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Cinco mujeres y un destino

Las primeras ediciones del Nadal y la visibilidad de las
escritoras surgidas a mediados del siglo XX

Cuando el 5 de enero se falló la primera convocatoria del premio Nadal, la sorpresa tardó en saltar el tiempo que empleó el jurado en abrir la plica correspondiente. El galardón, instaurado por la revista Destino en memoria del que fuera su redactor-jefe, Eugenio Nadal, echaba a andar con una amplia expectación y la presencia en el jurado de algunos insignes personajes de las letras hispanas de la época, como Ignacio Agustí, Juan Ramón Masoliver o Josep Vergés, carismático editor que dirigía la empresa que auspiciaba la revista y bajo cuya marca aparecería publicada la obra ganadora. Todo el mundo daba por hecho que aquel estreno tendría como protagonista a alguna figura egregia y respetada de la literatura patria. Por eso nadie supo muy bien cómo reaccionar cuando el tribunal leyó el acta por el que se otorgaba el primer premio Nadal de la historia a la novela Nada, escrita por una tal Carmen Laforet.

Laforet, que contaba entonces veintitrés años de edad y era una perfecta desconocida, inauguraba de esa forma un palmarés que, bien por casualidad o bien porque a su modo aquella convocatoria inaugural logró dejar una impronta, daría pronto voz a mujeres que habían empezado a escribir cuando aún resonaban los ecos de la guerra civil. Mujeres que, desde distintas ópticas, daban fe en sus libros del papel que a ellas y a las de su sexo les estaba tocando jugar en la sociedad y, dentro de los estrechos márgenes permitidos por el régimen, dejaban patente una cierta disconformidad con el estado de las cosas. Durante su primer lustro de existencia, Laforet fue la única mujer presente en el historial de ganadores del Nadal. Sin embargo, a lo largo de la década de 1950 conseguirían el galardón Elena Quiroga (Viento del Norte, 1950), Dolores Medio (Nosotros, los Rivero, 1952), Carmen Martín Gaite (Entre visillos, 1957) y Ana María Matute (Primera memoria, 1959).

carmen-laforet

"Resulta llamativo que en pleno franquismo las escritoras obtuviesen una visibilidad que se les había negado en los periodos anteriores."

No cabe hablar de generación, aunque el abanico temporal permitiría enmarcarlas en una circunstancia genealógica concreta —la mayor, Dolores Medio, nació en 1911; la más joven, Carmen Martín Gaite, había venido al mundo en 1925—, ni tampoco de descubrimiento en sentido estricto porque algunas de ellas, como Quiroga y Matute, ya contaban con algunos títulos publicados cuando sus nombres quedaron inscritos en la gloria del Nadal. Tampoco los estilos son siempre equiparables ni se puede decir que las tramas discurran por caminos paralelos. Sí hay, en cambio, un interés común por el tránsito de la niñez a la adolescencia, y también por el periodo que separa ésta de la madurez. Una suerte de disección de ese rito iniciático, que sus personajes deben vivir en tiempos convulsos o, como poco, no demasiado halagüeños. Si la Andrea de Nada se instala en el domicilio barcelonés de su familia, perdedora en la guerra civil, en Entre visillos es una Salamanca entristecida y provinciana la que ve su rutina alterada con la aparición de un nuevo profesor de alemán en el instituto. Si Viento del Norte explora las relaciones entre una sirvienta y su señor en la Galicia profunda, el trío de protagonistas de Primera memoria tendrá que crecer a marchas forzadas en el terrible verano de 1936. Un par de años antes concluye el argumento de Nosotros, los Rivero, centrado en las peripecias de una familia burguesa ovetense desde los felices años veinte hasta los sucesos revolucionarios de octubre de 1934.

matute

Tampoco tuvieron todas estas autoras similar fortuna al cabo de los años. Carmen Laforet, tras consolidar con Nada los fundamentos de la novela existencial —que ya en 1942, por la vía tremendista, había inaugurado Camilo José Cela en La familia de Pascual Duarte, y que refrendaría en 1947 Miguel Delibes con La sombra del ciprés es alargada, también ganadora del Nadal— pasó a ocupar progresivamente un segundo plano y sus siguientes libros no tuvieron el mismo éxito entre el público ni la misma acogida por parte de la crítica. Sí gozó de más presencia Elena Quiroga, a quien la posteridad arrebató toda la fama que pudo lograr en vida. Otro tanto ocurrió con Dolores Medio, que pese a continuar su trayectoria literaria no volvió a alcanzar un éxito similar al obtenido tras obtener el premio. Carmen Martín Gaite y Ana María Matute, en cambio, se mantuvieron hasta el final como dos figuras de primera línea dentro del panorama de las letras españolas, aunque con matices. La primera mantuvo una regularidad que daría títulos tan leídos como El cuarto de atrás, Caperucita en Manhattan o Lo raro es vivir. Matute, sin embargo, continuó sacando nuevos títulos hasta 1975, cuando abrió un silencio de casi veinte años que concluiría con la aparición, en 1996, de Olvidado rey Gudú, que muchos consideran su obra maestra.

"No se puede hablar de generación en un sentido estricto, aunque las cinco novelas presentan algunos elementos comunes"

El fenómeno es curioso. En primer lugar, porque resulta llamativo que en pleno franquismo las escritoras obtuviesen una visibilidad que se les había resistido desde la irrupción arrolladora de Emilia Pardo Bazán, una de las grandes representantes de la corriente realista y cuyo fallecimiento se produjo en 1921. Si bien en ese tiempo sobresalen algunas figuras de renombre incontestable (Clara Campoamor o María Zambrano, por citar sólo a dos de ellas), no es menos cierto que en el terreno estrictamente literario la presencia de la mujer había logrado trascender en muy pocas ocasiones lo anecdótico. También es curioso que algunas de ellas —sobre todo Laforet, Martín Gaite y Matute— lo hiciesen con obras que ponían en cuestión, aunque fuese entre líneas, el estado de cosas derivado del año triunfal de 1939. Por esas mismas razones resulta aún más sorprendente, si cabe, que haya que esperar hasta 1981 para ver a otra mujer alzándose con el Nadal. Fue la gijonesa Carmen Gómez Ojea, que lo ganó ese año con Cantiga de agüero. Hay al respecto una anécdota famosa que se recuerda mucho en los mentideros culturales asturianos. En la rueda de prensa posterior al fallo, un periodista preguntó a la flamante ganadora qué le parecía eso de que a una mujer le dieran el Nadal. «Pues me parece muy bien», respondió ella, «me habría parecido mal si se lo hubiesen dado a una mona».

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