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Cinco, un relato de terror

Cinco, un relato de terror

La verdad es que ya estoy muerta. O debería. Ni siquiera recuerdo el tiempo que hace que no veo ni oigo a nadie. ¡Ja! Ver… oír… Hace tiempo que me quedé sin ganas de hacerlo. Qué sentido tendría… Sentido… Sentidos… Todos los tengo y ninguno me hace falta. No los uso desde que se convirtieron en inútiles. Absurdas sensaciones de las que alguna vez fui esclava. ¿Acaso no lo soy ahora? En el fondo no me importa. Al principio llegaba a enfadarme con quiénes decían que me querían ayudar. ¡Ayudar! Qué hipócritas. No sabrían ayudar ni a salir a un cachorro de un charco si lo vieran. Su supuesta empatía no es superior a la que tendría una ameba. Son todos despreciables… No entienden, no entienden… Cuando decidí irme poniendo mis “complementos” les pareció una idea estrafalaria. Propia de una caprichosa o una consentida sin más. Pero para mí nada era más necesario que lo que ellos no veían más que como una excentricidad.

Empecé poniéndome guantes. Guantes de algodón. Como los que usan los bibliotecarios que trabajan con libros cuyas páginas son tan frágiles, que el mero sudor imperceptible de los dedos puede dañarlas de manera irremediable. Me pareció una buena idea. Sin embargo, el contacto con ese algodón me hacía insoportable el llevarlos al cabo de un breve rato. Me desesperaba y acababa tirándolos enfurecida. Probé con varios modelos de todo tipo y composición. De antelina, de terciopelo, de pieles de gacela, marta, gineta, de seda finísima… Acabé usando los realizados con piel de neonatos de foca. Unos guantes casi imposibles de encontrar (desde luego jamás en los mercados habituales… no intenten buscarlos en Amazon), y que pese a su desorbitado precio, merecen cada céntimo de euro que me costaron. Su tacto es inexistente. Es como llevar otra capa de piel sobre la tuya, que te evita el contacto con nada de lo que toques, dejando que no sientas rugosidades, ni el frío de los pulidos, ni el calor de otro cuerpo o la humedad de otras manos. Con ellos acabé incluso durmiendo, pues ni tocar las sábanas de satén o de algodón egipcio, con que alternaba la ropa de cama, podía soportar.

"No aguanto ningún sabor. Me alimento mediante sueros probióticos completamente inodoros e insípidos"

Fue más fácil encontrar unos buenos filtros que pudieran absorber cualquier olor, por acre o dulzón que fuera. Por intenso o penetrante que pudiera parecer. Empecé probando algo tan absurdo como con los que tenían los cigarrillos Winston que hasta entonces fumaba. Obviamente ya no los fumo. Ni esos ni ninguno. Rompí todos los que me quedaban en la cajetilla y me los puse en cada orificio de la nariz. No pudo ser peor idea. Aunque me filtraban en algo los olores que me rodeaban, acababa oliendo de manera constante precisamente al mismo filtro en sí. Daba igual cómo me los pusiera, el cambiarlos cada poco… Inútil. En las farmacias encontraba soluciones demasiado básicas. Incluso mediante una especie de ungüentos que decían que hacían de barrera contra los olorosos que pudiera ventear de manera inconsciente. Al final logré que me hicieran unos especiales de silicona porosa rellena de partículas de mineral de carbón tratado, y que me suele durar cada par una semana. O a veces más, si lo compagino con la máscara.

