que pasan por cualidades femeninas. Qué golpe debe de ser para un hombre imaginativo casarse con un maravilloso montón de vestidos en torno al cual ha estado construyendo ideales y descubrir que su mujer es sólo una débil, llorona y cobarde montaña de remilgos.

Berenice estaba boquiabierta.

—¡La mujer femenina! —continuó Marjorie—. Desperdicia la juventud lloriqueando y criticando a las chicas como yo, que saben divertirse de verdad.

La mandíbula de Berenice bajaba tanto como la voz de Marjorie subía.

—Las chicas feas que lloriquean tienen alguna excusa. Si yo fuese irremediablemente fea, nunca les hubiera perdonado a mis padres que me hubieran traído al mundo. Pero tú no tienes ninguna desventaja —el pequeño puño de Marjorie se cerró—. Si esperas que me ponga a llorar contigo, te llevarás una desilusión. Quédate o vete, haz lo que te dé la gana —y, cogiendo sus cartas, salió de la biblioteca.

Berenice pretextó un dolor de cabeza y no apareció a la hora de comer. Estaban invitadas a una fiesta aquella tarde, pero, como el dolor de cabeza continuaba, Marjorie tuvo que dar explicaciones a un chico no demasiado abatido. Sin embargo, cuando volvió a última hora de la tarde, encontró a Berenice esperándola en su dormitorio con una expresión extrañamente decidida.

—He pensado —dijo Berenice sin mayores preliminares— que puede que tengas razón o puede que no. Pero si me dices por qué a tus amigos no… no les intereso, a lo mejor hago lo que tú quieras.

Marjorie estaba ante el espejo, cepillándose el pelo.

—¿Estás hablando en serio?

—Sí.

—¿Sin reservas mentales? ¿Harías exactamente lo que yo dijera?

—Bueno, yo…

—¡Nada de tonterías! ¿Harás exactamente lo que yo te diga?

—Si se trata de cosas razonables.

—¡No lo son! Tú ya no estás para cosas razonables…

—¿Me harás…? ¿Me aconsejarás…?

—Sí, todo. Si te aconsejo que aprendas a boxear, me obedecerás. Escribe a casa y dile a tu madre que te vas a quedar dos semanas más.

—Vamos, dime…

—Muy bien. Te pondré, por el momento, algunos ejemplos. Primero, te falta naturalidad. ¿Por qué? Porque no estás segura de tu aspecto. Cuando una chica sabe que está perfectamente arreglada y vestida, puede olvidarse de su aspecto. Eso es encanto, gracia. Cuantas más partes de ti puedes olvidar, más encanto tienes.

—¿No voy bien?

—No. Por ejemplo, nunca te preocupas de tus cejas. Son negras y lustrosas, pero, si te las dejas crecer como salen, son un defecto. Serían bellísimas si te las cuidases la décima parte del tiempo que pierdes en no hacer nada. Debes peinártelas para que crezcan bien. Berenice enarcó las cejas en cuestión.

—¿Quieres decir que los hombres se fijan en las cejas?

—Sí, inconscientemente. Y, cuando vuelvas a casa, debes hacer que te enderecen un poco los dientes. Es casi imperceptible, pero…

—Pero yo creía —la interrumpió Berenice, perpleja— que tú despreciabas esas pequeñas delicadezas femeninas.

—Odio las mentes delicadas —contestó Marjorie—. Pero una chica debe ser la delicadeza en persona. Si resplandece como un millón de dólares, puede hablar de Rusia, de ping-pong o de la Sociedad de Naciones, y quedar estupendamente.

—¿Hay más cosas?

—Ah, sólo estoy empezando. Está tu manera de bailar.

—¿No bailo bien?

—No, claro que no: te apoyas en los hombres; sí, así es, aunque no se note casi. Me di cuenta ayer, cuando bailamos juntas. Y además bailas muy erguida, en vez de pegarte un poco. Seguramente alguna vieja señora muy puesta en su sitio te haya dicho que así pareces mucho más digna. Pero, a no ser que seas una chica baja, bailar así cansa mucho más al hombre, y el hombre es lo único que cuenta.

—Sigue, sigue —a Berenice le daba vueltas la cabeza.

