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Carvalho y familia

Cuando saltó la noticia, estalló la polémica. La editorial Planeta y la agencia literaria de Carmen Balcells anunciaron que el escritor Carlos Zanón (Barcelona, 1966) publicará pronto una novela protagonizada por Pepe Carvalho, el detective creado por Manuel Vázquez Montalbán (Barcelona, 1939-Bangkok, 2003) cuyas andanzas casi alcanzan la treintena de títulos entre novelas y volúmenes de relatos. La repercusión del anuncio fue grande por razones evidentes: puede decirse que Vázquez Montalbán se convirtió, gracias a Carvalho, en uno de los padres de la nueva novela negra española, cuyas tramas comenzaron a explorar los conflictos políticos y sociales del decadente franquismo y la flamante democracia. Su carismático detective, con despacho en las Ramblas, se acabaría convirtiendo en uno de los mejores termómetros a la hora de tomar el pulso a la actualidad española. Durante tres décadas, Pepe Carvalho estuvo metido en todos los fangales que definían la idiosincrasia de la piel de toro —de las crisis ideológicas en el seno del PCE a la supuesta fuga de Luis Roldán, incluyendo inevitablemente la Barcelona preolímpica, olímpica y posolímpica y pasando por los escándalos de corrupción en el PSOE o la embriaguez neoliberal del primer aznarato—, y su mirada lúcida e implacable traslucía la de su creador, tan clarividente a la hora de observar la actualidad que desde su muerte somos muchos los que hemos venido echándola de menos. Por mucho que Carlos Zanón sea todo un referente del policíaco español en nuestros días, era lógico que el asunto levantara ampollas. Pepe Carvalho ha calado tan hondo en varias generaciones de lectores que muchos han visto en esta maniobra editorial una especie de traición, tanto a ellos como a la memoria del padre de la criatura.

FG Ledesma

Francisco Gónzalez Ledesma

Se abrió entonces un debate en torno a la potestad de los herederos de los escritores fallecidos para utilizar sus obras del modo que mejor crean, sin límites ni cortapisas. Y se explicó que esta estrategia de resucitar personajes cuyos creadores ya no están en este mundo para hacerles protagonizar nuevas aventuras es algo bastante común en otras literaturas. Basta recordar a John Banville, que camuflado tras su alter ego Benjamin Black continuó las andanzas de Philip Marlowe en la novela La rubia de ojos negros, o fijarse en las recreaciones libres, y en muchos casos libérrimas, que a lo largo del tiempo se han hecho de las obras de Agatha Christie o Arthur Conan Doyle y de sus personajes más emblemáticos. Ocurre que, en España, el arraigo de un género negro que trascendiera las populares novelitas de quiosco es cosa relativamente reciente. Fue la década de 1970 la que vio nacer a una nueva generación de escritores que se servían de los códigos de la literatura policiaca para expresar su disconformidad con la realidad del momento. No pretende este artículo establecer un censo minucioso, pero es evidente que el recuento debe comenzar por Francisco González Ledesma (Barcelona, 1927-2015), que creó al comisario Méndez para ponerle de personaje secundario en Expediente Barcelona antes de convertirle en protagonista absoluto de títulos tan venerados como Las calles de nuestros padres, Crónica sentimental en rojo o Historia de Dios en una esquina. Como Carvalho, Méndez convertía sus exploraciones profesionales en análisis pormenorizados de un tiempo y un lugar, los mismos en los que vivían sus autores, y también en indagaciones por los recovecos de una geografía sentimental que terminaba configurando un espacio reconocible por todos. Uno y otro supieron hacer de Barcelona una verdadera meca para los lectores de novela negra, algo a lo que también contribuyó en gran medida Andreu Martín (Barcelona, 1949). Éste, tras curtirse en el mundo de la historieta y consagrarse en el noir con Prótesis, se inventó con Jaume Ribera (Sabadell, 1953) al detective Flanagan para enhebrar una serie de novelas juveniles que arrancó en 1987 con No pidas sardina fuera de temporada y ha dado hasta la fecha una docena de títulos. La nómina de «padres fundadores» del género negro español puede cerrarse con Juan Madrid (Málaga, 1947), que, además de sacarse de la manga la serie de novelas estructuradas en torno a la Brigada central —con serie de televisión incluida—, se inventó ya en la década de 1980 al investigador Toni Romano, protagonista de títulos como Un beso de amigo, Cuentas pendientes, Adiós, princesa o Bares nocturnos.

