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Todo menos coñazo

«En esta vida se puede ser todo menos coñazo». Probablemente sea la frase más célebre que pronunció en vida Michi Panero (Madrid, 1951-Astorga, 2004) y es, desde luego, la que con más recurrencia se cita a la hora de abordar una descripción del personaje. El benjamín de la que fue estirpe de poetas y malditos acuñó la máxima en Después de tantos años (Ricardo Franco, 1994), la película que continuó la narración iniciada por Jaime Chávarri en El desencanto (1976) para dar consistencia metafórica y hechura narrativa a la peripecia íntima de la familia, y hay quien piensa que toda su biografía constituyó una desquiciada carrera por situarse a la altura de sus propias palabras. Estudiante de varias carreras universitarias que nunca llegó a concluir, amigo o compañero de viaje de unos cuantos nombres insignes —por no decir la gran mayoría— de la intelectualidad española de los tiempos de la Transición, protagonista esporádico de la prensa rosa, empresario hostelero de cierto éxito y columnista en medios como El Independiente, El País, La Clave o Diario 16, su vida se deshizo en un continuo ir y venir que concluyó trágicamente cuando a finales de 2002 los médicos le desahuciaron y él comprendió que la única redención pasaba por buscar un final digno. Se instaló en Astorga —la Astorga de sus veranos infantiles, la misma que les expulsó a él y a sus hermanos al entender que mancillaban en El desencanto la memoria del patriarca e hijo predilecto de la pequeña capital maragata— y allí, en una buhardilla de la calle de Marcelo Macías, aguardó la muerte con entereza estoica. Exhaló su último suspiro el 16 de marzo de 2004, con la apostura del héroe trágico que, cumplido su objetivo sobre la tierra, sólo puede resignarse a su extinción.

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A Michi Panero se le ha definido muchas veces como «escritor sin libros», bien por la existencia cierta de varios textos que nunca llegaron a verse compilados en un volumen o bien porque tácitamente se asumía que él había sido el verdadero urdidor del relato cinematográfico que convirtió la intrahistoria de su familia en una tragedia griega a la española. Esa expresión, la del escritor sin libros, ya no será verdad a partir de ahora. Acaba de ver la luz un artefacto que se puede entender como un libro doble, o como dos libros en uno, y que bajo el título de Funerales vikingos/El desconcierto (Bartleby Editores) no sólo reúne algunas de las muestras narrativas y periodísticas del menor de los Panero, sino que lleva a cabo un acercamiento a su figura promovido por Javier Mendoza, que fue su hijastro —su madre era Sisita García-Durán, segunda esposa de Michi— y también uno de sus acompañantes más leales en esa etapa de su vida en la que ya se iban oscureciendo los oropeles de la fama.

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"Sabemos que Vicente Aleixandre leyó con simpatía los cuentos que ahora aparecen en Funerales vikingos, y Molina Foix llegó a darle a Michi algún consejo que, fiel a su paradigma y su leyenda, él nunca siguió."

Mendoza es, de hecho, el responsable de que esta compilación vea la luz. Él mismo señala, en el pórtico que abre el volumen, cómo el material reunido procede de «unas carpetas que me regaló Michi Panero a finales de los años 90 en un gesto desesperado, como si le pesaran demasiado y sintiera la necesidad urgente de traspasarlas». Hay que decir que no todo el material que compone Funerales vikingos es rigurosamente inédito, porque algunos de los textos ya habían visto la luz en un número especial que la revista Leer dedicó al menor de los Panero en el verano de 2004, sólo unos pocos meses después de su fallecimiento, y otros, como el texto «Michi» que situó en el frontispicio a la edición del guión de El desencanto (Elías Querejeta Ediciones, 1977), se conocieron en su momento a través de diversas publicaciones. Se apunta esto como simple dato y no en menoscabo de una edición que aúna muchas virtudes. La primera, reunir los relatos que conforman hasta el momento la obra narrativa completa de Michi Panero. Se trata de nueve narraciones («Misterio en el hundimiento de los transatlánticos», «La tumba de Adolfo Hitler», «El asombroso mundo de los aventureros», «Gamar», «La tumba de Virgilio», «Las cenizas del cuáquero», «Pequeña Lulú», «Satán nunca duerme» y «También Dios mandaba en Normandía») de factura desigual e influencias dispersas que permiten entrever el surgimiento de una voz que habría podido ser poderosa si no hubiese descreído, tal vez demasiado pronto, de su vocación literaria. «¡Que vayan ellos!», solía decir siempre que le mentaban sus posibilidades de abrirse paso como escritor, en referencia a sus hermanos Juan Luis y Leopoldo María, reputados poetas ambos, y los peajes que les exigía su inclusión en los cenáculos insignes de la literatura del momento. En verdad, él lo intentó. Sabemos que Vicente Aleixandre leyó con simpatía los cuentos que ahora aparecen en Funerales vikingos, y Molina Foix llegó a darle a Michi algún consejo que, fiel a su paradigma y su leyenda, él nunca siguió.