—Vale. Debes aprender a ser simpática con los pájaros solitarios. Parece como si te hubieran insultado cuando te saca a bailar alguien que no sea uno de los chicos de moda. ¿Por qué, Berenice, en cuanto empiezo a bailar vienen a arrancarme de los brazos de mi pareja? ¿Y quién viene casi siempre? Pues uno de esos pájaros solitarios. Ninguna chica puede permitirse el lujo de despreciarlos. Son mayoría en la fiesta. Los chicos más tímidos, a quienes les da miedo hablar, son la mejor práctica para la conversación. Los chicos torpes son la mejor práctica para el baile. Si consigues llevarles la corriente y parecer encantadora es que puedes seguir a un tanque a través de una alambrada más alta que un rascacielos.

Berenice suspiró profundamente, pero Marjorie no había terminado.

—Si vas a una fiesta y se lo pasan bien contigo, digamos, tres de esos pájaros solitarios; si sabes darles conversación para que olviden que quizá llevan demasiado rato bailando contigo, habrás conseguido algo: volverán la próxima vez, y poco a poco tantos pájaros solitarios bailarán contigo que los chicos atractivos no tendrán miedo de tener que pasarse la noche cargando contigo, y entonces te sacarán a bailar.

—Sí —asintió Berenice, con voz apenas perceptible—. Creo que estoy empezando a comprender.

—Y, al final —concluyó Marjorie—, naturalidad y fascinación vendrán solas. Te despertarás una mañana dándote cuenta de que las has conquistado, y también se darán cuenta los hombres.

Berenice se puso de pie.

—Has sido infinitamente amable, pero nadie me había hablado antes así y estoy un poco asustada.

Marjorie no respondió: observaba pensativamente su propia imagen en el espejo.

—Eres un tesoro, ayudándome.

Marjorie tampoco le respondió, y Berenice pensó que estaba mostrando demasiado agradecimiento.

—Sé que no te gustan los sentimentalismos —dijo tímidamente.

Marjorie la miró de pronto.

—Ah, no pensaba en eso. Estaba pensando si no sería mejor que te cortáramos el pelo como un chico.

Berenice se desplomó de espaldas en la cama.

IV

La tarde del miércoles siguiente había una fiesta en el club de campo. Cuando entraron los invitados, Berenice descubrió con fastidio el sitio donde estaba la tarjeta con su nombre. Aunque a su derecha se sentaba G. Reece Stoddard, distinguido joven sin compromiso, muy deseable, el importantísimo puesto a su izquierda estaba reservado a Charley Paulson. Charley no era ni alto ni guapo ni brillante en sociedad, y, a la luz de sus nuevos conocimientos, Berenice se dijo que su único mérito para ser su pareja era que nunca la había sacado a bailar. Pero el fastidio desapareció con la sopa y recordó las detalladas instrucciones de Marjorie. Tragándose el orgullo, se volvió hacia Charley Paulson y se lanzó en plancha.

—¿Cree que debería cortarme el pelo como un chico, señor Charley Paulson?

Charley levantó los ojos sorprendido.

—¿Por qué?

—Porque lo estoy pensando. Es una manera segura y fácil de llamar la atención.

Charley sonrió, complacido. No podía imaginarse que todo había sido premeditado y ensayado. Contestó que no sabía nada sobre cortes de pelo. Pero Berenice estaba allí para informarle.

—Quiero ser una vampiresa de la alta sociedad, ¿sabes? —anunció Berenice fríamente, y continúo informándolo de que el corte de pelo era el preludio necesario. Añadió que quería pedirle su opinión, porque le habían dicho que era muy exigente en lo que respecta a las chicas.

Charley, que sabía tanto de psicología de las mujeres como de los estados mentales de los monjes budistas, se sintió vagamente halagado.

—Así que he decidido —continuó Berenice, alzando un poco la voz— que a principios de la próxima semana iré a la barbería del Hotel Sevier, me sentaré en el primer sillón y me cortaré el pelo como un chico.

Titubeó al notar que la gente que estaba cerca había dejado de hablar para oírla, pero, tras un instante de confusión, recordó los consejos de Marjorie y acabó la frase dirigiéndose a todos los que podían oírla.

—Cobro la entrada, desde luego, pero si queréis venir a animarme, os conseguiré pases para la primera fila.

Hubo unas cuantas risas de aprobación, y, a su amparo, G. Reece Stoddard se inclinó rápidamente y le dijo al oído:

—Reservo un palco ahora mismo.

Berenice lo miró a los ojos y sonrió como si hubiera dicho algo excepcionalmente brillante.

—¿Estás de acuerdo con los pelados a lo chico? —le preguntó G. Reece, siempre en voz baja.

