En tiempos como estos, entregados al fanatismo de una tecnología que ya empieza a írsenos de las manos por el empuje de la IA, como los de Shakespeare estuvieron entregados al fanatismo de la religión por el de la estulticia, conviene leer libros como este de Stephen Greenblatt, autor también de El giro, que nos mostró hace ya algunos años cómo un manuscrito romano encontrado en una cuadra en los albores del Renacimiento cambió la Historia de la Humanidad. En este volumen retrata un universo aún más oscuro, el de la Inglaterra del XV, y de nuevo nos muestra por dónde empezó a filtrarse la luz hasta alumbrar, unos siglos después, la epopeya de la Ilustración. Para ello toma la trayectoria de este tal (con perdón) Christopher Marlowe, muy poco conocido entre nosotros, pero que en el ámbito anglosajón ha sido objeto de cuantiosos estudios, tal y como se puede apreciar en la copiosa bibliografía final.
Greenblatt explica, con la prosa ágil, erudita y evocadora, cargada de emoción siempre, que caracteriza su escritura, cómo la irrupción de Marlowe en las artes causó una auténtica conmoción en la literatura, de la que, casi en paralelo, se serviría Shakespeare. Así, tal y como afirma, el autor de Hamlet “respondió a El judío de Malta de Marlowe con El mercader de Venecia; a Eduardo II con Ricardo II; a Hero y Leandro con Venus y Adonis”. Pero es que además Marlowe fue el creador del verso blanco inglés, y con ello, y otras innovaciones, elevó el idioma autóctono, considerado entonces rudo y poco apto para el arte, al nivel de aquella que funcionaba como lengua de cultura, el latín.
Cabe destacar, con todo, teniendo en cuenta la época en la que fue escrito, su gran aportación al tema del poder, su Doctor Faustus, en el que es posible reconocer, tal vez en mayor medida que en cualquier otro texto suyo, al licenciado Marlowe, un intelectual alienado, entendiendo por tal aquel que, por el medio que fuera, siquiera por azar, como, tal vez, fue el caso del mismo Marlowe, alcanzaba una educación que “despertaba intensos deseos pero que después los frustraba de forma cruel y sistemática en todo aquel que carecía del pedigrí y los privilegios requeridos”. A Marlowe le interesaba el poder. Era algo a lo que le habían empujado los libros, nos dice, con gran tino, Greenblatt. Porque, después de todo, no existe el intelectual encastillado en su torre de marfil. Hasta el mismo Montaigne se apartó solo cuando concluyó que le habían bloqueado (para volver unos años después como alcalde de Burdeos, por cierto). Y también le tentó el poder a este Faustus, reclutado de una inane narración alemana, que para alcanzarlo, como sabemos, hace un pacto con el diablo. Así lo explica Greenblatt: “Al crear Faustus, Marlowe se inspiró en la amargura de esos muchos estudiantes ambiciosos, ávidos y brillantes, nacidos de padres muy humildes, que soñaban con una carrera fuera de la academia o la iglesia, pero acababan bloqueados en cada dirección que tomaban”.
Así pues, Marlowe, como intelectual alienado que en ningún caso puede hacer un pacto con el diablo, dada su condición social, en ningún lugar más que en el servicio del espionaje podía ser aceptado para rozar el poder siquiera un poco. Y así fue que se incorporó a las huestes que, desde el protestantismo se enfrentaban al catolicismo, o al revés, que, en asuntos de espías, ni siquiera en aquella época llegaba a estar claro, y tampoco en el caso de Marlowe, que fue muy apreciado justamente por eso, por su capacidad para oscilar entre dos bandos en ninguno de los cuales, en realidad, creía. Fue, por lo tanto, Marlowe, y al contrario que su medio amigo y rival Shakespeare, que, con un talante más prudente se hizo empresario, un hombre también de acción, como todo intelectual que se precie, y no solo de inteligencia, y puede que eso le costara la vida, que perdió en una taberna, a manos de un asesino no se sabe si vinculado al servicio secreto o no, cuando aún no había cumplido los 30 años. Pero nos quedan sus obras, que muestran hasta qué punto la inteligencia necesita detrás, más que una máquina, de toda su dimensión humana para no perder de vista el peligro de reducir a algoritmos una realidad hecha de carne, es decir, de violencia, ambición, codicia y deseo.
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Autor: Stephen Greenblatt. Título: El Renacimiento oscuro. Editorial: Crítica. Venta: Todos tus libros.


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