Es interesante comparar las intenciones y la carpintería que se adivina detrás de estos relatos con la naturaleza de los textos que cierran este tramo del libro, aquéllos que fueron escritos por Michi Panero en la última parte de su vida, cuando se sabía agonizante en una ciudad que sumaba a su condición de cárcel la de paraíso perdido de la infancia. Se trata de cuatro escritos de carácter confesional que demuestran que nunca dejó de poner a prueba su prosa, aun en las circunstancias más difíciles, y que más allá del desahogo o del propósito de enmienda existía una clara voluntad de estilo, como prueba el hecho de que al menos dos de los textos —los titulados «Bofetada» y «Tierra baldía (y sin Eliot)»— se refundieran en algún momento en otro que se bautizó como «Tierra baldía (Buscando a Eliot)» y que quien esto firma tuvo en sus manos, en una versión mecanoscrita realizada a partir de un documento pergeñado de su puño y letra por el propio Michi. Hay en todo este tramo del libro un aire doliente, pesaroso, resignado, que permite al lector asomarse a los abismos interiores de quien procuró aparentar, bajo los focos de la exposición pública, una actitud cínica y descreída ante la vida. Por eso cobra una relevancia especial, dentro del conjunto, la carta que tuvo como destinataria a la artista navarra Elba Martínez —quien vivió unos días en aquella buhardilla de Marcelo Macías y fue amiga y confidente de un Michi que encaraba la última vuelta del camino— y cuyos párrafos se intuyen escritos con desgarro y sincera voluntad de contrición. El benjamín de los Panero firmó ese texto apenas un par de días antes de su muerte, y en su discurrir errático y su sintaxis desordenada late la intuición de que acaso pergeñó en los que fueron sus últimos tiempos —seguramente sin tener conciencia de ello y, desde luego, sin que nadie lo advirtiese— la parte más memorable de su exigua obra.

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"Hay que felicitarse, pues, por la publicación de Funerales vikingos/El desconcierto, porque Michi Panero fue todo menos coñazo y se merecía esta justicia poética."

Por razones similares resulta de gran interés el apartado titulado El desconcierto, un largo texto autobiográfico en el que Javier Mendoza cuenta su vida junto a Michi Panero, desde el momento en el que ambos se conocieron, el 19 de junio de 1988, hasta la última vez que hablaron por teléfono, poco después del 11 de marzo de 2004 y apenas unos días antes del triste fin de raza astorgano. Si bien la narración no escatima detalles a la hora de referirse al extravagante carácter de Michi y las actitudes que le granjearon buena parte de su fama —resulta especialmente elocuente el relato de la visita al festival de San Sebastián para participar en la presentación de Después de tantos años—, lo que realmente destaca en el testimonio de Mendoza es ese acercamiento casi inédito al Michi más íntimo y menos estigmatizado por su propio mito. Se trata del Michi que aconsejaba lecturas, que mimaba y se dejaba mimar por la perrita Bala, que mantenía una relación desigual con sus dos hermanos y que discutía con su hijo postizo acerca de algunas verdades esenciales de la vida en medio de la decrepitud del destartalado piso de Ibiza 35. El Michi que, desde Astorga y después de mucho tiempo sin tener noticias suyas, reunió fuerzas para telefonear al autor de este libro con el fin de despedirse. Se agradece que, a la hora de abordar un tema como el de los Panero, tan sobado por adeptos a los malditismos de diversa índole, haya quien opte por alejarse de la rumorología y los arquetipos para trazar un retrato consecuente y veraz, con sus luces y sus sombras, de alguien que tuvo en su existencia extravagancias y oropeles, pero también dolor e incertidumbres. Hay que felicitarse, pues, por la publicación de Funerales vikingos/El desconcierto, porque Michi Panero fue todo menos coñazo y se merecía esta justicia poética que, al fin, le exime de ser considerado eternamente un autor sin bibliografía. Aunque no hubiera estado mal disponer de una contextualización algo más detallada en algunos de los textos, esa carencia no disminuye el valor de los documentos que se dan a conocer en sus páginas, que no obstante resultan escasas porque éste es uno de esos volúmenes que dejan en el lector ganas de más. Hay, debe señalarse, una última cosa que resulta de gran interés para los tenaces panerianos: la propuesta de índice que Michi preparó para sus memorias nunca escritas y en la que ya al primer golpe de vista se adivina la importancia que en ellas iba a tener la muerte de su padre, el poeta Leopoldo Panero, allá por 1962, cuando él apenas contaba once años. Otra vez la niñez como fuente de riquezas y desgracias. Lo decía su hermano Leopoldo María en una de las frases más memorables de El desencanto: «En la infancia se vive; después, se sobrevive».

Título: Funerales vikingos/El desconcierto Autores: Michi Panero/Javier Mendoza Editorial: Bartleby Editores Venta: Amazon y Fnac

Foto de portada: Antonio Martínez Fuertes