Gallo

Alejandro M.Gallo

Aun así, no es el de los investigadores seriales españoles un fenómeno tan reciente. Hay un antecedente directo en el Plinio de Francisco García Pavón (Tomelloso, 1919-Madrid, 1989), que protagonizó un buen número de novelas y relatos cortos y cuyas aventuras fueron incluso llevadas a la televisión. Me temo que no se conoce demasiado a García Pavón en nuestros días —el periodista Juan Carlos Laviana comentaba hace bien poco en Twitter que convenía mencionar de vez en cuando sus libros para evitar que caigan en el olvido—, pese a que, a su modo, fue un verdadero precursor del género. Pese a escribir en pleno franquismo, y pese a ser él mismo una persona integrada en el régimen, los textos protagonizados por su personaje fetiche, jefe de la Policía Municipal de Tomelloso, incluyen alguna que otra pulla camuflada entre líneas y exhiben una rara anticipación de las líneas básicas del noir español mucho antes de que aquí empezara a hablarse de tal cosa. De toda la serie, acaso el título más célebre sea Las hermanas coloradas, ganador del Nadal en 1969. La editorial Destino publicó hace relativamente pocos años el volumen Plinio, casos célebres, en el que, además de esa narración, se incluyen las novelas El reinado de Witiza y El rapto de las Sabinas, junto al libro de relatos El último sábado.

"Los sabuesos masculinos siguen siendo legión y se propagan por las cuatro esquinas de la península."

Con el paso de los años se ha incrementado la nómina de herederos de Plinio, Carvalho, Méndez, Flanagan, Romano y compañía. Es decir, de detectives e investigadores que intentan arrojar luz sobre las sombras del tiempo en el que viven, que es el mismo en el que se mueven sus autores. Y, como muestra de que los tiempos van cambiando, cabe destacar que algunos de esos personajes tienen sexo femenino, cosa que hubiera sido insólita en el momento en que el policíaco español asomó la cabeza. El ejemplo más paradigmático es el de Alicia Giménez Bartlett (Almansa, 1951), pionera en aplicarle al policíaco español una mirada feminista, quien se inventó a la inspectora Petra Delicado y la convirtió en el eje de una decena de novelas, entre ellas Ritos de muerte, Mensajeros de la oscuridad, Un barco cargado de arroz o El silencio de los claustros. Carlos Quílez (Barcelona, 1966) creó a Patricia Bucana, protagonista de La soledad de Patricia y Cerdos y gallinas, y José María Guelbenzu (Madrid, 1944) es el padre de la jueza Mariana de Marco, dueña de una saga que cuenta hasta el momento con siete títulos, entre ellos No acosen al asesino, Un asesinato piadoso o Nunca ayudes a una extraña. La nómina de investigadoras femeninas podría cerrarla la comisaria María Ruiz, personaje engendrado por Berna González Harbour (Santander, 1965) y protagonista de las novelas Verano en rojo, Margen de error y Los ciervos llegan sin avisar.

Barlett

Alicia Giménez Barlett

"Pepe Carvalho cuenta con descendientes que se encuentran en plena forma para tomar el testigo."

No obstante, los sabuesos masculinos siguen siendo legión y se propagan por las cuatro esquinas de la península. Desde el sur, Francisco José Jurado (Córdoba, 1967) se inventó a un peculiar inspector de Homicidios cuyas andanzas han ocupado por el momento dos novelas, Benegas y Sin epitafio. Y en el norte está Alejandro M. Gallo (Astorga, 1962), uno de los autores más prolíficos del género negro actual, que tiene no uno, sino dos personajes talismán. El primero, el inspector Ramalho da Costa, se ha especializado en hurgar en el pasado desde el presente, cosa que ha hecho en títulos como Una mina llamada Infierno o La última fosa. El segundo, el comisario Gorgonio, comenzó protagonizando relatos más emparentados con la llamada novela enigma, pero recientemente ha obtenido su primer papel protagonista en una narración larga, La muerte abrió la leyenda, que le ha permitido ir exhibiendo su verdadero carisma y sus dobleces. Y cómo no mencionar a Lorenzo Silva (Madrid, 1966) y a sus guardias civiles Bevilacqua y Chamorro, que se dieron a conocer en El lejano país de los estanques y cuya última entrega ha sido Donde los escorpiones.

Leandro Pérez. Foto de Jeosm

Leandro Pérez

El último en incorporarse a la lista ha sido Juan Torca, personaje salido de la pluma de Leandro Pérez (Burgos, 1972) y cuya segunda aventura, La sirena de Gibraltar, acaba de llegar a las librerías tras el éxito obtenido con su debut, Las cuatro torres. Se trata de un personaje potente, dotado de un fondo de armario tan rico como complejo y cuyos claroscuros permiten intuir un desarrollo futuro que se antoja fascinante. Su autor ha prometido que Torca protagonizará, al menos, otras cinco novelas. Es el último gran ejemplo de que, salga bien o mal el intento de resucitar al viejo Pepe Carvalho, éste cuenta con descendientes que se encuentran en plena forma para tomar el testigo.

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