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Cartas a Mateo (IV)

No encontró respuesta, las respuestas no llegan siempre cuando uno las necesita, muchas veces ocurre que quedarse esperando es la única respuesta posible.

(José Saramago, Ensayo sobre la ceguera)

Querido Mateo,

Te escribo pocos días después del fallecimiento de Felipe de Edimburgo, soberano consorte, que debería haber cumplido años en junio, el mismo día que tu padre: una sonora centena que, en su caso, va a quedar incompleta y unas alegres 22 primaveras que, en el mío, vendrán a amontonarse lo mejor que puedan sobre las 22 precedentes. Escuché la noticia en la radio (peligro de anacronismo…) y, por unos instantes, contemplando la alargada sombra de los muchos años de este caballero, me detuve a considerar cuántos más llegaré yo a cumplir. No se trató de una amarga introspección pensando en la levedad de todo, sino de una consideración muy práctica que me vino a la mente de forma inesperada, casi con su punto cómico: acabo de comprarme un par de ejemplares esta semana, hay otra media docena sin leer adquiridos recientemente… ¿Viviré lo suficiente para leer, por ejemplo, los libros que ya tengo en casa?

"Así pues, la pregunta casi sin respuesta es: ¿por qué escribe tu padre?"

Fíjate, Mateo: contando únicamente con las recién adquiridas maravillas de la Bibioteca Gredos, 150 joyas para ser precisos (recordarás que te hablaba de esto no hace mucho…) y suponiendo que, si optimismo y ciencia se alinean, pueda durar otros tantos años como los que ahora cuento, ¿hasta qué página podré avanzar antes de que mi propio libro se cierre definitivamente?

Para simplificar, vamos a dar por hecho que me conservo sano y lúcido, digamos, durante 40 de los 44 años que me estoy concediendo. Esto supone que cada año debería leer, en números enteros, unos 4 ejemplares de la colección, es decir, 1 libro cada 3 meses. Objetivo más que razonable, sin duda, pero el hecho es que llevo con el primero de la serie al menos desde febrero, hijo mío, y todavía me quedan algunos días por delante, al ritmo pausado que llevo: lanzándome a las páginas tras las huellas que Aquiles y Héctor van dejando en la Historia, junto a la bien edificada muralla de Ilio, una vez finalizadas las labores cotidianas: trabajo, lo que demande la casa y, sobre todo, tratar de atenderte lo mejor posible a ti en los ratos que pasamos juntos. Además, al ir dedicando el tiempo libre que se pueda encontrar a la lectura, quedaría muy poco o casi nada de espacio para la escritura, lo que nos lleva al conflicto que, al menos en el caso de tu padre, se presenta de forma repetida, casi machacona: el pensar que debería estar leyendo cuando escribo, o escribiendo en lugar de leer.

En realidad, si uno lo analiza desde un punto de vista lógico, no puede dejar de reconocer que, sin un talento natural sobresaliente, sin una vida repleta de hazañas propias o ajenas, sin una voz que te susurre por las noches al oído las líneas que aspiras a escribir al día siguiente, en realidad todo lo que pueda contar ha sido escrito ya en infinidad de ocasiones, al menos desde Homero hasta nuestros días. Y, muy probablemente, mejor. Esto es un hecho que admite poca discusión. Así pues, la pregunta casi sin respuesta es: ¿por qué escribe tu padre? ¿Por qué no dedicarse simplemente a disfrutar de todo lo que ya ha sido contado de manera mucho más rica y brillante de lo que yo pueda lograr?

"Se trata de una pulsión a la que resulta complicado resistirse, al menos todo el tiempo: la necesidad de dar salida a pensamientos, incluso a sentimientos, que no eres capaz, por algún motivo, de expresar de otro modo"

Creo que, por una parte, se trata de una pulsión a la que resulta complicado resistirse, al menos todo el tiempo. La necesidad de dar salida a pensamientos, incluso a sentimientos, que no eres capaz, por algún motivo, de expresar de otro modo. También para tratar de preservar, por el tiempo que puedas, para los lectores que puedas, algo vivido, escenas que has presenciado y que han dejado una impresión en ti. Momentos que consideras especiales, por hermosos, por tristes, por alguna singularidad que encuentras irresistible y que te hace desear compartirlos con los demás.

Como estamos en confianza, te voy a contar algo que ni siquiera le he confesado aún a tu madre. Hace unas semanas le envié mi novela a un escritor que admiro mucho: un señor ya mayor, con muchos títulos de prestigio publicados y un estilo que me encanta. Decidí remitir un ejemplar a las oficinas de su editorial, poniendo su nombre en el sobre por todo aviso previo. En la breve carta que añadí, le decía que no escribía para vender libros, sino con el sueño de lograr el efecto que he visto tantas veces cuando, sobre un escenario, el músico hace sonar las tres o cuatro primeras notas de uno de sus éxitos, y todos los asistentes comienzan a aplaudir. Una firma, una voz, un sonido reconocible. Ojalá cuando leas esto puedas escuchar, por ejemplo, tan sólo las cuatro primeras notas de “Romeo y Julieta” en la guitarra de Mark Knopfler, y lo entenderás al instante. Ya sé que esto es contradictorio con lo que decía anteriormente, que todo ha sido ya escrito, y mejor de lo que yo pueda hacerlo. Pero eso es un hecho y lo mío, como le escribía a este autor, apenas un sueño. El caso es que pasado un tiempo recibí respuesta, hecho revelador de una gran amabilidad, que su carta confirmaba: me decía que “había hojeado el libro, y leído algunas páginas, lo suficiente para advertir, porque salta a la vista, la calidad y el ritmo de la prosa, la agudeza de la mirada, la impresión de que tu escritura va muy en serio”. Fue una alegría fácil de entender y difícil de describir.

"Te decía antes que lo importante es la voluntad de preservar momentos"

Pero más allá del pequeño orgullo personal o las gotas de vanidad que cada cual se permita, te decía antes que lo importante es la voluntad de preservar momentos. Esto también lo describe ya otro autor (J.M. Coetzee), al final de su obra Siete cuentos morales, donde la escritora Elizabeth Costello le explicaba a su hijo un reportaje que había visto en la televisión, de madrugada: unos pollitos (hembras) se seleccionaban, y otros (machos) avanzaban sobre una cinta transportadora para ser convertidos en harina: «Me aferro a una última creencia: que ese pollito que se me apareció anoche en la pantalla, apareció allí por alguna razón. (…). Escribo para ellos. Tuvieron una vida tan breve, tan fácil de olvidar. Dejando a Dios de lado, soy el único ser del universo que los recuerda. Y cuando yo ya no esté, solo habrá vacío. (…) Por eso escribo sobre ellos y quería que leyeras lo que he escrito. Quería transmitirte la memoria de esos seres. Nada más«.

Él responde a mis propias preguntas mucho mejor que yo, Mateo: imagino que por eso le han dado ya un premio Nobel.

Muchos besos

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