—Creo que son una inmoralidad —afirmó Berenice, muy seria—. Pero, claro, la gente espera que la entretengas, le des de comer o la escandalices.

Marjorie había copiado la frase de Oscar Wilde. Los hombres la recibieron con risas y las chicas con miradas rápidas y penetrantes. Y enseguida, como si no hubiese dicho nada ingenioso ni extraordinario, Berenice se volvió de nuevo hacia Charley y le habló confidencialmente al oído.

—Quiero saber tu opinión sobre algunas personas. Creo que eres un maravilloso juez de caracteres.

Charley se estremeció ligeramente, y le dedicó un sutil cumplido: derramó un vaso de agua.

Dos horas después, Warren Mclntyre miraba desde fuera de la pista a los que bailaban, y, mientras se preguntaba hacia dónde y con quién había desaparecido Marjorie, poco a poco, de modo inconexo, empezó a tomar conciencia: conciencia de que Berenice, la prima de Marjorie, en los últimos cinco minutos había cambiado de pareja otras tantas veces. Cerró los ojos, los abrió y volvió a mirar. Minutos antes, Berenice había bailado con un chico que estaba de paso en la ciudad, algo fácilmente explicable: un chico de paso no conocía nada mejor. Pero ahora bailaba con otro, y Charley iba ya en su busca con una entusiasta determinación en la mirada. Era curioso: Charley rara vez bailaba en una fiesta con más de tres chicas.

Warren estaba evidentemente sorprendido: el cambio de pareja acababa de realizarse, y el bailarín sustituido resultó ser, nada más y nada menos, el propio G. Reece Stoddard. Y G. Reece no parecía en absoluto contento de que lo hubieran relevado. Cuando Berenice pasó cerca, bailando, Warren la observó atentamente. Sí, era guapa, verdaderamente guapa; y aquella noche estaba francamente radiante. Tenía esa expresión que ninguna mujer, aunque sea una excelente actriz, puede fingir con éxito: parecía estar divirtiéndose. A Warren le gustaba cómo se había peinado; se preguntaba si el cabello brillaba así por la brillantina. Y el vestido le sentaba muy bien: un rojo oscuro que resaltaba el buen color de la piel y las sombras de los ojos. Recordó que le había parecido guapa cuando llegó a la ciudad, antes de darse cuenta de que era un aburrimiento. Qué pena que fuera aburrida: las chicas aburridas son insoportables. Pero, sí, era guapa.

Y su pensamiento volvió, zigzagueando, a Marjorie. Aquella desaparición sería como otras desapariciones. Cuando reapareciera, le preguntaría dónde había estado, y ella le respondería terminantemente que no era asunto suyo. Era una lástima que estuviera tan segura de que lo tenía en su poder. Marjorie disfrutaba pensando que a él no le interesaba ninguna otra chica de la ciudad; lo desafiaba a enamorarse de Genevieve o Roberta.

Warren suspiró. El camino hacia el corazón de Marjorie era, desde luego, un laberinto. Levantó la vista. Berenice bailaba otra vez con el chico que estaba de paso. Casi inconscientemente, se apartó de la fila de los que no bailaban, en dirección a Berenice. Entonces titubeó, y se dijo a sí mismo que sólo lo hacía por caridad. Cuando avanzaba hacia ella, tropezó de pronto con G. Reece Stoddard.

—Perdona —dijo Warren.

Pero G. Reece no perdió el tiempo en disculpas: ya bailaba otra vez con Berenice.

Aquella noche, a la una, Marjorie, con una mano en el interruptor de la lámpara del recibidor, se volvió para mirar por última vez los ojos resplandecientes de Berenice.

—Así que funcionó, ¿no?

—Sí, Marjorie, ¡sí! —exclamó Berenice.

—He visto que te lo pasabas estupendamente.

—¡Es verdad! El único problema ha sido que a medianoche casi me he quedado sin temas de conversación. He tenido que repetirme, con chicos distintos, claro. Espero que no comparen sus apuntes.

—Los chicos no suelen hacerlo —dijo Marjorie, bostezando—, y daría lo mismo, si lo hicieran: te encontrarían aún más interesante.

Apagó la luz y, mientras subían las escaleras, Berenice se apoyó con alivio en el pasamanos. Era la primera vez en su vida que estaba cansada de tanto bailar.