La máscara… ¡Lo que me reía cuando veía paseando por Madrid cerca del Museo Del Prado a esos japoneses llevándolas! Todos ellos iguales, todos del mismo tamaño, todos con esa mirada focalizada a través de las lentes de sus cámaras, o de sus iPads. Muchos de ellos portando unas mascarillas de las que sólo vemos cuando vamos al dentista o nos toca pasar por un quirófano… Ahora no puedo vivir sin ellas. Las compro al por mayor, aunque tengo un par de ellas que son para espeleólogos y militares, que me cubren tanto la boca como la nariz. Son perfectas. Pero son demasiado incómodas. Prefiero estas sencillas cuyo sabor ignoro pues gracias a la pinza de la nariz que las fija, me impide conocerlo. Hasta que le cogí el truco llegué a vomitar un par de veces cuando mi lengua las tocaba involuntariamente. No aguanto ningún sabor. Me alimento mediante sueros probióticos completamente inodoros e insípidos. De vez en cuando preparo alguna carne o pescado, pero lo cuezo hasta que no es más que una textura que ingiero sin ser consciente de ella. A veces me percato de que trago como consecuencia del silencio en el que vivo.

"No podía tener más luz. No quería volver a ver. Nada podía ser más hermoso que lo que había visto. Sólo para mí. Sólo para mí..."

Un silencio absoluto. Nada que ver con esos “vagones en silencio” que anuncia la Renfe en sus trenes, y donde siempre hay alguien que se le olvida desconectar el móvil, o creer que no hace ruido mientras pasa estentóreamente las páginas del diario de manera enervante. O abre un paquete de galletas o de cualquier otra cosa, mientras sorbe de una botella de plástico cualquier líquido, de modo que pareciera que fuera a hacer unas gárgaras más que a beber. El mío es absoluto. Un silencio sólo roto por los inevitables sonidos de mi propio cuerpo. He intentado no hacerles caso. Sin embargo, se abren paso de manera insoportablemente cacofónica… Los tapones profesionales para músicos u obreros de material pesado son tan sólo una ayuda. Al final he tenido que ponerme uno de esos cascos que la gente joven lleva como asistentes de la NASA o como parte de un equipo de Fórmula 1 que pueblan los callejones donde los monoplazas parecen encabritarse con un estrépito que no hace siquiera posible pensar en que el silencio exista. Pero lo he conseguido. Y ni siquiera el que puede sentirse cuando (aún lo recuerdo) buceaba cerca de las Pitiusas, se puede llegar a asemejar. Ese silencio roto por un azul que ya no quiero evocar.

Un azul que nunca veré. Mis ojos siempre están cerrados. La Luz no es capaz de llegar a ellos. Esto ha sido lo más fácil. Recuerdo de niña cuando vi en la televisión con mis padres, no entiendo cómo me dejaron verla, una vieja película que tenía como protagonista a Ray Milland, “El hombre con rayos X en los ojos”. En un momento, la visión llegó a perturbarle tanto que no sabía cómo lograr parar esa maldición que él creyó una suerte. En un final casi electrizante, las voces que salmodiaban un pasaje de la Biblia: “Si tus ojos te hacen pecar, ¡arráncatelos!”, me dieron una idea que jamás tuve el valor de hacer. No hacía falta. Un simple antifaz y unas gafas de sol para la nieve, hacían que pudiera vivir en la más absoluta ceguera. En una oscuridad cuasi eterna. Tangible. Opaca. Incolora. Una oscuridad donde podía vivir mi mente aunque mi cuerpo en ocasiones se rebelara como un Goethe moribundo gritando “Luz, ¡más luz!”. No me hacía falta. No podía tener más luz. No quería volver a ver. Nada podía ser más hermoso que lo que había visto. Sólo para mí. Sólo para mí…

Le odio.

"Aquella tarde en aquél piso de la calle de Serrano de Madrid lo tenía todo preparado. ¡Qué estúpido no haberlo intuido! Pero, ¿quién pudiera haberlo hecho?"

No puedo odiarle más. Con más rabia. Con más desprecio hacia lo que me ha hecho. Todo lo hizo porque me quería. Porque me amaba… Me amaba. ¿Cómo fue posible que me hiciera tanto daño entonces? Puedo recordar perfectamente aquél día. Nuestra relación (¡que palabra más fría para dos cuerpos que han sudado entrelazados!) no iba encaminada más que a un final. Yo lo veía. Él lo tuvo claro. Pero me amaba. Y quiso matarme. Matarme en vida. Una muerte cruelmente maravillosa. Imposible de escapar. Porque le dejé matarme. Porque disfruté con mi muerte. Porque yo mismo me terminé de asesinar.

