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Nace el “padre” de una mujer mítica

Otro veintidós de junio, el de 1856, hace hoy ciento sesenta y seis años, viene al mundo en Bradenham (Norfolk) un niño cuyo destino ha de ser singular. Aunque es el octavo hijo de todo un prohombre de la Inglaterra victoriana —sir William Meybohm Rider Haggard—, serán las inquietudes literarias de su progenitora —de soltera Ella Doventon— las que cimenten la futura gloria del neonato. Amante de las buenas letras y autora de algunos poemas, que raramente lee en público para no molestar a su esposo —un terrateniente que no sabe de más musas que las que le inspiran su habilidad para los negocios—, Mrs Rider Haggard proyecta su frustrada vocación literaria en ese amor a las buenas letras que sabe inculcar a sus hijos. El pequeño Henry, el que alumbra hoy, será quien haga mejor uso de tan encomiable enseñanza. Eso sí, antes habrá de aprender a leer bajo los auspicios de su hermana mayor. Sólo por eso la joven se convertirá en su hermana favorita, yendo, además, a abundar en esa feliz asociación de mujer y literatura que se va formando en la mente del pequeño Henry desde su más temprana edad.

Ya con diez años, el niño que viene al mundo un día como hoy tendrá como preceptor en Londres al reverendo H. J. Graham, quien lo iniciará en el estudio de los clásicos. Su padre, que no le creerá llamado a grandes empresas, le dará una educación peor que a sus hermanos, matriculados en prestigiosos colegios: el joven Henry ingresará en un instituto de Ipswich. La discriminación no será óbice para que destaque en la composición de versos latinos a la manera de Horacio y Virgilio.

En 1872, obedeciendo a ese destino anónimo para el que parece haber nacido, se presentará a unas oposiciones para el Foreign Office. Será su primer fracaso. Sir William no estará dispuesto a que su octavo hijo pierda más el tiempo y en el 75 recomendará al joven Henry a sir Henry Bulwer, gobernador de Natal, una colonia británica en Sudáfrica.

"En los años venideros, al igual que ya hiciera su madre, encontrará en la creación literaria una válvula de escape a su frustración"

Ya funcionario del imperio, entrará en contacto con los zulúes. Los apuntes sobre una danza guerrera, que a modo de agasajo dedicarán los nativos a su jefe, inspirarán su primer artículo, dando a conocer a Henry Rider Haggard como escritor. Pero el último pilar sobre el que edificará su obra se llamará Lilly, Mary Elizabeth Jackson para ser exactos. Ciertamente, será su primer amor y, como ocurre con tanta frecuencia con estos primeros sentimientos, no llegará a buen fin. Lilly y él se prometerán, pero su progenitor se opondrá a la unión. Sir William es un padre a quien ninguno de sus diez hijos osaría desobedecer. De modo que Henry Rider Haggard se seguirá desempeñando como funcionario del imperio. Aquel amor frustrado creará un sedimento. Por supuesto que lo hará.

En los años venideros, al igual que ya hiciera su madre, encontrará en la creación literaria una válvula de escape a su frustración. Más de esto mismo acabarán por ser sus críticas a la administración de justicia pretoriana, de cuyo tribunal supremo será nombrado secretario en 1877. Hasta ahí, su destino seguirá siendo, más o menos, semejante al de tantos cientos y cientos de funcionarios del imperio británico —una quinta parte de las tierras emergidas en todo el planeta y una cuarta parte de la población mundial—, entre los que también menudean los escritores diletantes. Lo que diferenciará al neonato del veintidós de junio de 1856 del resto de sus pares será su largo aliento, próximo al estajanovismo.

Cuando se le expulse de la administración de justicia, ya como un colono más, también fracasará en todos los negocios que intentará poner en marcha. Henry Rider Haggard nunca será sir William. De regreso a la metrópoli, aunque no habrá olvidado a Lilly, se casará con Louise Margitson, una amiga de la hermana que le enseñó a leer. Será en 1880. Antes de que acabe el año, regresarán a África en busca de fortuna. Pero con la primera guerra anglo-bóer en marcha (1880-1881) las cosas —y menos aún los negocios— darán muy poco de sí. El tiempo apremiará.

"La vieja Mrs Rider Haggard se sentirá especialmente orgullosa porque verá en su hijo al escritor que ella siempre quiso ser"

Otra vez en la metrópoli, Rider Haggard ya no será tan joven cuando comience a estudiar derecho. Abogado en ejercicio, compaginará los pleitos con los artículos que irá publicando en prensa con asiduidad. Su primer libro —Cetywayo and His White Neighbours— llegará a las librerías en 1882. Será un texto, referido al rey zulú aludido en el título, entre la miscelánea y el costumbrismo, que se asomará con más pena que gloria al panorama editorial. No obstante, su autor seguirá publicando con regularidad. Conocerá un éxito sin precedentes con la publicación de Las minas del rey Salomón. Correrá para entonces 1885 y la vieja Mrs Rider Haggard se sentirá especialmente orgullosa porque verá en su hijo al escritor que ella siempre quiso ser. Por su parte, la hermana que le enseñó a leer no albergará duda sobre Allan Quatermain: encontrará en él una idealización del cazador que a su hermano funcionario del imperio le hubiera gustado ser.

