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Chicas de ayer (II): Kate Moss condenada en efigie

Chicas de ayer (II): Kate Moss condenada en efigie

Hoy vengo a hablar de la condena en efigie a Kate Moss. Pero permítaseme antes una pequeña digresión.

Hay un tiempo en la adolescencia masculina relativamente doloroso. Es aquel en que las chicas ya te magnetizan como mujeres pero aún no se las sabe abordar como a tales. Es normal que incluso te dé vergüenza hablarlas. Es bonito, como todo en el aprendizaje de la hombría, pero también, como en todo en tan digna empresa, se pasa mal. A veces mucho. No es extraño que esas primeras decepciones que nos depara la vida tengan su origen en ese afán, tan grande que parece inaprensible, que un buen día te empuja hacia una desconocida. Y sin embargo, pese a su magnitud, aún no se sabe expresar debidamente a la que tanto te inspira, lo que te inspira y por qué.

"En muchos aspectos, para los aprendices de hombre condenados a las chicas de papel, Kate Moss fue la chica con la que soñar"

En ese momento, dulce y doloroso, las chicas de papel, las chicas de los calendarios y las revistas, las de la publicidad, las chicas en efigie, en definitiva, pueden llegar a ser todo un consuelo para el aprendiz de hombre al que cualquier técnica del galanteo se le queda tan lejana como al niño que aún es. Pete Townshend definió esta etapa como el “periodo de las pin-ups” y escribió una de las grandes canciones de The Who —»Pictures of Lily»—, y Pictures of Lily llamó el gran Keith Moon a su batería. El contorno del bombo y el de los tambores mostraban las célebres fotos de la Lily en cuestión. No era otra que Lillie Langtry, “El lirio de Jersey”, que la llamó el juez Roy Bean, uno de sus grandes admiradores.

Ya en los años 90 del pasado siglo, aquellas chicas que iluminaban con su belleza, con sus exuberantes formas —aunque yo siempre he sido más de las flacas tristes— los calendarios de las fruterías, los talleres mecánicos y las taquillas de la tropa en el cuartel, estaban tan proscritas por los sempiternos perseguidores de la belleza femenina —ahora por designio de la fe, ahora por la reivindicación de la mujer sin belleza— que, en la vida pública española, las chicas de papel prácticamente habían quedado reducidas a las páginas al efecto de la revista Interviú. Fue para mí un orgullo publicar allí relatos ilustrados con fotos de sus famosas pin-ups. Pero ni siquiera en Interviú aquellas jóvenes de cuerpos gloriosos eran lo que fueron en la transición.

"Kate, vista de lejos, como la admiró el mundo entero, con sus licencias y disipaciones, parecía una de esas chicas malas que tanto gustan y tanto bien pueden hacer al aprendiz de hombre"

El mundo de las supermodelos me interesa tan poco como el marxismo-leninismo. Pero, dada la dimensión popular que cobró en los 90 la carrera de Kate Moss, tiendo a pensar que en muchos aspectos, para los aprendices de hombre condenados a las chicas de papel, Kate Moss fue la chica con la que soñar. Descaro, belleza, amor al rock… Lo tenía todo para dejar loco a cualquier aprendiz de hombre inmerso en ese periodo de las pin-ups. Nada que ver con esas otras top models que no cesaban de publicitar la vida sana, la paz con ellas mismas y el resto de las virtudes al uso. Kate, vista de lejos, como la admiró el mundo entero, con sus licencias y disipaciones, parecía una de esas chicas malas que tanto gustan y tanto bien pueden hacer al aprendiz de hombre. De hecho, quienes entienden de estas cosas dicen que fue la antítesis de cuanto representan estas supermaniquíes, la “antimodelo”.

Daba la impresión de que seguía siendo la misma chica que era, cuando fue descubierta en el aeropuerto John Fitzgerald Kennedy de Nueva York por la dueña de una agencia de modelos, contando apenas 14 primaveras. Un año después tenía al gran mundo a sus pies. A mí se me antojaba como Ayesha, “la que debe ser obedecida” en las páginas de H. Rider Haggard. Más concretamente en aquel pasaje de El regreso de Ella (1905), en que la Diosa de Fuego, espontáneamente, sin razón aparente, se vuelve ante unos súbditos, descubre su desnudez y les ordena que rindan tributo a su belleza.

La fascinación de los aprendices de hombre ante los desnudos de Kate, que se empezaron a ver andando los años 90, debió de ser la misma que la de los súbditos de Ayesha ante la gloria del cuerpo de su diosa y reina, por otro lado una mujer despiadada como el peor de los caudillos.