Aquella tarde en aquél piso de la calle de Serrano de Madrid lo tenía todo preparado. ¡Qué estúpido no haberlo intuido! Pero, ¿quién pudiera haberlo hecho? Cenamos. Brevemente. Casi un aperitivo nocturno. Él estaba inquietantemente tranquilo. Muy tranquilo. Sabía que era el final. Yo estaba dispuesta a lo peor. Gritos. Chantajes emocionales. Lágrimas. Violencia… Todo. Menos aquello. Una última declaración de amor. Una declaración que quiso hacerme con sus cinco sentidos. Mejor dicho. Con los míos. Sabía cómo era. Me conocía como yo misma no quería reconocer. Fue mi perdición. ¿Cómo podía haber escapado? No lo sé. Seguramente no quise. No quise. Y cuando empezó a despedirse lo hizo con una galantería que me pareció tan tópica, que le dejé hacer. Total. Era el final. Una despedida a la que yo permanecí como espectadora absorta e incrédula. Esperando esos regalos con que quería, suponía yo, hacer un último esfuerzo para mantenerme a su lado. ¡Qué idiota fui! No. Lo tenía todo demasiado bien planeado. Me quería. Pero nunca a su lado. Siempre, eso sí, en mi mente. Con mis cinco sentidos. Con los cinco.

Y así, fue ofreciéndome un regalo para cada uno de ellos. Como si fuera una niña. Haciéndome el artículo de cada uno de los presentes, como cuando mi padre nos iba entregando los regalos de Nochebuena. Uno a uno. Sin prisa. Me entregó primeramente una crema para las manos como nunca jamás había podido sentir. Con una untuosidad que te impedía querer coger nada pues nada querías que te quitara esa sensación que al tacto te hacía. Simplemente con un suave masaje, logró incluso que tuviera un orgasmo en la silla que humedecí en silencio. Atorada. Callada como una adolescente que acabara de descubrir su cuerpo. Todo había comenzado sin que yo me diera más cuenta de lo que mis manos hacían entrelazándose de manera morosa. Quise oler aquella maravilla pero me lo impidió con un gesto. Con un silencio. Haciendo aparecer entre sus manos, como un mago de feria, un pomo  sacado de una ampolla de un cristal finísimo de Baccarat, que me deslizó entre mis muñecas, mi cuello, el reverso de mis lóbulos… Aquel aroma se extendió como aquellos gases que estudiara en el bachillerato, que sojuzgaban campos de batalla y alambradas trincheras. Aquellos efluvios mataban sin remedio. El que me llegó a mi olfato me subyugó sin luchar. Almizcle, maderas, resinas, sándalos, flores… ¡qué sé yo! Nada podría ya quitarme ese olor que fijé en su mirada caoba. Serena. Fija sobre mí.

"Apenas si podía respirar. Mis sentidos se iban nublando completamente desbordados por un cúmulo de sensaciones"

Estaba inmóvil. Callada. Mi mente estaba electrificada en una serie de espasmos involuntarios e invisibles. Pero aquello no había hecho sino empezar. Con otro gesto pude escuchar el sordo pop de una lata abriéndose. Una lata cuyo gelatinoso contendió era esperado por un cuenco de plata añeja brillante alojado sobre una pequeña colina de hielo picado. Cómo podía habérseme escapado a mi vista, aún lo ignoro. No importa. Estaba hipnóticamente concentrada en cómo esas pequeñas huevas eran depositadas en ese recipiente sacado de siglos, y en cómo era posible que una cuchara tan pequeña, pudiera alojar tantos granos de ese caviar imperial cuya etiqueta jamás viera en tienda alguna ¡pese a trabajar para un medio ruso! Donde nunca faltaba Sevruga, Osetra, o Beluga. Una simple gota de un vodka de cuádruple destilación (según pude leer casi por casualidad), le dotó de un frescor extra que, cuando como una niña sobre la trona hizo que lo probara, el estallido de aromas sobre mi lengua no fue comparable a lo que mi paladar sintió insaciable en todas sus papilas gustativas con ese Malossol inencontrable.

