Corre el año 1981 y la laberíntica ciudad de Reggio Calabria, en el sur de Italia, vive bajo el yugo de la mafia. Lucia Carbone, de 16 años, alberga un odio hirviente hacia quienes asesinaron y tiraron en una cuneta a su tía Rosa, amante de los libros y las flores. Pero su familia se cobija en el silencio y, si Lucia quiere vengarse, deberá tomar la justicia por su mano.
A continuación compartimos un fragmento de De las sombras me encargo yo (NED Ediciones), de Anna Mallamo.
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Malasombras
El día en que decidí que iba a raptarlo y matarlo era un sábado de marzo, el mes zumbado. Lo recuerdo muy bien: soplaba un siroco frío, tiempo de malas pulgas. Beatrice me había obligado a seguirlo de cerca por toda la avenida Garibaldi, murmurando, llenándome los oídos de suspiros y agarrándome tan fuerte del brazo que me dejó una marca.
—Volvamos ya —iba diciéndole yo.
—Solo un trecho más de acera —me suplicaba ella, sin despegarse de mí y con los ojos clavados en él, que caminaba por el centro de la calzada, lento, las manos en los bolsillos del abrigo negro.
Negro como un malasombra.
—Es feo —le decía yo, solo para cabrearla. Es fácil darle un disgusto a Beatrice.
—Es feo y guarro —le repetía muy flojito, deslizando la voz por los dientes apretados. Si quieres proteger a alguien, tienes que asustarlo.
Pero ella ni caso; enganchada a mí, me estiraba para que aflojara el paso, para que fuera más de prisa, para intentar esconderse, para significarse, para pasarme un poco de su ansia amorosa, para mantenerse a flote. Todo al mismo tiempo.
—Basta ya. —Tuve que zarandearla y pararme en seco—. Me vas a arrancar la manga.
—Ay, perdóname, perdóname.
Es fácil hacer que Beatrice se sienta culpable.
—Me he hartado, voy a la parada del bus —le dije, alisando el anorak. Era precioso, aunque estuviera gastado y demasiado rojo: el anorak preferido de tía Rosa, la tía chica, la más joven, la tía robada. Cuando lo había sacado de su armario, y eso que nadie la nombraba ya a la tía Rosa y nadie tocaba sus cosas, mamá me había mirado de mala manera, y cada vez que me lo ponía me llegaban a oleadas sus ganas de hacerlo añicos con las tijeras grandes, las que usan los sastres; más aún, con las de la diosa que corta el hilo de la vida, una de las Parcas, la que va más sobrada de las tres. En mi libro de mitología —la tía Rosa decía que ahí dentro estaba todo y tenía razón— ese capítulo lo tenía yo lleno de subrayados y dibujitos.
—Vale, lo siento —contestó Beatrice desconsolada, con las gafas resbalándole por la nariz. La miré y en ese preciso momento oí un golpe, fuerte, y tras un instante de silencio un griterío confuso y gente corriendo: él estaba tumbado justo en medio de la calle, con un agujero rojo en la frente, el rostro estupefacto, los brazos abiertos en cruz.
«Amén», estuve a punto de decir, y cabe que incluso lo dijera. Beatrice me contestó con un simple «¿Qué?», agarrándome de un brazo y dándome una sacudida. No había habido ningún disparo y no se veía a nadie tumbado en el suelo con la frente manchada de sangre: me había quedado papando moscas, abstraída en una escena que había inventado yo en uno de mis dichosos desenlaces alternativos. Cosas que pasan solo dentro de mi cabeza.
—Amén, amén —le dije—. Total, ya sabemos adónde va: pa’rriba —concluí, mientras él se esfumaba entre el gentío y el siroco.
Se lo solté mal y pronto por desdén y prepotencia. Nos tenían prohibido usar palabras groseras mezcladas con el dialecto. Nuestros padres no querían, pues según ellos así era como hablaban los pobres y los pueblerinos, y nosotros éramos jóvenes y gente de ciudad, pero nos gustaba. Era la jerga de los adultos; la espiábamos en sus labios, nos apropiábamos de ella a escondidas y la usábamos para lo mismo que los mayores: para joder al prójimo o disimular ciertas cosas, igual que ellos.
Beatrice había suspirado un «Sí». Era el día en que Rosario, el hijo menor de Rocco, de la familia Cristallo, volvía a su casa, un refugio escarpado en el Aspromonte, protegido como un bastión y oscuro como un santuario.
Ella se había enamorado porque él se pasaba la vida pa’rriba, llevaba siempre el abrigo negro y no hablaba con nadie. De su padre decían que era un malparido y tenía mando en plaza en el monte. Por eso lo odiaba yo.
Beatrice no se enamoraba nunca de una persona: solo de habladurías, gestos, prendas, palabras y talante. Aunque quizá una persona sea precisamente eso, o el amor sea eso. El odio también.
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Autor: Anna Mallamo. Título: De las sombras me encargo yo. Editorial: NED Ediciones. Venta: Todostuslibros.


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