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Georgia y Alfred. Una crónica americana (II)

Georgia y Alfred. Una crónica americana (II)

(continuación de esta pieza)

Verano de 1929

—¿Cómo afrontar la distancia? —se pregunta Alfred Stieglitz.

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7 de julio de 2020

Hemos terminado de comer y recogemos la cocina. Tendida en el sofá, Marta lee periódicos atrasados mientras los niños ven vídeos en YouTube. “¡Bajad la voz, por favor!” —les digo. En mi mesa, limpia y vacía, descansa sobre un hule marrón el ordenador portátil, el ratón y la sempiterna taza de Starbucks vacía con una costra de café reseca. ¿Por qué los escritores necesitaremos silencio y orden? Sigilosa, mi imaginación me va poseyendo mientras contemplo las motas de luz que escapan de la persiana bajada; mientras escucho el murmullo de YouTube: todo está en orden…

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Verano de 1929

La pintora Georgia O’Keeffe le ha comunicado a su marido, Alfred Stieglitz, que se marcha a Nuevo Méjico con Rebecca, también pintora y casada con el fotógrafo Paul Strand, amigo de Alfred. Las dos se sienten a la sombra de sus maridos y desean marcharse de casa para desarrollar su propio arte.

Las imagino a ambas en la estación Grand Central una mañana del verano de 1929, pocos meses antes de la Gran Depresión. Sonríen felices del camino que van a emprender. Han intentado llevar poco equipaje, pero al fin portan enormes maletones atados con cinchas a sendas carretillas que apenas pueden mover y mucho menos levantar. De modo que deben sonreír a los musculosos mozos que las miran de arriba abajo: dos mujeres solas, con la melena corta, pantalones y camisas blancas, zapatillas de esparto… Lo que más llama la atención en sus caras es la sonrisa.

Grand Central, Alfred Stieglitz, 1929.

—¿Cómo afrontar la distancia? —se pregunta de nuevo Alfred Stieglitz.

Había discutido con Georgia cuando le comunicó que se marchaba. Él detestaba viajar a cualquier lugar que no fuera su chalé del lago George, en el estado de Nueva York. En cambio, Georgia, criada en el mundo rural, amaba el campo y topó con la oportunidad de marcharse gracias a la invitación de la marchante neoyorquina Mabel Dodge Luhan, quien había creado en 1918 una colonia para artistas en Taos, Nuevo Méjico, a la que atrajo al escritor D. H. Lawrence y a su esposa Frieda, además de a otros pintores, fotógrafos y escritores. Mabel les había cedido a Rebecca y a Georgia una casa de su propiedad para vivir durante su estancia.

"Siguiendo los consejos de Ovidio en su Arte de amar, busca desesperadamente una mujer de su entorno que sustituya a Georgia, para así dejar de añorarla"

Entre tanto, en el lago George, Alfred se siente descorazonado y no para de escribirle cartas a Georgia, que ella recibirá de golpe cuando llegue a Taos. Se trata de misivas en las cuales mezcla las acusaciones por fugarse del domicilio conyugal con patéticos arrebatos sentimentales. Todos comienzan: “Querida niña…”. Georgia contesta airada, sin saludos iniciales, y sostiene que solo él es culpable de la “distancia literal y metafórica” entre ellos. “Te he tendido mi mano muchas veces (…) No quería otra cosa que ser cariñosa contigo. Pero no sirve de nada ser cariñosa si no puedo ser yo misma”.

Solo y desesperado, a sus sesenta y cinco años, Stieglitz se siente “un objeto muerto e inútil”. Cree haber perdido a su amante. Aunque ella haya prometido volver tras el verano, no la cree ni sabe estar solo, sin una presencia femenina a su lado. Siguiendo los consejos de Ovidio en su Arte de amar, busca desesperadamente una mujer de su entorno que sustituya a Georgia para así dejar de añorarla. Pronto la encontrará en la fotógrafa Dorothy Norman, joven que lo admira y se convertirá en su nueva musa, a quien fotografiará desnuda, como hiciera con Georgia en 1918. Mas, pese al enfado, nunca dejará de escribirse con O’Keeffe. Ella continúa enviándole cartas en las que se muestra extasiada por el paisaje. Le cuenta que pasea durante largas horas por el campo, pinta paisajes desérticos, cráneos de ciervos. Él, curado gracias al tratamiento de Ovidio, le responde que se alegra mucho por ella y la anima a pasar en Taos todo el tiempo que necesite su arte…

Cráneo de ciervo, Georgia O’Keeffe, 1934.

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Debo romper el ritmo del relato —pienso mientras mi hija Marina me pide un bocadillo—. “Ya voy, ya voy…” —ella estira del vello de mi brazo hasta que dejo de escribir, miro el reloj y me doy cuenta de que es hora de merendar.