Apenas si podía respirar. Mis sentidos se iban nublando completamente desbordados por un cúmulo de sensaciones. Por un éxtasis que incluso empecé a escuchar en una música matemáticamente perfecta. Pensé que era uno de esos recuerdos auditivos que a todos nos vienen y suenan internamente en la cabeza como cuando se conduce, o algo inasible te trae a la memoria una balada o una pieza favorita ligada por siempre a un recuerdo. Pero no. Realmente sonaba algo. ¡Lo podía oír de verdad! De su equipo Bang & Olufsen, un capricho al alcance de muy pocos, estaban saliendo las notas de la BWV opus posthumus 435, variación en D Minor, de Johan Sebastian Bach, en la voz del único “castrati” que pudo ser recogida en tiempos en un fonógrafo de la Deutsche, y limpiada de ruidos por el equipo que mandó la sonda Pioneer a Marte. Sólo existían cinco copias originales de esa grabación. Y yo estaba escuchando una de ellas.

Las lágrimas empezaron a aflorar a mis ojos. No había escuchado nada más bello. Más perfecto. Más subyugante. Más emotivo. Nada podía compararse. Nada. Pero él no había acabado con sus presentes. Con su venganza propia de Sófocles. De Dumas. Del puto Belcebú. Y cuando, musitando compases en mis tímpanos, mis ojos humedecidos por las excrecencias de mis glándulas se dirigían con sus iris hacia un lienzo de paño rojo, éste cayó como por ensalmo arrancado por la mano de quien más me ha querido en su vida. Ante mí, una tela sin enmarcar, tensa como parche de tambor, mostraba azules, ocres, dorados, verdes oscurecidos por un bermellón ceniza. Toda la grandeza de un Monet descatalogado se mostraba a apenas unos palmos de mi licuada mirada. Las lágrimas ya eran torrentes. Mis ojos, pozos desbordantes. Cada trazo imposible del maestro parisino era una aguja clavada en mis pupilas. No podía haber nada más hermoso. Nada.

Nada.

Él apenas dijo algo. Creo recordar apenas unas palabras. Algo como, “disfruta con tus cinco sentidos estos regalos. Son para ti. Para que nunca olvides la intensidad de cómo te he amado. Para que siempre recuerdes con tus cinco sentidos a quién dejas hoy. Aunque ya nunca me podrás olvidar. Y lo sabes”.

La puerta supongo que se cerró tras de él. Eso no lo recuerdo. Sólo recuerdo que nada habría que pudiera quitarme la intensidad de lo vivido en esa hora. U horas. O días… Dicen que habían pasado varios cuando me encontraron sentada en el sillón Chéster caramelo de esa misma habitación de aquel apartamento que usábamos para nuestros encuentros en la calle Serrano de Madrid. Masajeándome las manos con pequeñas perlas de esa crema oleaginosa, dejando caer gotas inasibles de ese perfume por mis senos y la comisura de mis labios; saboreando hasta lo imposible cada hueva hasta que no quedó ninguna en la argentina caviarera; escuchando sin pausa la aguda voz del mezzo-soprano capón hasta fundir el láser; todo ello sin despegar la mirada del mesmerizante Monet.

Entonces comprendí que mis cinco sentidos jamás podrían tocar, oler, saborear, escuchar o ver nada ni siquiera parecido. Nunca podría quitarme el recuerdo de ese día. Jamás sería capaz de olvidar en cada sentido a quien me dejo hipoestésica, anósmica, ageúsica, sorda y ciega. Insensible. Muerta en vida. He perdido mis cinco sentidos. O, tal vez, acaso nací para este día en que los usé por primera vez… aunque esto me costara ser incapaz de amar ya a nada ni a nadie en un futuro. Aunque me costara no querer volver a usarlos. ¿Qué sentido tendría?

 

Basado en una historia real escuchada durante la Feria del Libro de Madrid de 2019

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