—Ya has visto —dijo Marjorie—, si un hombre ve que otro te invita a bailar mientras aún estás bailando con él, piensa que tienes que tener algo especial. Bueno, estudiaremos otros sistemas. Buenas noches.

—Buenas noches.

Mientras se deshacía el peinado, pasó revista a aquella noche. Había seguido las instrucciones al pie de la letra. Incluso cuando Charley Paulson la invitó a bailar por octava vez, simuló placer, mostrándose a la vez interesada y halagada. No había hablado del tiempo, ni de Eau Claire, ni de coches, ni de los estudios, sino que se había ceñido a tres temas de conversación: yo, tú, nosotros.

Y, pocos minutos antes de dormirse, una idea rebelde le había pasado soñolientamente por la cabeza: después de todo, el mérito era suyo. Marjorie, es verdad, le había sugerido los temas de conversación, pero Marjorie extraía sus temas de conversación de lo que leía. Ella, Berenice, había comprado el traje rojo, aunque no le gustara demasiado antes de que Marjorie lo descolgara de la percha… Y ella, con su voz, había pronunciado las palabras, y había sonreído con sus labios, y había bailado con sus pies. Marjorie era simpática… pero presumida… Simpática noche… Chicos simpáticos… Como Warren… Warren… Warren… cómo se llamaba… Warren…

Se quedó dormida.

V

La semana siguiente fue una revelación para Berenice. A la sensación de que la gente disfrutaba mirándola y escuchándola, siguió el fundamento de la confianza en sí misma. Al principio, desde luego, cometió numerosos errores. No sabía, por ejemplo, que Draycott Deyo era seminarista; no sabía que la había invitado a bailar porque la creía una chica discreta y reservada. Si lo hubiese sabido, no hubiera aplicado la táctica de empezar con un «¡Hola, bombazo!», ni hubiera seguido con la historia de la bañera: «No sabes el trabajo que me cuesta peinarme en verano: tengo el pelo muy largo; así que primero me peino, luego me maquillo y me pongo el sombrero, después me meto en la bañera, y por fin me visto. ¿No te parece el mejor sistema?».

Aunque Draycott Deyo estaba sufriendo todas las angustias de un bautismo por inmersión, y podía haber encontrado alguna lógica en aquellas palabras, hay que admitir que no la encontró. Consideraba el baño femenino como un asunto inmoral, y le expuso a Berenice algunas de sus ideas sobre la depravación de la sociedad moderna.

Pero, compensando aquel desafortunado episodio, Berenice logró numerosos y señalados éxitos que aumentaron su fama. El pequeño Otis Ormonde renunció a un viaje al Este para seguirla con devoción de cachorro, para diversión de sus amigos e irritación de G. Reece Stoddard: Otis arruinaba sus visitas vespertinas con la ternura nauseabunda de las miradas que dirigía a Berenice. Incluso le contó a Berenice la historia del palo y el vestuario para explicarle cómo, al principio, se habían equivocado espantosamente él y todos al juzgarla. Berenice se tomó a risa el incidente, con una sombra de abatimiento.

Quizá el más conocido y universalmente celebrado entre los temas de los que hablaba Berenice era el asunto del corte de pelo.

—Berenice, ¿cuándo te vas a pelar como un chico?

—Pasado mañana, quizá —contestaba, riéndose—. ¿Irás a verme? Ya sabes que cuento contigo.

—¡Claro que sí! A ver si te decides de una vez.

Berenice, cuyas intenciones peluqueriles eran rigurosamente deshonrosas, volvía a reírse.

—Ya falta poco. Os llevaréis una sorpresa.

Pero quizá el más significativo símbolo de su éxito fue el coche gris del hipercrítico Warren Mclntyre, que aparcaba todos los días frente a la casa de la familia Harvey. Al principio, la criada se quedó realmente perpleja cuando Warren preguntó por Berenice en lugar de por Marjorie; una semana después, le dijo a la cocinera que Berenice le había birlado a Marjorie su mejor pretendiente.

Y Berenice lo había hecho. Quizá todo empezó porque Warren quería darle celos a Marjorie; quizá tuvo la culpa el sello familiar, aunque irreconocible, que el estilo de Marjorie había dejado en las conversaciones de Berenice; quizá fueron ambas cosas y un poco de mutua y sincera simpatía. Pero, de cualquier modo, era opinión general entre los más jóvenes, una semana más tarde, que el más constante entre los pretendientes de Marjorie había sufrido un cambio imprevisible y se lanzaba al asalto de la invitada de Marjorie. Warren llamaba por teléfono a Berenice dos veces al día, le mandaba cartitas, y se les veía frecuentemente en el descapotable, empeñados en una de esas tensas, importantísimas conversaciones sobre si Warren era sincero.

