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Las palomas de Madrid

Calabozos de aire, capas de memoria y palomas que se posan en las sombras, en la nueva entrega de Mi vida por delante, de Emili Albi.

Las palomas de Madrid, en verano, se posan en las sombras.

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Sombras y hojas. José Emilio Pacheco escribió que la poesía era la sombra de la memoria, y Benedetti, aprovechando esa descripción, añadió que también memoria de la sombra.

Pasan las cosas y dejan sus sombras, su memoria. Y de esa sombra y esa memoria estamos hechos. Estamos envueltos en sombras y más sombras. Llevamos encima capas y capas de memoria. Por eso hay quien no se puede casi mover, porque el grosor y el peso de sus sombras es excesivo.

"Estamos envueltos en sombras y más sombras. Llevamos encima capas y capas de memoria"

Amor, amistad, revoluciones, noches de boda, alegría, frustración, goles, iras, primaveras, despedidas, novias, tristezas, canciones, coitos, regalos, traiciones, exámenes, cines, camas, viajes, lecturas, borracheras, Erasmus, urgencias, miedos, reencuentros… todo deja su velo de memoria, su sombra. Y nosotros pretendemos bien asirlas, bien olvidarlas sin entender que son inaprensibles e inefables, inolvidables e invencibles, y que la única forma de derrotarlas es amándolas, enfrentándolas con franqueza, conviviendo con ellas, soportando su dolor, y, en fin, dejándonos derrotar, aceptando que nosotros mismos somos ellas.

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Reloj Omega heredado como en Pulp Fiction. En Pulp Fiction, el capitán Koons entrega al pequeño Butch Coolidge un reloj. Le explica que fue adquirido por su bisabuelo antes de ir a la 1ª G. M., que después pasó a su hijo y que este, aunque murió en la 2ª G. M., hizo llegar el reloj al padre de Butch, el cual es capturado en Vietnam y llevado a un campo de prisioneros. Allí decide que salvará, pase lo que pase, su reloj. Por eso lo oculta durante cinco años en su culo. Antes de morir le pide a Koons que se lo entregue a su hijo. Y este tras dos años con el mismo objeto en el mismo escondrijo, le hace entrega del reloj al niño que lo recibe, no se sabe si con asco o admiración.

Como Butch, yo también he heredado un reloj. Fue el primer reloj de mi padre. Creo que no ha estado en ningún culo, pero, al igual que el de Pulp Fiction, este también ha recorrido gran parte del siglo XX: el franquismo en una Valencia triste y descolorida, las primaveras parisinas de los últimos sesentas, el Thatcherismo en Inglaterra, la transición, la movida…

"¿A quién se lo entregaré? Ni idea. Pero sé que, llegado el momento, haré lo correcto"

El reloj, esa entelequia que nos hace creer que controlamos el tiempo, acostumbra a ser un legado masculino. Desconozco el por qué, pero entiendo que la aspiración imposible, inocua y estéril de gobernar algo tan inabarcable, lleva por fuerza el sello de lo viril. Sea como fuere, adoro este reloj y le agradezco a mi padre que me lo haya regalado y espero rellenarlo con mucha vida para entregarlo de nuevo a alguno de mis hijos, aunque en mi caso (mi padre es hijo de su tiempo y yo del mío) no lo legaré necesariamente a Guillem, también Inés y Belén podrán, si quieren, lucirlo. ¿A quién se lo entregaré? Ni idea. Pero sé que, llegado el momento, haré lo correcto.

P.D.: También hay un relato de Cortázar, Instrucciones para dar cuerda al reloj, ¿os acordáis del anuncio?: «Cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire». Para Cortázar mi padre me habría regalado a mí al reloj, y no al revés, en una especie de sacrificio ritual. Una ofrenda a Chronos que me habrá de devorar como a todo hijo de vecino… Pero esa es otra historia. Una de no ficción… y yo siempre he editado novelas.

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Cielo de Madrid. En la foto (sin editar) podéis ver el cielo de #Madrid, el de verdad, no ese otro velazqueño tan lleno de cirros, cúmulos y estratos que el pintor sevillano hizo, injustamente, célebre.
Este de la imagen, el mío, el nuestro, el que llevo mirando toda la vida, es mucho más variado y eléctrico, esté el día nublado o no.

"Es el mismo color de la jaqueca que se disuelve en el ibuprofeno. El del escalofrío que desaparece debajo de la manta"

El cielo de Madrid suele mezclar distintas tonalidades de naranjas, rojos, amarillos, morados, violetas o malvas. El de esta tarde me ha gustado especialmente. Su color me ha recordado al del hematoma que empieza a desvanecerse cuando el torrente sanguíneo se normaliza y la parcela de piel marcada ya no carga con la huella del dolor. Es el mismo color de la jaqueca que se disuelve en el ibuprofeno. El del escalofrío que desaparece debajo de la manta. El de la lágrima que viene a deshacer el nudo áspero en la garganta. Ese, para mí, es el color del atardecer de Madrid, el de la reconciliación con la vida. El color de lo silencioso. De lo veraz. De la belleza.

P.D.: Se dice que Velázquez pintaba el cielo tan repleto de nubes por cuestiones puramente económicas: el gris era el polvo más barato, mucho más, claro, que el lapislázuli. No podía tener explicación más prosaica y, por otro lado, desgraciadamente, más razonable.

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Ventanucos. Recuerdo que hace muchos años leí un texto de Rafa Reig que hablaba de los ventanucos de los baños de los bares. Aquel texto me impactó. Decía que eran accesos a vidas, realidades, desconocidas. Múltiples mundos donde lo imposible es posible. Territorios ignotos a los que asomarse, y asombrarse, cuando te mece la embriaguez. El otro día en el baño de Hermanos Ordás, con un cachopo y bastante cerveza en mi interior, me acordé de Reig y de todas esas existencias que nunca viviremos, pero que intuí, y anhelé, al otro lado, en la oscuridad. Al salir del baño, el bullicio del local deshizo el nudo y el hechizo se evaporó rápidamente mientras la cucharilla removía el café, pero ese deseo de lo imposible aún permanece, callado, oculto, en todos nosotros, a pesar de los pesares.

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