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Budd Boetticher y los fueros del western

Budd Boetticher y los fueros del western

Vistos con sumo agrado los cuatro cortometrajes en los que Wes Anderson adaptó el año pasado otros tantos cuentos de Roald DahlEl desratizador, El cisne, Veneno, La maravillosa historia de Henry Sugar—, que fueron a sumarse a Fantástico Mr. Fox (2009), la simpática fábula en la que este realizador estadounidense llevó por primera vez a la pantalla al escritor británico, tiendo a pensar en una de esas duplas que se observan con cierta frecuencia en la historia de la serie B. Sé que a Anderson el bajo presupuesto le toca en lo poco o mucho que pueda concernir a su independencia creadora, y sé que aún han de pasar los años para que el tiempo dicte su infalible sentencia. Pero bien que me gustaría que esa simbiosis entre Wes Anderson y Roald Dahl, que hoy yo aplaudo, también sea alabada por quienes escriban sobre cine en lo venidero, cuando acabe este infausto siglo XXI que nos ocupa y pueda hablarse de ese paquete Anderson-Dahl como de un ciclo jubiloso frente a un panorama desolador a todos los niveles —el de nuestros días— donde el adocenamiento de la pantalla estadounidense —las sagas de superhéroes, por poner un ejemplo sumario— hace añorar aquellos ciclos de la antigua serie B.

Entretanto, permítaseme ir recordando esas esplendidas colaboraciones que jalonan el queridísimo cine barato. Cronológicamente, la primera fue la habida, a comienzos de los años 40, entre el gran productor Val Lewton y el no menos grande Jacques Tourneur en la RKO. A finales de la siguiente década, el productor Harry Joe Brown y Budd Boetticher colaboraron en siete westerns magistrales que reafirmaron al género en sus cánones en tiempos de confusión. Vino después Roger Corman, quien, en colaboración con el gran Vincent Price, puso en marcha el ciclo Corman-Poe-Price, tercero de esos orgullos de la serie B, que nunca he de cansarme de elogiar.

"Las siete películas que uno y otro hicieron juntos son una de las más bellas exaltaciones del justiciero que ha dado el western"

Cada uno a su modo, todos estos paquetes son una celebración del buen cine y, en consecuencia, una fuente de revisiones constantes por parte de la afición. Hoy vengo a escribir sobre Budd Boetticher y se impone empezar con una puntualización: conocidos como el «ciclo Ranown» —acrónimo de la primera silaba del nombre de su protagonista, Randolph Scott, y la última del apellido de su productor, Brown—, el nombre por el que se conoce el conjunto de los siete westerns a los que me refiero no alude en modo alguno al de su principal realizador. Tiendo a pensar que esto se debe a que Scott había protagonizado otros títulos del Oeste, igualmente notables —La ciudad sin ley (1955) y El séptimo de caballería (1956), ambos de Joseph H. Lewis—, producidos por Brown, cuando éste contrató a Boetticher por primera vez. Es decir, el protagonista y el productor son inamovibles en esta industria de Brown, el realizador no. Sin que ello suponga menoscabo alguno para Lewis, igualmente digno del mayor de los encomios, la historia, la sentencia del tiempo ha querido que cuando hablamos del ciclo Ranown hablemos de los siete títulos de Boetticher, por citar la excelencia del paquete.

“Ése es tal vez el mejor western que he visto desde la guerra… el más refinado y el menos esteticista, el más simple y bello”, escribió en su momento el gran André Bazin refiriéndose al neoclasicismo de Seven Men from Now (1956), la primera de las colaboraciones entre Budd Boetticher y el actor Randolph Scott. A menudo con producción asociada de este último, las siete películas que uno y otro hicieron juntos son una de las más bellas exaltaciones del justiciero que ha dado el western.

"Su empleo no es otro que el de asesor taurino en la versión de Sangre y arena que la Twentieth Century Fox produce en 1941 bajo la dirección de Rouben Mamoulian"

Nacido en el seno de una familia propietaria de la mayor ferretería de Evansville (Indiana), los socios del padre del futuro cineasta no eran otros que los dueños de la conocida marca de cereales Kelloggs. “Asistí a los mejores colegios privados y luego me matriculé en la Universidad de Ohio”, recordaría Oscar Boetticher —tal era su verdadero nombre— refiriéndose a sus primeros años. “Mis pretensiones por aquel entonces estaban muy claras: ser entrenador de un equipo de fútbol americano. Aunque estaba convencido que sería bastante malo”.