"La belleza, la estética, es tan ajena a la ética como lo es el tocino a la velocidad. Querer relacionarlas es hacer política"

No sé si fue un poco antes o un poco después. Más o menos, también fue andando los años 90, cuando la política, siempre infausta y abominable, en su ansia insaciable de corromper cuanto atañe al ser humano, comenzó a cuestionar la belleza con esa teoría de que no hay estética sin ética. El teólogo y médico alemán Angelus Silesius, uno de los grandes poetas del barroco germano, un sabio, en definitiva, glosado por el mismísimo Borges, en su más famoso epigrama escribe: “La rosa es sin porqué, florece porque florece…”. En la interpretación más común de este verso, la rosa simboliza a toda la belleza.

La belleza, la estética, es tan ajena a la ética como lo es el tocino a la velocidad. Querer relacionarlas es hacer política. Naturalmente, ni que decir tiene, todas las personas, con independencia de que tengan o no tengan una cara bonita, un cuerpo glorioso, tienen idénticos derechos y son merecedoras del mismo respeto por parte de los demás. Ahora bien, hablar de “belleza real” para referirse a quien carece de belleza, por más subjetivo que sea en sí el concepto de la hermosura, es corromper la estética mediante la política. Es un contrasentido semejante a ese de llamar “la libertad de Cuba” al estalinismo cubano, que, además, suele ser pronunciado por las mismas lideresas. La guapa era Kate Moss en aquellos desnudos, y yo el feo.

"Fue la justicia del Santo Oficio la que condenó en efigie con mayor frecuencia. Supongo que eran tantos los enemigos de la fe que no daban abasto para procesarlos a todos"

Toda esa inquisición, que empezó a ponerse en marcha en la publicidad y en las pasarelas a raíz de la corrupción de la belleza por la política, a la gran Kate le tocó más de cerca que a ninguna otra. Ella, además de guapa y decadente —otro de sus atractivos—, se regodeaba en sus vicios; como decían los que saben de estos menesteres, era la “antimodelo”. La nueva censura, impulsada por las ideólogas de la estética ética, en cierto sentido, al condenarla a ella, condenó en efigie a una de las chicas más deseadas del mundo.

Es todo un alivio que las condenas en efigie pocas veces fueran otra cosa que un mero simbolismo. De haber sido tan represivas como aquellas que llevaban a la hoguera a los herejes y demás enemigos de la fe, el montante total de las víctimas de los tribunales eclesiásticos hubiera sido aún mayor. En efecto, fue la justicia del Santo Oficio la que condenó en efigie con mayor frecuencia. Supongo que eran tantos los enemigos de la fe que no daban abasto para procesarlos a todos, de modo que fueron muchos los condenados en una imagen que los representaba.

"Aquellos censores que cortaban las películas, secuestraban las ediciones y cerraban los espectáculos perseguían con especial encono la gloria de la belleza, de la que estaban sobradas las chicas como Kate Moss"

Al cabo de los siglos, mediados los años 70, cursando yo cuarto de bachillerato en un colegio en las afueras de Madrid, en plena edad de las chicas de papel, me enamoré perdidamente de mi profesora de Historia. Fue la segunda de las mentoras de mi vida académica que me prendó. A la primera —aquella chica yeyé canónica que me inició en la lengua de Shakespeare— ya tuve oportunidad de recordarla en uno de estos artículos estivales. Mi forma de demostrarle a esta segunda la admiración que me inspiraba fue aplicarme en su asignatura más que en ninguna otra. Y en efecto, la Historia fue la única materia que nunca suspendí. Siempre tenía algo que preguntarla y ella siempre se detenía a explicármelo con especial simpatía.

Un día quise saber sobre el fin del Santo Oficio, y aquella profesora, cuyo verbo aún me ilumina —¡es tan didáctica la belleza!—, me respondió que, en cierto sentido, la Inquisición no había acabado, que seguía operando bajo el nombre de la Censura; esa censura previa, administrativa, que, de una u otra manera, tenía que pasar entonces todo, especialmente las imágenes, en cualquier formato, destinadas al público.

Aquellos censores que cortaban las películas, secuestraban las ediciones y cerraban los espectáculos, perseguían con especial encono la gloria de la belleza, de la que estaban sobradas las chicas como Kate Moss. No tengo ninguna duda de que, de haber caído en sus manos cualquiera de las fotos más sugerentes de la supermodelo, la hubieran prohibido “terminantemente”, como acostumbraban a ser las interdicciones en aquellos días. ¡Cómo les hubiera gustado poder hacer lo mismo a las teóricas de la estética ética!

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Raoul
Raoul
7 meses hace

El autor del artículo se pasó tres pueblos al comparar a Kate Moss con la Ayesha de Rider Haggard. (¿Se dice «siempre tenía algo que preguntarla» o «siempre tenía algo que preguntarle»?)