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Carta a Javier Marías

Querido Javier Marías,

Qué rápida y vertiginosa ha sido tu marcha para todos nosotros. Incluso para ti y los tuyos próximos, que no pensaron que te irías tan pronto. Nunca se acalla la esperanza cuando así nos la trasladan o la sentimos, y siempre se rema y lucha para salir de la niebla. Tal vez lo normal cuando uno desea vivir y se está lleno de vida o se tienen ilusiones aún por disfrutar. Y a pesar de ello, y con todo en contra, hasta en los momentos casi finales, se resiste para que así sea o creamos que será en el futuro no tan lejano. Casi todos nos abstraemos en algún momento de nuestras vidas, y con fortuna, de manera breve, sobre esa idea del «morir en cualquier momento» y lo que pasaría con ello. Lo que esperaríamos que fuese o cómo querríamos que ocurriera frente a tan inevitable desenlace, sobre todo frente al dolor o la angustia, la asfixia o la pérdida de cualquier conocimiento. Pero, prontamente y después de desear que todo sea breve e indoloro, apartamos la idea ante la necesidad de que aún no sea aquel nuestro momento ni el de aquellos a los que queremos. Y así, de esta forma, especulamos en que es pronto para que todo eso nos acontezca —no deseo que me llegue aún el momento, no todavía, ni en estos instantes ni en los próximos venideros— y que ya no nos ocupe ese pensamiento mucho más tiempo ni carga en la memoria, pues todo se altera con la prolongación. Viene a ser algo así como en aquella situación que bien nos describiste cuando Macbeth, ante el anuncio de la muerte de su mujer, la reina, responde: «She should have died hereafter« o lo que traducido viene a ser: «Ella debería haber muerto en el más allá» y, a nuestro entender, «no en este instante, no en el elegido» para ahondar en la idea de que siempre pensamos que lo que nos gusta o alegra, y lo que nos empuja a través de los días son las ganas de vivir y siempre puede durar algo más, unos meses más, unos años más; porque siempre es temprano para poner fin a las cosas o a las personas que amamos y nos gustan.

"Ahora, a este otro lado, el mundo es tan de los vivos, y tan nada ya de los muertos que, a veces, es dificultoso comprender algunas cosas"

Cuando lo que se está es ocupado en vivir, y tú lo estabas, uno casi nunca piensa en la muerte. Quizás eso ocurra para el momento en el que ya todo está concluido y a uno no le quedan proyectos de vida ni libros que leer ni novelas que escribir ni caminos por recorrer ni nada que abrigar o sentir. No contabas con ello, no aún. Ni nosotros tus lectores, no tan pronto para que la Parca viniese disfrazada y te arrastrase con ella al lugar en donde ya nada puedes ver ni oír, ni tan siquiera concebir ni sentir. Ahora, a este otro lado, el mundo es tan de los vivos, y tan nada ya de los muertos que, a veces, es dificultoso comprender algunas cosas. Pero es el tiempo la llave que conecta a unos y a otros para estar unidos, y a este respecto, a los lectores nos toca acudir a la realidad de nuestros muertos para estar y entender la de los vivos. Por eso tu Literatura es eterna y fértil y a ella acudiremos como el sediento que encuentra en el agua su respuesta. Es curioso, pero parafraseándote, todo lo que a uno se le cuenta se le queda incorporado y pasa a formar parte de su conciencia, incluso si no lo cree o le consta que jamás haya sucedido y que sólo es invención, como las novelas o las películas, como la remota historia que siempre nos contaste de tu coronel Chabert escrita por Balzac y sobre la conveniencia de si los muertos deberían o no regresar algún día. Un personaje puede desaparecer durante un tiempo y dársele por muerto para luego regresar, pero su creador, el escritor, no necesita regresar de ningún lugar, porque nunca se fue y lo encontramos nada más abrir sus novelas. En cierta forma, creo, vive entre sus personajes.

"Así es que, querido rey de Redonda, nunca te daré de baja. Siempre estarás ahí, con nosotros"

Muy a mi pesar, esta será la última carta que te envíe. Como puedes imaginar, difiere un poco de la que estaba preparando. Aunque aprovecharé para contarte que esta primavera conocí a una pareja entrañable, los dos profesores, los cuales te recordaron cuando eras más joven y por entonces ya eran amigos de tus padres, Lolita Franco y Julián Marías. Fue en la Feria del Libro del municipio donde vivo; adquirieron, para mi sorpresa, un poemario que yo había publicado, y charlando sobre Literatura y autores salió a colación que me gustaba mucho leer a Javier Marías. Al pronto, me contaron alguna anécdota de cuando, en ocasiones, salían con tus padres y otros amigos por la ciudad de Toledo para contarles don Julián historias sobre la ciudad, y cómo se acordaban de ti, siendo tú un jovencito, en algunos de esos acompañamientos. Tu madre había sido profesora de Maby, la mujer de este matrimonio. Con gusto, habrá seguro más conversaciones. En realidad, es como si todo lo que uno necesitase saber estuviese ahí a la vista, todo es visible desde muy pronto en las relaciones como en los relatos honrados, basta con atreverse a mirarlo, un solo instante encierra el germen de muchos años venideros y casi de nuestra historia entera.

Querido Javier, ya no tendré más conversaciones contigo ni podré escribirte ni tú me responderás generoso, pero tal y como dijiste un día: «Los muertos, a falta de un lugar más confortable, se quedan en la cabeza de los seres queridos». Así es que, querido rey de Redonda, nunca te daré de baja. Siempre estarás ahí, con nosotros. Larga vida.

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