Acabados definitivamente los fracasos, pasarán aún más años. Durante todo el siglo XX, Las minas del rey Salomón contará entre esas “lecturas constructivas y edificantes para la infancia y la juventud”. Ya en nuestros días, la nueva corrección excluirá de dicho epígrafe —si es que aún se habla de aquellas “lecturas constructivas y edificantes para la infancia y la juventud”— Las minas del rey Salomón. Nadie tendrá en cuenta que, a diferencia del común de los héroes victorianos, hay en Quatermain cierta ponderación y cierta buena voluntad respecto a África. Fruto, sin duda, de la propia experiencia de Rider Haggard en el continente.

Con todo, pese a que no será poco la publicación de Las minas del rey Salomónsuele considerarse la primera novela de aventuras africanas en inglés—, el momento de mayor gloria de su autor, su momento estelar, vendrá algo después. Lo traerá la aparición de Ella. Escrita, como Las minas del rey Salomón, en poco más de un mes, se pondrá a la venta por entregas a primeros de 1886. Su edición íntegra, con el sello de Longmans, llegará en el 87.

Como lo es aquella aludida en el título, La Que Debe Ser Obedecida, se convertirá en una historia inmortal. Ayesha, la mujer en cuestión, será reina en una extraña ciudad excavada en las rocas —Kôr—, a la que sólo se accederá tras adentrarse en la peligrosa región de los pantanos de un lugar impreciso de África. Una vez en su corte, resultará ser una enigmática y déspota soberana, que ordenará muertes entre los más crueles suplicios.

Pero también será Ayesha la que habrá amado a Kalíkrates —no confundir con Calícrates, el arquitecto de la antigua Grecia— dos mil años atrás. Viendo una reencarnación de su amor perdido dos milenios antes en el inglés Leo Vincey, trazará todo un plan para que el joven británico llegue hasta Kôr y se someta junto a ella al fuego de la vida, que además de no quemar procura la eterna juventud.

"Con Ella y con él el elemento maravilloso habrá irrumpido en la literatura juvenil con tanta fuerza que su impronta llegará desde el Conan Doyle de El mundo perdido hasta el Pierre Benoît de La Atlántida"

Tampoco hace falta ser el doctor Freud para concluir que Ayesha tocará muy de cerca a Lilly, el amor imposible de Rider Haggard, y a esa feliz asociación de literatura y mujer. Lo extraordinario será que, cuarenta y un años después de la muerte de su autor, una de sus traducciones españolas impresione de la manera que lo hará a un pequeño lector del Madrid del año 66. Para el mocoso —que lo llamarán con cariño— será su primer libro. Hasta entonces sólo habrá leído las aventuras de Tintín. Pero al saber de Ayesha se prometerá a sí mismo que, cuando crezca, amará a una mujer que sea igual. Naturalmente, aún no tendrá ni la más remota idea de lo que es el amor. Pero la forma en que Rider Haggard sublimará en Ella esa idea del amor más poderoso que la vida, perdido y encontrado, encontrado y perdido, le hará desear crecer lo suficiente para poder amar a una mujer como La que debe ser obedecida.

Rider Haggard vivirá su momento estelar cuando conciba ese romanticismo infrecuente entre las “lecturas constructivas y edificantes, para la infancia y la juventud”, un concepto del amor que idealizarán generaciones y generaciones de jóvenes lectores antes de tener edad suficiente para conocer con una mínima objetividad el sentimiento en cuestión.

Claro que sí, cuando termine de concebir a Ayesha, el destino de Rider Haggard habrá alcanzado la singularidad. Pero, además, con Ella y con él el elemento maravilloso habrá irrumpido en la literatura juvenil con tanta fuerza que su impronta llegará desde el Conan Doyle de El mundo perdido (1912) hasta el Pierre Benoît de La Atlántida (1919). Porque, así como la reina Antinea de este último también es deudora de Ayesha, todos los territorios míticos, que habrán de serlo tras la publicación de Las minas del rey Salomón estarán en la estela del norte de Allan Quatermain entre “lecturas constructivas y edificantes para la infancia y la juventud”: Pellucidar de Edgar Rice Burroughs, Plutonia, de Vladímir Óbruchev… Hasta el Arda de Tolkien tiene que ver con las ciudades perdidas de nuestro autor. Y no digamos las madres que inculcan a sus hijos el amor a las buenas letras. Así se escribe la historia.

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