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Blues mesetario

No se puede decir que la de David Trueba (Madrid, 1969) no sea una trayectoria coherente. Desde los inicios de su carrera, sus películas y sus novelas vienen desplegando un gran relato que aborda las transformaciones acaecidas en España desde finales de la década de 1970 —es decir, de la Transición en adelante— a través de personajes que muchas veces funcionan como eficientes arquetipos en los que reconocer a los distintos estratos sociológicos que desde la muerte de Franco se han afianzado sobre el territorio patrio. El conjunto de su obra ofrece, en ese aspecto, una visión panorámica conformada mediante la observación atenta de diversos segmentos, analizados desde una actitud que conviene agradecer por su empeño en salirse de lo acostumbrado. No hay en Trueba alabanzas impetuosas ni lamentos desgarrados. Por el contrario, si por algo se caracteriza su forma de mirar la realidad es por el equilibrio con que señala vicios y pondera virtudes, por la honestidad a la hora de colocar en la balanza que dicta el peso de nuestro bagaje moral y cultural aquello que nos define como héroes y lo que nos retrata como auténticos canallas.

"Tuvo buenos maestros David Trueba, cabe citar, además de a su propio hermano Fernando, al guionista Rafael Azcona y al cineasta Fernán-Gómez."

Su última novela, Tierra de campos (Anagrama), incide en esa vocación incorporando una particularidad que la distingue de títulos anteriores: su ambientación en un entorno rural y hasta cierto punto inhóspito y su focalización en un solo personaje, algo que ya ocurría en la breve Blitz pero que se aleja sensiblemente del carácter coral de sus tres primeras y celebradas narraciones —Abierto toda la noche, Cuatro amigos y Saber perder—. Si hasta la fecha acostumbraba a desarrollar sus argumentos en escenarios urbanos y alrededor de personajes que de una u otra forma terminaban interconectándose, si es que no lo estaban ya desde el principio, en esta ocasión Trueba se pone a prueba en un tour de force consigo mismo para situarnos ante el espejo de un individuo al que las circunstancias obligan a ajustar cuentas con el pasado en medio de unos paisajes que deberían resultarle más familiares pero que son, en realidad, el último vestigio de una herencia remota y descuidada.

Daniel Campos, Dani Mosca, triunfó en la música con el estallido de la Movida merced a un grupo, Las Moscas, que quedó disuelto cuando falleció su miembro más carismático. Desde entonces, ha ido sobreviviendo, unas veces mejor y otras peor, con una carrera en solitario que le ha situado en esa línea tranquila donde ni se padecen los agobios del éxito ni se degusta el sabor acre del fracaso. La muerte de su padre, y la necesidad que el hijo siente de satisfacerle a título póstumo dándole sepultura en su tierra natal, le llevan a viajar en un coche fúnebre desde su chalet de Madrid hasta los viejos predios familiares de la Tierra de Campos, comarca que engloba parte de las provincias de León, Zamora, Palencia y Valladolid y en la que algunos encuentran la sublimación de la mística castellanoleonesa, es decir, el resumen más perfecto de la decadencia de un territorio que fue una vez el granero de España y languidece hoy en su melancolía de espacio reservado a la soledad y los recuerdos. La novela, un gran monólogo interior interrumpido de vez en cuando por las intervenciones del chófer ecuatoriano que acompaña a Dani en el vehículo mortuorio, primero, y de los vecinos de la localidad ficticia de Garrafal de Campos, después, se divide en dos partes tituladas muy acertadamente «Cara A» y «Cara B» y que se van dividiendo a su vez mediante pequeños versos o aforismos que se encadenan con las evocaciones y pensamientos del músico asaetado por sus remordimientos.

Tuvo buenos maestros David Trueba —cabe citar, además de a su propio hermano Fernando, al guionista Rafael Azcona y al cineasta Fernán-Gómez, en torno al cual rodó el memorable documental La silla de Fernando— y eso se nota en su capacidad para perfilar personajes y dibujar ambientes. Por muy alejado que se encuentre de su mundo y de sus intereses, cualquier lector puede encontrar en Dani Mosca a un primo lejano. Por poco que se parezcan nuestras latitudes a las que marcan la localización de la Tierra de Campos, Garrafal podría ser, si no nuestro propio pueblo, sí al menos el pueblo de al lado. El monólogo interior del protagonista fluye tal y como fluyen los recuerdos: saltando hacia atrás y hacia adelante e hilvanando analogías caprichosas en las que se funden compañeros y adversarios, momentos felices y tragos amargos, los laureles de gloria y las coronas de espinas. El viaje hacia la última morada («Todos conocemos el final», asevera la frase que abre el libro; «Ahí empieza todo», sentencia la que lo cierra) es sólo la metáfora o la razón del periplo que en uno u otro momento hay que emprender hacia las interioridades de uno mismo. Y es en ese trayecto donde se esboza, con pinceladas que no están exentas de tino ni de delicadeza, el gran fresco de lo que fue la España de las últimas cuatro décadas, con sus abismos generacionales, sus ficciones y sus mitos. «Nosotros somos gente normal», dice el padre de Dani Campos en un momento del libro. Lo que demuestran sus páginas es que la normalidad se construye a partir de una gran suma de singularidades.

"El protagonista, vieja estrella del pop, compone sin quererlo su mejor canción, un blues autobiográfico y en ocasiones también autoparódico."

Puede que todo este análisis llame a engaño. Pese a las apariencias, no es Tierra de campos un libro triste. Por el contrario, arroja la luminosidad de quien sabe encontrar a la vez la cara y la cruz de la moneda. Destilan algunos párrafos fina ironía, otros lucen evidentes galones de sarcasmo —hay escenas de la estancia en Garrafal que remiten inevitablemente al mejor Berlanga— y todos aparecen recorridos por el estilo elegante y transparente, sencillo sólo a primera vista, de una prosa que alimenta y reconforta. El protagonista, vieja estrella del pop, compone sin quererlo su mejor canción, un blues autobiográfico y en ocasiones también autoparódico, a medida que las ruedas del coche fúnebre cabalgan —polvo, sudor y hierro— por las arideces de la estepa castellana. La muerte no es más que aquello que da pleno sentido a la vida. Y a la vida, por mal dadas que vengan, siempre hay que exigirle caramelos.

Título: Tierra de campos Autor: David Trueba Editorial: Anagrama  Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro