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Cada ventana es una historia

Cada ventana es una historia

Ventanas, recuerdos, libros y paseos protagonizan la tercera entrega de Mi vida por delante, la sección de textos publicados en Instagram por Emili Albi.

Cada ventana es una historia, un misterio. Un umbral tras el que reina la sombra.

El confinamiento nos había privado de esas fantasías, de esos vértigos, porque habitábamos en esa cara oculta.

Ahora, poco a poco, volvemos a celebrarlas, y las fotografiamos al sol, desde fuera, y sus arcanos siguen intactos, más sugestivos que nunca, con la seducción intrigante de lo prohibido.

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Quizá es que soy muy freudiano y pienso que todo lo que nos pasa tiene su anclaje en la infancia, pero los días de lluvia me retrotraen de una manera potente a la niñez, donde todo lo imaginario y mágico, Freud aparte, cuenta con su rizoma profundo.

Yo, que nunca creí en la monotonía machadiana de la lluvia tras los cristales, amo los días lluviosos, sobre todo cuando voy conduciendo por la ciudad. Esa fractura de la realidad que produce el agua sobre el cristal, esa atomización, esa desintegración sutil de lo real, esa fragmentación, eleva lo cotidiano y diario a la categoría de obra de arte, a pintura puntillista de Seurat o Signac. Quizá por eso lo vinculo con la infancia, el territorio creador por excelencia.

Desde hace un tiempo vengo pensando que la vida adulta es una tensión constante de tres vértices: la infancia, la muerte y el sexo. La añoranza del útero materno, de la inmortalidad, el temor a la muerte, a lo desconocido, y el sexo, como antídoto contra ambos venenos. Un grito contra la fatalidad.

Por eso, como vivimos en este equilibrio precario, tremendamente cansado, buscamos desesperadamente lo único que, aparte del sexo, nos puede salvar: el arte, la vida fuera de la realidad. La realidad fuera de la realidad. La realidad refundada. La lluvia. El milagro.

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Cada noche, antes de acostarme, he de pedirle a Nera que me deje entrar en la cama. Ella me mira un instante con bondad y suficiencia, se levanta, salta al suelo con elegancia y se marcha al salón para continuar persiguiendo veloces presas en sus sueños. Pero al introducirme yo entre las sábanas, ella, obstinada, continúa aquí, aferrada a mis sentidos. Siento su mapa de calor, su silueta, su figura templada jugando con mis piernas. Su existencia, en su temperatura, aún me acaricia un largo tiempo. Porque es la suya una calidez tenaz, a la que le cuesta disiparse, como si estuviera muy anclada a la vida, muy enamorada del fuego, un calor que alivia el frío molesto de mis pies.

A Nera la recogimos hace ya más de seis años en un pueblito de Valencia. Mi prima se quedó con una hermana, Lía y nosotros con la otra, Nera, a la que nadie quería. Vivían en pésimas condiciones sin higiene ni cuidados, y con menos de dos meses, Nera cogió el parvovirus, una enfermedad muy difícil de superar para un cachorro, y entre un par de ingresos veterinarios y los cuidados de mi tío conseguimos sacarla adelante. Cuando por fin la trajimos a Madrid, su adaptación fue complicada y sufrió ansiedad por separación. Beatrice y yo trabajábamos los dos y ella nos buscaba con desesperación donde más sentía nuestra presencia. Así es como deshizo un tresillo con chaiselongue. Lo rascó con ahínco hasta agujerearlo intuyendo equivocadamente que nosotros, sus dueños, estábamos más allá de aquella triste superficie de escay. Como la playa que nunca (o siempre, según se mire) está tras los adoquines.

Hoy, este acto mínimo de amor, ser brasero vivo de mis sábanas, este acto involuntario, lo recibo como si fuera su agradecimiento por lo que hicimos: adoptarla. Su regalo. Un regalo raro, sí, animal, ilógico, intuitivo. Un regalo pequeño y tonto, absurdo, loco, pero tan lleno de sentido…

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De todos los efectos secundarios del amor mi preferido es la bondad. Hablo de ese amor especial, infrecuente, que ocurre —o no— una vez en la vida. El que, parafraseando a Neruda, es tan corto y deja un tan largo olvido…

Y es que ese alucinado estado emocional en el que uno parece que va a hasta las trancas de anfetas, produce, entre otras euforias, una necesidad incontrolable de convertirse en alguien mejor. El ser amado obviamente no existe como el amante lo percibe, pero su exigente e imaginaria mirada sí tiene influencia sobre nosotros, a todas horas. Omnipresente, omnipotente, justísima y bellísima. Por eso todo enamorado persigue, como ofrenda al amado, la bondad, que es la mayor de las bellezas y de las certezas. Lo eterno e inmutable.

Echando un vistazo a la sociedad en la que vivimos, uno no puede dejar de pensar que debe faltar mucho, pero que mucho amor ahí fuera, ¿no? Porque es que hay mucho hijo de puta que, a pesar de vivir felizmente casado, sigue siendo muy hijo de puta. Y hay también mucho enamorado que peca de egoísta cabrón y envidioso. Hay mucha gente que es amada y que, sin embargo, vive amargada y nos va jodiendo a todos por deporte. Y uno no entiende nada. ¿Quizá haya gente que cree amar y que no ama? ¿Quizá algunos se sienten amados sin ser amados realmente?

Definitivamente sí.

