Cada cual tiene su propia forma de acordarse de Borges. Algunos de forma activa y militante, como Pablo Katchadjian, que publicó El Aleph engordado (2009), una recreación del famoso cuento en el que, además de las cuatro mil palabras del cuento original, se añaden entrelazadas 5.600 palabras propias del festín creativo; o como Agustín Fernández Mallo y su libro (publicado por Alfaguara) El hacedor (de Borges), remake, un homenaje a la obra más personal de Borges, donde se recrean (en un estilo muy libre) cada uno de los relatos y poemas del citado libro. Ambas propuestas metaliterarias eran celebración, recuerdo y muestra de admiración de dos de sus grandes fans.
También el narrador colombiano Héctor Abad Faciolince escribió su más famosa novela, El olvido que seremos, basándose en un verso de Borges y el soneto inédito que encontró en el bolsillo de su padre cuando lo asesinaron; la experta María Kodama negó la autoría de Borges, pero el periodista argentino Jaime Correas —a instancias de Abad— comienza una investigación sobre el origen del poema, sobre los plagios y veracidades y lo cuenta en una especie de novela titulada Los falsificadores de Borges.
Este preámbulo sobre homenajes y juegos literarios nos sirve para introducirnos en un libro que acaba de publicarse en España, y que es una ofrenda y una macedonia Borges. El librito (son 124 páginas, editado por Ediciones del Subsuelo) está escrito por un admirador (y muy buen conocedor) de Borges: Jorge Bonells.
¿Quién es este autor?, se preguntará el lector, como yo mismo me he preguntado. Para mi sorpresa, no es un escritor desconocido, aunque lleva medio siglo viviendo en Francia y siempre ha ido a su aire, lo que tiene sus desventajas. Jorge Bonells, nacido en Barcelona, es un escritor (un eterno aprendiz de todo, se confiesa), catalán de nacimiento, francés por decisión y argentino por vocación.
Empezó escribiendo sus libros en español, hasta que llegó un momento en que decidió pasarse al francés. En 1987 quedó finalista del premio Herralde con su novela La luna (en esa edición obtuvo el galardón Felix de Azúa con Diario de un hombre humillado), fue uno de los finalistas del premio Planeta del año 2000 y obtuvo el Fernando Quiñones de novela por Dar la espalda (lo que ha hecho toda su vida). Ya en francés, este hispanista español y profesor dirigió el grandioso (1.600 páginas) Dictionnaire des littératures hispaniques: Espagne et Amerique Latine (2009), desde las jarchas a la generación mexicana del Crack; también publicó dos novelas importantes: La segunda desaparición de Majorana, y Dios no sale en la foto, esta última traducida en España por Funambulista, la misma editorial que le ha publicado Esperando a Beckett y El premio Herralde de novela, dos libros en los que se mezcla la imaginación con la biografía, el ensayo y las reflexiones metaliterias.
Es algo parecido a lo que sucede con el libro de homenaje a Borges, donde el lector no sabe cuál es la realidad y cuál la ficción, y donde el autor se mueve como Pedro por su casa. Fanáticos de Borges es la historia (muy a su aire) de tres casi amigos (un español, un francés y un argentino), una especie de tres tristes tigres que van detrás, no de las cubanas, como en la novela de Cabrera Infante, sino de las huellas de la obra del escritor argentino. En 1972 deciden fundar un club de fans, cuya única acción como grupo será arrojar en el estanque de la fuente de Medicis cientos de barquitos de papel con poemas de Borges, una pequeña gamberrada, como señala, que hoy sería considerada una instalación artística.
Es todo lo que da de sí este mínimo grupo de fans, que muy pronto se disuelve, ya que Palacios, el argentino, vuelve a su tierra. La anécdota es una excusa para que el protagonista despliegue sus variados conocimientos, no solo de la obra de Borges, y lo haga de una manera ligera, menor, como si fuera un juego que va envolviendo toda la realidad. De hecho se habla de la lucha de clases (muy presente en el libro) y de la revolución, se habla de Mick Jagger, se habla de Agustín García Calvo y la comuna de Zamora, se habla del proletariado, se habla de la muerte, se habla de Cantinflas, se habla de películas, se habla de creer y no creer, se habla de Einstein, etcétera, Y todo se relaciona, de una forma saltarina pero muy lúcida, con Borges o su obra. Dice, por ejemplo, que Borges es el chamán de Lévi-Strauss, o cita la antropología en la literatura (pone ejemplos) y lo refiere también a los cuentos “El informe Brodie” o “El etnógrafo”.
El libro es una especie de totum revolutum, no tan revuelto como podría parecer, en el que el autor mezcla los conocimientos, el ensayo, la narración y las frases ingeniosas para desplegar ese mundo de Borges que lleva dentro y que está en todas partes, incluso en las que no lo parecen. Escrito en un estilo muy desenvuelto, que bordea lo reflexivo y lo frívolo, tiene un tono irónico, que a mí me ha recordado el de Alberto Olmos (otro finalista, y víctima, del Herralde el año en el que se lo ofrecieron a Bolaño) en sus refrescantes crónicas culturales.
Alcancemos un breve fragmento: “El gran problema con Borges es precisamente este, que mientras lo lees, te hace leerlo todo con las lentes que él te presta. (…) Borges es como un agujero negro del que nada, o casi nada, o muy poco, se escapa. (…) Leer con los lentes de Borges equivale a instalarse en el desasosiego de la aparición permanente de nosotros ante nosotros y en nosotros. Así no hay manera de ponerse uno en pausa de sí mismo. (…) Sí, tenemos que matar a Borges, cuanto antes sea mejor, porque Borges nos está matando. Porque Borges no nos deja pensar nada fuera de Borges”.
Y concluyamos con la confesión del autor, cuando en 1963 (a sus 12 años) un amigo le pregunta si ha leído a Borges “De pronto me vinieron a la mente aquellas horribles portadas de Emecé en el Drugstore del Paseo de Gracia que te echaban para atrás, y le dije que Borges no me gustaba. Sin haberlo leído nunca, claro. Aplicaba, con años de antelación, las teorías de Pierre Bayard sobre la posibilidad o la necesidad o la necedad de hablar de libros que uno no ha leído, teoría, por más que se diga, típicamente borgesiana (y no borgiana)”.
La creación de un club de fans de Borges es, pues, la excusa para dar una vuelta breve (pero con años de entrenamiento) por el mundo de Borges, un autor que, mejor que ningún otro, podría tener un club de fans, y aunque tal vez no exista en el sentido ortodoxo (Borges, más que un continente, es un archipiélago, un infinito archipiélago), el escritor argentino sigue muy vivo entre nosotros, es el autor en español más citado, y en Buenos Aires conviven diferentes asociaciones, fundaciones, círculos de amigos o espontáneos (incluso hay una pagina web titulada Borges cada día) muy activos bajo el manto protector de Borges.
Preguntado (por correo) Jorge Bonells por la actualidad de Borges en Francia, el primer país que lo tradujo y el único que ha editado sus obras completas, contesta: “En Francia, Borges continúa siendo importante. El trabajo de Jean-Pierre Bernès en La Pléiade es admirable. Hoy en día, alguien que se interese por Borges tiene que leerlo en castellano con la edición de Bernès al lado”. Esa edición en la que un agónico Borges, en su destierro de Suiza, le fue aclarando al editor francés —en cientos de notas— las dudas y ambigüedades, las luces y las sombras de su obra.




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