Querida Audrey Hepburn:
Estas Navidades he visto varias películas tuyas, las que he encontrado en casa: My Fair Lady, Sabrina, Charada, Dos en la carretera… Desayuno con diamantes la he visto muchas veces, pero no la he encontrado esta vez, aunque es una de mis películas favoritas, quizá porque trata de un joven escritor, interpretado por George Peppard, que se enamora de una chica, que interpretas tú, que está un poco loca. Quizá porque es joven; quizá todos estemos un poco locos… Pero siempre me ha hecho gracia esta historia del escritor que no tiene mucho éxito pero está orgulloso de serlo, y que tiene el atractivo suficiente para gustar a una chica como tú.
Pensando en esta película, y en otras, he llegado a la conclusión de que lo importante de Desayuno con diamantes es veros a los dos, a George Peppard y a ti, que lo que quiere el público es veros a los dos, cómo os relacionáis, cómo os comportáis el uno con el otro, con el mundo. Yo sé que la historia está basada en una novela de Truman Capote, nada menos, pero creo que lo fundamental sois vosotros dos, vuestras figuras, vuestra juventud, vuestro encanto. Muchas veces vamos al cine a ver a un actor, a una actriz, y creo que por eso los actores a veces reciben fortunas por interpretar sus papeles.
Ahora no recuerdo si fue Fernando Trueba o José Luis Garci el que decía que era partidario de utilizar actores guapos, porque uno va al cine a enamorarse.
Se me ha ocurrido que podría estar bien contarte un poco de mi vida, aunque hoy por hoy quizá me interese más la tuya, es decir, lo que veo y lo que imagino en estas películas, detrás de sus historias.
Yo, como George Peppard en Desayuno con diamantes, soy un escritor. Ya no soy joven como él, aunque en nuestra sociedad tener cincuenta años no es mucho, o no es demasiado. Pronto los cumpliré. Quizá cuando salga publicada esta carta ya los haya cumplido. No me va mal pero, al igual que el protagonista de Desayuno con diamantes, no tengo demasiado éxito. Digamos que escribo y publico mis libros, pero que no he pegado el bombazo, y si lo he pegado dicha repercusión ya pasó.
A lo mejor he pegado varios “bombazos”, o pequeños bombazos, pero en literatura, en los libros, hay que tener varios, muchos, y seguramente sucesivos. Yo también he tenido mis “novias”, como George Peppard disfruta y sufre a partes igual, quizá, contigo, con tu personaje. Supongo que esto forma parte del amor y que nadie lo puede cambiar.
La verdad es que estas vacaciones he sentido una gran compañía con tus películas. Me encantó Dos en la carretera. Cuando la vi por primera vez sentí que había hecho un gran descubrimiento. Es una película con un punto de amargura, pero que tiene también su esperanza, y el final es positivo. Me he fijado en estas películas que he visto estos días, o vuelto a ver, que son comedias pero también amargas, o un poco amargas; sin embargo al final son felices. Quiero pensar que la vida es también así. Vivimos en una continua zozobra, las cosas parece que van a salir mal, muy mal, y luego no salen tan mal, o no salen mal, o, mejor dicho, salen bien.
Soy de natural optimista, pero debo reconocer que el tiempo me hace más escéptico, o más exigente, tal vez, con los días, con la propia vida. Pero sí, creo que la vida es como tus películas; lo pasas un poco o un mucho mal, pero si sabemos mirarla con buenos ojos (los ojos del director de la película que sabe cortar en el punto adecuado), se nos aparece vestida de esperanza. A menudo he esperado mucho menos de lo que he obtenido, y las cosas han salido mucho mejor. Pero también conviene trabajar, luchar. Eso al final garantiza un mejor resultado.
Tus personajes también nos enseñan esto, como la chica de Sabrina, o la de My Fair Lady, que siempre es un ejemplo de esfuerzo y buen hacer, aunque sus mentores no se lo reconozcan, o parezca que no se lo reconocen.
La vida es dura, para unos más dura que para otros, eso es cierto, pero para todos, de alguna manera, sólo por vivirla, ya es dura. Cuando vemos una película nos separamos un tanto de nuestros problemas, aunque también podemos identificarnos con los de los personajes. Como dice mi amigo Pedro Ruiz, los problemas ya no son los nuestros, son los de los otros, los de los personajes, les suceden a ellos, y eso es un descanso para nosotros.
Pero también tenemos los problemas de los personajes. Al igual que cuando leemos una novela, nuestra vida se interrumpe, descansamos, sí, conectamos con la peripecia de los seres de ficción encarnados por actores que se parecen a nosotros más de lo que parece. En el fondo se parecen mucho los personajes y los actores, por supuesto. Los griegos hablaban de su teatro, de las tragedias y de los espectadores en términos de “catarsis”.
Había una liberación por el hecho de seguir, de profundizar en la vida, en el devenir de los personajes, porque al final, no nos engañemos, lo que estamos viendo en el escenario, o en la pantalla, es nuestra propia vida, o la vida desenvuelta de muchas maneras, muchos caminos de la vida. Y eso es grande, muy grande, divierte y ejerce una acción efectivamente liberadora en el espectador, en el lector. La ficción ayuda al ser humano, yo diría que es un gran alimento para él: ayuda a vivir. Puede ayudar mucho.
Uno vive mejor cuando disfruta de buenas películas, lee buenos textos, buena literatura, en este caso novelas, pero pueden ser muchos otros géneros… Vive como más alegre, con más confianza, pisa más firme. Y si escribe, me atrevería a decir, mucho más.
Querida Audrey, perdona esta digresión sobre un tema que sin embargo te debió de interesar, porque era tu mundo, tu ámbito. Un actor, una actriz, es algo muy importante en una película. Creo que hay filmes que con otros actores perderían todo el interés, y los que hacen las películas lo saben. Tu rostro, tu figura, son únicos; también tu sonrisa, y tus ojos, así como tu pelo, que en tus historias te sueles arreglar, o cortar, cambiar… con lo que se produce una transformación.
A menudo interpretaste el papel de moderna “Cenicienta”, aunque en Vacaciones en Roma en realidad fueras la princesa; tú la princesa y Gregory Peck el verdadero príncipe azul, porque si bien tú eras la princesa en realidad, en el fondo, eras la Cenicienta del cuento, que quiere escapar de su entorno para ser libre y feliz. Luego el cuento, al final de la película, vuelve a su ser, al primer nivel de la realidad, digamos, pero el espectador nota que algo ha quedado, algo ha cambiado en la vida de tu personaje y del personaje de Gregory Peck, el periodista. Ahora se os ve más felices, mucho más felices, porque en verdad os habéis conocido, os habéis amado. Ha cambiado todo.
Querida Audrey, podría hacer esta carta mucho más larga, pero ya está bien, ya es suficiente, no te quiero cansar. Gracias por haber vivido, por vivir, por habitar nuestro cielo particular, tú que fuiste un ángel para tantos de nosotros en historias inolvidables. Por supuesto, lo sigues siendo, querida Audrey.


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