Pero, a pesar de tanta oscuridad, habrá que seguir practicando el amor como compromiso social, como ideología, como revolución, porque él nos hará (ya lo dijo Cortázar: «ven a dormir conmigo: no haremos el amor. Él nos hará.»).

Y porque al final, cuando encaremos perspectivas eternas y emprendamos el viaje postrero, habrá muy poquitas cosas, (alegría, amistad, amor…) que nos llevaremos con nosotros (sí, nos iremos ligeros de equipaje*), y sí, seremos algún día polvo, pero entre las cenizas, habrá algunas que tendrán sentido, y algunos, en el polvo, guardaremos el secreto de lo enamorado**. Y sí, aún digo más, del trozo de tierra que ocuparemos, quizá no broten ni ortigas ni cardos, quizá, de los que amaron, broten rosas blancas***.

*Antonio Machado, **Francisco de Quevedo, ***José Martí

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La comparación más recurrente de esta pandemia está siendo la de la peste negra del siglo XIV. Esa es la pandemia por antonomasia, la referencia desde la que se mide el horror.

De aquel desastre se ha quedado en el imaginario colectivo la figura de aquellos galenos —que en muchos casos no eran ni médicos— ataviados con una máscara en forma de pico, símbolo desde entonces de lo macabro y la tragedia.

En aquella extensión curva y alargada introducían elementos aromáticos, hierbas y flores, más para atenuar el hedor de la podredumbre que para impedir la aspiración de gérmenes. También vestían una larga y gruesa bata encerada y blandían un bastón con el que, además de poder examinar a los pacientes a una prudente distancia, les golpeaban, a petición de los propios moribundos, ya que se creía que el mal era consecuencia de los pecados y que a través de aquella penitencia podrían expiarlos.

La diferencia quizá entre aquellos tiempos y estos, además del número de muertos, afortunadamente, es que entonces la autoridad en estos asuntos era la iglesia y hoy es la ciencia; los curas y los científicos; la fe y la sanidad pública… hemos ganado, claro; pero quién nos garantiza que dentro de varios siglos, ante una nueva pandemia, un instagramer cualquiera no mire hacia atrás, hacia nuestro siglo XXI y piense lo mismo que hoy pensamos nosotros de aquella sociedad oscura, ignorante y embrutecida, medieval.

Quizá la ciencia en el futuro sea tan vana como hoy nos resulta Dios, quizá se haya descubierto como el resultado vacuo de una narración, no mitológica, ni lingüística, sino matemática, empírica, microscópica. Y es que quizá todo sea mentira fuera de su tiempo. Aunque pensemos que la existencia nos sienta como un guante y que somos el centro mismo del universo.

Quizá la verdad no sea inmutable, sino fugaz, como las horas, los días o los meses. Los siglos. Fugaz como el mismo tiempo. Fugaz como la vida.

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Uno de los párrafos más famosos de Machado es el que abre y cierra el poema «Recuerdo infantil», ese que dice: Una tarde parda y fría / de invierno. Los colegiales / estudian. Monotonía / de lluvia tras los cristales.

Ese recuerdo infantil pertenece a los últimos años del siglo XIX, cuando don Antonio fue colegial, pero es aplicable perfectamente a los niños de hoy, los nuestros, que sienten estos días aquella monotonía, llueva o no, de la vida que sucede al otro lado de los cristales. Una vida insólita, de calles vacías, de sirenas solitarias, de palomas extrañadas, de aplausos al atardecer.

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Cuando salgo a pasear con Nera por la tarde, a menudo paso por delante de un par de concesionarios de coches de alta gama.
Están toda la noche con las luces encendidas, incluidas las led de los automóviles expuestos. (Todo muy ecológico). Y siempre tiene lugar la misma asociación de ideas en mi cabeza: el ser humano mirando esos ventanales limpios y brillantes como sueños a estrenar y las polillas imantadas por el brillo de una burda bombilla.

Ellas nunca encuentran lo que buscan, lo que les empuja a coronar el haz luminoso, lo que anhelan persiguiendo la estela brillante, en su lugar solo hallan una abrasadora luz que hace arder sus alas. Una muerte vana.

Habrá gente para todo, claro, pero creo que a nosotros nos pasa algo parecido. Las ilusiones son trucos de magia y se desvanecen como el humo final que liberan los lepidópteros al arder en la trampa de lo fatuo. Y así vivimos, cayendo una y otra vez en fraudes conocidos, familiares, tanto que parecen verdad. Persiguiendo sueños fabricados en cadena, sueños en oferta, sueños que todo el mundo tiene, por eso pensamos que también nosotros los deseamos. Anhelando todo aquello que no requerimos. Consumiendo sucedáneos de lo verdadero. Durmiendo cuando lo único que realmente necesitamos es despertar.

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Mi vida
Le viene pequeña
A mis ganas

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Despertar es algo así como naufragar. Por eso, una cama deshecha recuerda al oleaje, a la espuma que llega a la orilla y muere.
Es el final de una travesía, la del sueño, que jamás llega a buen puerto. Soñar es navegar en un planeta Tierra plano, por cuyo extremo caemos al final de la noche, cuando despertamos.

La habitación entonces, solitaria y perdida, llena de los restos que ha traído la tormenta, troncos, ramas, envases, botellas de vidrio, algas…, (que son la inquietud que provoca el contacto aún fresco con lo “surreal”), se asemeja a una isla desierta, y esta a su vez, e irremediablemente, a la vida.

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