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Todo es Hitler

Annette Cabelli falleció hace ahora poco más de un mes. En su lecho de muerte podía verse aún el número que le tatuaron en Auschwitz, concretamente el 4065. Tuvo mucha relación con España, pues era de las pocas personas que podían manejar con destreza el idioma judeosefardí. Tras una de esas visitas a nuestro país, leí su historia en el diario El Mundo, hace ya muchos años. Al hojearla de nuevo no he podido evitar temblar ante la misma sacudida de entonces. Entre otros tormentos psicológicos, la mujer contaba cómo todavía entonces tenía que abastecerse con comida para un solo día. En el campo de exterminio, los nazis apaleaban hasta la muerte a todo aquel que almacenaba alimento, por lo que su mente necesitaba sentir, ocho décadas más tarde, que no guardaba comida para más allá del momento. Fue justo después de contar cómo escapó del infierno en un Citroën sin gasolina tirado por un caballo cojo cuando lo dijo: hay que tener cuidado al banalizar el nazismo.

"Hace unos días saltó la polémica: Amazon retiraba su nueva versión del logotipo empresarial porque... ¡se parecía a Adolf Hitler!"

Ella mejor que nadie hubiera podido dar fe de hasta qué punto vivimos en la era de la banalización. Hace unos días saltó la polémica: Amazon retiraba su nueva versión del logotipo empresarial porque… ¡se parecía a Adolf Hitler! Uno lee la multitud de comentarios en redes que llevaron a la marca a prescindir de la ilustración y sólo puede tirarse de los pelos: que si la vuelta del nazismo, que si Hitler vive entre nosotros… Pienso entonces en Annette Cabelli, quien sí sufrió los rigores de la locura nazi, no como el adolescente en calzoncillos que desde el sofá escribe un tweet para intentar satisfacer su conciencia teórica. ¿Qué sentiría esta mujer al ver cómo colocan el sufrimiento superficial de una generación de ofendiditos en paralelo al destrozo moral y psicológico que tuvieron que sufrir las víctimas del nazismo?

"Más allá de esta noticia, esperpéntica y atroz, la banalización convive entre nosotros"

Pero más allá de esta noticia, esperpéntica y atroz, la banalización convive entre nosotros. Hoy los llamados exiliados viven en una mansión con botellas de champán en la hielera. Las supuestas extrema derecha y extrema izquierda beben gin-tonics juntas en el bar del Congreso, y allí comentan el último empate del Madrid. Supongo que los fascistas deben de estar correteando con camisas negras por todo el país, a juzgar por la cantidad de ellos que son señalados cada día, del mismo modo que los comunistas habrán alzado ya la bandera de la Victoria sobre nuestro particular Reichstag. Hay seres que reclaman libertad en uno de los ambientes más libres que ha parido la historia. Hay políticos que reclaman legalidad moral para su causa cuando las leyes a las que están sometidos pueden ser cambiadas por el proceso más democrático que ha conocido el país nunca. Términos como censura, represión o preso político corren masticados de boca en boca, listos para deglutirse con facilidad por una masa que sólo quiere ver refutados sus prejuicios. La historia se olvida entre términos trivializados, y ya se sabe que quien olvida su historia está, irremediablemente, condenado a repetirla.

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