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Casandra, de Florence Nightingale

Casandra, de Florence Nightingale

Este ensayo se rebela contra la vida restrictiva de las mujeres de clase alta en la Inglaterra victoriana, oprimidas por sus familias y las convenciones sociales. Nightingale denuncia la muerte en vida que se exige a las mujeres e implora por un cambio firme para escapar de esa agonía.

En Zenda reproducimos las primeras páginas de Casandra (Barlin), de Florence Nightingale.

***

I

«Una voz clama entre la multitud.
Preparad el camino hacia el Señor».

Una se encuentra a menudo vagando en soledad, en la amargura de la vida fuera. Puede que en algún momento sienta la tentación de buscar una escapatoria, con la esperanza de hallar un ambiente más agradable. Pero, quizás, si nos despedimos de este mundo antes de tiempo, haya que sufrirlo todo de nuevo: el nacimiento prematuro puede no contribuir a la creación de otro ser, que debe comenzar otra vez desde el principio.

¡Tal persona anhela volver a sumergirse en el sueño feliz e inconsciente del resto de su especie! La gente duerme abrazada, aún no ha despertado. Para esa gente, la maldad y el sufrimiento no existen, pues no es consciente del mal. Mientras, una sola persona, despierta y prematuramente lúcida, debe vagar en silencio y en soledad. Esa persona ha despertado demasiado pronto, se ha levantado demasiado pronto, ha rechazado la compañía de la especie, desvinculada de cualquier otro ser humano. Tal persona observa la maldad que las demás no ven, y, sin embargo, carece del poder para descubrir cuál es el remedio.

¿Por qué las mujeres tienen pasión, intelecto, actividad moral —las tres cosas—, y un lugar en la sociedad en el que no pueden hacer uso de ninguna de ellas? Los hombres dicen que Dios castiga por quejarse. No, lo que sucede es que los hombres están enojados con la tristeza. Están irritados con las mujeres por no ser felices. Lo toman como una ofensa personal. ¡Las mujeres solo pueden quejarse ante Dios, sin insultarle!

Y las mujeres, mientras aceptan de palabra que la obra de Dios es buena, tienen miedo de decir «no se haga su voluntad» —lo que declararía otro orden social distinto al que Él ha dispuesto—, se dedican a compadecerse entre ellas y a enseñar a sus hijas que «las mujeres no tienen pasiones». En la sociedad convencional, que los hombres han creado para las mujeres, y que las mujeres han aceptado, ellas no deben tener ninguna pasión, deben representar la farsa de la hipocresía, la mentira de que no tienen pasiones, y, por lo tanto, ¿qué otra cosa pueden decirles a sus hijas, sin desmentirse a sí mismas?

¡«Humanidad» de las mujeres, «triste, que sufre»! ¿Cuáles son esos sentimientos que se les enseña a considerar vergonzosos, a negarse a sí mismas? ¿Qué forma adoptan los pies de las mujeres chinas cuando se les niega el desarrollo adecuado? Si las jóvenes de «clases sociales altas», que nunca dan un paso en falso, cuyas reputaciones justamente ganadas nunca se vieron mancilladas ni siquiera por la mancha que deja el fruto del mero «conocimiento del bien y del mal», hablasen y dijesen en qué centran sus pensamientos, sus pensamientos, que son los únicos libres, ¿qué dirían?

Dirían que, con la compañía fantasmal de su imaginación, hablan —sin embargo, no aman; son demasiado inocentes, demasiado puras, poseen demasiado genio e imaginación para hacerlo—; hablan, en su imaginación, de aquello que más les interesa; buscan un compañero para cada uno de sus pensamientos; el compañero que no encuentran en la realidad lo buscan en su imaginación, o, si no es así, si no están absortas en interminables conversaciones, se ven a sí mismas involucradas con él en acontecimientos emocionantes, circunstancias que despiertan el interés que les falta. Sí, padres, madres, que veis a vuestra hija rechazar con orgullo cualquier apariencia de coqueteo, dedicada de manera remilgada a las tareas de la mesa del desayuno, ¡qué poco pensáis en cómo se compensa su imaginación con interminables charlas y afinidades —afinidades debidas a ideas o acontecimientos— con el compañero imaginario del momento! Y decís: «No es susceptible. Las mujeres no tienen pasiones». Madres que os mecéis en visiones sobre el hogar doméstico, ¿cuántos de vuestros hijos o vuestras hijas pensáis que están ahí, bajo vuestra complaciente mirada maternal? ¿Estuvisteis ahí vosotras mismas durante vuestra —ahora olvidada— juventud?

