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Berenice, un sendero excitante

Berenice, un sendero excitante

Cuando apenas levantaba dos palmos del suelo, los libros eran ya para mí como el mágico pórtico a un universo repleto de prodigios. Me fascinaban y atraían como ese pastel que te llama, rutilante, gozoso, desde el escaparate de una confitería. De modo que, sin conocer aún el consejo de Wilde, opté por sucumbir a la tentación como único modo de vencerla.

Mi historia, en realidad, no difiere de la de tantos otros. Almas gemelas cuya infancia y adolescencia discurrieron bajo el influjo de la lectura, ese espacio privado en el que uno se encuentra en apacible soledad pero en compañía de otros, valga la paradoja. En ese ámbito exclusivo uno sustenta su identidad y la enriquece con la de seres reales o imaginarios para construir un puente con la propia vida, con el mundo que nos rodea o que, acaso, podría existir.

"El editor actual, seamos sinceros, no ve en el libro una ocasión para hacer dinero sino para dar rienda suelta a su inagotable pasión"

Dicha pulsión lleva a algunos a involucrarse en una cadena en la que diversos agentes colaboran entre sí para alumbrar el objeto de su deseo. Me tocó a mí escribir y, más tarde, editar; dos caras de la misma moneda. Pocos oficios hay tan escasamente reconocidos como el de editor, pero también pocos (tal vez ninguno) tan gratificantes. El editor es visto a menudo como una suerte de antagonista del autor, al que, por puro afán mercantil, tiende a escamotear porcentajes en sus regalías o a mutilar su texto, obrando cambios que lo degradarán y desviarán de la obra magna que era. Pero estas falacias no las creen, en el fondo, ni aquellos que las propalan. El editor ladino y salaz pertenece a otro tiempo. En los albores de la industria, siglos atrás, hubo advenedizos que vieron la oportunidad de hacer negocio. Y algunos hasta lo lograron, al calor de lo nuevo, de lo desconocido, cuando aún no había reglas y el más osado se llevaba el gato al agua. Pero es, como digo, cosa del pasado. El editor actual, seamos sinceros, no ve en el libro una ocasión para hacer dinero (pues dejará de ser editor más pronto que tarde, por lo exiguo de los márgenes) sino para dar rienda suelta a su inagotable pasión. Una pasión que lo consume y alimenta a la vez.

 

 

De otro lado, la historia de la literatura es pródiga en títulos cuyo halo de clásicos se debe en gran medida, como no podría ser de otro modo, a su autor, pero en los que mínimos y al tiempo sustanciales cambios —un título alternativo singularmente afortunado, un desenlace más redondo— han contribuido de manera decisiva al logro del mejor libro posible, el que trasciende el paso del tiempo y de las generaciones.

El sello Berenice, que debe su nombre al cuento homónimo de Poe, cumplirá pronto tres lustros de vida. Desde la mágica Córdoba, lugar donde confluyeron culturas exuberantes pero alejado de los enclaves tradicionales donde la industria tiene en este país su sede, ha forjado con el correr de los años un catálogo que rehúye el lugar común y apuesta sin ambages por el riesgo y la excelencia. El primer tramo de ese recorrido lo alentó el tesón de Javier Fernández, editor de raza que contó en el empeño con el sabio apoyo de Manuel Pimentel, por entonces gestando asimismo Almuzara. En 2009 recogería el testigo David González Romero, embarcado ahora en el personal proyecto que es El Paseo. Y de hoz y coz, pero con la ilusión de quien se adentra en las lindes de un sendero hermoso y excitante, el que suscribe tomó a su vez el relevo en 2016. La pretensión, no obstante, sigue siendo la misma: rendir culto a la mejor literatura, esa que nos remueve por dentro y nos impele a reflexionar sobre los prodigios y sinsabores de nuestra existencia; la que ilumina los recovecos del mundo que habitamos y se interroga sobre su sentido o futilidad.

De impronta marcadamente literaria, numerosos autores jóvenes han encontrado acomodo en ese catálogo. Disbook, empresa señera del ramo, distribuye con solvencia su fondo, y Berenice ha dado a la imprenta obras que se han convertido en referencia de sus respectivos géneros. La edición de La banda de la tenaza permitió que el lector español conociera de primera mano el mensaje ecologista y transgresor del norteamericano Edward Abbey, emblema de la narrativa más comprometida con el entorno en el que vivimos. Inmersión, del galo Christophe Ono-Dit-Biot, ya había conquistado el mercado autóctono —Gran Premio de Novela de la Academia Francesa incluido— cuando Berenice publicó la estupenda traducción de Iballa López. El amor de Penny Robinson y El arte de pensar son éxitos recientes, todavía en los anaqueles. La colección de Manuales, con el ¿Do re qué? de Federico Abad a la cabeza, ha supuesto una fuente inagotable de parabienes. Manual del Editor, de Pimentel, es un libro de consulta obligada para quienes deseen conocer los entresijos de la moderna industria editorial.

"En este apasionante reto nos han acompañado firmas como las de J.G. Ballard, Georges Perec, Diana Wynne Jones, Terenci Moix o Juan Bonilla"

En los últimos tiempos esa industria ha experimentado cambios notables. Grandes editoriales se han hecho con el control de otras más pequeñas, y todas ellas han pasado a engrosar el formidable aparato de conglomerados multimedia en los que el libro se torna un bien de consumo más. Incluso en esos casos, me consta, pervive mal que bien el aliento primigenio, el amor al libro. Pero es claro que son las llamadas editoriales independientes —denominación confusa, aunque nos permitirá entendernos— las que sostienen tal cetro con más entereza y, por qué no decirlo, con mayor arrojo.

Esa concentración empresarial y los perjuicios que conlleva probablemente hayan venido para quedarse, pero lamentarse carece de sentido. Cabe pensar que ese enorme muro ha alcanzado tales dimensiones que entre sus minúsculas grietas hay espacio para un nada desdeñable segmento de lectores; unos lectores que abogan por el libro arriesgado, que saben apreciar las bondades inherentes al mismo, imposibles de emular desde una visión puramente contable. Desde esa convicción afrontamos nuestra labor, y en ese apasionante reto nos han acompañado firmas como las de J.G. Ballard, Georges Perec, Diana Wynne Jones, Terenci Moix, Juan Bonilla, Yolanda Regidor, Vicente Marco, Javier Mina o Alejandro López Andrada (la enumeración, por fuerza, no es exhaustiva). A ellos se sumará, en el año que comienza, una flamante hornada de autores talentosos y lúcidos. Son ellos quienes insuflan vida a este pequeño gran sueño que un día se hizo realidad.

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