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Seres supremos

La vida es un enigma, y los seres humanos, que la observamos desde nuestra minúscula individualidad, no sabemos qué hacer con todo ese colosal despliegue de infinitud que ofrece el universo. Es tan jodido plantearse la idea de morir —tan pronto, tan repletos de experiencia, de dudas, tan solos— que desde que el ser humano miró al cielo en busca de explicaciones, ha intentado ir más allá de su tiempo y su ignorancia. Nadie discute que la forma principal de trascendencia la ha ofrecido la religión, que a nivel sociológico ha sido rentable para quienes la han administrado, y esperanzadora para quienes la han procesado.

El Ser Supremo y las condiciones de sus normas ha desencadenado millones de teorías y pensamientos. Por ejemplo, Spinoza decía que Dios es peor que malo: es indiferente. Inalterable al horror y el dolor de sus criaturas. Plinio era más benévolo con su definición: «Dios significa para un mortal ayudar a otro mortal, y este es el camino para la gloria eterna», todo lo contrario a Chuck Palahniuk, que cree en la divinidad a lo Gran Hermano:  «Todo lo que Dios hace es mirarnos y matarnos cuando aburrimos. Nunca debemos ser aburridos.»

Libros sobre religión hay millones, que llenan otras tantas miles de librerías dedicadas solo a este asunto. Pero no son tantos aquellos autores que han creado su propia religión para dar a sus novelas otros aires místicos. Hablamos de religiones ficticias, como la tan conocida Fuerza que procesa Luke Skywalker o El Señor de la Luz que Melisandre tiene en alta estima en Juego de tronos. Religiones que dirigen todos los ámbitos de la vida y que son parte fundamental de la trama.

Terenci Moix, por Quim Llenas.

Por ejemplo, en 1971 Terenci Moix (Barcelona, 1946 – Alejandría, 2003) publicó una de sus novelas más emblemáticas: Mundo Macho, una novela que la censura dejó castrada al eliminar todas las palabras “malsonantes”, así como todas las situaciones que no se ajustaban al canon imperante. Terenci la reescribió de nuevo para Planeta en 1998, suprimiendo fragmentos y añadiendo otros que había prohibido la dictadura, haciendo de Mundo Macho la novela barroca, marica, violenta y erótica que había deseado cuando la concibió.

Sus páginas nos relatan los acontecimientos que vive un joven cantante de rock, que es secuestrado en sus vacaciones en Egipto y aparece en una nueva sociedad de hombres fetén donde es adorado como un héroe. Allí será testigo de cultos insólitos a un dios Cobra, vivirá pasiones desbocadas entre mozos fornidos, algún sacrificio humano y muchos ritos extravagantes, que sirven para hablar del poder y como éste cambia de máscara a lo largo de la historia, pero siempre sustentado por los mismos y sin perder un ápice de crueldad.

Terenci también habla de la belleza (y la falta de ella) y su poder para encumbrar o marginar, así como de la fama y su capacidad de destrucción para quienes la desean por encima de todo (youtubers, aquí tenéis un libro que os interesa). En definitiva, Mundo Macho es un delirio pop tan formidable que casi cincuenta años después mantiene su fuerza de transgresión, su hedonismo desbocado y su actualidad férrea en esta era del selfie en la que nos encontramos.

Portada de Mundo Macho.

Otro mundo, otra forma de sociedad y otra forma de creencias hay en El Incal (Random House) de Alejandro Jodorowsky (Chile, 1929) y Moebius (Francia, 1938-2012). Un tándem que nació de aquella película imposible que fue el primer proyecto de Dune, que iba a ser dirigida por el propio Jodorowsky.

Que el guionista del cómic de El Incal sea del inventor de la psicomagia ya nos da pistas de que vamos a sumergirnos en una historia de espiritualidad, ciencias ocultas y simbolismo religioso desde una perspectiva mesiánica. De hecho, estamos ante una de las grandes obras del cómic que ha sido influencia para otros grandes de la temática espiritual, como Miyazaki en cine o Katsuhiro Otomo en manga, y básico en la concepción del futuro decadente de los Blade Runner de Ridley Scott.

El Incal es, también desde el punto de vista visual, una joya fascinante, un referente de la ciencia ficción que se puede intuir en el Matrix de las Wachowski, el Coruscant de Star Wars o en todo El quinto elemento de Luc Besson. Moebius contribuye con su dibujo a que siempre haya cosas nuevas que ver en esta historia, un bucle que nos descubre detalles en cada lectura.

¿Qué cuenta El Incal? Esta historia es en realidad la de John Difool, un detective descerebrado con poca suerte y aficionado a las ciberprostitutas y al ouiski que, tras un encuentro fortuito con un Berg (una raza alienígena), ve cómo cae en su poder un objeto místico que lo supera en todos los aspectos: el Incal Blanco. A partir de ese momento se convierte en diana mortal del Metabaron (el mercenario más peligroso del mundo), del gobierno de los humanos, de los terroristas de Amok y de los miembros de la secta Technopriests que adoran al Incal Oscuro. Una historia a contrarreloj que lidia con los conceptos del bien y del mal para hablarnos del sentido de la existencia.

Viñeta de El Incal.

Como en El Incal, la ciencia ficción ha sido creadora de creencias más o menos humanistas a las que no les ha faltado el toque cibernético. Uno de esos exponentes ciber-religiosos es la novela Hyperion de Dan Simmons (1948, Estados Unidos), actualmente editada en España por Ediciones B.

El futuro trashumando es un buen caldo de cultivo para creer en otras cosas. Cuando el universo ya ha sido explorado y la ciencia ha respondido a casi todo, ¿qué queda? Pues un montón de nuevas religiones tratando de explicar lo mismo que se preguntó el primer hombre que salió de la cueva: ¿que propósito tiene la vida?

De esta forma, Dan Simmons escribió Hyperion tratando de mostrar el punto de vista de cada uno de sus siete protagonistas, muy al estilo de Los cuentos de Canterbury de Chaucer; la experiencia de cada uno de los protagonistas explica lo que sucede de forma global. Además, esta forma de narración permite mostrar el crisol de las diferentes sociedades de ese futuro lejanísimo en el que la humanidad se pasea por la galaxia en viajes espaciales a velocidades superlumínicas. De esta forma, al comenzar la novela, nos encontramos en plena víspera del Armageddon, con una guerra en ciernes entre las fuerzas de la galaxia, que son la Hegemonía (que vendría a ser nuestros Estados Unidos), los enjambres Éxter (el eje del mal) y las inteligencias artificiales (grandes corporaciones y multinacionales), que, tras adquirir conciencia propia, se liberaron de los humanos, aunque los aconsejan desde algún lugar desconocido del universo en su propio beneficio.

Pues bien, todos ellos se dirigen por el planeta Hyperion a las Tumbas del Tiempo, que son una serie de artefactos enviados desde el futuro (he ahí el misterio que envuelve la trama) y que están a punto de abrirse. Esas tumbas encierran un secreto terrible relacionado con una criatura llamada Alcaudón, coloquialmente llamado Señor del Dolor por los miembros de la Iglesia de la Expiación Final que lo veneran, y que solo se comunica mediante la muerte. En este contexto, los siete protagonistas se dirigen en una última peregrinación al encuentro de esta deidad, convencidos, cada uno de ellos, de que en su destino está salvar a la humanidad. Ser el nuevo mesías.

Ilustración de Hyperion, por Óscar Chichoni.

Puedes encontrar estos libros en Ciudadano Grant:

Mundo Macho.

Hyperion.

El Incal.

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