Tras sufrir una grave lesión durante un partido y ver frustrada su primera vocación, ante la prohibición de los médicos de seguir practicando su deporte favorito, Boetticher viaja a México para reflexionar sobre su futuro. Es entonces cuando el hombre que está llamado a ser uno de los grandes del western asiste a una corrida y descubre una nueva vocación: la lidia de toros bravos. Aún es aprendiz de torero —su pasión por la tauromaquia le acompañó hasta sus últimos días— cuando entra en el cine. Su empleo no es otro que el de asesor taurino en la versión de Sangre y arena que la Twentieth Century Fox produce en 1941 bajo la dirección de Rouben Mamoulian.

"Producido por John Wayne, Boetticher nos recuerda en sus distintas secuencias su descubrimiento de los toros a través de la experiencia de un joven norteamericano que es un claro trasunto suyo"

Bien es cierto que sus primeras realizaciones —One Mysteriosus Night (1944), Youth on Trial, Escape in the Fog (ambas de 1945)— las rueda para la Columbia, pero no tardará en ser contratado por la Monogram, que fue a la serie B lo que la Metro al musical. No están por lo tanto en lo cierto quienes sostienen que Boetticher comienza a rodar serie B a partir de Seven Men from Now, considerando así sus títulos anteriores, sobre todo los del Oeste, más próximos al Anthony Mann de los westerns protagonizados por James Stewart que al Mann de la serie B.

Ya desde sus primeras filmaciones, para las que sólo le dan doce días —lejos de disponer de la holgura del Anthony Mann de los grandes westerns, que no el de sus primeros relatos criminales—, Boetticher se convierte en uno de los principales prototipos de la serie B. A ella pueden adscribirse los diez títulos que rueda entre 1944 y 1951, apenas proyectados en Europa. Es en el 51 precisamente cuando empieza a firmar sus filmes con el “Budd” con el que pasará a la historia. The Bullfighter and the Lady, la primera de esas cintas que rubrica con su nuevo nombre, es un drama autobiográfico. Producido por John Wayne, Boetticher nos recuerda en sus distintas secuencias su descubrimiento de los toros a través de la experiencia de un joven norteamericano que es un claro trasunto suyo. “Todo el mundo sabía que teníamos una relación amor-odio”, recordaría Boetticher refiriéndose a John Wayne. “Discutíamos mucho, pero mis dos mejores películas —The Bullfighter and the Lady y Seven Men from Now— las hice gracias a él y a su productora. Yo tenía que haber sido el director de Comancheros (Michael Curtiz, 1961), que protagonizaba Wayne, pero lo rechacé porque sabía que al segundo día de rodaje el director sería él”.

"Como se aprecia en este sencillo apunte, en The Cimarron Kid Boetticher realiza un western con planteamientos de cine negro"

Para el cinéfilo ajeno a la Fiesta Nacional —a la que el realizador también dedicará Santos el magnífico (1955) y Arruza (1968)— merece mucho más interés The Cimarron Kid (1951), segundo western del maestro. El primero ha sido The Wolf Hunters, data de 1949 y ha marcado el comienzo de la colaboración del realizador con la Monogram. El resto de sus primeros trabajos son producciones de la Columbia, siempre a mitad de camino entre la serie B y la serie A.

Muy influenciado por la fatalidad de todo ese cine negro que ha rodado en los comienzos de su filmografía —Escape in the fog (1945), Sentenciado a muerte, Behind Locked Doors (ambas del 48) y el largo etcétera— las distintas secuencias de The Cimarron Kid nos cuentan la experiencia de un joven abocado a la delincuencia, destino del que acabará redimido gracias a la esperanza de un amor que esperará hasta el final de la condena en prisión. Como se aprecia en este sencillo apunte, en The Cimarron Kid Boetticher realiza un western con planteamientos de cine negro. Hay algo en Bill Dollin (Audie Murphy), el muchacho de Cimarrón al que alude el título, que nos recuerda poderosamente al Nick Romano (John Derek) de Llamad a cualquier puerta (Nicholas Ray, 1948) y a tantos malos buenos —si se me permite la expresión— del relato criminal cinematográfico. No hay duda, en The Cimarron Kid, Boetticher fusiona dos de los géneros más representativos de la serie B: el western y el policiaco.

