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Carta a Mortadelo y Filemón

Carta a Mortadelo y Filemón

Queridos y leídos Mortadelo y Filemón:

Debo reconocer, antes de nada, que no fuisteis los personajes favoritos de mi infancia, aunque sí que he disfrutado de vuestras aventuras. Dicho esto también debo decir que reconozco el gran mérito vuestro y de vuestro padre, Francisco Ibáñez, colocándoos en un puesto de honor entre los grandes personajes del cómic español. Yo sé que sois muy importantes para mucha gente, y también para mí, porque formáis parte, y parte significativa, de mi infancia. Tengo varios Super Humor vuestros y bastantes cómics, y para escribir esta carta he echado mano de todo este material, para refrescarlo y poder dirigirme a vosotros con conocimiento de causa, o al menos con recuerdos frescos, renovados.

Es un placer volver a vuestras aventuras, al dibujo desenfadado y magistral de Ibáñez, a vuestras historietas con mucho más fondo de lo que parece. A la felicidad, en suma.

Como me ocurre cuando leo a Tintín y busco al niño que fui leyéndoos. Pero no sólo me busco a mí busco a mi infancia. Y la encuentro. Cuando leo vuestros tebeos voy de reconocimiento en reconocimiento, y también de descubrimiento en descubrimiento.

He buscado en mi casa tebeos vuestros y he encontrado bastantes, quizá muchos. También me he regalado recientemente historietas vuestras aparecidas en Ediciones B, que sucedieron en su publicación a la mítica Editorial Bruguera. Hace poco vi en Internet que actualmente son publicadas por Penguin Random House, continuando la fiesta de tantos lectores.

Creo que me gustáis más que cuando os leía de niño. Quizás os comprendo mucho mejor y me dejo seducir con más docilidad por vuestro humor, por esos chistes continuos que salen del arte de Ibáñez, el dibujo rápido y hábil, los personajes que parecen fáciles pero que son inolvidables.

Creo también, y esto es una certeza nueva en mí, que pasaréis a la Historia, a la Historia del cómic español desde luego, pero también a la Historia en general, a la Historia de la Literatura, principalmente por la importancia que tuvisteis en vuestra época, mi época, y lo que nos divertisteis a los niños de antaño, y no tan antaño. Lo felices que nos hicisteis, y lo digo yo que leía más a Tintín y Astérix, o a SuperLópez, pero también a vosotros. No en vano erais diferentes, erais otra historia.

En cualquier caso pasaréis a la historia íntima y sentimental de miles y miles de lectores que gozaron de vuestros libros, y no sólo cuando eran pequeños, sino a muchas edades, como he hecho yo estos días ya cumplidos cincuenta años. Vuestras páginas están impresas en papel perenne.

Por otro lado la vida está llena de momentos duros, de etapas en las que parece que va a tardar en brillar el sol, incluso en las que se nos olvida que algún día volverá a brillar. Para esos momentos, largos, más frecuentes de lo que nos gustaría, a veces interminables, los libros son esenciales e insustituibles. Yo diría que también las buenas películas.

Vuestras historias, Mortadelo y Filemón, llenan de alegría las penas, tornan la dureza en placer, son sencillamente maravillas, modestas obras de arte. Vuestras páginas, con ese derroche de talento y gracia que derrochaba Francisco Ibáñez en cada página, son un regalo de felicidad incluso cuando la felicidad parece venderse cara, muy cara. Siempre he pensado que un libro era algo baratísimo en comparación con todo lo que ofrecía. Un tesoro al alcance de todos los bolsillos, porque hay libros al alcance de todas las economías. Casi todos los libros que compro actualmente son de segunda mano. Y los últimos que compré de vuestras aventuras así lo fueron.

Siempre habrá un libro para  poner felicidad y entretenimiento cuando más falta. Y especialmente un cómic en ciertas circunstancias de la vida, en ciertos momentos, en ciertas etapas. Libros que entran por los ojos pero que llegan hasta el alma, y que su recuerdo alcanza, a menudo, toda la vida.

A mí me habéis acompañado en momentos oscuros y en momentos luminosos, queridos Mortadelo y Filemón. Ahora comprendo que crear felicidad y alegría ha sido la principal misión de la T.I.A. a lo largo de todo este tiempo, vuestra principal misión. En mi caso, amigos, misión cumplida. Y un recuerdo también para El Súper, el profesor Bacterio, la secretaria Ofelia, etc. Un recuerdo y homenaje, con mi agradecimiento, a vuestro esforzado padre Francisco Ibáñez, un padre que sin duda estará orgulloso de vosotros. Mi sonrisa, mi cariño, van con estas letras.

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