Marjorie, cuando le tomaban el pelo, se limitaba a reír. Decía que estaba contentísima de que Warren hubiese encontrado por fin a alguien capaz de comprenderlo. Así que los más jóvenes también se reían, y creyeron que a Marjorie no le importaba el asunto, y dejaron de darle vueltas.

Una tarde, cuando sólo faltaban tres días para que volviera a casa, Berenice esperaba en el recibidor a Warren, con quien iba a ir a jugar al bridge. Estaba de un humor estupendo, y, cuando Marjorie —invitada también al bridge— apareció y, a su lado, empezó a arreglarse con indiferencia el sombrero ante el espejo, Berenice no estaba preparada para una pelea. Marjorie, con absoluta frialdad y concisión, sólo dijo tres frases.

—Ya puedes quitarte a Warren de la cabeza —dijo fríamente.

—¿Qué? —Berenice estaba completamente estupefacta.

—Ya está bien de que hagas el ridículo con Warren Mclntyre. No le importas un pimiento.

Durante un momento de tensión se miraron: Marjorie, desdeñosa y distante; Berenice, estupefacta, entre la irritación y el miedo. Entonces dos coches se detuvieron frente a la casa con gran estruendo de bocinas. Las dos se sobresaltaron, dieron la vuelta y salieron de prisa, juntas.

Mientras jugaba al bridge, Berenice luchó en vano por dominar una creciente inquietud. Había ofendido a Marjorie, la esfinge de las esfinges. Con las intenciones más honestas e inocentes del mundo, había robado algo que pertenecía a Marjorie. Se sintió repentina y horriblemente culpable. Después de la partida, cuando charlaban entre amigos y todos participaban en la conversación, la tormenta se fue acercando poco a poco. El pequeño Otis Ormonde la precipitó sin darse cuenta.

—¿Cuándo vuelves al jardín de la infancia, Otis? —le había preguntado alguien.

—¿Yo? El día que Berenice se corte el pelo.

—Entonces ya has terminado los estudios —dijo Marjorie rápidamente—. Sólo era un farol de los suyos. Creía que te habías dado cuenta.

—¿Es verdad? —preguntó Otis, dedicándole a Berenice una mirada llena de reproches.

A Berenice le ardían las orejas mientras buscaba una respuesta eficaz. Pero aquel ataque directo había paralizado su imaginación.

—Los faroles abundan en el mundo —continuó Marjorie, disfrutando como nunca—. Creía que ya tenías edad para saberlo, Otis.

—Bueno —dijo Otis—, quizá sea así, pero, ¡caramba!, con lo divertida que es Berenice…

—¿Seguro? —bostezó Marjorie—. ¿Cuál es su último chiste?

Nadie parecía saberlo. Y, en realidad, entretenida con el pretendiente de su musa, últimamente no había dicho nada memorable.

—¿De verdad era todo una broma? —pregunto Roberta con curiosidad.

Berenice titubeó. Sabía que todos esperaban un golpe de ingenio, pero, bajo la mirada repentinamente fría de su prima, se sentía absolutamente incapaz.

—No lo sé —evitó contestar directamente.

—¡Pamplinas! —dijo Marjorie—. ¡Confiesa!

Berenice se dio cuenta de que Warren había dejado de prestar atención al ukelele con el que había estado jugueteando y la miraba interrogativamente.

—¡No lo sé! —repitió. Tenía las mejillas encendidas.

—¡Pamplinas! —subrayó Marjorie.

—Vamos, Berenice —la animó Otis—. Cállale la boca.

Berenice volvió a mirar alrededor: parecía incapaz de evitar la mirada de Warren.

—Me gusta el pelo cortado como un chico —se apresuró a decir, como si le hubieran hecho una pregunta— y así me lo pienso cortar.

—¿Cuándo? —preguntó Marjorie.

—Cualquier día.

—Hoy es el mejor día —sugirió Roberta.

Otis pegó un brinco.

—¡Estupendo! —exclamó—. Vamos a organizar la fiesta del corte de pelo. En la barbería del Hotel Sevier, creo que dijiste.

Todos se habían puesto de pie. El corazón de Berenice latía con violencia.

—¿Qué? —balbuceó.