"Boetticher rueda un nuevo policíaco que consta en los anales, El asesino anda suelto. Dicha maravilla, tanto de la serie B como de la serie negra, está fotografiada en un espléndido blanco y negro por Lucien Ballard"

Con un título inequívoco, Horizontes del Oeste (1952) es un western tan nítido que su asunto gira en torno a dos hermanos tejanos, que regresan a casa tras haber luchado bajo la bandera de la Confederación. Será sin embargo otro western, El desertor del Álamo (1953), la cinta que llame la atención de la crítica sobre Budd Boetticher. Su argumento es tan sobresaliente como la hermosura de Julia Adams (Beth Anders), su protagonista femenina. Original de Niven Busch y Oliver Crawford, la historia, que de alguna manera telegrafía el asunto más frecuente en el ciclo Ranown —el viudo que busca vengar el asesinato de su esposa—, versa sobre la triste suerte de John Stroud (Glenn Ford) quien, para intentar poner a salvo a su mujer —lo que no consigue—, se ve obligado a abandonar la vieja misión donde los independentistas tejanos intentarán resistir al ejército del general Santa Anna. A partir de entonces tendrá que bregar con los desprecios que todo Texas dedica a un cobarde.

Tras la ya citada Santos, el magnífico y algunas obras menores, Boetticher rueda un nuevo policíaco que consta en los anales, El asesino anda suelto (1956). Dicha maravilla, tanto de la serie B como de la serie negra, está fotografiada en un espléndido blanco y negro por Lucien Ballard. En ella se nos refiere la venganza de un expresidiario que quiere ajustar cuentas con el detective que le llevó a presidio. “Lucien Ballard y yo tuvimos una fuerte confrontación, porque no hay ningún cámara que no aspire a ser realizador”, recordaría Boetticher respecto al director de fotografía francés.

"Antes de que acabe el ciclo Ranown, en 1958 Boetticher ya ha dirigido algunos episodios de El hombre del rifle para la televisión"

“Hice siete películas con Randy, y sólo dos eran mediocres. Las otras cinco actualmente se consideran clásicos”, se jactaba el cineasta en una de las últimas entrevistas que concedió. “En ellas descubrí actores de la talla de Lee Marvin, Richard Boone, Robert Stack… No quería hacer buenos westerns, simplemente quería hacer buenas películas”. Seven Men from Now, la favorita de André Bazin, también es la cinta que pone en marcha el ciclo Ranown. El mito prosigue en Los cautivos, Decision at Sundown y Buchanan cabalga de nuevo (todas del 58), Cabalgar en solitario (1957) y Estación comanche (1960). A excepción de Los cautivos y Buchanan cabalga de nuevo, Scott da vida en todas ellas a un tipo sombrío que dedica el resto de sus días a vengar la muerte de su difunta esposa. Casi siempre cabalga por alguno de esos inmensos espacios del western, y Boetticher le retrata mediante movimientos de cámara, casi geométricos, que vienen a subrayar la soledad del héroe. Tanta es la determinación del cineasta a este respecto que la joven crítica de la Nouvelle Vague —acólitos de Bazin, al fin y al cabo— encuentra en él a uno de los principales pilares de ese cine de autor sobre el que escriben. Además de por esa voluntad de estilo e inquietud constante a la que obedecen todas sus películas, el mismo Boetticher les da argumentos para hacerlo cuando declara que un director de cine ha de ser omnipotente y que debe “hacer todo lo que haga falta para asegurar que las cámaras sigan rodando cada día”.

Antes de que acabe el ciclo Ranown, en 1958 Boetticher ya ha dirigido algunos episodios de El hombre del rifle para la televisión. Como los héroes encarnados por Scott en la gran pantalla, Lucas McCain (Chuck Connors) es un viudo que trata de criar a su hijo y sacar adelante su rancho en North Fork (Nuevo México). Sorprende comprobar hasta qué punto obedece a una misma inquietud y voluntad de estilo toda la filmografía de Budd Boetticher.

"Cuenta Muriel Feiner que, unos meses antes de morir, este maestro del western trabajaba en varios guiones. ¡Maldita sea! ¡No cabalgaremos más con él!"

La ley del hampa (1960), también conocida por la traducción literal de su título original: La ascendencia y caída de Legs Diamond, es su última aportación al noir. Plena de elipsis de antología, el cineasta reconstruye en ella la experiencia criminal de un hampón.

Retirado Scott de las pantallas, Boetticher no vuelve a emplazar su cámara hasta 1969. Lo hace para regresar al oeste en A Time for Dying. Pero el talento del maestro parece estar agotado y se trata de una absurda fantasía en cuyas secuencias se mezclan episodios de la vida de Jesse James. El forajido es encarnado por el mismo Audie Murphy que diera vida a Bill Doolin en The Cimarrón Kid. Catorce años después, en 1985, Boetticher dirige un documental sobre rejoneo con el título de My Kingdom For

Cuenta Muriel Feiner (Los toros en el cine, Alianza Editorial (Madrid, 2004) que, unos meses antes de morir, este maestro del western trabajaba en varios guiones. ¡Maldita sea! ¡No cabalgaremos más con él!

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