¿En qué piensan estas jóvenes mientras una canta a Schubert, la otra lee el Review y una tercera se dedica a bordar? ¿Acaso no se imagina una de ellas a sí misma como la enfermera de un nuevo amigo que se encuentra enfermo; y otra se figura envuelta en peligros románticos con él, que ponen a prueba su carácter y despiertan más motivos para la simpatía que los monótonos acontecimientos de la sociedad doméstica? ¿No está otra soñando que se somete a pruebas inauditas observada por alguien a quien ha elegido como compañero de sus sueños? ¿Y otra no fantasea con tener un compañero amoroso y amado en la vida que lleva, que muchas no quieren cambiar?

¿Y no es todo esto lo más natural, inevitable? ¿Acaso ellas, que se avergüenzan tanto que ni siquiera se atreven a confesárselo a sí mismas, han de ser culpadas por lo que no puede ser de otro modo, por causas que están ante nuestros ojos, si no los tuviésemos cerrados? Muchas luchan contra esto como si fuese una «trampa». ¡Ningún asceta trapense hace más vigilia o ayuna más con su cuerpo de lo que estas mujeres hacen con su alma! Ellas entienden la disciplina de la Tebaida, las permanentes agonías a las que se sometían aquellos mohicanos de fuerte moral. Con qué fuerza podrían hacer ellas lo mismo para escapar de la tortura peor que es reprimir las «vanas imaginaciones». Pero las leyes de Dios para el bienestar moral no deben obedecerse así. Ayunamos mentalmente, nos flagelamos moralmente, usamos el cilicio intelectual con el fin de someter el perpetuo soñar despierta, ¡que es tan peligroso! Decidimos «tal día o tal mes me liberaré de ello»; nos esforzamos por combatirlo dos veces al día, con oración y registro escrito de las veces en las que nos hemos dejado llevar. Nunca con el más mínimo éxito. Mortificando la vanidad no nos hacemos ningún bien. Es la falta de interés en nuestra vida lo que la produce; solo llenando esa falta de interés en nuestra vida podemos remediarlo. Pero, suponiendo que nos demos cuenta, ¿cómo podemos marcar la diferencia? ¿Cómo conseguir ese interés que la Sociedad declara que ella no quiere y que nosotras no podemos querer?

¿Qué son las novelas? ¿Cuál es el secreto del encanto de todas las historias de amor que se han escrito jamás? Lo primero en una buena novela es situar a las personas juntas en circunstancias que de forma natural apelen a los sentimientos y pensamientos elevados de los personajes, lo que proporciona alimento para la afinidad entre ellos en estos aspectos —lo que se conoce como acontecimientos románticos—. Lo segundo es que la heroína por lo general no tenga lazos familiares —casi siempre, ninguna tiene madre—, o que, si los tiene, no interfieran en su total independencia.

Estos dos aspectos constituyen el principal encanto de leer novelas. Ahora bien, en la medida en que se trate de buenos intereses, no espurios, veamos qué tenemos para corresponder a ellos en la vida real. ¿Las afinidades profundas pueden alimentarse de la ópera, las exposiciones, los chismorreos sobre la Cámara de los Comunes y la caricatura política? Si, en unión, el hombre y la mujer abordan cualquiera de los grandes asuntos de la vida social, política o religiosa, se dice —y con razón, bajo nuestras actuales descalificaciones— que están yendo «demasiado lejos». ¡Que puedan existir tales cosas!

«¿Eres tú, Señor?». Y Él respondió: «Soy yo». Que nuestros corazones estén en calma.

[…]

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Autora: Florence Nightingale. Título: Casandra. Traducción: Dora Sales Salvador. Editorial: Barlin. Venta: Todos tus libros.

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