Del grupo salió la voz de Marjorie, muy clara y despectiva.

—No os preocupéis: ya se está echando atrás.

—¡Adelante, Berenice! —exclamó Otis, dirigiéndose hacia la puerta.

Cuatro ojos —los de Warren y los de Marjorie— la miraban fijamente, la juzgaban, la desafiaban. Titubeó, espantada, un segundo más.

—Venga —dijo de pronto—, me importa un bledo.

Al anochecer, una eternidad de minutos más tarde, camino del centro en el coche de Warren, al que seguía el coche de Roberta con todo el grupo, Berenice experimentó las mismas sensaciones que María Antonieta cuando la llevaban en un carro a la guillotina. Se preguntaba confusamente por qué no gritaba que todo era una equivocación. Apenas si era capaz de dominarse: le costaba no llevarse las manos al pelo para defenderlo de aquel mundo repentinamente hostil. No lo hizo. Ni siquiera el recuerdo de su madre podía ya detenerla. Ésta era la prueba suprema de su deportividad: así conquistaba su derecho indiscutible a pisar el paraíso estrellado de las chicas admiradas por todos.

Warren callaba, de mal humor, y, cuando llegaron al hotel, frenó junto el bordillo y con un gesto de la cabeza invitó a Berenice a que lo precediera. El coche de Roberta descargó una multitud carcajeante en la barbería, que tenía dos espléndidos escaparates.

Berenice, parada en el bordillo, miraba el rótulo de la Barbería Sevier. Sí, era la guillotina, y el verdugo era el dueño de la barbería, que, con bata blanca y fumando un cigarrillo, se apoyaba indolentemente en el primer sillón. Debía de haber oído hablar de Berenice; debía de llevar esperándola toda la semana, fumando eternos cigarrillos junto a aquel portentoso, demasiadas veces nombrado, sillón. ¿Le vendaría los ojos? No, pero le pondría una toalla blanca alrededor del cuello para que la sangre —qué tonterías, el pelo— no le cayera en el vestido.

—Ánimo, Berenice —dijo Warren.

Alzando el mentón, atravesó la acera, empujó la puerta batiente y, sin mirar a la turba bulliciosa, escandalosa, que ocupaba el banco de espera, se acercó al barbero.

—Quiero cortarme el pelo como un chico.

Al barbero se le abrió poco a poco la boca. El cigarrillo se le cayó al suelo.

—¿Eh?

—¡Que me corte el pelo como un chico!

Harta de preámbulos, Berenice se subió al sillón. Un tipo que ocupaba el sillón de al lado se volvió hacia ella y le echó un vistazo, entre la espuma y el estupor. Un barbero se estremeció y arruinó el corte de pelo mensual del pequeño Willy Schuneman. El señor O’Reilly, en el último sillón, gruñó y maldijo musicalmente en antiguo gaélico, mientras la navaja se hundía en su mejilla. Dos limpiabotas abrieron los ojos de par en par y se lanzaron hacia los zapatos de Berenice. No, Berenice no quería que se los limpiaran.

En la calle un transeúnte se detuvo a mirar, asombrado; una pareja lo imitó; media docena de narices de chico se pegaron de pronto al cristal; fragmentos de conversación llegaban a la barbería arrastrados por la brisa veraniega.

—¡Mirad, un chico con el pelo largo!

—¿Qué es esa cosa? Acaban de afeitar a una mujer barbuda.

Pero Berenice no veía nada, no oía nada. El único sentido que todavía le funcionaba le decía que el hombre de la bata blanca había cogido un peine de carey y luego otro; que sus dedos enredaban torpemente entre horquillas poco familiares; que estaba a punto de perder aquel pelo, aquel pelo maravilloso: no volvería a sentir el peso voluptuoso y largo cuando le caía por la espalda en un resplandor castaño oscuro. Estuvo a punto de rendirse, pero inmediata y mecánicamente la imagen que tenía ante sí volvió a aclararse: la boca de Marjorie curvándose en una leve sonrisa irónica, como si dijera:

—¡Ríndete y baja del sillón! Has querido jugármela y yo he descubierto tu engaño. Ya ves que no tienes nada que hacer.

Y una última reserva de energía brotó en Berenice, que apretó los puños bajo la toalla blanca mientras sus ojos se entrecerraban de una manera rara, de la que Marjorie hablaría mucho tiempo.

