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Cartas a Mateo XIII: Diario de las cosas pequeñas

Cartas a Mateo XIII: Diario de las cosas pequeñas

El incesante olvido engullirá todo, a no ser que le opongamos el esfuerzo abnegado de registrar lo que fue. Las generaciones futuras tienen derecho a reclamarnos el relato del pasado.

(Irene Vallejo, El infinito en un junco)

Querido Mateo,

No recuerdo si te habré mencionado en alguna de mis reflexiones anteriores el hecho de que, además de estas cartas, vengo llevando para ti un diario, o más bien algo que se asemeja a un diario (dado que soy yo quien lo escribe), donde hablo sobre tus cosas, sobre los acontecimientos cotidianos de los que eres protagonista, esos momentos que conforman la modesta literatura de cada día a la que me refería en una carta reciente. Pensarás, no sin razón, que dedico mucha energía a la conservación de nuestros pequeños recuerdos, y eso que aún no te he contado que el diario en cuestión arranca en marzo de 2019, casi un año antes de tu nacimiento. Cada uno tiene sus obsesiones, imagino; tal vez éstas nacen con nosotros, o se nos acercan durante el camino para no alejarse ya más. Y además, como dice la cita que encabeza esta carta, considero que tienes derecho a recibir este relato sobre tu propio pasado, en especial por si en algo te pudiese resultar de utilidad.

"El caso es que empecé a escribir acerca de tu propia historia sin saber cuándo habrías de iniciarla, mucho menos leer sobre ella"

El caso es que empecé a escribir acerca de tu propia historia sin saber cuándo habrías de iniciarla, mucho menos leer sobre ella, basándome en la mera confianza (qué palabra tan rara en estos tiempos, Mateo, espero que a ti te suene mejor) de que muy pronto estarías con nosotros, matizada por la ligera incerteza sobre cuándo podríamos ver por primera vez tu cara, tus ojos, tu sonrisa. Todavía sin nombre, todavía sin fecha de nacimiento, se me ocurrió que sería una buena idea ir guardando memoria escrita de todo lo que desde aquel momento fuese a suceder en el hogar que pronto sería el tuyo, en las vidas de las personas que se iban a convertir en tus padres, y en el mundo que te vamos a dejar como herencia.

Te puedes imaginar, conociendo el tono de las cartas que ya has recibido, y el afán conservacionista que acabo de admitir, la emoción que tu padre sentía al escribir entradas donde dejaba constancia de diversos hitos de nuestra pequeña gran historia. Ahora que se acerca el final del 2022 me ha venido a la memoria un momento del que guardo especial buen recuerdo (una ecografía en tres dimensiones), que tuvo lugar hace ahora más o menos tres años, hacia el final de aquel 2019 que iba a ser, sin que nadie lo supiese aún, el último año medianamente normal en bastante tiempo, Mateo.

"Cuando la doctora apagó la luz y comenzó la exploración, la imagen del ecógrafo apareció en la pantalla"

La clínica estaba bastante cerca de casa, para los parámetros de una ciudad enorme como Madrid. Desde la pequeña recepción se accedía a un cuarto algo más amplio, con un sofá y una camilla situados frente a una gran pantalla de televisión, pero en un entorno cómodo: lo recuerdo como acogedor, a pesar del equipo de ecografía y a ciertos elementos más propios de los hospitales que del salón de una casa. Cuando la doctora apagó la luz y comenzó la exploración, la imagen del ecógrafo apareció en la pantalla, a la manera de un cine privado para tus asombrados padres que iban observando, en directo, lo que hasta ahora sólo habían podido imaginar: la cabeza orientada hacia la derecha de tu madre, contigo recostado de espaldas más o menos sobre la zona del diafragma, y con las piernas bajando por al lado izquierdo.

Estabas aparentemente muy tranquilo, abriendo la boca de vez en cuando como si bostezases, y con las manos que tendían a colocarse delante de tu cara, lo que dificultaba llegar a ver bien tu expresión. De hecho, tras algunos intentos de capturar imágenes nítidas de la cara cuando apartabas las manos, la doctora intentó que te movieses algo más, incomodándote (a través del abdomen de tu madre) con la sonda del ecógrafo, sin mucho éxito. En esos minutos de exploración, tan hermosos, pudimos llegar a ver tu cara, muy redondeada, tu nariz achatada y unos labios perfectamente definidos, elementos que han variado muy poco en relación a tu aspecto actual, con casi tres años de vida. Resultaba emocionante observar tus movimientos, o la expresión de tu cara, mientras te hablábamos: Mateo, estamos aquí, cariño. Somos tus padres. Fueron unos instantes maravillosos, literalmente irrepetibles.

" Parecías entonces, y la impresión se mantiene al ver ahora las mismas imágenes, mucho más grande que el bebé que habría de llegar a casa poco después"

Al finalizar la exploración nos entregaron un par de imágenes impresas, que están guardadas en el álbum donde venimos conservando todo lo relativo al embarazo, tu nacimiento y tus primeros momentos, junto con una carpeta en formato digital con más fotografías, unos vídeos breves de la exploración y el impresionante sonido de tu corazón latiendo. Mientras te escribo esta carta hago pequeñas pausas para disfrutar, una vez más, de las imágenes de aquel día, el breve vídeo donde se aprecia muy bien cómo estabas colocado, las manitas que colocabas frente a tu cara, hasta los ocasionales bostezos. Parecías entonces, y la impresión se mantiene al ver ahora las mismas imágenes, mucho más grande que el bebé que habría de llegar a casa poco después, con algo menos de dos kilos de peso, saltándote con mucho acierto algunas semanas de embarazo para poder evitar el hospital en pleno estallido de la pandemia.

Y en un suspiro, Mateo, como en una película donde juegan con los fotogramas para que avancen a toda velocidad, hemos aterrizado, casi sin darnos cuenta, en unos meses donde arrancará la tarea de elegir colegio. Ese primer día de escuela, tan cercano ya en el tiempo como insólito me parecería hace pocos meses, será otro recuerdo imborrable para tus padres y una entrada más en el diario, donde han sucedido tantas primeras cosas (un paso, un diente, tu primera canasta) que me alegro de haber ido tomando nota de todas ellas, para que el paso del tiempo no acabe por difuminar esos buenos momentos y la alegría de haberlos disfrutado junto a ti. La sensación de felicidad que, como te contaba hace meses, no creo que nadie pueda conocer en otra circunstancia, y que uno mismo, antes, ni siquiera se había imaginado que existiese.

Muchos besos, hijo.

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