Sí: romper, cambiar el ritmo: narrar en primera persona —me propongo cuando corto el pan y mis dedos se manchan de grasa y pimentón del chorizo. Mientras me lavo las manos con Mistol, se me ocurre continuar esta crónica a través de una de esas cartas de Georgia a Alfred, una carta imaginaria que, sin duda, pudo existir y decir así:

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Taos, 15 de agosto de 1929

(Sin saludo previo)

Hoy he vivido una de esas experiencias vitales que te marcan para siempre. Como te conté, aprendí a conducir y me he comprado un Ford A para transitar por Nuevo Méjico. Pues bien, esta mañana hemos viajado Rebecca y yo hasta el antiguo rancho de D.H. Lawrence. El coche ha quedado en el arcén de un camino sin salida y hemos continuado caminando hasta llegar allí. Se trata de una simple cabaña de madera donde vivió el novelista con su esposa Frieda, hasta que la tuberculosis le obligó a volver a Europa.

No había nadie… Sí, estaba cerrado a cal y canto. Mabel me contó que Frieda le había dicho que pensaba volver cuando Lawrence se recuperase. De ahí que no hubiera nadie alojado y reinara el silencio. Tanto Rebecca como yo caminábamos tratando de inspirarnos, hasta que miré la copa del gran pino. Era el árbol que daba sombra a Lawrence cuando se sentaba en su mesa a escribir. Sobre él dejó escrito: “En pie y quieto, despreocupado y vivo… el árbol de sombra cuya copa uno nunca mira… Uno sale de casa y el tronco está allí, como un ángel guardián…”

Me dio por pensar que la copa del gran pino era la imaginación de Lawrence, que se elevaba sobre su cabeza con la forma de un cerebro: sí, las ramas eran las venas, el follaje los lóbulos y el tronco la columna vertebral. Y se me ocurrió pintarlo como un gran encéfalo

El árbol de Lawrence, Georgia O’Keeffe, 1929.

Un cómico misterio se cierne en torno a las cenizas del autor de El amante de Lady Chatterley. Cuando murió en Europa en 1930, Frieda las llevó de vuelta a Taos para enterrarlas en el rancho, pero otras dos mujeres, que idolatraban al novelista y afirmaban ser sus musas —la propia Mabel Dodge Luhan y Dorothy Brett—, le disputaron a su mujer la propiedad de los restos. Hasta el punto de que Frieda, tras agrias trifulcas con ambas, temerosa de que se las robaran, pidió que las cenizas fueran mezcladas con hormigón fresco y las convirtió en un bloque de piedra de una tonelada de peso que ya nadie podría llevarse. Hasta que, en 1934, su segundo marido las guardaría en un memorial dedicado al escritor. En el interior del memorial solo se encuentra el bloque de hormigón con las siglas DLH labradas y girasoles pintados sobre la piedra en verde y amarillo. Encima del bloque hay un águila en una hornacina. No hay símbolos cristianos, dado que Lawrence fue ateo.

"Es la propia Georgia quien descuelga: Alfred ha muerto de un infarto cerebral a los ochenta y dos años. Rauda, toma un avión a la Gran Manzana. El cadáver de su marido, amante, amigo y mentor yace sobre la cama"

Cuando Georgia volvió de Nuevo Méjico, se encontró la triste sorpresa de que Dorothy Norman, la nueva amante de Stieglitz, ocupaba su puesto en la vida de Alfred. Ante esta situación, cualquier mujer se hubiera divorciado; sin embargo Georgia no lo hizo. Sufrió de los nervios, pero al fin decidió no separarse. Además del matrimonio y el sexo, compartía con Alfred una gran sintonía creativa, gratitud mutua y profunda amistad. Quizá por todo ello, pese a la infidelidad, Alfred y Georgia nunca se sintieron desligados el uno del otro. Durante las décadas de los treinta y los cuarenta, ella se convierte en una mujer de carácter, pero reconciliada con el mundo y consigo misma. Alfred, por contra, se torna cada vez más hipocondriaco y huraño. Se queja constantemente de depresión, insomnio, picores, dolores de cabeza, ansiedad… Georgia permanece cada vez más tiempo en Nuevo Méjico, pero siempre pasa con su marido los inviernos, en una habitación del hotel Shelton de Nueva York.

Hasta el 13 de julio de 1946. Ese día suena el teléfono en Ghost Ranch, Nuevo Méjico. Es la propia Georgia quien descuelga: Alfred ha muerto de un infarto cerebral a los ochenta y dos años. Rauda, toma un avión a la Gran Manzana. El cadáver de su marido, amante, amigo y mentor yace sobre la cama. La funeraria ha traído un ataúd forrado de raso fucsia. Sin abrir la boca, Georgia arranca con ira el forro; toma hilo y aguja y cose en silencio una sencilla tela de lino blanco.

Ricardo Lladosa, junio de 2020.

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