Veinte minutos después, el barbero giró el sillón hacia el espejo, y Berenice se estremeció al ver el desastre en toda su amplitud. Su pelo ya no era rizado: ahora caía en bloques lacios y sin vida a ambos lados de la cara, pálida de repente. Era una cara fea como el pecado. Ya lo sabía ella: que iba a estar fea, más fea que el pecado. El mayor atractivo de aquella cara había sido una sencillez de Virgen María. Ahora que la sencillez había desaparecido, Berenice era… Bueno… Terriblemente mediocre. Ni siquiera teatral, sólo ridicula: como un intelectual del Greenwich Village que se hubiese olvidado las gafas en casa.

Cuando se bajaba del sillón intentó sonreír, y fracasó miserablemente. Vio cómo dos de las chicas intercambiaban miradas; notó que los labios de Marjorie se curvaban en un gesto de burla reprimida, que los ojos de Warren de repente eran muy fríos.

—Ya lo veis —sus palabras cayeron en un silencio incómodo—, lo he hecho.

—Sí, lo has… hecho —admitió Warren.

—¿No os gusta?

Hubo dos o tres voces que de mala gana soltaron un «claro que sí», y otro silencio incómodo, y entonces Marjorie se volvió hada Warren, rápida y tensa como una serpiente.

—¿Me acompañas a la tintorería? —preguntó—. No tengo más remedio que recoger un vestido antes de la cena. Roberta, que vuelve a casa, puede llevar a los otros.

Warren miro absorto un punto en el infinito a través del escaparate. Luego, apenas un instante, sus ojos se detuvieron fríamente en Berenice antes de volverse hacia Marjorie. —Encantado —dijo lentamente.

VI

       Berenice no se dio cuenta de la perversidad de la trampa que le habían tendido hasta que no vio la mirada estupefacta de su tía antes de la cena.

—¡Berenice! ¡Por Dios!

—Me he pelado como un chico, tía Josephine.

—Pero, hija mía…

—¿No te gusta?

—¡Por Dios, Berenice!

—Creo que te he impresionado.

—No. Pero ¿qué va a pensar mañana por la noche la señora Deyo? Berenice, deberías haber esperado hasta después de la fiesta de los Deyo. Deberías haber esperado, si querías hacer una cosa así.

—Se me ocurrió de pronto, tía Josephine. Y, además, ¿por qué iba a importarle especialmente a la señora Deyo?

—¿Por qué, hija mía? —exclamó la señora Harvey—. En la charla sobre Las debilidades de la nueva generación que dio en la última reunión del Club de los Martes les dedicó quince minutos a las chicas que se cortan el pelo como un chico. Son su abominación preferida. ¡Y el baile es en tu honor y en honor de Marjorie!

—Lo siento.

—Ay, Berenice, ¿qué dirá tu madre? Pensará que yo te he dado permiso.

—Lo siento.

La cena fue una tortura. Había hecho un desesperado intento con las tenacillas de rizar, y se había quemado los dedos y un buen puñado de pelo. Se daba cuenta de que su tía estaba preocupada y apenada a la vez, y de que su tío no dejaba de repetir «¡Condenación!» una vez y otra vez, en, un tono ofendido y levemente hostil. Y Marjorie, muy tranquila, se atrincheraba tras una vaga sonrisa, una sonrisa vagamente burlona.

Pero la cena acabó. Tres chicos se presentaron; Marjorie desapareció con uno de ellos, y Berenice, después de intentar sin gana ni éxito entretener a los otros dos, suspiró de alivio cuando a las diez y media subió las escaleras, hacia su dormitorio. ¡Vaya día!

Cuando ya se había desnudado para acostarse, la puerta se abrió y entró Marjorie.

—Berenice —dijo—, siento mucho lo de la fiesta de los Deyo. Te prometo que se me había olvidado por completo.

—No importa —fue lo único que respondió Berenice. De pie ante el espejo, se pasaba lentamente el peine por el pelo corto.

—Mañana te acompaño al centro —continuó Marjorie—, y en la peluquería te lo arreglarán. No creía que llegaras hasta el final. Lo siento muchísimo, de verdad.

—¡No importa!

—Bueno, será tu última noche aquí, así que no creo que importe mucho.

Entonces Berenice hizo una mueca de dolor, porque Marjorie balanceaba los cabellos sobre sus hombros y los anudaba muy despacio en dos largas trenzas rubias, hasta que, vestida con una combinación color crema, le recordó el retrato delicado de una princesa sajona. Fascinada, Berenice observaba cómo crecían las trenzas. Eran pesadas, opulentas, y se movían entre los ágiles dedos como serpientes, y a Berenice apenas le quedaban unas reliquias, y las tenacillas de rizar, y todas las miradas que la acecharían en el futuro. Ya se imaginaba cómo G. Reece Stoddard, a quien le gustaba, le decía con modales de Harvard a su vecina de mesa que a Berenice no le deberían haber permitido ver tantas películas; se imaginaba a Draycott Deyo intercambiando miradas con su madre y mostrándose luego concienzudamente caritativo con ella. Pero quizá para mañana las noticias ya habrían llegado a la señora Deyo, que mandaría una fría notita rogándole que no se presentara en la fiesta. Y todos se reirían a sus espaldas y sabrían que Marjorie le había tomado el pelo; que sus posibilidades de ser una belleza habían sido sacrificadas al capricho celoso de una chica egoísta. Se sentó ante el espejo, mordiéndose el interior de las mejillas.

—Me gusta el pelo así —dijo con esfuerzo—. Creo que me sienta bien.

Marjorie sonrió.

—Está muy bien. Por Dios, no te preocupes más.

—No me preocupo.

—Buenas noches, Berenice.

Pero, mientras la puerta se cerraba, algo estalló dentro de Berenice. Se puso en pie de un salto, retorciéndose las manos, y, rápida y silenciosa, fue y sacó de debajo de la cama la maleta. Guardó algunos artículos de tocador y una muda. Luego vació en el baúl dos cajones de ropa interior y vestidos de verano. Se movía sin prisa, pero con absoluta eficacia, y, tres cuartos de hora después, el baúl tenía la llave echada y la correa atada, y Berenice vestía el traje de viaje que Marjorie le había ayudado a elegir.

Sentada al escritorio, escribió una nota para la señora Harvey en la que brevemente le explicaba los motivos de su partida. Cerró el sobre, escribió el nombre de la destinataria y lo dejó sobre la almohada. Miró el reloj. El tren salía a la una, y sabía que, andando hasta el Hotel Marborough, a dos manzanas de distancia, encontraría fácilmente un taxi.

De pronto, aspiró con fuerza una bocanada de aire y le relampagueó en los ojos una expresión que un experto en temperamentos habría relacionado vagamente con el gesto de obstinación inflexible que había mostrado en el sillón del barbero: quizá era una fase más desarrollada de aquel gesto. Berenice nunca había mirado así, y aquella mirada había de traer consecuencias.

Se acercó sigilosamente al escritorio, cogió algo que había allí, y, apagando todas las luces, permaneció inmóvil hasta que los ojos se acostumbraron a la oscuridad. Abrió con suavidad la puerta del dormitorio de Marjorie. Oía la respiración tranquila y regular de quien duerme con la conciencia tranquila.

Ya estaba junto a la cabecera de la cama, muy decidida, tranquila. Actuó con rapidez. Inclinándose, tocó una de las trenzas de Marjorie, la siguió con la mano hasta llegar a la cabeza y luego, despacio, para que la durmiente no sintiera el tirón, preparó las tijeras y cortó. Con la trenza en la mano, contuvo la respiración. Marjorie había murmurado algo en sueños. Berenice amputó hábilmente la otra trenza, esperó un instante y volvió, rápida y silenciosa, a su dormitorio.

Una vez abajo, abrió la gran puerta principal, la cerró con cuidado a sus espaldas y, sintiéndose extrañamente feliz y eufórica, salió del portal, a la luz de la luna, balanceando la pesada maleta como si fuera la bolsa de la compra. Cuando llevaba andando un minuto, se dio cuenta de que todavía llevaba en la mano izquierda las dos trenzas rubias. Se echó a reír inesperadamente. Hubo de cerrar bien la boca para aguantar un escandaloso ataque de risa. En aquel momento pasaba por la casa de Warren, e impulsivamente dejó el equipaje en el suelo y, balanceando las trenzas como trozos de cuerda, las lanzó hacia el porche de madera, donde aterrizaron con un leve ruido sordo. Volvió a reírse, sin aguantarse más.

—¡Hau! —rió frenéticamente—. Yo arrancar cuero cabelludo a esa cosa egoísta.

Luego cogió la maleta y bajó casi corriendo la calle iluminada por la luna.

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Autor: F. Scott Fitzgerald Título: Cuentos Completos. Editorial: Alfaguara. Venta: Amazon.

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